miércoles, 13 de noviembre de 2013

Josefine y yo



Los ancianos —siempre lo he dicho— esconden historias. Aunque, pensándolo bien, quizá el verbo esconder no resulte el más adecuado para definir su espíritu, porque incorpora como ingredientes básicos las nociones de ocultación y oscuridad cuando, realmente, lo que muchos de ellos quieren es precisamente lo contrario: compartir, comunicar, revelar. Basta con tirarles un poco de la lengua.
El protagonista masculino de esta novela de Hans Magnus Enzensberger (que traduce Richard Gross para el sello Anagrama) se llama Joachim, es un joven economista de brillante proyección y, un día, experimenta un encuentro fortuito que marcará su vida: una anciana es zarandeada por un motorista que pretende robarle su bolso; y él, movido por un impulso cívico, logra desbaratar la acción. Desde ese instante acudirá todos los martes a tomar el té a su casa e irá conociendo la intimidad intelectual y biográfica de la corrosiva Josefine K.
Ella, excéntrica, iconoclasta, provocadora y desinhibida, le hablará a sus anchas de deporte («¡Qué lástima que no haya modo de prohibir esa aberración! Un hábito repugnante, si quiere que le diga la verdad»), de la solidaridad humana («Hubo tiempos en que siempre había que solidarizarse con algo o alguien. Pero luego reparé en que era una vía de un solo carril. Si mal no recuerdo, nunca nadie se ha solidarizado conmigo»), del Estado («Ese chupóptero sólo quiere cobrar. Nos extorsiona como la mafia: siempre tenemos que pagar un impuesto»), de los diseñadores («Cualquier botarate cree tener ideas. Y eso que la mayoría de las cosas no tienen mejora. Es un disparate pretender retocar una cama o una bicicleta. Son objetos perfectos [...] Lo que yo necesito es una mesa que tenga forma de mesa y no de hamburguesa»), de los expertos en el estudio de la mente («Los psicólogos son los únicos que se oponen al olvido. No me extraña que sean infelices»), de la hipocresía mundial («Tengo derecho a poseer armas nucleares, pero el que tú pretendas otro tanto es algo intolerable a lo que me opondré por todos los medios. O fíjense en los musulmanes. Insisten en poder construir en nuestras latitudes todas las mezquitas que les dé la gana, pero ni hablar de levantar una iglesia cristiana en Riad o Esmirna. Desean que respetemos sus reglas, pero no viceversa. Y así sucesivamente»), de la cultura («Es un hecho minoritario. Las llamadas personas normales prefieren el jaleo y la diversión. Un poco de televisión, de vez en cuando una película de terror, una discoteca ensordecedora o, naturalmente, un partido de fútbol, que es lo que más les gusta»), de la publicidad («Prohibiría la publicidad, porque intoxica el espacio público y nos roba tiempo. ¿Acaso es necesario que en medio de una película salga un señor de voz babosa para ponernos un limpiador de inodoro delante de las narices?»), del sexo («La naturaleza nos obliga a unos esfuerzos acrobáticos curiosísimos»), de los informativos de televisión («Es un milagro que no terminemos en el psiquiátrico, víctimas de un ataque de esquizofrenia causado por la avalancha de noticias con que nos bombardean cada día»), del vínculo conyugal («Todo matrimonio por amor representa un riesgo demencial, un riesgo que ningún jugador de ruleta asumiría») y de cualquier otro tema que, de manera abrupta y deslenguada, le venga a la cabeza. En ocasiones, conseguirá irritar a Joachim (o al lector); y en otras provocará una incómoda sensación de empatía, pese a su visceralidad.

Poco a poco, soslayando sus impertinencias y preguntando a su criada Fryda, Joachim descubrirá qué se esconde en el alma y en el corazón de la misteriosa anciana, antigua cantante de ópera, tres veces casada y divorciada y que, pese a su actual pobreza, fue invitada a cenar en varias ocasiones por el jerarca nazi Joseph Goebbels. Un libro, a mi entender, fascinante.

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