martes, 12 de junio de 2012

Años fugitivos




Quinientas páginas hablando de Moratalla y de la infancia del autor. Ése es, reducido a caricatura o amenaza, el asunto de Años fugitivos, la nueva obra de Pascual García, editada por Gollarín. Dicho así, con la brutalidad de la sinopsis, muchos lectores se podrían inhibir a la hora de escogerla como lectura; pero errará quien la juzgue un libro intrascendente, destinado a un público reducido, familiar o moratallero. La condición intrínseca de la literatura auténtica es hablar siempre del ser humano, de lo hondo del ser humano, de la médula de sus miedos, esperanzas, nostalgias y alegrías; y ahí radica la grandeza descomunal de este volumen. En el silencio de su despacho, componiendo semana a semana las 127 piezas que integran este mosaico emocional y telúrico, Pascual García acomete la generosa tarea de hablarnos de un tiempo, de un lugar y de unos tipos humanos, que él exonera del olvido gracias a la memoria. No lo hace, desde luego, porque añore el ayer («Nunca es mejor el tiempo pasado, porque ni fuimos más felices ni tuvimos más. La nostalgia es una trampa», p.19) o porque sueñe con su imposible retorno («Aquel tiempo lejano que ya no volverá nunca, por fortuna», p.225), sino porque el recuerdo es una facultad recuperadora y a la vez creativa, donde el niño y el hombre se reconcilian y hermanan. El premio de buscarse es siempre entenderse.
Para ello, Pascual García nos deja conocer, y es un regalo maravilloso para los lectores, buena parte de su numismática vital: las largas campañas de trabajo en la vendimia, con el frío invadiendo su cuerpo de niño; la ayuda al padre o al abuelo, en las tareas del campo; el cine como refugio para la fantasía; la reivindicación de la mujer, que se ha deslomado siempre sin exigir nada a cambio y sin enarbolar bandera alguna («Deberíamos convenir en que el feminismo es un asunto burgués, propio de señoras acomodadas, instruidas y alejadas casi siempre de los ambientes rurales», p.39); los lutos ancestrales de aquella infancia moteada de muertes; el frío de Moratalla, como decorado y alma de sus primeros años de vida; su incapacidad para el baile, que no le impide valorarlo en otros; el sabroso aroma del potaje de acelgas que elabora su mujer, el cual obró un prodigio: su hija Elisa Fe, «inapetente desde la cuna, comenzó a comer, tras docenas de intentonas fallidas, con un milagroso apetito el día en que su madre le dio a probar una cucharada de aquel potaje» (p.104); la asunción de ciertos principios elementales de urbanidad, que los tiempos modernos se empeñan en desdibujarnos («Si mis hijos no se portan bien en clase o en la calle, la culpa es mía y de su madre, y somos nosotros los que debemos dar debida cuenta de sus incorrecciones» (p.133); aquel maestro represaliado del que el autor del libro tomó lecciones y que le dejó una honda huella humana y moral; el convencimiento casi filosófico de que la esencia de la literatura acaso sea, paradójicamente, «escribir para no perder el tiempo» (p.244); ese reloj de bolsillo fabricado por uno de sus abuelos y vendido al otro, y que ahora se encuentra en el despacho del escritor (p.314); etc.
Fiel a su estilo de siempre, enamorado de la pulcritud semántica y de la música íntima de la frase, Pascual García nos entrega con este libro elegante, duro, tierno, contundente y sobrio, un hermoso prontuario de imágenes donde el tiempo queda fijado merced al formol de la escritura. Sumergiéndose en los recovecos de su memoria y desbrozándolos convenientemente para que los lectores seamos capaces de acompañarlo en ese viaje a la semilla (como hubiera dicho el cubano Alejo Carpentier), el escritor nos descubre una nueva vertiente de su personalidad creadora que quizá debería inquietar, por lo que tiene de competencia, a su esposa, la artista plástica Francisca Fe Montoya: su enorme valor como acuarelista. Y es que, en efecto, cada una de las rememoraciones, viñetas o estampas que componen este libro, tienen mucho de acuarela: carácter evocador, gran poder de sugerencia, suavidad enérgica... Me enorgullece haber leído todos los libros de Pascual García. Soy mucho más rico desde entonces.

2 comentarios:

supersalvajuan dijo...

Viva la pulcritud!!!

Leandro Llamas dijo...

Puntúo porque no sé qué decir que no se haya dicho. O que sí se haya dicho...