miércoles, 12 de marzo de 2014

Mil cretinos



Muchos de los cuentos que he leído de Quim Monzó (Barcelona, 1952) tienen en común tres rasgos que también se advierten en las historias de este Mil cretinos: el primero, su anonadante sencillez aparente, que sin embargo resulta muy difícil de imitar; el segundo, la utilización del sentido del humor, que empapa sus textos y los dota de una singular aura; y el tercero, la fuerte sensación de impotencia que te asalta cuando tratas de resumir de qué va cada relato.
Monzó es, sin duda, una rara avis, un escritor de pata negra que ha logrado el más complejo de los objetivos literarios: imponer un estilo personal a sus obras y lograr que todos lo vean como un tótem, una referencia, un maestro.
A mí, personalmente, me gusta mucho. De ahí que abra cada libro suyo con gran interés y lo cierre con gran satisfacción.
En Mil cretinos me he tropezado con muchas propuestas interesantes: hombres que se casan por una compasión mal entendida y que al fin se ven enredados en un matrimonio que los asfixia (“El amor es eterno”); mujeres que se van desprendiendo de los recuerdos que las vinculan a sus maridos, hasta rozar el esperpento o la patología (“Sábado”); escritores que sufren el acoso melifluo e indesmayable de un novel, que los atosiga y perturba (“La alabanza”); hijos que se enfrentan a la férrea decisión suicida de sus padres ancianos (“La llegada de la primavera”); príncipes azules que no logran despertar a la bella durmiente de turno, por más besos que le den (“Una noche”); la esposa que pretende moldear a su marido a base de regalos manipuladores (“Muchas felicidades”)...

Son tantas las narraciones ingeniosas, originales y sorprendentes que Quim Monzó introduce en este volumen editado por Anagrama que resulta imposible someterlas a resumen o dar siquiera un pálido reflejo de su magnitud. Créanme si les digo que el auténtico gozo es leerlas.

1 comentario:

Alonso Barán dijo...

Es un buen libro. Ingenioso y divertido.