domingo, 10 de febrero de 2013

Tragedias




Tras haber comentado hace unas semanas el primer volumen de la hermosa colección de cinco que la editorial Debolsillo (sello de Random House Mondadori) ha consagrado en los últimos meses a la obra ciclópea de William Shakespeare, y que estaba integrado por las comedias del autor inglés, abordo hoy el comentario de las tragedias, que componen el segundo. Los traductores siguen siendo exquisitos (Tomás Segovia, Vicente Molina Foix, Agustín García Calvo, etc); y el cuidado en la composición del tomo, memorable.
¿Y qué se puede decir de estas obras, que no se haya dicho ya millones de veces, por activa y por pasiva, en español y en otros idiomas, en periódicos y libros, en cátedras y en revistas, en voz alta y por escrito? Sin duda, nada. Debería resultar suficiente con enumerar los títulos que componen esta densa entrega (1146 páginas) para comprender toda la grandeza que atesora: Romeo y Julieta, Hamlet, Otelo, El rey Lear, Macbeth... Una sola de ellas bastaría para encumbrar a un autor hasta el cielo de lo perdurable. Y el cisne de Stratford las escribió todas. Es increíble decirlo, e incluso pensarlo, pero es la anonadante realidad: las escribió todas. Una a una, acto a acto, escena a escena, parlamento a parlamento, personaje a personaje. Fue capaz de transformarse en un joven súbitamente enamorado en Verona, en un príncipe danés que experimenta una pérdida familiar durísima, en un general moro veneciano que sufre la mordedura terrible de los celos, en un rey de Bretaña que padece la ingratitud lamentable de sus dos hijas predilectas, en un ambicioso general escocés que mata a su rey y en docenas de personajes más. Y consiguió hablarnos como nadie del amor, de la duda, de la venganza, de la ambición, de la avaricia, de los altos y bajos instintos del ser humano, de sus Everests y de sus Fosas de Filipinas, de los meandros más turbios y de los fulgores más esplendorosos de su alma. Fue el mejor dibujante de interiores que la dramaturgia universal ha conocido. Y aunque en ocasiones sus frases nos parecen difíciles de interpretar, porque esconden pliegues de enigma o se balancean y se resisten a ser interpretadas de un modo cristalino y unívoco, siempre podemos recurrir a la famosa aseveración de Jorge Luis Borges: «Shakespeare será ambiguo, pero es menos ambiguo que Dios».
Y no contento con entregarnos semejante cargamento de espeleologías, el dramaturgo inglés espolvoreó sus piezas con juicios atinadísimos sobre los temas más variados: los errores de la indulgencia mal administrada («El perdón asesina si perdona a asesinos», Romeo y Julieta, acto III), las más que justas protestas de una esposa («Soy parte de ti, o eso creo, mas ¿sólo cuando te conviene? Acompañarte a la mesa, complacerte en la cama, hablarte de vez en cuando, rondar los márgenes de tu deseo, ¿ese es mi lugar en tu vida?», Julio César, acto II), la necesaria moderación que debe presidir siempre las represalias y desquites («No es equitativo vengarse en los que son por los que fueron», Timón de Atenas, acto V) y muchas otras que los lectores podrán ir descubriendo conforme naveguen por las páginas deliciosas de este segundo tomo shakespeareano. No creo que haga falta declarar solemnemente que iré dando cuenta en esta página de los sucesivos volúmenes de la colección.

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