miércoles, 27 de febrero de 2013

Acabo de matar a mi editor




Existen escritores que, por un misterioso dictamen del ánimo o de la afinidad, nos seducen y encandilan desde que comenzamos a leerlos. Algo en sus líneas (algo que quizá ni seamos capaces de definir) se convierte en un imán irresistible que nos atrapa, nos invade, nos convence y nos lleva a perseguir todos sus libros, allá donde estén editados, para sumergirnos en sus páginas. En mi caso, es evidente que el madrileño Antonio Parra Sanz ocupa uno de esos lugares de privilegio, tanto por sus relatos breves (Desencuentros, El sueño de Tántalo) como por sus novelas (Ojos de fuego, Apocalipsis 17,1) o sus colecciones de artículos (La linterna mágica). Ahora llega a mis manos su recentísima última producción: la novela Acabo de matar a mi editor, que nos propone una historia bien singular. Y no sólo porque sea atractiva y chocante en sí misma, sino porque lo es en relación a la anterior obra de Antonio Parra. En efecto, cuando apenas nos hemos introducido en la peripecia de Jaime Loynaz (protagonista del volumen) nos vamos dando cuenta de que es un hombre aguijoneado por afanes literarios, que lleva mucho tiempo incurso en la redacción de una novela. Y esta novela no es otra que Apocalipsis 17,1. Durante las 226 páginas de esta intensa narración se nos explica el proceso mediante el cual el personaje de Acabo de matar a mi editor se convierte en el autor de Apocalipsis 17,1. De ahí que las conexiones que podamos establecer entre ellas no sólo serán importantes sino iluminadoras, porque nos ponen ante los ojos un juego de cajas chinas de lo más sugerente. Quienes eran criaturas dibujadas por el escritor madrileño pasan ahora a convertirse en espíritus modelados por Jaime Loynaz, un tipo atormentado, incomprendido, con una vida familiar defectuosa, aficionado a unos licores que, según cree, lo auxilian en la creación... y que recibe unas visitas pintorescas, que le serán tan útiles para redactar su obra como perturbadoras desde el punto de vista personal. Si don Miguel de Unamuno escribió aquel opúsculo titulado Cómo se escribe una novela, el escritor madrileño nos propone un ejercicio mucho más fascinante: ver cómo es la vida de alguien mientras escribe una novela. Contemplarlo en el trance dificultoso, agónico, lento y terrible del parto literario. Ver la manera en que Jaime Loynaz constata lo terrible de su condición (“Cuanto más despreciable era mi comportamiento con los que me rodeaban, mejor era mi rendimiento literario”, p.111) y cómo se ve afectado por su golem, Marcos Galván (“Galardonado con el privilegio de señalar y castigar”, p.144); y, sobre todo, la forma en que su vocación de escritor lo convierte, al pasear por las calles, en un “coleccionista de almas” (p.168). En Acabo de matar a mi editor (singular crónica de una muerte anunciada), Antonio Parra Sanz logra un texto memorable, una exploración meticulosa por las cuevas del fracaso y una bitácora llena de meandros y ángulos oscuros, redactada con prodigiosa brillantez. Nadie en su sano juicio se aplica a la tarea de explicar por qué está bueno un bombón de chocolate: simplemente nos invita a que lo paladeemos. Igual haré yo. Acérquense a esta obra y lo comprenderán por sí mismos.

domingo, 24 de febrero de 2013

Cartas (1955-1964)



Continúo con la exploración de las cartas de Julio Cortázar que la editorial Alfaguara ha publicado en cinco abultados volúmenes. El segundo tomo (el que hoy me ocupará) abarca el período comprendido entre 1955 y 1964; es decir, los años en los que se produjo la consagración internacional del escritor argentino, sobre todo desde la publicación de la monumental Rayuela (1963). Abundan, de hecho, las notas prolijas sobre esta novela en la parte final del libro: correcciones que es preciso realizar, detalles tipográficos que conviene que sean respetados, polémicas que suscita, etc. Pero también hay otras cuestiones literarias que llaman nuestra atención de forma poderosa. Por ejemplo, el esfuerzo que tuvo que hacer el escritor argentino para entender las complicadas páginas (amadísimas) de José Lezama Lima: «He tenido que rendirme tristemente a mi incapacidad para yuxtaponerme al punto de vista de usted; excéntrico a ese punto, todo el sistema se me escapaba» (p.134); o los elogios que dedica a La región más transparente, de Carlos Fuentes, a la que sólo incorpora un matiz de discrepancia formal: «Tal vez hubiera ganado con un planteo más caritativo para el lector» (p.167); o el gesto desdeñoso que dedica a Sobre héroes y tumbas, de su compatriota Ernesto Sábato («Una especie de folletín», p.276).
Igualmente, Julio Cortázar reconoce haber quemado más de quinientos poemas, escritos durante su juventud, porque una vez leídos en la edad adulta no le parecía que estuviesen adornados con una mínima calidad (p.93). Y que cuando se plantea escribir un cuento lo hace siempre desde la diversión («Nunca he conocido otra razón para escribir. La famosa misión del escritor se la dejo a los de la Sade, que bastante joroban con ella», p.108). Eso no le impide tomar conciencia de que, una vez acabadas, sus obras son productos comerciales, y que han de incorporarse a las reglas del juego. Así, tras pedir cinco mil dólares por la cesión de derechos de una novela para el cine, y anticipándose a la previsible indignación del pagador, escribe: «Yo a mi vez encuentro abultadísimas las sumas que cobran las vedettes por unas pocas semanas de trabajo; a mí Los premios me llevó mucho más tiempo» (p.615).
No menor importancia tienen, a mi juicio, las referencias políticas que se van cruzando en la obra, las cuales nos permiten perfilar la posición de Cortázar. Reacio al sistema capitalista (que le provoca perplejidad y desdén), no fue tampoco un comunista extremo en estos años. En enero de 1963, después de visitar Cuba, expresa su apoyo a la revolución castrista, que será buena siempre que consiga «eliminar a los duros y apoyarse en el sector moderado del comunismo» (p.355). Porque, a su entender, lo más peligroso para los cubanos son «las presiones estalinianas» (p.473).
Y si buscamos humor, también lo hallaremos a raudales en estas misivas. Tras una visita a Suiza, Cortázar anota: «La comida es tan perfecta que no tiene gusto a nada; los suizos se han dado cuenta y, llenos de inquietud, le echan tales dosis de pimienta que luego uno las pasa mal. El sabor general de las cosas es algo así como el del papel higiénico mojado y envuelto en talco» (p.44).
Páginas, pues, para el disfrute, el aprendizaje y el mejor conocimiento de uno de los escritores más brillantes del siglo XX.

miércoles, 20 de febrero de 2013

Nunca olvidaré tu nombre




Abraham, por mandato inflexible de Yahvé, colocó a su hijo Isaac sobre el altar de los sacrificios, dispuesto a la consumación del horror, con un cuchillo en la mano y toda la certidumbre de la fe en su espíritu. Pero cuando la sentencia fue posteriormente revocada no nos dice la Biblia (y es significativa esa laguna) de qué modo se miraron a partir de entonces padre e hijo, qué tinieblas velaron sus pupilas, qué decepcionada pátina cubrió ya para siempre sus ojos.
Aníbal Salinas, viejo excombatiente de la guerra civil española, también parece haber escuchado en su interior una voz (igual de imparable e igual de firme) que lo impulsa hacia el ayer; y emprende el camino de vuelta a Los Olmos. Sabe que “un hombre pertenece a un solo territorio y a una sola mujer. Si los pierde, lo pierde todo” (p.37), y retorna por ello al pueblo de su juventud, donde dejó hibernado un amor y diferida una muerte. Ambas pulsiones, con violencia de huracán, escindirán su vejez y teñirán de acíbar sus horas de regreso. El amor (Elvira) no será al fin menos melancólico que la venganza (don Fidel), porque el tiempo es una cascada de dolor cayendo infinitamente, pero Aníbal sabía o intuía desde el principio que de ese modo funcionan las cosas, y que los cálices se apuran, y que el rictus ha de permanecer impasible. No le asusta (no le puede asustar) ese descubrimiento. Él sabe que se tiene una patria; y que se tiene un destino; y que ambos son ineludibles (“Había regresado a Los Olmos para ejecutar una venganza y dar término a una antigua y dolorosa historia de amor. Era demasiado viejo para ambas cosas y no le era posible zafarse del dolor ni de la idea concreta de la muerte. En realidad, las dos cosas eran la misma, puesto que una le llevaba inexorablemente a la otra”, p.19).
Pascual García nos demuestra en Nunca olvidaré tu nombre que no sólo es un poeta excepcional y un primoroso autor de relatos breves, sino que sus artes se extienden también al complejo mundo de la novela, que en sus manos adquiere espesor geológico. Una escritura en la que cada vocablo esconde una verdad de múltiples matices que dibujan sobre la página su música de desgarro y de reencuentro.

domingo, 17 de febrero de 2013

Historia del eremita



En algún lugar lo he contado ya por escrito: mi primer conocimiento de la obra de Miguel Espinosa (1926-1982) no pudo ser más desafortunado. Yo había enviado un cuento a la revista murciana Postdata y la persona que lo leyó (el siempre generoso Soren Peñalver) me dijo que iba a ser publicado a doble página en el siguiente ejemplar de la misma. Con el alborozo del joven escritor casi inédito que empieza a ver cumplidos algunos sueños literarios, acudí al quiosco cuando ésta salió... y me encontré con la amarga sorpresa de ver que estaba dedicada íntegramente al escritor caravaqueño. ¿Y este Miguel Espinosa quién es?, pensé con tanta frustración como ignorancia. Luego, por descontado, la lectura de sus páginas me anonadó; y acudí a los libros de Miguel; y los recorrí enteros; y le acabé dedicando incluso un libro a tan singular estilista (Palabras en el tiempo). Comencé receloso y concluí espinosiano.
Ahora, la tenacidad de Fernando Fernández (responsable del sello editorial Alfaqueque, radicado en Cieza) nos depara a los lectores de Miguel una inesperada joya, tan largamente anunciada como desesperantemente postergada durante años: Historia del eremita, uno de los primeros borradores de la monumental Escuela de mandarines, quizá la novela murciana más importante de todos los tiempos. ¿Y qué encontramos en esta voluminosa primera tentativa? Pues ante todo hay que decir que al lector medio (yo creo que es necesario y hasta obligatorio ser sincero) le planteará más de un problema la densidad intelectual y conceptual de sus primeras páginas, que se mantienen en un alto nivel de exigencia. Pero que si hace el esfuerzo de situarse en el mundo que Miguel dibuja para nosotros encontrará un placer infinito en sus análisis, en sus descripciones, en sus reflexiones sobre el poder, el ser humano, el tiempo y la condición de nuestra sociedad. Y sin apenas ser consciente se habrá sumergido en el océano simbólico que es en realidad este volumen, donde la política, la filosofía, la psicología y la novela caminan inextricablemente enlazadas con resultados maravillosos. Espinosa fue un observador implacable y lúcido de su época y codificó sus conclusiones en esa vasta metáfora que es la Feliz Gobernación, cuyos primeros andamios están aquí esbozados.
Leída con un lápiz en la mano (consejo que les sugiero que sigan), la obra nos entrega, además de escenas memorables donde el humor y la gravedad se aúnan para trazarnos la caricatura de un sistema social tan burdo como enervante, algunos aforismos deliciosos sobre los sentimientos humanos («Un corazón solitario es, también, un corazón absurdo», p.83), sobre la serenidad analítica que deben observar las personas juiciosas («Podrá hundirse el mundo con todo el estropicio que se quiera, y quedará impávido el corazón del sabio», pp.235-236) o sobre el desagrado que producen en el cerebro de los inteligentes los rebuznos extemporáneos de los necios («No hay cosa más dolorosa para un sabio que oír a un cernícalo opinar», p.318).
Quienes busquen un libro distraído, llevadero, insustancial y cuajado de concesiones, busquen en otro tomo, porque en Historia del eremita no lo habrán de encontrar. Quienes, por el contrario, hayan tomado la decisión de sumergirse en un volumen que les haga pensar y que los obligue al esfuerzo de mejorar su vocabulario y su capacidad de análisis, han elegido sabiamente. Ésta es su obra.

jueves, 14 de febrero de 2013

Pájaros de fuego




Acostumbrado desde mi juventud a formarme una opinión personal y directa sobre todo tipo de escritores, decido sumergirme en un libro de la singular y controvertida Anaïs Nin. Tengo en mi biblioteca dos volúmenes de cuentos y media docena de tomos de sus Diarios, pero nunca había tenido la idea de sentarme, seriamente, a recorrer ninguno de ellos de principio a fin. No por ninguna razón especial, sino porque otros volúmenes se habían interpuesto siempre entre nosotros y había ido postergando su abordaje. Hoy me he puesto con Pájaros de fuego y puedo concluir que la experiencia no ha estado nada mal. No es un prodigio narrativo (no nos engañemos), pero hay historias que tienen su magnetismo y que están contadas con gancho y eficacia.
El primero de los relatos es “Pájaros”, protagonizado por un pintor bastante exhibicionista y escrito con poca gracia. “La mujer de las dunas” es mucho más sugerente, sobre todo en ese instante en que ella recuerda cómo en su juventud fue testigo de una ejecución y, mientras contemplaba al reo con el corazón desbocado, un hombre se apoyó en ella, la tocó e incluso la penetró. La mezcla de miedo, ansiedad y excitación funciona maravillosamente en ese final del relato. “Lina” es la historia de una lesbiana reprimida, donde Anaïs Nin logra introducir alguna secuencia de alto voltaje erótico. “La maja” nos lleva hasta la fascinante relación entre un pintor y una mujer puritana (española), a la que el artista desea pintar desnuda. Para lograrlo tiene que esperar hasta que ella duerme... El final, cuyos matices no revelaré, es tan turbador como delicioso. En “Una modelo” bastan los dedos de Reynolds para provocar en la joven unos orgasmos estremecedores. Los siguientes relatos del tomo (“La reina”, “Hilda y Rango” y “El chanchiquito”) son auténticas castañas, que producen rubor de malos que son. “Azafrán” nos lleva hasta un mundo en el que la sensualidad de una mujer puede venir determinada por el olor que exhala su piel. Y “Mandra” es, a mi juicio, la narración más excitante, completa, sugerente y poderosa del libro: los escarceos lesbianos de una mujer que consigue arrancar placer a dos mujeres, en ocasiones diferentes. Un texto tan breve como explosivo.
En suma, que no descarto la idea de volver a Anaïs Nin en otra ocasión. No sé si con otro volumen de cuentos o, directamente, con el primer tomo de su célebre y controvertido diario. Ya se verá.

domingo, 10 de febrero de 2013

Tragedias




Tras haber comentado hace unas semanas el primer volumen de la hermosa colección de cinco que la editorial Debolsillo (sello de Random House Mondadori) ha consagrado en los últimos meses a la obra ciclópea de William Shakespeare, y que estaba integrado por las comedias del autor inglés, abordo hoy el comentario de las tragedias, que componen el segundo. Los traductores siguen siendo exquisitos (Tomás Segovia, Vicente Molina Foix, Agustín García Calvo, etc); y el cuidado en la composición del tomo, memorable.
¿Y qué se puede decir de estas obras, que no se haya dicho ya millones de veces, por activa y por pasiva, en español y en otros idiomas, en periódicos y libros, en cátedras y en revistas, en voz alta y por escrito? Sin duda, nada. Debería resultar suficiente con enumerar los títulos que componen esta densa entrega (1146 páginas) para comprender toda la grandeza que atesora: Romeo y Julieta, Hamlet, Otelo, El rey Lear, Macbeth... Una sola de ellas bastaría para encumbrar a un autor hasta el cielo de lo perdurable. Y el cisne de Stratford las escribió todas. Es increíble decirlo, e incluso pensarlo, pero es la anonadante realidad: las escribió todas. Una a una, acto a acto, escena a escena, parlamento a parlamento, personaje a personaje. Fue capaz de transformarse en un joven súbitamente enamorado en Verona, en un príncipe danés que experimenta una pérdida familiar durísima, en un general moro veneciano que sufre la mordedura terrible de los celos, en un rey de Bretaña que padece la ingratitud lamentable de sus dos hijas predilectas, en un ambicioso general escocés que mata a su rey y en docenas de personajes más. Y consiguió hablarnos como nadie del amor, de la duda, de la venganza, de la ambición, de la avaricia, de los altos y bajos instintos del ser humano, de sus Everests y de sus Fosas de Filipinas, de los meandros más turbios y de los fulgores más esplendorosos de su alma. Fue el mejor dibujante de interiores que la dramaturgia universal ha conocido. Y aunque en ocasiones sus frases nos parecen difíciles de interpretar, porque esconden pliegues de enigma o se balancean y se resisten a ser interpretadas de un modo cristalino y unívoco, siempre podemos recurrir a la famosa aseveración de Jorge Luis Borges: «Shakespeare será ambiguo, pero es menos ambiguo que Dios».
Y no contento con entregarnos semejante cargamento de espeleologías, el dramaturgo inglés espolvoreó sus piezas con juicios atinadísimos sobre los temas más variados: los errores de la indulgencia mal administrada («El perdón asesina si perdona a asesinos», Romeo y Julieta, acto III), las más que justas protestas de una esposa («Soy parte de ti, o eso creo, mas ¿sólo cuando te conviene? Acompañarte a la mesa, complacerte en la cama, hablarte de vez en cuando, rondar los márgenes de tu deseo, ¿ese es mi lugar en tu vida?», Julio César, acto II), la necesaria moderación que debe presidir siempre las represalias y desquites («No es equitativo vengarse en los que son por los que fueron», Timón de Atenas, acto V) y muchas otras que los lectores podrán ir descubriendo conforme naveguen por las páginas deliciosas de este segundo tomo shakespeareano. No creo que haga falta declarar solemnemente que iré dando cuenta en esta página de los sucesivos volúmenes de la colección.

miércoles, 6 de febrero de 2013

Si tú supieras



Nunca he sido tibio en mis opiniones literarias, ni he ocultado lo que realmente pensaba de los libros que iba comentando, así que ahora, a punto de cumplir los 47 (el mes que viene), no voy a cambiar mi modo de hacer reseñas. Comenzaré, pues, afirmando que las obras de Antonio Gómez Rufo me encantan. Desde que lo leí por primera vez allá por 1992 no he dejado de acercarme a sus libros con curiosidad, gratitud y alegría. Es un autor que, además, me sorprende por su tremenda versatilidad brillantísima: ha frecuentado con éxito la novela, el ensayo, los cuentos, los artículos periodísticos, la biografía y hasta los libros de corte infantil. Y en todos los terrenos ha demostrado una soltura envidiable en el manejo de la lengua y sus resortes, siempre misteriosos y proteicos.
Hoy traigo a la pantalla una propuesta sencillamente monumental: la novela Si tú supieras, una obra fresca, intimista y bellísima donde se nos cuenta una preciosa historia de amor que se desarrolla entre dos mujeres, Andrea y Carmen, salpicada de infortunios, ternura y besos. No es una novela de amor anormal, sino una anormal novela de amor. Y si la adjetivo así es porque lo esperable sería una cierta dosis de morbo, una recreación turbulenta que Gómez Rufo, con inteligente y exquisito criterio, se niega a darnos. No hay conmiseración en estas páginas, más que la justa; no hay tampoco asiduidad en las descripciones sexuales, salvo también la justa; y no hay lirismo meloso, excepto el que toda buena historia de amor, por su misma entraña, requiere. De ahí que el resultado final pueda calificarse de extraordinario. Domina el corazón sobre los genitales, y el alma sobre el aleteo de las manos. Andrea admirará en Carmen “el aroma a hierbabuena de su risa”; y ésta, casada y con hijos, encontrará en la joven Andrea un boquete de luz por el que mirar el mundo de distinta manera.
Andrea se ha pasado media vida disimulando sus gustos sexuales (“Vivir en el engaño ha sido su modo de sobrevivir”), y Carmen, agazapada en las redes de un matrimonio anodino y gris, siempre se ha negado a aceptar que, verdaderamente, le gustaban las mujeres. Era una ruptura demasiado brutal con su propio código de valores, y por eso ha tenido que luchar lo indecible para acariciar la piel de su nueva amiga con la pasión y el gozo que ambas anhelaban. Por eso esta novela alcanza tan elevadas cotas de introspección y de auténtica espeleología erótica. Quizá tengamos en las manos (yo así lo creo) uno de los mejores libros de amor de los últimos tiempos. 

domingo, 3 de febrero de 2013

Hijos de un dios extraño




Para quienes abominan de la modernidad internética o descreen de la valía intelectual de las redes sociales declararé que yo conocí a Pedro Pujante gracias a Facebook. El azar, ese gran maestro de ceremonias, nos vinculó; y la curiosidad me impulsó a hacerme con su libro Hijos de un dios extraño (Chiado Editorial), sobre el que hoy quería recopilar algunas notas de lectura, porque entiendo que el tomo las merece. ¿Qué es lo que encuentra el lector en sus ciento cincuenta páginas? Pues diez historias breves y una algo más extensa (casi una novela corta) donde cohabitan los argumentos sólidos, el primor literario y las sorpresas finales, en un cóctel tan seductor como eficaz.
Serviré unas pinceladas como aperitivo: en “Una mujer en el umbral” nos explica cómo los juegos eróticos sirven al protagonista para eludir el tedio conyugal y cómo la fantasía desbarata el color gris de la costumbre; en “Extraños en la niebla” comprobaremos la forma en que un hombre y una mujer, solitarios y heridos, conviven durante un año hasta que el lector entiende los motivos últimos de su unión; en “Imágenes de ayer” nos sorprenden las sucesivas sorpresas que el argumento nos va deparando, deliciosamente manipuladas por el narrador; en “La voz desnuda” nos propone una historia que me ha resultado imposible no relacionar con un célebre cuento de Julio Cortázar sobre amores relacionados con el mundo de la radio; en “Retrato de Morella con fondo azul” se aproxima al terror psicológico, a los universos inquietantes, a la magia terrible de lo cotidiano… Si se me preguntara por mis relatos favoritos, sin duda que traería a primer plano los que llevan por título “Flores para Ofelia” (historia languideciente de un anciano que, viudo y con dos hijos fallecidos, encuentra en una representación de William Shakespeare un sentido y una esperanza para su vida) y “Tal vez Ítaca” (propuesta desacralizadora y brillante sobre las peripecias de Odiseo).
Y prepárense a disfrutar también los buscadores de perlas literarias, porque este volumen de Pedro Pujante les suministrará hermosas metáforas sobre nuestra existencia («El tablero de la vida no es de madera, es de fracaso», p.10), sobre la psicología humana («Todos tenemos miedo de averiguar qué hay dentro de nosotros», p.27), sobre el sentido de la pareja (cuando quiere definir a dos personas que viven el desamor nos explica que «éramos dos columnas distantes y mudas que sostenían un mismo templo erigido en honor al dios del vacío», p.86), sobre la extinción humana («La vida no nos pertenece. Somos frágiles. La vida es el tiempo que tardamos en saber que ya estamos muertos», p.45) o la difícil consecución de la dicha («La felicidad no es la suma de momentos felices que se han vivido. Es la suma de instantes tristes que se logran olvidar», p.65).
En suma, un autor que me ha gustado por la elegancia de sus frases (cortas, rítmicas, eficaces, bien moduladas), que me ha convencido por la solidez de sus relatos (donde ningún detalle escapa a la necesaria ingeniería del conjunto) y que ha sabido construir un volumen equilibrado, donde no hay altibajos estilísticos ni argumentales. Quédense con su nombre porque creo que les va a ir sonando cada vez más. Esta obra no nos permite intuir a un gran escritor: nos permite verlo ya en activo.