miércoles, 30 de enero de 2013

Chulas y famosas




Cuando realmente quería ser malo y resultar vitriólico, no hay más remedio que reconocer que el catalán Terenci Moix desplegaba unas garras de astracán de las que convenía mantenerse alejado, pues eran en verdad mortales. Con su sonrisa picarona de enfant terrible y con aquellos ojitos de no haber roto nunca un plato, el prolífico autor barcelonés comenzaba este libro (donde se reproduce parte del diario de Miranda Boronat) con esta secuencia demoledora: “Hallábame yo pía y contrita en el entierro del honorable Jordi Pujol, presidente que fue de la Généralité de Catalogne, y no salía de maravilla al apreciar el estado de la momia, tan linda como lo fue en otro tiempo la de Evita Perón”. A partir de ahí, como resulta fácil de sospechar, Moix no se permitió la cortesía de dejar títere con cabeza. Nadie es perdonado, ni goza de inmunidad (salvo Jaime Gil de Biedma), en este festival satírico, en este festín carnívoro de mordacidades.
¿Argumento de la obra? Pues podríamos decir que no lo tiene, en puridad, salvo ese leve hilo que supone la historia de los amores entre Myrna Lamour (Mar Flores) y el noble Flavio Fabiolo (Cayetano Martínez de Irujo), que a punto está de ser torpedeada por unas cartas que pone en venta el inecrupuloso barón Parbleu (Alessandro Lecquio). A Terenci Moix parece interesarle en estas páginas, más que el consabido argumento rectilíneo y cerrado, el retrato caótico, cáustico, diagonal, irónico, mordaz y chispeante de la clase snob española de finales del siglo XX, cuyos nombres reales resultan facilísimos de descubrir, bajo la hojarasca de sus burlas. Así, nos habla de “esa presentadora tan mona y menudita que da sorpresas a los menesterosos de televisión” (Isabel Gemio); de una modelo repelente y ñoña llamada Truchi Pelacanes (Sofía Mazagatos); de la modelo del betún (Naomi Campbell); de la hija de la folclórica y su marido bombero (Rociíto y Antonio David Flores); del futurólogo Críspulo Saturnal, “uno de los peores cuerpos celulíticos que se hayan visto en cualquier geriátrico” (Rappel) o de la famosa adivina Satanaza Bernal, quien “ya es definitivamente una drag queen” (Aramís Fuster). Y no menores insolencias (aunque subiendo muchísimo el nivel social) reserva Terenci Moix para la soberana inglesa (“La reina petarda”) y para las peculiaridades excretoras de Juan Pablo II (“Es dogma que un ano tan excelso sólo puede soltar tocinillos de cielo”). Y tampoco se libran de la quema algunos representantes del gremio de la pluma, sobre todo cuando Terenci habla de “la última novela de Mario Xavi, Después del cricket piensa en mi abuela de Oxford, que me han dicho que es el no va más de la penetración psicológica”. Es evidente que lanza una flecha envenenada contra la novela Mañana en la batalla piensa en mí, de Javier Marías... Pero tampoco desdeña la autocrítica cuando se refiere a sí mismo definiéndose como “un mariquita barcelonés que presume de escritor” y que se erige en “Robespierre de las letras patrias”. En ese tono ácido continúa, disparando a diestro y siniestro, durante más de cuatrocientas páginas.
En suma, un despliegue frondosísimo de pullas escrito con una prosa divertida, fresca, delirante y cuajada de aciertos expresivos. No sólo fue uno de los más completos escritores de su generación sino, sin lugar a dudas, el más temible y deslenguado.

domingo, 27 de enero de 2013

El amuleto de Medusa




La búsqueda de un objeto especial, mágico o simbólico, ha nutrido la historia de nuestra cultura reciente, desde El disco (Jorge Luis Borges) hasta las películas de Indiana Jones, pasando por El ocho (Katherine Neville) y muchas otras novelas, cuentos, películas, documentales y hasta dibujos animados. Es evidente que este tipo de narraciones pulsan algún secreto resorte de nuestro interior, que siempre está ávido de aventuras, misterios y sorpresas. Quizá por ello nos guste tanto visitarlas de vez en cuando, para revivir una especie de adolescencia intelectual tan sana como legítima. Ahora tenemos en España la nueva entrega novelística de Robert Masello (Evanston, Illinois), que el sello Algaida pone en nuestras manos gracias a la traducción de Ester Molina Sánchez y que lleva por título El amuleto de Medusa. La obra original (The Medusa Amulet) salió en 2011 en el mercado norteamericano con gran éxito.
Lo que nos cuenta en las casi seiscientas páginas del volumen es tan seductor como magnético: en pleno siglo XVI, en la Italia renacentista que ha visto florecer a Leonardo da Vinci, Giorgione, Tiziano, Sandro Botticelli o el inigualable Miguel Ángel Buonarroti, y donde el poder político y cultural de los Médici se extiende por todas las esferas de la península, brilla con singular luz la figura del escultor Benvenuto Cellini, un hombre complicado, inestable y genial que no se deja maniatar por las convenciones y que vive en completa libertad su tensión creativa. Su vida profesional le depara felicidades como la imagen de Perseo con la cabeza de Medusa que ha logrado esculpir; y su vida personal también le otorga plenitudes: comparte su vida con una mujer hermosísima, a la que más de una vez ha tomado como modelo femenino para sus creaciones. Todo parece sonreírle, pero hay un elemento inquietante que se cierne sobre él: existe la sospecha de que sus investigaciones por el orbe del ocultismo han dado su fruto y está en posesión de un instrumento de incalculable valor, que muchos le querrán arrebatar a cualquier precio... Demos ahora un salto y situémonos en la actualidad, cuando un joven especialista en la obra de Dante, David Franco, recibe el singular encargo de buscar ese objeto perdido. ¿La recompensa? Un abultadísimo cheque con el que podrá hacer frente a los costosos tratamientos contra el cáncer que su hermana recibe.
Desde el punto de vista literario (el que nos interesa aquí), esta novela brilla en dos planos fundamentales: en los capítulos dedicados al siglo XVI y a Benvenuto Cellini incorpora con elegancia la documentación histórica, que se convierte en materia narrativa con una elogiable fluidez; y en los capítulos que transcurren en la actualidad consigue una elevada dosis de adrenalina, sin exagerar los manejos habituales de este tipo de novelas. Resultaría absurdo afirmar que El amuleto de Medusa es una obra llamada a perdurar en la historia de la literatura o incluso en la memoria de los lectores, pero sin duda cumple con creces la función de entretener sin estridencias, lo cual no es poco habida cuenta del enorme caudal de mamarrachadas que padecemos en las librerías en los últimos años. Léansela sin prejuicios, porque les garantizo que tienen aseguradas varias tardes y noches de diversión, mientras aprenden cosas sobre la vida de uno de los escultores más singulares de todos los tiempos.

miércoles, 23 de enero de 2013

El último Don




Convenientemente traducida por Antonia Menini, aún puede encontrarse en algunas librerías (y desde luego en muchísimas bibliotecas) la novela El último Don, de Mario Puzo, el más reconocido escritor de Manhattan. Y llama mucho la atención el esfuerzo que hace durante las primeras doscientas páginas para que el lector se sitúe con nitidez ante el universo mafioso, bien conocido por anteriores entregas del propio Puzo y por el cine de Hollywood: su carácter, sus vendettas, su frío cómputo de ganancias, su omertà (obligación de resolver todos los problemas internos con el auxilio de la familia, sin acudir jamás a la policía), etc. Pero júzguese bien, porque todo esto que apunto es un mérito. En realidad, bien poco sabemos los ciudadanos normales sobre los manejos o los procedimientos de la Mafia, sobre sus modos de hablar o de reunirse: todo es una fabulación que proviene de los folios de Mario Puzo y del rostro impenetrable de Marlon Brando. Y en esa línea prosigue y ahonda esta novela.
La gran diferencia con la primera entrega de la serie es que ahora Mario Puzo aprovecha al máximo sus conocimientos sobre el complicado y envilecido mundo del cine (no en vano el autor es guionista de Hollywood y ha ganado dos Oscars con su trabajo), y lo enfrenta y mezcla con el de la Mafia. Así, nos encontramos en una de las partes al Padrino, don Doménico Clericuzio, rector de un universo frío, perfectamente organizado y cuajado de normas inquebrantables, y obsesionado con la idea de que sus hijos y nietos ingresen en la normalidad social, se legalicen en negocios multimillonarios y accedan a la honorabilidad, tras muchas décadas de permanecer en el lado oscuro. Y en la otra parte encontramos a los Estudios LoddStone, envueltos en una carísima superproducción llamada Messalina, dispuestos a culminarla a toda costa, aunque para ello tengan que enfangarse en mil vilezas. El filósofo alemán Friedrich Nietzsche decía, en su obra Más allá del bien y del mal, que no se ha visto bien la vida cuando no se ha visto la mano que mata de forma cortés. Pues algo así sucede en estos dos ámbitos (la Mafia y el cine): nadie respeta a nadie, y todo se basa en un delicado y cruel juego de equilibrios. Lo peculiar es que Mario Puzo reconoce mayor honradez, en este sentido, a la Mafia que a la propia industria hollywoodense: entre los mafiosos, dar tu palabra es comprometerte a cumplir, mientras que los personajes inmersos en el mundo del cine viven en un caos de farándula, hipocresía y mentira.
Aparte de esta feroz crítica al mundo del celuloide (Puzo dice que el cine es “un arte que no exige talento” en la página 351), hay en esta novela una convincente capacidad para dibujar situaciones y personajes, destacando entre ellos los de Athena Aquitane (bellísima estrella cinematográfica que escapa a la vulgaridad y la falsía de su mundo) y Cross de Lena (pariente del Don, que lleva a efecto finalmente su propósito de hacer que una parte de la familia ingrese en la honorabilidad). Y, aparte de todo esto, buenos instantes de humor (como cuando Mario Puzo enumera en la página 146 “los deportes femeninos: golf, tenis, baloncesto y natación”), impecables escenas de sexo y violencia, reflexiones seudofilosóficas gobernadas por la majestad del poder y de la astucia (“Es peligroso ser razonable con las personas estúpidas”), etc.
En suma, todos los ingredientes necesarios para disfrutar con una novela que brilla por su amenidad, su interés y, sobre todo, por una inmensa sorpresa final, impactante, que me guardaré mucho de referir, por el bien de los lectores.

domingo, 20 de enero de 2013

La desconocida del Sena



Desde que un amigo me regalara este libro, hace ya más tiempo del que puedo recordar, andaba intentando obtener un hueco para leérmelo. Y he aquí que la oportunidad se ha presentado y he conseguido aprovecharla, gracias a una mención azarosa de mi amiga Leticia Varó relacionada con la protagonista del relato que va título al volumen. Con ese detonante, extraje el libro del lugar donde lo tenía dormido en la biblioteca y me dispuse a devorarlo, en la vieja traducción de María Luisa Bombal para la editorial Losada (1962). Rompo pues la costumbre de reseñar un libro de actualidad y abordo esta obra, que tiene décadas.
De Jules Supervielle conocía algunos detalles biográficos, pero no había leído ninguna de sus obras. Así que las páginas de La desconocida del Sena han constituido mi primera aproximación a este narrador. Me han gustado mucho los pequeños universos que crea en estos nueve relatos, situados muchas veces entre la fantasía y la realidad, entre este mundo y el otro (vivos y muertos cruzándose y relacionándose), entre la grandeza y la miseria. Y me ha gustado que lo haga con una prosa lírica pero sin estridencias, con elegancia formal pero sin manierismo, con vuelo pero sin empalago: difícil equilibrio que no consiguen sino los mejores. Jules Supervielle me ha parecido uno de ellos. De ese tipo de escritores a los que uno termina por volver. Al menos yo.
“La desconocida del Sena” me ha seducido por el pudor con el que la anónima ahogada se niega a abandonar sus ropas al llegar al submundo acuático y por la crueldad con la que siempre se trata a quien es distinto (detalle curioso: una de las habitantes submarinas, para molestar a la protagonista, comenzó a tutearla, y el autor nos dice que «era eso, en el fondo del mar, el peor de los insultos», p.27). En el relato “El buey y el asno del pesebre” (ahora desacreditado por don Benedicto XVI) descubrimos la triste historia del buey acomplejado, que siente una enorme languidez porque piensa que su fealdad, su torpeza y su evidente insignificancia lo hacen indigno de estar junto a Jesús (por cierto, simpático el detalle fetichista: los reyes Melchor y Gaspar se llevan paja del pesebre, como reliquia). En “La huida a Egipto” hay una interesante reflexión sobre la humildad del ser humano: «Por más que uno no quiera ponerse en primer plano, llega sin embargo un momento en que quisiera que los otros supiesen que uno existe, que se le vea y se le oiga» (p.76). Y “La niña de alta mar”, por no ir desgranando una a una las nueve historias que se reúnen en este libro, es el impresionante, bellísimo, dulce cuento sobre una niña que vive sola en una población flotante en medio del océano, sin que nadie la pueda ver o auxiliar. Para descubrir por qué está allí y gracias a quién... habrá que leerse este cuento, uno de los más emotivos que he leído en años.
Aunque los libros del uruguayo-francés Jules Supervielle no estén casi disponibles en las bibliotecas de la región de Murcia, y apenas se editen en España, buscaré cosas suyas de la forma que sea, para seguir perfeccionando mi conocimiento de este autor. La desconocida del Sena me indica que vale la pena.

miércoles, 16 de enero de 2013

La larga marcha




Que el olvido es un artificio liberador, en virtud del cual conseguimos oxigenarnos del oprobio del mundo, lo sabe muy bien el valenciano Rafael Chirbes. Pero también sabe que se trata, en todo caso, de un engaño cruel y de un insulto a la integridad personal. Con la amnesia, lo único que logramos es desbaratar el dolor espurio y apagar las llamas más pequeñas de nuestro propio infierno, pero no alcanzamos la depuración del auténtico dolor, que nos seguirá lacerando el alma, hagamos lo que hagamos con él. Por eso, y porque sabe con Horacio que sólo lo escrito permanece sin recibir la mancilla del tiempo, Chirbes nos entregó esta novela, titulada La larga marcha, donde pretendía realizar su especial ajuste de cuentas con la más reciente historia de España.
Para conseguirlo, se acerca hasta las existencias de unos cuantos españoles-tipo, a los que persigue con delicadeza y constancia a través de dos generaciones, desde sus diferentes lugares de origen (Galicia, Valencia, etc) hasta la llegada compulsiva de sus hijos a Madrid (“rompeolas de todas las Españas”, como dijo el poeta), donde quizá encontrarán su destino. En la primera parte de este volumen, titulada El ejército del Ebro, encontramos al campesino Manuel Amado, al ferroviario Raúl Vidal, al limpiabotas Pedro del Moral, al médico don Vicente Tabarca, al cigarrero Luis Coronado, a la rica heredera Gloria Seseña, al contrabandista José Pulido y a tantos otros que van conformando, con las sabias pinceladas que Chirbes insinúa, una densa malla de pobrezas y mezquindades, que ilustran a la perfección ese estrato de lágrimas al que llamamos postguerra.
Luego, siguiendo el hilo de estas vidas, salpicadas por el ultraje o el miedo, entramos en la segunda parte del tomo, titulada La joven guardia, donde Chirbes aborda el relato de un territorio distinto, tejido con chicos y chicas que luchan contra el franquismo, que se rebelan contra la insulsa mediocridad del silencio y que esgrimen su protesta estudiantil, exaltada y digna (tal vez ingenua), a espaldas de sus padres. Frente a las miradas abatidas de sus progenitores, frente a la asunción muda del conformismo, esta joven promoción ha decidido emprender su particular y larga marcha contra el Régimen, discutiendo nuevas ideas, organizando manifestaciones de repulsa contra las ejecuciones sumarísimas y confeccionando folletos revolucionarios que reparten en la universidad. En suma, La larga marcha viene a ser la crónica completa de un país en años difíciles, en décadas atroces dominadas por la pasividad y el miedo.
Desde el punto de vista argumental, esta magnífica novela viene a suponer una mixtura satisfactoria entre La colmena, de Camilo José Cela (por cuanto se encarga de mostrarnos espléndidamente la vida en la España de los últimos años cuarenta), y Quemados sin arder, de Fernando Martín Iniesta (por lo que se refiere a pintarnos, con prodigiosa gama de matices, las ideas de una juventud que se desgañitó contra las miserias del Régimen). Es verdad que ya teníamos ambas cosas, tanto en novela como en teatro, pero lo que no teníamos era un bloque conjunto, donde al miedo vapuleado de los padres se uniera la lenguaraz rebeldía de los hijos, en agónico e inútil desfile.
Al cabo, Chirbes nos abate con un final desesperanzado y frustrante, donde parece querer recordarnos con languidez y con melancolía que la vida no es justa; y que la Historia no puede ser dirigida con una batuta, como dijo Camilo José Cela en otra de sus producciones. La Historia es cruel como la vida. O viceversa, quién sabe.

domingo, 13 de enero de 2013

Veintidós cuentos picantes



Llega un momento (al menos a mí me ocurre) en que de ciertos escritores nos interesan, aparte del núcleo, las periferias. Así, después de haber devorado los cuentos y las novelas de Julio Cortázar, nos abalanzamos sobre su poesía y sus misceláneas; después de conocer la prosa de Camilo José Cela nos acercamos con curiosidad a su poesía; después de paladear los versos del insigne oriolano Miguel Hernández abrimos con estupor sus autos sacramentales; etcétera. Yo recuerdo que, en mi infancia, disponía de un tomo de fábulas donde se incluían La zorra y las uvas o La cigarra y la hormiga (esta última utilizada también con tintes humorísticos y sociales en la película Los lunes al sol). De tal forma que el nombre de Félix María de Samaniego me acompaña desde hace cuatro décadas. Ahora, con gran regocijo, he podido leer sus composiciones eróticas (que las hizo, y muy salaces) de la mano de la editorial Pepitas de calabaza. El responsable de la edición es Alfonso Martínez Galilea y se incluyen ilustraciones magníficas de Javier Jubera García. Y así, el fino moralista Félix María Serafín Sánchez de Samaniego Zabala, noble por cuna, adquiere a mis ojos una nueva dimensión, mucho más graciosa, desenfadada, procaz y libertina que aquellas rancias enseñanzas moralizantes que tanto gustaron a la sociedad de cuando entonces (permítaseme adoptar la fórmula del uruguayo Juan Carlos Onetti).
Sorprende, además, que muchas de las historias estén protagonizadas por integrantes del mundo de la religión (monjas, frailes). Así, en “El reconocimiento” descubriremos la hilarante exploración que acomete una abadesa entre las féminas de su convento al saber que todas están preñadas y que, por tanto, un varón se encuentre disfrazado entre ellas; o veremos en “El voto de los Benitos” cómo una amplia comunidad benedictina alivia sus pruritos genitales gracias a la labores higiénicas de una lavandera; o nos reiremos a carcajadas imaginando al pueblerino que hace el papel de Jesús crucificado en una representación teatral bíblica y que, para su desgracia, vislumbra desde lo alto las turgencias exuberantes de María Magdalena y alza indebidamente el taparrabos que lo cubre...
Pero que nadie piense que nos hallamos ante un volumen anticlerical, pues no es así. Otras historias se mueven por derroteros absolutamente laicos (y no menos rijosos): estoy pensando en esa fábula número 6 donde una joven que está manteniendo relaciones sexuales con un apuesto amante recibe de su tía (cegata y creyendo que los enérgicos suspiros que emite su sobrina son de enfermedad) una lavativa. Esta doble penetración depara a la muchacha desiguales niveles de gozo interno. Y pienso también en la fábula número 11, donde se nos muestra la disputa judicial entablada entre una mujer y un hombre por el pago incompleto de unos servicios sexuales. El varón alega que no pudo meter todos sus trastos en el cuarto que ella le alquiló; la dama le replica, desafiante, que tenía otro cuarto, más estrecho y oscuro, también disponible para él.
En estas fábulas llenas de aciertos expresivos y situaciones desternillantes, el alavés Félix María de Samaniego nos muestra cómo el erotismo se presta también a la composición de poemas pizpiretos e incluso sonrojantes que, leídos con el ánimo liberado de prejuicios, nos hacen sonreír, reír o incluso excitarnos. Un libro fantástico que ningún lector inteligente se debería perder.

jueves, 10 de enero de 2013

Autorretrato sin retoques




Cuando al escritor ya sólo le quedan sus recuerdos y un previsiblemente corto bagaje de años por vivir, suele ser frecuente que elabore un volumen de tono autobiográfico, con el que trata de justificarse ante el mundo y en el que nos informa sobre su hacer vital, con los oportunos retoques de maquillaje. Pero lo que ya no resulta tan frecuente es que dicho volumen, como éste de Jesús Pardo (Santander, 1927), bruñido con una prosa magnífica, se detenga tanto en los episodios masoquistas o aparentemente lamentables de su existencia. Bien es verdad que las autobiografías escabrosas abundan por doquier, pero por lo que respecta a las autobiografías autoflageladoras, quizá las que ahora comento sólo tengan parangón con las del prosista caucasiano Arthur Adamov, formadas por un extenso muestrario de truculencias y humillaciones personales y sexuales que él relataba sin cortapisas. Del mismo modo, el norteño Jesús Pardo, que ignora la templanza timorata y el pudor al uso, nos desmonta de manera abrupta a sus progenitores (“Desde muy joven renuncié conscientemente a mis padres físicos, a quienes no debo nada, pues el mero acto de darme vida no me parece endeudar al que la recibe”, p.67); admite con gran serenidad que toda su larga vida ha sido un “frenético beber y constante búsqueda de putas” (p.358); que engañó repetidas veces a su esposa con una amiga de la familia (p.169); que su estancia londinense fue un reiterativo episodio de borracheras y de orgías; o que estuvo a punto de convertirse en un servil lacayo de la censura franquista, dado que “yo tenía madera de corrupto, lo único que me faltaba eran corruptores” (p.227). Estas descarnadas sinceridades le permiten, eso sí, propalar de otros personajes similares tremendismos, con la misma frialdad, y decirnos que Ricardo Gullón era un falangista autoritario e hipócrita (p.129), que Emilio Romero era un trepa y siempre se consideró un ministro frustrado (p.226) o que este último periodista tenía, en los años 60 y según informaciones de primera mano, “la polla más sucia de Madrid” (p.198).
Un libro de memorias que tuvo que levantar, seguro, fogosas polémicas, pero que tampoco nos debe hacer olvidar otros nutrientes literarios de primera magnitud. Por ejemplo, que el autor nos explica paso a paso en el tomo su proteica labor periodística (fue corresponsal de diversos diarios en Inglaterra, durante décadas, y eso le permitió conocer un mundo europeo que al resto de los españoles, sumidos en el franquismo, parecía estarles vedado), su fecunda trayectoria intelectual, cuajada de lecturas tenaces y diversas (miles de libros leídos y más de cien traducidos por él), su infinita colección de discos y su vasta cultura, ennoblecida con el inusual dominio de hasta quince idiomas, según afirma. Satírico, señala que con ellos, “conseguiré, si no otra cosa, que mis gusanos sean los más políglotas del cementerio” (p.333).
En conclusión, un libro cuyo interés jamás declina, que conduce al lector por caminos de nostalgia, de erotismo, de cultura y de pasión y que, aunque el propio Jesús Pardo lo etiqueta como su última obra (“Remato ahora mi vida de escritor con estas memorias”, p.73), vio su continuación en los volúmenes Memorias de memoria (2001) y Borrón y cuenta vieja (2009).

sábado, 5 de enero de 2013

Tragedias completas




La figura de Séneca suele estar asociada en nuestra mente con la imagen de una persona inteligente y culta que, al modo de un emperador Marco Aurelio, nos ha dejado una buena provisión de sentencias, máximas o aforismos que se pueden aplicar con provecho a muchos aspectos diferentes de la vida. De hecho, ahí están sus Cartas a Lucilio (que reseñaré dentro de pocas semanas) para demostrar la solidez de su temperamento, lo sagaz de sus análisis y lo atinado de sus conclusiones. El hombre que hizo lo posible por educar al desequilibrado Nerón, que viajó por varios países para completar su formación filosófica (Italia, Egipto, Grecia), que sufrió de asma durante toda su vida y que sobrevivió a penas de muerte, destierros, envidias y acusaciones relacionadas con el elevado número de sus riquezas, acabaría suicidándose para evitar la ira del emperador tras una conjura en la que algunas voces le implicaban.
Pero hay una faceta literaria de Séneca que es mucho menos conocida: su labor como dramaturgo. Por suerte, ya disponemos de una edición completa, monumental y quizá insuperable de las tragedias de este autor, elaborada por la profesora Leonor Pérez Gómez. Sus 1244 páginas forman un bloque al que sólo se le hace justicia con la utilización de un adjetivo: excepcional. Nunca (y les puedo asegurar que he manejado muchas ediciones eruditas, por obligación o por gusto, en las dos últimas décadas) me había encontrado con un despliegue tan apabullante como el que se puede encontrar en este volumen: un prólogo completísimo, una traducción en la que se cotejan escrupulosamente todas las variantes textuales e interpretativas que las diferentes piezas han merecido en manos de los estudiosos y, como guinda, centenares y centenares de notas a pie de página donde se abordan datos biográficos del autor, aclaraciones mitológicas, analogías con otros escritores y un sinfín de detalles que arrojan luz sobre cada matiz de las obras de Séneca.
En este conjunto maravilloso de tragedias que ahora tenemos reunidas en nuestras manos, el pensador nos dejó algunas reflexiones memorables sobre la condición humana, sobre el Destino y sobre la vida y la muerte, a la vez que esmaltó sentencias que harán las delicias de los más exigentes lectores: algunas nos hablan del goce de vivir («Mientras los Hados lo permiten, vivid felices: en veloz curso la vida se apresura y con días alados gira la rueda del año que se precipita», p.198), sobre la necesidad de que observemos nuestro entorno y denunciemos sus vilezas («Quien cuando puede no impide cometer un delito, lo ordena», p.332), sobre la eutanasia («Quien obliga a morir al que no quiere es igual que quien se lo impide al que tiene prisa», p.422), sobre la ambición sin límites («El que tiene demasiado poder quiere poder lo que no puede», p.593) o sobre la conveniencia de que la reflexión prime sobre la condición perruna («A veces es un crimen la lealtad», p.1000). Lean este libro con un lápiz en la mano. Me agradecerán el consejo.