domingo, 29 de julio de 2012

La comedia de los errores



El tema de los gemelos, de los dobles, de las confusiones de identidad, ha dado un productivo juego tanto en el mundo del cine y la televisión como en el mundo del teatro, desde Plauto para acá. William Shakespeare, que para Samuel Johnson era ante todo un escritor de comedias, no se resistió a ensayar su propia versión del asunto y nos presenta en La comedia de los errores (o de las equivocaciones, que de ambas formas se suele traducir) un doble equívoco: dos hermanos gemelos de noble linaje (Antífolo de Éfeso y Antífolo de Siracusa) que, con sus respectivos criados, igualmente gemenos (Dromio de Éfeso y Dromio de Siracusa), resultan separados en la infancia y se reencuentran en la madurez, originándose una serie de divertidas confusiones matrimoniales, amistosas y económicas que, aderezadas con algunas palizas jocosas, hacen las delicias del lector o el espectador.
También lo hacen algunas hipérboles tan estrafalarias como simpáticas. Estoy pensando especialmente en la segunda escena del acto tercero, cuando Dromio de Siracusa retrata las excesivas carnes de una mujer y asegura que "es esférica, como un globo. He descubierto en ella países". Pero Shakespeare, que para eso era un genio, tampoco se olvida de incluir en la pieza algunos segmentos mucho más trascendentes, como esa conversación que mantienen Adriana y Luciana al comienzo del segundo acto (que debería ser lectura predilecta para feministas y hombres reflexivos), en la cual se cuestiona la legitimidad de que los varones gocen siempre de más libertad y prerrogativas que las mujeres. Inteligencia, humor, reflexión y amenidad unen sus dedos en esta comedia memorable.

viernes, 27 de julio de 2012

El caso del bar Balto




La escritora se llama Faïza Guène y, en condiciones normales, a usted le sonará poco o nada. Es normal. Se trata de una chica muy joven (nació en 1985), parisina de origen argelino, como su ilustre predecesor Albert Camus, que se dio a conocer en 2004 con una novela titulada Mañana será otro día, muy fresca y muy sugerente, que ha triunfado en medio mundo. Ahora publica en España su texto El caso del bar Balto, que Alicia Huici Montagud traduce para el sello Funambulista. Y en esta nueva obra Faïna Guène confirma todas las expectativas que se habían generado con sus anteriores páginas, porque consigue una novela ágil, directa y de apariencia tan sencilla como cautivadora.
El modo de estructuración de la misma no puede ser más transparente: en primer lugar, nos presenta en media docena de capítulos a los personajes que la habrán de protagonizar; y luego va haciendo que en los sucesivos capítulos desfilen ante un responsable de la policía, para que aporten su versión sobre la muerte de uno de ellos. De esa forma iremos conociendo a Joël Morvier, el antipático racista que regenta el bar Balto, un sesentón calvo que terminará muriendo en medio de una orgía de sangre, atravesado por un buen montón de cuchilladas; a Tanièl, un adolescente armenio que arrastra un pasado de cruda violencia escolar (le pegó con dureza al orientador de su colegio y fue expulsado del mismo); a Magalie, una chica de dieciséis años, novia del anterior y auténtico prototipo de niña engreída, pija y sabedora de su belleza, que se gasta un dineral en móvil todos los meses y tiene más bien quemados a sus padres, que no ven con buenos ojos que ande con “el gitano”, que es como llaman a Tanièl; a Yéva, mujer madura y provocativa que, a pesar de tener dos hijos, un trabajo y un marido que no la hacen feliz, incendia la mirada de cuantos hombres se interponen en su camino; a Jacques, el grueso consorte de Yéva, un hombre desilusionado y en paro que se pasa la vida delante de la pantalla del televisor, viendo concursos absurdos; a Nadia y Alí Chacal, los dos hermanos adolescentes cuya familia (de condición muy humilde) se vino desde la ciudad de Marsella hasta la periferia parisina; a Yeznig, el hermano retrasado de Tanièl, un chico que juega a la Game Boy y tiene como máxima aspiración llegar a la presidencia de la república francesa; y a otros personajes por el estilo, que van trazando un panorama de suburbios, pobreza, mezquindad vital y orfandad de horizontes para el futuro, que la autora retrata con pericia sinóptica, sin grandes alardes verbales pero con una excelente finura psicológica y estilística, que se aquilata todavía más en los capítulos finales, cuando todos tienen que ir desfilando por delante de la gendarmería para dar su versión sobre los detalles que rodearon al asesinato de Joël Morvier (que nos reserva una sorpresa de gran calado para las líneas finales, a la que llegaremos con auténtica intriga).
Nos hallamos, pues, ante una gran escritora joven. Y lo aclararé. Digo que es una gran escritora porque domina los resortes de la narración: sabe cómo contar una historia. Y eso es, a la postre, lo que queda en la inmensa mayoría de los casos. Frente a los experimentos lingüísticos o formales, acaban perdurando en la historia de la literatura, en un 90%, los buenos relatores de historias. Quienes logran que el lector quede atrapado con el devenir de los acontecimientos. Y Faïna Guène no me cabe duda de que pertenece a ese grupo. Pero, a la vez, he matizado ese elogio diciendo que es una autora joven. Y con ello quiero expresar que le falta cuajarse en ciertos procedimientos novelescos. Por citar uno solo aludiré al final del libro: se me antoja más que evidente que la obra se corta de un modo demasiado abrupto. Le hubieran venido bien cuatro o cinco páginas más, donde trazase una filigrana conclusiva más convincente. En todo caso, se trata de un reproche menor en medio de una novela que está bien llevada y que permite seguir esperando buenos textos de la mano de la escritora francesa.

viernes, 20 de julio de 2012

La muerte de la verdad




A muy pocos lectores (e incluso a muy pocos profesores de literatura) les sonará el nombre de Silverio Lanza, un escritor madrileño estrafalario e inclasificable que vivió entre 1856 y 1912 y que con sus páginas se granjeó la admiración más o menos entusiasta de algunos componentes de la generación del 98. Con la distancia de las décadas podemos concluir, a la altura de 2012, que dejó una obra irregular, dispersa y que no ha merecido el respeto del Tiempo, el único crítico literario fiable. Aquí tenemos, en un volumen de pequeño formato, siete narraciones suyas editadas por el sello Almarabú y encabezadas por un prólogo ni largo ni atinado de José García Reyes, que incurre en algún dislate más bien aparatoso: por ejemplo, alude en la página 8 a “su obra, hasta hoy protegida del olvido absoluto por su desconocimiento” (es decir, que el hecho de que nadie lea hoy sus producciones les ha permitido salvarse del olvido. Chocante elogio).
En efecto, la lectura de estos relatos (que se supone que son los mejores de Lanza, o al menos algunos de los más notables) no permite la emisión de ningún elogio demasiado sincero. A veces, construye alguna frase curiosa (como cuando elige “el oro como producto mineral; el vino como producto vegetal; y la mujer como producto animal”, p.17); emite un dictamen que no cuesta trabajo compartir (“La civilización cruenta es un absurdo”, p.32); esmalta algún dicterio anticlerical memorable (“Un cura pasa por el ojo de una aguja, cosa difícil para el camello”, p.44); o desliza ironías crematísticas, de sonriente textura (“Por fin llegó la hora del baile. Cuánta magnificencia encerraba el salón no puede describirse sino cobrando el manuscrito por entregas. Seré breve”, p.62). Por lo demás, poca cosa. La crueldad que a veces despliega el Tiempo, tragándose la obra y la fama de ciertos autores es merecida. Silverio Lanza será sólo, y siendo benevolentes, una nota a pie de página en la historia literaria de su época.

miércoles, 18 de julio de 2012

Los dos caballeros de Verona




Escrita en 1592-1593, esta pieza de amores cruzados, traiciones súbitas y amistades inquebrantables revela que William Shakespeare aún no dominaba, con la solvencia que desplegaría en años posteriores, las sutilezas de los cambios psicológicos. Sirva un ejemplo: a los treinta segundos de conocer a Silvia, Proteo declara ígneamente que ya no ama a su prometida Julia, sino a ella (acto II). Sirva otro más: cuando Valentín descubre que Proteo ha recurrido al engaño, la vileza y la traición para arrebatarle a Silvia le afea su conducta, él le pide perdón y Valentín concluye: “Entonces, todo está olvidado y confío nuevamente en ti” (Acto V). Giros demasiado bruscos que, salvo que seamos unos lectores de tragaderas muy anchas o unos espectadores de elástica indulgencia, no habremos de creer.
Pero luego, obviamente, está el lenguaje shakespeareano, la maravilla de su música verbal, sus deliciosas imágenes (Valentín declara que, por haber merecido el amor de su dama, se siente “tan rico como si poseyera veinte mares”, acto II), y todo queda empapado de hermosura, y los matices más torpes son perdonados, y se aplaude. En Los dos caballeros de Verona aún no está todo Shakespeare, pero empieza a vislumbrárselo. Y eso, hablando del mayor genio literario de todos los tiempos, ya es mucho.

viernes, 13 de julio de 2012

Fin de partida



¿De qué pueden hablar unos seres cuando todo ha terminado; cuando el mundo ya no existe o hemos calcinado la posibilidad de que siga existiendo? Ese problema se encuentran los personajes de Samuel Beckett en esta pieza no demasiado extensa, pero de una intensidad torturadora. Hamm, ciego y paralítico; Clov, su criado; Nell y Nagg, los padres de Hamm (que no tienen piernas y viven en cubos de basura). El universo es tan reducido como atroz. El arma es un lenguaje con el que herirse para no morir de golpe. Todo es aturdimiento, soledad, desgarro, quizá porque no hay “nada tan divertido como la desgracia” (Nell) o porque la rutina es también un modo de supervivencia (“Las preguntas de siempre, las respuestas de siempre, son las mejores”, dice Hamm). Escuchando a estos seres que agonizan o languidecen, el lector siente que los oídos y la boca se le llenan de tierra. Beckett, como siempre, se sale con la suya: es el mejor retratista de un mundo que se descubre sin sentido y que camina hacia la consunción.

miércoles, 11 de julio de 2012

El asesino hipocondríaco




Los libros anómalos suelen generar, a veces, unas controversias de lo más curiosas. De tal modo que incluso los críticos más ecuánimes o avezados se ven sumidos en el estupor y no aciertan a ponerse (si es que ello fuera necesario, que no lo es) de acuerdo en la valía de un escrito. El célebre Ulises de James Joyce, la no menos insigne Rayuela de Julio Cortázar o la desconcertante Esperando a Godot de Samuel Beckett serán juzgadas de genialidades o de decepciones, en función del juicio respetable pero subjetivo de los diferentes opinadores. No olvidemos que cuando Escuela de mandarines, de Miguel Espinosa, recibió el premio de novela Ciudad de Barcelona un intelectual de la época (Dionisio Ridruejo) dijo que no tenía claro si se encontraba ante El Quijote o ante una tontería.
La primera novela de Juan Jacinto Muñoz Rengel (Málaga, 1974) podría también servir para ilustrar ese desconcierto. De forma injusta, añadiré. El asesino hipocondríaco, editado por Plaza & Janés, tiene sin duda un formato curioso, y participa de varios géneros (novela, ensayo, microrrelato); pero es ante todo un texto excelente, lleno de originalidad, humor y buena prosa. Y para un lector inteligente esa condición áurea debería bastar. Preguntarse hoy en día si estas páginas que tenemos ante los ojos constituyen o no una novela implica haberse desconectado de la evolución del género en la pasada centuria. Y, en el peor de los casos, ¿es tan importante saber si nos encontramos realmente ante un galgo o ante un podenco?
Su protagonista responde a las iniciales M.Y. (Mario Yurkievich, como se nos aclara en la página 196) y es un asesino profesional que ha recibido un encargo: debe suprimir del mundo de los vivos a Eduardo Blaisten. Desconoce los motivos que hacen necesaria su muerte y desconoce la identidad de la persona que lo ha contratado, pero es un «hombre de moral kantiana» (página 9) y hará todo lo posible por llevar a buen término su misión. A la vez, M.Y. es un pavoroso hipocondríaco, que está convencido de que cada amanecer es el último que sus ojos verán. No obstante, sí que acumula una buena porción de enfermedades reales, que lo convierten en una especie de milagro médico inverso: el síndrome del acento extranjero, la afasia de Wernicke, el síndrome de Proteus, etc. (Se define a sí mismo como «un imán para todos los desórdenes e infecciones», p.184). Así que planifica su crimen con una cierta urgencia y con no pequeñas dosis de torpeza y de mala fortuna: prueba a apuñalarlo, a darle un empujón que lo precipite a las vías del metro, a envenenarlo, a ahogarlo... Su impericia (parangonable a la que exhibe uno de los protagonistas de Un pez llamado Wanda) es tan aparatosa que no provoca sino irrisión en los lectores, que recorren divertidos sus frustradas pretensiones de asesinato. Al mismo tiempo, Juan Jacinto Muñoz Rengel intercala capítulos donde se aproxima a todo tipo de personajes famosos, caracterizados por sus tribulaciones físicas: Immanuel Kant (cap.6), Edgar Allan Poe (cap.12), Descartes (cap.23), Lord Byron (cap.32), Tolstoi (cap.44) o Voltaire (cap.47), y dota así a la narración de una singular estructura. Que el ensamblaje de estas piezas exentas dentro del cuerpo argumental de la novela pueda antojarse más o menos forzado, más o menos necesario, no es detalle que mengüe su validez. Y no olvidemos tampoco escenas tan cómicas como la que se desarrolla en Correos (mientras sigue a Blaisten tiene microsueños y eso provoca que formule preguntas y no escuche las respuestas, que saque todos los números de la máquina expendedora de turnos, etc) o estadísticas tan hilarantes como la que puebla las páginas 54 y 55, donde llega a la conclusión matemática de que un médico es nueve mil veces más peligroso y letal que un arma de fuego.
Juan Jacinto Muñoz Rengel, talentoso y multipremiado, no ha querido moverse en su primera novela por los derroteros de la facilidad; y a fe que le hubiera resultado muy sencillo, dada su experiencia. Ese arrojo le convierte en acreedor de respeto. Y los lectores salimos ganando con la intrepidez de su pirueta. El futuro —ya deberíamos saberlo— jamás lo edifican los imitadores ni los conformistas.

viernes, 6 de julio de 2012

Lecciones de literatura universal




Cuando un volumen lleva un título de este calibre ya sabemos que ha de ser necesariamente un libro ambicioso. Éste, desde luego, lo es. Pero lo importante es que además cumple a rajatabla las expectativas que su marbete genera en los lectores. Coordinado por Jordi Llovet, profesor de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada de la Universidad de Barcelona, prologado por el insigne Martín de Riquer y epilogado por el no menos ilustre José María Valverde, se alinean en esta obra ciento siete trabajos dedicados al análisis de autores señeros de la historia de la literatura o de obras capitales, desde el siglo XII al XX.
Al final del recorrido, los lectores salen con tal bagaje de conocimientos y con tal acumulación de anécdotas importantes o curiosas que sienten que han sido testigos de un viaje maravilloso, que los ha transportado desde la épica medieval hasta García Márquez o Vargas Llosa, desde  Góngora hasta William Blake, desde Virginia Woolf hasta Ausiàs March. El hecho interesantísimo de que sean tantas y tan diferentes las personas que abordan los análisis (filósofos, escritores, poetas, catedráticos, traductores, novelistas) permite que el vademécum sea proteico, más valioso y más enriquecedor para quienes lo consulten. Y los juicios y anécdotas que sobre los grandes de la historia de la literatura se vierten en sus páginas resultan impresionantes. De Dante, por ejemplo, nos dice Raffaele Pinto (Universidad de Barcelona) que «su discurso parece brotar inmediatamente de su individualísima experiencia, como si el lenguaje de la literatura le perteneciera de forma natural» (p.90); de Desiderio Erasmo (Erasmo de Rotterdam) nos explica el profesor Jaume Medina (Universidad Autónoma de Barcelona) cómo, además de ser personalidad cultural de primera magnitud, fue también hombre de carácter: rechazó el nombramiento de cardenal que le proponía el papa Pablo III (p.173); del cáustico, hipercrítico y genial Voltaire explica Josep Ramoneda que sus ojos «no juzgaban todo de la misma manera: era menos complaciente con el cristianismo que con ciertos déspotas, a los que exaltaba sin reparar en sus desmanes, como Luis XIV, Pedro el Grande de Rusia o el propio Federico II» (p.376); de la inglesa Jane Austen asevera la profesora Pilar Hidalgo (Universidad de Málaga) que fue «un caso anómalo dentro de la novela universal. Puede que ningún otro gran novelista haya utilizado materiales tan limitados ni escenarios tan circunscritos» (p.516); el maravilloso Fernando Savater se extasía comentándonos que «abrir un libro de Stevenson es como recuperar los sábados por la tarde de nuestros años colegiales: algo prometedor, incitante, nostálgico, misterioso, nieve nunca pisada y, sin embargo, algo familiar, recurrente, confirmador, íntimamente exaltante de lo que en nuestros mejores momentos creemos que somos» (p.728); Basilio Losada define al ciclópeo Fernando Pessoa diciendo que representa «la figura de uno de los grandes creadores de nuestro tiempo, y quizá también de uno de los profetas del porvenir» (p.987); y Enrique Murillo (me estoy limitando a anotar algunas leves pinceladas de un tomo que se acerca a las 1200 páginas) explica que «el océano Faulkner está, así pues, rodeado de costas escarpadas, farallones amenazadores, oscuridades compactas. Sólo el lector paciente, por lo tanto, logrará penetrar en esa inmensidad» (p.1024).
Ningún lector, por especializada que sea su curiosidad literaria o por raro o lejano que sean el estilo o el país que disfrute de sus preferencias culturales, se encontrará con laguna digna de mención en este prodigioso compendio, cuyos capítulos (y cedo la palabra al editor de la obra) «significan por ellos mismos una selección que nada tiene de arbitraria: corresponden, por así decirlo, a un determinado canon que no dudaré en calificar de sensato, conservador en cierto modo, y hasta tópico» (p.15). En efecto, es así. La editorial Cátedra ha tenido el notable buen gusto de poner esta obra monumental al servicio de los lectores de habla hispana para que seamos capaces de regodearnos con los poemas que se van intercalando en el texto, aprender anécdotas sobre Balzac, Dickens o Montaigne, perfeccionar nuestras sabidurías sobre Elias Canetti o Ezra Pound y, en fin, degustar lo mejor de los mejores, de la mano de los especialistas más avezados en su obra y en sus vidas. ¿Se le puede pedir mucho más, realmente, a un libro?