martes, 25 de febrero de 2014

Libro del desasosiego



Recuerdo que, hacia 1986, cayó en mis manos un ejemplar del Libro del desasosiego, de Fernando Pessoa, traducido por Ángel Crespo para la editorial Seix Barral y que comencé a leerlo con la curiosidad que se siente por todo a los 19 años. Pero aquella curiosidad se transformó inmediatamente en admiración, en deslumbramiento. Yo no había leído jamás algo así, tan denso, tan profundo, tan visceral, tan desgarrado, tan iluminador. Desde aquel instante lo consideré (y lo sigo considerando, casi tres décadas después) uno de los libros de mi vida. Ahora, la editorial Baile del Sol publica una nueva versión del tomo, ordenada y traducida por Manuel Moya, y no pienso evitar la tentación de comentarla aquí.
¿Acaso no conoce usted el Libro del desasosiego? Pues le recomiendo que se haga con este tomo y se sumerja en él. Jamás habrá viajado por un alma tan interesante, tan rica en matices, tan expuesta como la que aquí nos ofrece el escritor portugués, un hombre que no confiaba demasiado en las bondades de la existencia («Considero la vida un apeadero donde tengo que esperar hasta que llegue la diligencia del abismo»); que tampoco confía demasiado en las virtudes estilísticas de la escritura, aunque se aferre a ella por su valor terapéutico («Esto de nada me sirve, pues nada me sirve de nada. Pero despequeñezco al escribir, como quien respira mejor sin que el dolor haya pasado»); que se observa a sí mismo con desdén estético («Pretendo ser una obra de arte del alma por lo menos, ya que por el cuerpo no lo puedo ser»); que se siente un inadaptado en todo lugar («Tengo frío de la vida»); que desconoce escrupulosamente cuáles son los misterios de su propio interior («Mi alma es una orquesta oculta; no sé qué instrumentos tañen y chirrían, cuerdas y arpas, timbales y tambores, dentro de mí»); que se sorprende de la ligereza con que los demás deambulan por la vida, sin darse cuenta de sus mezquindades, angustias y ciénagas («Me irrita la felicidad de todos esos hombres que no saben que son infelices»); que trata de agazaparse en una soledad huérfana de conexiones con sus semejantes («La más vil de todas las necesidades es la de la confidencia y la de la confesión. Es una necesidad de exteriorización del alma. [...] Explicarse es equivocarse»); y que descree de ciertos mecanismos de comunicación modernos, como la prensa («Leer periódicos, cosa penosa desde el punto de vista estético, también lo es frecuentemente desde el punto de vista moral»). Al final, este alma turbulenta y tímida, herida y maltrecha por las asechanzas reales o imaginadas del entorno, se atreve a concluir: «He pedido muy poco a la vida, pero lo poco que he pedido me lo ha negado». Y en virtud de ese fracaso esencial apunta, en uno de los fragmentos finales del libro: «Escribo con tristeza en mi cuarto apacible, solo como siempre estuve, solo como siempre estaré».

Leer los poemas de Fernando Pessoa es una de las aventuras estéticas más hermosas del mundo. Pero leer las páginas del Libro del desasosiego es aún más conmovedor: supone descubrir los vericuetos espirituales de este escritor lisboeta. Se dijo en su día que Ramón Gómez de la Serna constituía, en sí mismo, toda una literatura. Con Pessoa ocurre exactamente igual.

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