miércoles, 11 de julio de 2012

El asesino hipocondríaco




Los libros anómalos suelen generar, a veces, unas controversias de lo más curiosas. De tal modo que incluso los críticos más ecuánimes o avezados se ven sumidos en el estupor y no aciertan a ponerse (si es que ello fuera necesario, que no lo es) de acuerdo en la valía de un escrito. El célebre Ulises de James Joyce, la no menos insigne Rayuela de Julio Cortázar o la desconcertante Esperando a Godot de Samuel Beckett serán juzgadas de genialidades o de decepciones, en función del juicio respetable pero subjetivo de los diferentes opinadores. No olvidemos que cuando Escuela de mandarines, de Miguel Espinosa, recibió el premio de novela Ciudad de Barcelona un intelectual de la época (Dionisio Ridruejo) dijo que no tenía claro si se encontraba ante El Quijote o ante una tontería.
La primera novela de Juan Jacinto Muñoz Rengel (Málaga, 1974) podría también servir para ilustrar ese desconcierto. De forma injusta, añadiré. El asesino hipocondríaco, editado por Plaza & Janés, tiene sin duda un formato curioso, y participa de varios géneros (novela, ensayo, microrrelato); pero es ante todo un texto excelente, lleno de originalidad, humor y buena prosa. Y para un lector inteligente esa condición áurea debería bastar. Preguntarse hoy en día si estas páginas que tenemos ante los ojos constituyen o no una novela implica haberse desconectado de la evolución del género en la pasada centuria. Y, en el peor de los casos, ¿es tan importante saber si nos encontramos realmente ante un galgo o ante un podenco?
Su protagonista responde a las iniciales M.Y. (Mario Yurkievich, como se nos aclara en la página 196) y es un asesino profesional que ha recibido un encargo: debe suprimir del mundo de los vivos a Eduardo Blaisten. Desconoce los motivos que hacen necesaria su muerte y desconoce la identidad de la persona que lo ha contratado, pero es un «hombre de moral kantiana» (página 9) y hará todo lo posible por llevar a buen término su misión. A la vez, M.Y. es un pavoroso hipocondríaco, que está convencido de que cada amanecer es el último que sus ojos verán. No obstante, sí que acumula una buena porción de enfermedades reales, que lo convierten en una especie de milagro médico inverso: el síndrome del acento extranjero, la afasia de Wernicke, el síndrome de Proteus, etc. (Se define a sí mismo como «un imán para todos los desórdenes e infecciones», p.184). Así que planifica su crimen con una cierta urgencia y con no pequeñas dosis de torpeza y de mala fortuna: prueba a apuñalarlo, a darle un empujón que lo precipite a las vías del metro, a envenenarlo, a ahogarlo... Su impericia (parangonable a la que exhibe uno de los protagonistas de Un pez llamado Wanda) es tan aparatosa que no provoca sino irrisión en los lectores, que recorren divertidos sus frustradas pretensiones de asesinato. Al mismo tiempo, Juan Jacinto Muñoz Rengel intercala capítulos donde se aproxima a todo tipo de personajes famosos, caracterizados por sus tribulaciones físicas: Immanuel Kant (cap.6), Edgar Allan Poe (cap.12), Descartes (cap.23), Lord Byron (cap.32), Tolstoi (cap.44) o Voltaire (cap.47), y dota así a la narración de una singular estructura. Que el ensamblaje de estas piezas exentas dentro del cuerpo argumental de la novela pueda antojarse más o menos forzado, más o menos necesario, no es detalle que mengüe su validez. Y no olvidemos tampoco escenas tan cómicas como la que se desarrolla en Correos (mientras sigue a Blaisten tiene microsueños y eso provoca que formule preguntas y no escuche las respuestas, que saque todos los números de la máquina expendedora de turnos, etc) o estadísticas tan hilarantes como la que puebla las páginas 54 y 55, donde llega a la conclusión matemática de que un médico es nueve mil veces más peligroso y letal que un arma de fuego.
Juan Jacinto Muñoz Rengel, talentoso y multipremiado, no ha querido moverse en su primera novela por los derroteros de la facilidad; y a fe que le hubiera resultado muy sencillo, dada su experiencia. Ese arrojo le convierte en acreedor de respeto. Y los lectores salimos ganando con la intrepidez de su pirueta. El futuro —ya deberíamos saberlo— jamás lo edifican los imitadores ni los conformistas.

2 comentarios:

salvajuan dijo...

Piruetas para todos.

Leandro Llamas dijo...

La lei hace un par de meses, más o menos. Me gustó, pero sin excesos; omo diría Luis Aragonés, contento sin presumir. No comparto tu entusiasmo.

EL QUE NO HAYA LEÍDO LA NOVELA, OJO CON LO QUE VIENE A CONTINUACIÓN. ¡SPOILER!

Por lo que se refiere a los incisos sobre filósofos y poetas, debo decir que, mientras leía la novela, me parecían interesantes y divertidos; pero también pensaba que me iban a llevar a algún sitio, que de alguna forma se relacionarían con la trama. Y al final, nada de nada. Desde ese punto de vista, sí que me parecieron un poco forzados, la verdad.