viernes, 20 de julio de 2012

La muerte de la verdad




A muy pocos lectores (e incluso a muy pocos profesores de literatura) les sonará el nombre de Silverio Lanza, un escritor madrileño estrafalario e inclasificable que vivió entre 1856 y 1912 y que con sus páginas se granjeó la admiración más o menos entusiasta de algunos componentes de la generación del 98. Con la distancia de las décadas podemos concluir, a la altura de 2012, que dejó una obra irregular, dispersa y que no ha merecido el respeto del Tiempo, el único crítico literario fiable. Aquí tenemos, en un volumen de pequeño formato, siete narraciones suyas editadas por el sello Almarabú y encabezadas por un prólogo ni largo ni atinado de José García Reyes, que incurre en algún dislate más bien aparatoso: por ejemplo, alude en la página 8 a “su obra, hasta hoy protegida del olvido absoluto por su desconocimiento” (es decir, que el hecho de que nadie lea hoy sus producciones les ha permitido salvarse del olvido. Chocante elogio).
En efecto, la lectura de estos relatos (que se supone que son los mejores de Lanza, o al menos algunos de los más notables) no permite la emisión de ningún elogio demasiado sincero. A veces, construye alguna frase curiosa (como cuando elige “el oro como producto mineral; el vino como producto vegetal; y la mujer como producto animal”, p.17); emite un dictamen que no cuesta trabajo compartir (“La civilización cruenta es un absurdo”, p.32); esmalta algún dicterio anticlerical memorable (“Un cura pasa por el ojo de una aguja, cosa difícil para el camello”, p.44); o desliza ironías crematísticas, de sonriente textura (“Por fin llegó la hora del baile. Cuánta magnificencia encerraba el salón no puede describirse sino cobrando el manuscrito por entregas. Seré breve”, p.62). Por lo demás, poca cosa. La crueldad que a veces despliega el Tiempo, tragándose la obra y la fama de ciertos autores es merecida. Silverio Lanza será sólo, y siendo benevolentes, una nota a pie de página en la historia literaria de su época.

1 comentario:

Félix G. Modroño dijo...

Las grandes novelas son las que soportan el paso del tiempo. Un abrazo.