domingo, 11 de noviembre de 2012

No me cuentes cuentos




Lo difícil de las antologías de relatos, a la hora de elaborar reseñas, consiste en elegir qué historias y ángulos del volumen han de ser extraídos, diseccionados y expuestos; cuáles subrayar e iluminar, en fin, ante los ojos de los lectores. Por regla común, suele haber entre todos ellos tres o cuatro propuestas notables y una porción numerosa (a veces, ay, muy numerosa) de metralla, sobre la que se pasa respetuosamente y de puntillas, silbando con disimulo. Nadie merece el desdén tras haber concebido y redactado una historia, pero el talento —se ha dicho mil veces, y es verdad— no es democrático. Se manifiesta de modo selectivo: a veces, con arbitrariedad; a veces, con tintes crueles. De ahí que suela rehuir este tipo de obras, como es lógico.
Pero de vez en cuando aparecen felices excepciones, en las que da gusto sumergirse, bucear y sacar a la luz las bellezas que uno ha hallado (como diría Pedro Salinas) en su fondo preciosísimo. Es el caso de No me cuentes cuentos, el más reciente volumen publicado por el colectivo La Molineta. Durante 96 páginas nos vemos seducidos por las veinte historias que allí se alinean y que abordan temas variados, se sirven de estrategias narrativas diferentes y acuden a sorpresas estilísticas de poliédrico tono y feliz ejecución. Hablar de todas en el reducido marco de esta reseña resulta imposible, pero quisiera dejar claro que no hay un solo relato desdeñable en esta recopilación, lo cual dice mucho del nivel de sus participantes y de la exigencia que se impone el grupo a la hora de publicar... Al humor acuden Pablo Molero (para mostrarnos cómo un seductor de barra puede quedar confundido y finalmente abochornado por un escorzo inoportuno), Giuseppe Poli (quien nos desgrana la excitante aventura que tiene como protagonista a un treintañero que acude a un local comercial chino), Fulgencio García (que nos muestra los anonadantes extremos en los que puede incurrir un enamorado que desea demostrar el alcance inaudito de su pasión por una mujer) o Paco López Mengual (cuya narración Once pollitos añade además la tristeza, la ternura y el surrealismo, para construir un texto memorable)... Sobre el amor se aplicarán en sus páginas Pablo de Aguilar (que nos hablará de la espera, de la ilusión, de la frustración y de tibias recompensas secretas), Ignacio Flórez (una deliciosa propuesta que se inicia en la Francia de finales del XVIII y concluye en la Norteamérica de comienzo del XIX) o Julia R. Robles (sobre los sentimientos ocultos de una mujer atractiva, que termina derramando lágrimas insospechadas)... De la enfermedad se ocupan María Teresa Soriano (adentrándose en el peliagudo y actualísimo tema de la anorexia nerviosa) o Carmina Martínez Maricó (que nos muestra la cara más humana de la solidaridad, en una historia donde los tapones de plástico adquieren protagonismo).
Sumemos a todo esto, que ya sería impresionante por sí solo, el lirismo enigmático y magnético de Juan de Dios Sáez (Amores prohibidos (3)); las pinceladas de mafia, sexo y fatalismo que nos suministra Berta Höpfner (Un bourbon, por favor); las reflexiones estáticas de una mujer ideada por Pedro Brotini, que medita sobre el amor, la soledad y la vida (Dignidad); la trepidante lucha entre un jabeque moro y una goleta cristiana, que Elías Meana ambienta en 1779 (¡Piratas!); el espíritu calderoniano que impregna las líneas de Manuel Moyano (Un hombre que se parecía a Clark Gable); o, por no extenderme más, el hálito cinematográfico que inunda las estupendas historias de Santa Cruz García Piqueras (Médium) y Rafael Rabadán (Solo).
Quedan, no obstante, más autores y más cuentos en este libro. No he querido agotar sus virtudes porque, sin duda posible, esa tarea corresponde a las personas que tengan la brillante idea de hacerse con este libro y leerlo. Estas Historias para niños grandes (así reza el subtítulo del volumen) no defraudan ni ofrecen bisutería. Por el contrario, suministran un caudal asombroso de alta joyería, que embriagará tanto a los lectores que ya conozcan a algunos de los escritores implicados como a quienes se acerquen a ellos por vez primera. Si el movimiento se demuestra andando, la lectura se demuestra leyendo. Les aseguro que me van a agradecer el consejo.

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