miércoles, 31 de octubre de 2012

Las señoritas de Concarneau




Hace ochenta años que Gallimard publicó esta obra del belga Georges Simenon, nacido en Lieja en 1903 (hace poco tuvimos centenario, como quizá recuerden); y ahora volvemos a disponer del texto en la editorial Tusquets, que nos ofrece a través de Javier Albiñana una nueva traducción para los lectores españoles. En esta novela se nos refiere la historia de Jules Guérec, un empresario cuarentón que atropella y mata a un niño con su coche; y que, desde ese momento, ha de vivir una farsa en su hogar (rodeado por sus hiperprotectoras hermanas) y un auténtico suplicio en sus relaciones con la madre del fallecido, a la que incluso llegar a proponer matrimonio para saldar su deuda.
Nos encontramos, pues, ante una reflexión sobre la culpa, y también sobre el perdón y el arrepentimiento, muy fácilmente relacionable con la estupenda y olvidada novela El malmuerto, de Marta Portal, en la que el atropellado era un ciclista. Las páginas de Simenon, como es habitual, está redactadas con una prosa directa y ágil, y se rematan con un hermoso final melancólico.

domingo, 28 de octubre de 2012

Ocho escenas de Tokio




Debería formularse (si es que no se ha hecho aún) el elogio del lector excéntrico. Es decir, aquella mujer o aquel hombre que, a pesar de haber nacido en Roda de Isábena o en Valdemorillo (por citar dos nombres eufónicos donde los haya), expande su curiosidad mucho más allá de las fronteras locales, provinciales e incluso nacionales, y degusta novelas finlandesas, poemarios marroquíes, ensayos canadienses y dramas hindúes. La noción de cultura no se lleva bien con el aldeanismo o la jaula lingüística, así que todos los esfuerzos que se ejecuten para derribar las fronteras (de idioma, de credo, de estética) se me antojan loables ejercicios enriquecedores. Quizá por eso he sido siempre un lector ecléctico y voraz; y procuro que esta sección donde ustedes tan amablemente me visitan se nutra del mismo espíritu, que se me antoja idóneo para ampliar el horizonte mental.
Un buen inicio puede ser, para aquellas personas que quieran probar este sistema de lecturas variopintas, acercarse hasta las Ocho escenas de Tokio, del japonés Osamu Dazai, que ha publicado el sello Sajalín gracias a la traducción de Yoko Ogihara y Fernando Cordobés. Se trata de una recopilación de relatos del escritor nipón Tsushima Shuji (1909-1948), hombre atormentado, alcohólico, morfinómano, hipersensible y que coqueteó varias veces con el suicidio hasta que logró perfeccionarlo y adentrarse en él con paso firme. Las nueve historias que se nos ofrecen en este tomo (seleccionadas por Daniel Osca) incorporan un ingente aluvión de referencias autobiográficas, que nos permiten fundir en nuestra mente la vida y la obra del infortunado Osamu Dazai (seudónimo con el que publicaba sus obras Tsushima Shuji): en varios cuentos el protagonista es un escritor; en otros (al menos en cuatro de ellos) se nos habla menciona explícitamente el suicidio; y en el que da título al volumen nos habla en primera persona un joven estudiante que descubre la ideología comunista, desatiende sin bochorno su obligación de asistir a clases, se aleja de su adinerada familia y bucea en mares de alcohol barato y drogas adictivas. O sea, las circunstancias que adornaron la vida del propio Osamu Dazai. De aquel muchacho consciente de su aspereza (“Nunca fui un chico demasiado agradable”, nos pregona en la página 55, sin que le tiemble un ápice el pulso a la hora de la autoflagelación) surgieron estos escritos duros, confesionales, directos, donde tendremos la ocasión de conocer a escritores malditos que provocan el infortunio a sus esposas (La mujer de Villon); chavales desconsiderados, que practican la humillación y la violencia sobre sus sirvientas de un modo lamentable (Paisaje dorado); voyeurs que se prendan de jovencitas una vez que las contemplan desnudas en el agua termal de una piscina, aunque jamás intenten acercarse a ellas (Delicada belleza); extorsiones provocadas por el nihilismo y la desazón de una vida carente de metas, que provocan en el lector tanta repulsa como perplejidad (Sin bromas); cómicas situaciones acaecidas en una oficina de correos (Dos pequeñas palabras); o las inicuas servidumbres a las que debe someterse un narrador dipsómano, utilizado por sus compañeros periodistas para un infame reportaje fotográfico, al que se prestará con tanta solicitud como inercia (Demonios apuestos y cigarrillos).
Si consultan ustedes la Wikipedia después de leer este libro (este tipo de cosas hay que hacerlas siempre a posteriori) descubrirán múltiples detalles sobre la existencia más bien amarga de un hombre triste, que fue encarcelado y torturado por el régimen militar de su país y que, al fin, eligió una muerte de lo más extraña: se ató a su amante con una cuerda roja y ambos se arrojaron a las turbulentas aguas del río Tama, donde murieron ahogados. Los cadáveres fueron encontrados seis días después. Y se cierra la información explicándonos que sus lectores llevan cada año cigarrillos y sake a su tumba, en lo que se me antoja un precioso y justo homenaje.
Dueño de una prosa afilada, cortante, precisa y horra de ornamentos, el japonés Osamu Dazai dibuja imágenes de gran poder de sugestión, que no dejan indiferente nunca a la persona que lee. Adentrarse en sus páginas es descubrir un alma hecha tinta, cruda, feroz y auténtica. Compadecerla o despreciarla ya son opciones que pertenecen, como es lógico, al orbe extraliterario.

miércoles, 24 de octubre de 2012

Es mi fiesta y lloraré si quiero




Los poetas e intelectuales que integran el grupo La sierpe y el laúd (treinta años de esfuerzo, recitales, publicaciones y difusión de la literatura) siguen dando a los enamorados de las letras una serie de pequeños libros valiosos, que reúnen bajo el nombre de Colección Acanto. El número ocho de la misma tiene como ilustre protagonista a la escritora albaceteña Josefina Soria, de quien se nos ofrece la obra que lleva por título Es mi fiesta y lloraré si quiero.
El poemario, que viene engalanado con magníficas ilustraciones de Isidro Ferrer, se abre con un texto lleno de luces (“Hora prima”), en el que Josefina nos presenta la vida como una inundación castálida, al modo de sor Juana Inés de la Cruz (Abro a la vida sus compuertas altas / y en resplandor me anego), y donde nos traslada una confesión luminosa: ¡Soy yo la que amanece! A ese bello poema situado en el inicio del día se le suman otros varios de similar textura y ambientación, como “Capricho del alba” o “Milagro de la luz”, que nos demuestran que el tono auroral de este inicio no es ocioso. Así, podemos descubrir en sus líneas que se acerca la mañana (18), viene el alba (19) y que el alba conserva su perfume (20), por ceñirme a tres páginas consecutivas. Y a partir de ahí, el contenido de esta obra delicada y breve es la vida misma: poetas que numeran sus sueños y que los van ordenando con delicadeza; muchachas de diecisiete años que sufren los golpes del amor; avalanchas de palabras y sentimientos que se ciernen sobre la escritora, cuando ésta permanece aún en la cama (“Asalto a medianoche”); las ansias de hallar la palabra exacta, perfecta, que complete el poema de amor que le ronda por la cabeza (“Desvelo”); una predicción leída en la prensa, que resulta suficiente para llevar la alegría al ánimo de la escritora (“Horóscopo de domingo”); un amor que le escoció, por su unilateral devoción sincera (“Deslumbramiento”)... Pero también en los versos de Josefina Soria aparecen con rotundidad, sobre todo en la segunda parte, las noches. Esos espacios de sombra, aislamiento y melancolía donde el alma se vuelve hacia sí misma, se repliega, se adensa, se aquilata. Esos instantes en los que se niega a dormir por si dormida yo / pasaras por mi lado y no te oyera (33); esos instantes atormentados en los cuales un fragmento de luna / atraviesa mi pecho, y de la herida / manan ríos de hielo (34)
Esa joven que ha vuelto a suspender las matemáticas (37) y que no hace más que llamar / al profesor de griego por tu nombre (38) es también aquella que escribe poemas tan memorables como “Era mi fiesta” y que certifica una verdad esencial para todos los seres humanos, sean poetas o no: En mi alma callada / nadie puede penetrar (43).
Si es verdad que cada rosa es la pacífica respuesta / que da el rosal / al caótico mundo ciudadano (47), sin duda podríamos decir que este hermoso libro de versos es la respuesta sensible, dulce, íntima, emocionante y plena que dio la poeta Josefina Soria para que todos pudiésemos escucharla y leerla.

domingo, 21 de octubre de 2012

Segunda residencia




La mayor parte de los cuentos que podemos leer y valorar se pliegan más o menos escrupulosamente a un modelo que podríamos llamar, para resumir, cortazariano. Es decir, una situación y unos personajes bien perfilados, que se desarrollan con habilidad ante nuestros ojos y que, al llegar a la conclusión del relato, cristalizan y se redondean para provocar la sorpresa, la maravilla o el pasmo del lector. Es un mecanismo feliz, inagotable (si el talento del que lo compone es notorio) y sumamente eficaz. Esa sensación lectora de deslumbramiento, de mazazo final, de KO, de prestidigitador que reserva su truco más vistoso para el instante postrero, es aplaudida de forma casi unánime.
Pero existen, cómo no, otras posibilidades narrativas. Una de ellas es la que podríamos llamar cuento segmentario, y tiene también muchos interesantes cultivadores. Consiste —y la definición será injusta, por limitada— en presentarnos una acción acotada en la que difícilmente apreciaremos un principio, un desarrollo y un final. O sea, que el narrador empieza a contarnos algo (un suceso, una conversación) y debemos sumergirnos en ella para contagiarnos de su clima, para respirar su atmósfera, para sentir su temperatura. Los personajes hablan y hacen, pero no debemos aguardar una sorpresa en el último párrafo, porque no la hay. El fósforo se apaga o el sol declina sin que suene la orquesta o estallen cohetes. ¿Menos espectacular que el modo cortazariano? Sin duda ninguna. ¿Menos seductor o llamativo? Ahí ya no puedo estar —ni estoy— conforme.
Margarita Leoz es una joven escritora de Pamplona que acaba de publicar la colección de relatos Segunda residencia en el sello Tropo Editores. Este libro de cuentos (nos lo explica la solapa) es el primero que publica, tras un volumen de poesía en 2008. Y el resultado, desde luego, es admirable. Con una prosa de gran limpieza, casi cirujana, consigue dibujar paisajes (paisajes externos, pero también paisajes del alma) con media docena de pinceladas; esculpe personajes con una claridad y unos matices que asombran; y nos deja en los ojos una sensación de acuarelas o de miniaturas llenas de niebla, donde los colores tienen muchas más funciones, aparte del adorno puramente estético. Espectadores de excepción, quienes se acercan a leer las propuestas de este libro tendrán la suerte de acompañar a esa ginecóloga que acude a una clínica de estética y descubre allí a una empleada que fue la chica que la maltrataba cuando era niña; y viajará con Paula en un autobús que se mueve entre la ventisca, para conocer a su hermana recién nacida, en un hospital lejanísimo; y observaremos cómo un chico escayolado conversa con la novia de su hermano, que acaba de morir en un accidente; y nos veremos involucrados en una anómala reunión de vecinos, donde aparecen un perro, unos discos antiguos y una lata de callos a la madrileña; y seremos cómplices silenciosos de una chica que, harta de trabajar en un bar con su pareja, consigue un trabajo en sus ratos libres para ir abriéndose a otras posibilidades laborales; y nos iremos a una fiesta con Teresa, fotógrafa ocasional que busca conseguir un poco de dinero extra; y veremos cómo se desenvuelven en sus vacaciones dos personas cuyo hijo murió hace diez años en el mismo entorno en el que ahora descansan ellos; o notaremos, como una lanza clavada en el estómago, el tedio que acomete a una joven profesora de instituto que es destinada a una localidad donde, con el fin de ahorrar, tendrá que alojarse en casa de una anciana; o asistiremos a la extraña vida conyugal de un psiquiatra que se ha casado con una de sus antiguas pacientes y que ahora se ve envuelto en una espiral de cortesías sociales que no ha buscado y que no le agradan.
Hipnotizados por el magnetismo prosístico de Margarita Leoz, todas estas historias (y otras más que el volumen contiene) se nos van metiendo en la cabeza y nos dejan anonadados. Y lo consiguen además con el mecanismo más simple y más antiguo que existe en el mundo de la narrativa: la buena prosa sirviendo como cauce para una peripecia bien contada. ¿Se puede pedir más? El catálogo de Tropo Editores sigue creciendo en brillantez.

domingo, 14 de octubre de 2012

Los años de lluvia



Baltasar Gracián lo dijo, con su prosa nudista: «Más obran quintaesencias que fárragos». Y aunque la sentencia no se pueda —ni se debe— aplicar a los textos puramente literarios, porque la belleza a veces anida en la sencillez y a veces en el barroquismo, sí que ayuda para rebatir a quienes adjetivan de menor e incluso de tramposo el moderno caudal de los microrrelatos. Y tampoco aporta dicterios razonables —ni razonados— el crítico que se escuda en el hecho, incontestable, de que existen infinitos microrrelatos que se reducen al esqueleto del chiste, del juego de palabras o de la paradoja simplista. Concedido. Pero no es un argumento de peso contra el género, sino contra sus malos representantes. Aceptar su validez sería como despreciar a Vicente Aleixandre con la peregrina ocurrencia de que casi todos los poetas surrealistas son unos impostores o unas medianías.
Dentro de la torrentera rica, sugerente y luminosa que los microrrelatos aportan al mundo de la literatura actual (y me limitaré a ofrecer cuatro nombres que lo ejemplifican: Fernando Iwasaki, Ángel Olgoso, Miguel Ángel Zapata y Manuel Moyano), acabo de descubrir a otro narrador sumamente interesante: Jesús Esnaola. El sello editorial Paréntesis nos ofrece ahora su colección de historias Los años de lluvia, que contiene páginas memorables, no sólo por la brillantez sinóptica de sus propuestas argumentales sino también por el acierto de su ejecución. Sirvan como ejemplo algunas narraciones de este volumen, como la titulada Capitalismo, en la que el escritor donostiarra reflexiona sobre la horrenda condición subterránea y terrorífica de la vida, que se rige invisiblemente (Miguel de Unamuno lo dejó escrito) por un festín de antropofagia; o como Mariposas, donde se analizan las posibles aplicaciones prácticas del célebre ‘Efecto mariposa’ a la vida cotidiana del narrador. Tenemos aquí dos historias, extraídas de las primeras páginas del libro, donde Jesús Esnaola nos muestra el evidente vigor de su prosa y su acertada selección de palabras y enfoques para construir un orbe mínimo, pero perfecto y cerrado, al modo de una impoluta canica de metal.
Pero es que si continuamos avanzando por la obra (y la maravilla de sus primeros relatos nos lo pone fácil para que actuemos así), el encanto no hace sino aumentar y aquilatarse. Nos encontraremos en esa exploración con la delicia tierna y melancólica de un hombre que asiste al funeral de un compañero de juegos de infancia, aguardando el momento en que se producirá el milagro que sólo él conoce (Esperanza); con la inesperada reacción de un padre que, después de esperar trillizos, recibe por parte de la enfermera la noticia de que en realidad han nacido dos hijos solamente (Trillizos); con las asombrosas posibilidades que imprimen en el carácter humano los dibujos de las aceras (Geometría); o con un médico muy especial, que puede conseguir que sus pacientes adelgacen de forma estrepitosa y permanente gracias a un mecanismo tan sencillo como inquietante (La coronilla). Y nos formularemos también algunas interrogaciones, inducidas por Jesús Esnaola, que provocarán en nosotros asombro o sonrisa. Así, en Malos tiempos sabremos de qué podría querellarse un monstruo contra su inventor, y qué le echaría en cara si pudiera enfrentarse a él; y en El hatillo descubriremos qué es lo que hace un hombre no demasiado convencido cuando su mujer le anuncia que ha decidido que tengan un bebé. Añadan a esos ejemplos maravillas sintéticas como Tic-tac o delicias crueles como La mesilla y se harán una idea bastante aproximada de lo que les espera en este fantástico volumen.
Decía el argentino Jorge Luis Borges, con la contundencia epigramática que siempre reservó para sus dicterios, que quizá un solo hexámetro de Virgilio era el contrapeso necesario que la Historia de la Literatura utilizaba para sobreponerse al plúmbeo poema del Cid. No es mala sentencia, y quizá podríamos reutilizarla para sintetizar lo que Los días de lluvia aporta al panorama narrativo actual: un respiradero y una ventana, una ráfaga de luz frente a demasiados escritos ombliguistas, en los que los lectores naufragan o se asfixian. Jesús Esnaola Moraza recupera esa vieja tradición de contar. Y de contar bien, además. Con pocas palabras, pero con mucha clase. Con poca extensión, pero con mucha intensidad. Un auténtico lujo, vaya.

lunes, 8 de octubre de 2012

Él




Mercedes Pinto fue una tinerfeña aguerrida, culta y cosmopolita, que se significó en su tiempo (1883-1976) como mujer de convicciones republicanas, feministas y adelantadas a su época. Tuvo la desgracia de contraer matrimonio con un hombre de espíritu perturbado, que amargó la existencia conyugal con sus destemplanzas y violencias físicas y que la impulsó al abandono del hogar común. En esta obra, titulada Él y publicada por Ediciones Escalera, nos encontramos con una singular crónica novelada de aquellos días, que conviene glosar con un cierto detenimiento, para que los lectores adviertan el tono de la obra.
Desde el mismo día en que se casaron, el marido se mostró como un celoso enfermizo, patológico, que veía incluso en un pobre huésped moribundo del hotel donde se hospedaban a un amante que la buscaba con lascivia secreta; luego, durante un viaje por mar, él trató de suicidarse, pero se las arregló para hacer creer a la marinería que había sido ella la alocada que intentaba matarse; cuando el colérico esposo supo que esperaban un hijo no reaccionó de mejor forma («¡Qué inoportunidad más grande! ¡Por todos lados gastos y más gastos!», p.20); en otras ocasiones estuvo a punto de despeñarla a ella por un precipicio (p.34), le provocó una grave hemorragia por zarandearla tras dar a luz (p.44), mata inmisericorde al pajarillo que su hijo pensaba liberar (p.47), trata de ahogar a la narradora mientras ésta duerme (p.53), destroza a patadas el árbol de Navidad que con tanto cariño ha preparado la mujer para los hijos (p.58), le disloca un brazo (p.76), etc. Frente a esas virulencias, ella visita a algunos abogados, que le indican la imposibilidad de divorciarse, porque el marido es un hombre respetado en los ambientes académicos y no muestra signos externos de locura (p.38); a sacerdotes que lo único que le piden es resignación y oraciones para que su marido mejore (p.40); a jueces que le piden a ella que haga esfuerzos para la buena marcha de la institución matrimonial (p.88); y a médicos que se niegan a firmar ningún parte de locura de su esposo, porque no son especialistas (p.89).
Al final, amargada por la incomprensión, la mujer que nos cuenta la historia termina por explotar: «¡Anatema sobre vosotros los cobardes que no levantasteis la voz para defenderme! ¡Sobre vosotros y sobre vuestros hijos recaiga mi dolor —¡todo el amargo manantial de mi dolor!— y el hambre, y la sed, y los insomnios torturantes, y todo el cruento palpitar de mis tremendas y apocalípticas horas de soledad!» (p.90)
Como se puede observar en el resumen, se trata de una historia donde los roles positivos y negativos están fuertemente marcados, y creo que esa polaridad de tintas no le hace demasiado bien a la novela. En efecto, cualquier lector se dará cuenta de inmediato de cómo chirría la obstinación hiperbólica de la narradora por presentarse como inocente, sumisa, tolerante, sufridora, abnegada, desplegando una «caridad sin límites, para quien había pateado las fibras más tiernas de toda mi existencia moral y material» (p.66), frente a la desaforada brutalidad unánime (casi caricaturesca), las reacciones desquiciadas, las pantomimas crueles y la falta de humanidad de su esposo... Lejos de mí erigir dudas sobre la realidad de lo contado; pero sí sobre su credibilidad narrativa. El maniqueísmo buena-malo que plantea la autora isleña tiñe de esperpento o de parodia sus páginas. La mujer del césar (se ha dicho incontables veces) no sólo debe ser honrada, sino además parecerlo.
Esto no implica, ojo, que la obra sea mala o que la debamos desdeñar. En modo alguno. Antes bien, creo que constituye un documento interesantísimo sobre el estado psicológico y social de una mujer (símbolo de miles como ella) que tuvo que batallar contra prejuicios machistas, injusticias flagrantes y cegueras torpes o interesadas de sus contemporáneos. En ese sentido, su valor es incuestionable. Léase, pues, sin dejarse amedrentar por los excesos (en muchas secuencias se tiene la sensación de estar presenciando el matrimonio entre la madre Teresa de Calcuta y Landrú) y se comprenderá que debemos leer este singular texto para saber de dónde venimos y qué avances se han logrado en el difícil pero imprescindible camino de la igualdad. Gloria a las precursoras.

martes, 2 de octubre de 2012

A mi manera




Decía el genial Fernando Pessoa que ser poeta era su manera de estar solo, y pocas veces se han escrito palabras más sencillas, más luminosas y más ciertas. El poeta es, por definición, un ser desamparado, que bracea en el océano de la vida con la intención doble de no ahogarse y de ser visto por los demás. Es decir, estar vivo para sí mismo y vivo para sus semejantes y la Historia. Francisco Javier Illán Vivas, que es alma sensible y manantial de palabras, nos acaba de entregar su último braceo poético, que lleva por título A mi manera y que supone toda una declaración espiritual. En sus páginas nos encontramos con hermosos y desgarrados poemas que se escribieron “en el regazo de la noche” (p.9), “bajo la madrugada” (p.16), mientras el poeta miraba “el atardecer” (p.17) y se sentía “enterrado vivo” (p.19), porque consideraba “alcanzada la edad de la penumbra” (p.25). No hace falta insistir, pues bien evidente resulta, en el tono de auténtico crepusculario o colección de luces languidecientes, de oscuridades tutelares y reveladoras que alientan bajo las palabras de este tomo (“La muerte es la única certeza de la Tierra”, p.28). Incluso en ocasiones el poeta se decanta por esmaltar versos aún más contundentes, donde flota casi el nihilismo (“Cada día, cuando encaro el camino de nadie sé que estoy un poco más cerca de nada”, p.32). No estamos, pues, ante una colección de textos gozosos, festivos o llenos de luz, sino ante un paño de la Verónica que revela sombras, desazones y huecos tristes. Constantemente, Francisco Javier Illán Vivas alude al tempus fugit, a esa marea que se lleva los años y que nos deja manchados los dedos con el mercurio de la angustia, quizá porque es consciente de que “el poeta está colgado en el pasado” (p.45) y que recordar y preguntarse son operaciones necesarias, pero dolorosas. Es muy interesante también constatar cómo este volumen presenta intertextualidades que cruzan sus dedos poéticos (Fernando Pessoa, Ferreira Gullar), musicales (Sibelius, Tchaikovsky), lingüísticos (versos en portugués) y mil estrategias más, todas inteligentes y eficaces, que ayudar a formar una malla de sensibilidad extrema, donde se percibe con claridad el palpitar de un corazón poético, y donde encontramos algunas imágenes tan inusuales como poderosas (“Doblado de dolor como una alcayata”, p.43). Pero quizá lo más lírico de todo es el final, donde Illán Vivas nos reserva una sorpresa maravillosa: una poética sencilla, rítmica, contundente, donde nos explica que siempre se ha conducido por la vida “a su manera”. Un poema letánico, musical y desnudo, que culmina el libro con un elegante bordón. Sin duda recomendable para lectores sensibles.