lunes, 30 de mayo de 2011

Unas pocas palabras verdaderas




Uno de los mayores atractivos que tiene el mundo de la literatura consiste, a mi entender, en descubrir autores nuevos que, en los casos especialmente gozosos, incorporamos a nuestro calendario espiritual. No ocurre con frecuencia, como es lógico (la literatura es una aristocracia), pero cuando sucede notamos una felicidad mágica que nos empapa por dentro. Tengo aún, vívida, la sensación que me produjeron las primeras lecturas de Julio Cortázar, de Luis Landero, de Jorge Luis Borges, de Antonio Muñoz Molina: ventanas increíbles por las que entraba en mí una luz especial, no usada (para decirlo con el clásico). Luego, durante años, chapoteamos en otros autores, que nos facilitan bellezas parciales, trozos de plenitud, claroscuros. Y de pronto, sin esperarlo (el éxtasis no se planifica: es un milagro), accedemos a otro libro memorable, donde la hermosura se ha agazapado para esperarnos y, como el puma de Pablo Neruda, saltar sobre nosotros y beber nuestra sangre.
Hablo hoy de José Antonio Abella y de su volumen de cuentos Unas pocas palabras verdaderas (Segovia, 2010), donde tenemos la oportunidad de leer varias joyas literarias, algunas de las cuales han recibido el aplauso en certámenes de probada solvencia (premio Emiliano Barral en 2002, premio Encarna León en 2005, premio Hucha de Oro en 2008). Y me ha llamado la atención porque este médico y escritor segoviano no sólo cuida la solidez y el atractivo de sus argumentos, sino que bruñe el lenguaje y la expresión hasta las fronteras del aforismo o la poesía, reacio a que la balanza del qué y el cómo se desequilibre. Dueño de unos recursos técnicos y estilísticos admirables, José Antonio Abella talla el diamante de la expresión con meticulosa elegancia, para obtener de la frase el brillo más alto. Así, nos hablará en uno de sus cuentos de unas barras de pan que han sido vaciadas de miga y nos las retratará como «ataúdes de aire» (p.163); o se quedará tan absorto en la contemplación de la tristeza de sus semejantes que nos dirá que «en todo el universo no existe un planeta más solitario que el corazón humano» (p.142); o definirá el protagonista de su primer relato con una prodigiosa fórmula conceptista, afirmando que hacía gala de una «discreción mineral» (p.18). Estas exhibiciones de poderío literario no dificultan, de ninguna manera, el ejercicio fluido y natural de la lectura. Quienes nadan en las aguas de este volumen jamás resultan distraídos de la historia que José Antonio Abella ha querido contarles en sus páginas, que corre poderosa ante sus ojos, vertebrada alrededor de unos personajes sólidos y diversos: un francotirador, al que un niño sorprende mientras aguarda la llegada de su víctima; un corredor cojo, al que tendremos la oportunidad de descubrir en una de las primeras narraciones del libro; un historiador judío que padece los desmanes de una vecina grosera y filonazi; un contable miope, al que su jefe pretende impresionar paseándolo en su coche nuevo; un panadero jubilado que concibe la distracción de realizar una réplica exacta del acueducto de Segovia usando miga de pan; un anciano paulatinamente trastornado que copia a mano fragmentos de la Biblia, impulsado por una rara fiebre premonitoria; un joven estudiante de medicina que acude a un osario para obtener las piezas que deberá estudiar; un filósofo que dicta su última clase, entristecido por el dolor y la lucidez de contemplar la deriva del mundo, donde la inteligencia, el espíritu crítico y la disidencia ya no son moneda válida... Adviértase lo que hasta ahora llevamos anotado (y sin perder de vista la condición sinóptica y telegramática de una reseña): un estilo poderoso, que fluctúa entre la sencillez y el lirismo, según lo exija el relato; una singular pericia a la hora de esculpir argumentos muy diferentes, sin constreñirse a la pobreza de la repetición; unos personajes densos, donde el escritor se convierte a veces en psicólogo (el cuento que da título al volumen es una excelente demostración)... ¿Acaso se necesitan más razones para entrar en la página http://www.isladelnaufrago.com/ y hacerse con un ejemplar de esta obra, que te envían cómodamente a casa? Muy pocas veces habré dado en mi trayectoria como crítico un consejo literario con tantas garantías de acertar.

sábado, 21 de mayo de 2011

El vals lento de las tortugas




Joséphine Cortès es una historiadora experta en el mundo medieval que, en virtud de una carambola casi azarosa, ha publicado una novela de apabullante éxito, que la ha convertido en una celebridad literaria en su país. Pero lejos de disfrutar con ese estatus —es una mujer tímida, a la que no seducen las mieles del triunfo— prefiere resguardarse en sus estudios, en su familia y en su reciente cambio de domicilio. Todo a su alrededor se ha vuelto complicado: su hermana Iris la odia, porque considera que esa notoriedad social que Joséphine ha obtenido debería ser suya; su marido, Antoine, la ha abandonado para montar un criadero de cocodrilos y unirse sentimentalmente a otra mujer, llamada Mylène; su madre, Henriette, no se molesta en disimular el desdén que Jo le merece, frente al éxtasis que le provoca su otra hija; Marcel, padrastro de Jo, ha abandonado a Henriette para unir su vida a la de la jovencísima Josiane, que le da un heredero, al que llaman Junior... Y si las complicaciones familiares que rodean a Joséphine no resultaban ya bastantes (he reducido notablemente su enumeración), podemos extender el análisis a su nuevo hábitat inmobiliario: vecinos repelentes que viven instalados en los antiguos privilegios de su familia, y que se dedican a espiar, insultar y humillar a los demás; vecinos estirados, que parecen desayunar una taza de almidón, nada más levantarse; y una portera que atraviesa por graves dificultades económicas.
Y, de golpe, todos estos elementos se ven aderezados con una serie de conflictos de complejidad creciente. Primero, Joséphine recibe una caja donde se le envían las últimas pertenencias de su marido, que ha sido devorado por cocodrilos; luego, asiste a una agria reunión de la comunidad de vecinos, donde brotan los denuestos más desaforados y donde se exhiben las miserias más lamentables. Y por fin, sin que el lector tenga tiempo de darse cuenta del cambio de registro, se produce un intento de asesinato: un desconocido se abalanza en la oscuridad sobre Joséphine y le asesta varias puñaladas, sin lograr herirla. Habida cuenta de la ausencia de enemigos en la vida de la escritora, ésta no duda en atribuir el asalto a un mero azar: un simple ladrón o un desquiciado que la eligió sin motivo como blanco de su ataque. Y trata de olvidarse del incidente con la mayor rapidez posible (ni siquiera lo denuncia en la comisaría)... Pero las cosas se irán enredando a gran velocidad: tres personas que pertenecen a su órbita cercana irán siendo asesinadas de forma paulatina. Son demasiadas coincidencias como para no preocuparse.
No obstante, sería sumamente injusto presentar esta novela (continuación de la exitosa Los ojos amarillos de los cocodrilos, publicada igualmente en España por La esfera de los libros) como un simple relato de misterio o de espíritu policial. Katherine Pancol, dueña de un elegante bisturí psicológico, nos ofrece en las páginas de este voluminoso tomo, traducido por Juan Carlos Durán, un buen número de retratos que, sin caer en el estereotipo, enriquecen la historia de una manera muy notable: la timidez asombrosa de Joséphine, la egolatría oceánica de Iris, el bostezo adolescente de Zoé, la enigmática lejanía de Mylène, el espíritu innovador e independiente de Hortense, la precocidad risible del bebé Junior (que protagoniza secuencias de una memorable comicidad), el inquietante desdoblamiento de Luca y Vittorio, la petulancia inadmisible de Henriette o la ambigüedad emocional de Philippe son fibras de gran vigor que sostienen en pie esta novela e impulsan a los lectores durante su paseo por ella.Les dirá una última cosa: si pertenecen ustedes a la cofradía de quienes sólo se sumergen en Grandes Obras de la Historia de la Literatura (cuatro mayúsculas sospechosas), olvídense de esta novela: les parecerá intrascendente. Si, por el contrario, están dispuestos a admitir que existen libros cuyo objetivo puede ser la distracción y que eso no está reñido con la elegancia formal, una cierta dosis de humor, un buen manejo del tiempo narrativo, una adecuada orquestación de sorpresas y hasta la consecución de episodios de alta literatura, no teman bucear en esta novela. Les garantizo que descubrirán a una escritora de raza y con un excelente ritmo de prosa, que les cautivará.



domingo, 15 de mayo de 2011

Punto Omega




Don DeLillo (de orígenes italianos, pero nacido en el Bronx neoyorkino en el año 1936) es uno de los escritores norteamericanos más conocidos en todo el mundo. Y una de las características suyas que más me sorprenden es que consigue dar a sus lectores una nueva versión de sí mismo en cada obra, sin recurrir a la insistencia o la repetición. No se concede nunca la tregua de la facilidad. Sus reflexiones sobre el mundo que nos rodea siempre están adentrándose por caminos arriesgados, por senderos donde la nieve no esté pisada. Y esta voluntad de experimentación y de miradas oblicuas ocasiona que cada una de sus novelas constituya un nuevo salto sin red, al que DeLillo se somete con admirable aplicación.
El traductor Ramón Buenaventura y la editorial Seix Barral han publicado hace pocos meses la última de las entregas de este fascinante prosista con el título de Punto omega dentro de la Biblioteca Formentor. En sus páginas se nos cuenta la historia de Richard Elster, un hombre de 73 años que, después de haber trabajado en algunas dependencias secretas del Pentágono en asuntos relacionados con la guerra, vive ahora retirado en el desierto, sin más ocupaciones que la soledad, el silencio y la meditación. Un joven cineasta llamado Jim Finley ha acordado con él filmar en el lugar donde vive Elster una curiosa película construida en una sola toma, larga, monótona, donde él vaya desgranando sus recuerdos, sus opiniones, sus reflexiones sobre la guerra de Iraq. Después de algunas reticencias, el anciano acepta. Ha elegido la soledad del desierto porque eso le permite pensar («Cada paso que doy en la calle de una ciudad es un conflicto, las demás personas son un conflicto. Aquí es diferente», página 35). Pese a todo, Richard Elster no es ningún iluso, ni se abraza a embelecos pacifistas para justificar su actitud de anacoreta. Simplemente está convencido de que el modelo de guerra que se empleó en Iraq no fue el adecuado; pero había que hacer esa guerra («Una gran potencia tiene que actuar. Habíamos recibido un golpe muy fuerte. Nos hace falta retomar el futuro», página 44). Para completar este cuadro anómalo, el cineasta Jim Finley tampoco es un creador convencional. No quiere la típica grabación que pueda funcionar bien en los circuitos comerciales o en los certámenes al uso. Así que le explica a Elster de un modo gráfico lo que desea conseguir: «Una especie de visión, un fantasma de los consejos de guerra, alguien con libertad para decir lo que quiere, cosas nunca dichas, cosas confidenciales, valoraciones, condenas, divagaciones. Lo que usted diga será la película, usted es la película, usted habla, yo filmo. Sin cuadros, sin mapas, sin información de base. El rostro y los ojos, en blanco y negro, eso es la película» (página 63).
Y sólo falta un elemento en este mosaico narrativo tan engañosamente simple como (pronto lo descubren los lectores) desasosegante: Jessie, la hija de Richard Elster. Tiene la piel pálida, está muy delgada, ronda los veinticinco años y ha venido a refugiarse al lado de su progenitor porque se encuentra en apuros tras una relación sentimental más bien destructiva y preocupante. El resto de personajes (la madre de Jessie, su antiguo novio, la mujer de Finley, etc) están presentes sólo en tanto que elementos aludidos, sin presencia real en las páginas de la novela. Pero basta la pericia de DeLillo para construir con estos mimbres una narración impactante, que se escapa de lo convencional y que nos lleva por unos derroteros mentales y psicológicos que rozan la angustia.Don DeLillo, actuando aquí como un poeta apocalíptico de comienzos del siglo XXI, nos hace que miremos el mundo de la guerra con ojos críticos, con ojos que no teman avanzar hacia el horror de la especie humana, que parece abocarse hacia la autodestrucción, hacia el final de su ciclo. El corolario («El padre Teilhard lo sabía, el punto omega. Un salto al exterior de nuestra biología. Plantéate esta pregunta. ¿Tenemos que ser humanos para siempre? La consciencia está agotada. Toca ahora regresar a la materia inorgánica. Eso es lo que queremos. Queremos ser piedras del campo», página 72) produce tanta inquietud como ganas de asentir.

domingo, 8 de mayo de 2011

La librería




En raras ocasiones como en esta obra podrá encontrarse el lector español con un ejemplo más nítido de lo que podríamos denominar novela de atmósfera. Es decir, una narración larga donde las acciones y aun los personajes se encuentran influidos por el ambiente que empapa la historia. Para quien disfrutó de volúmenes como El astillero, de Juan Carlos Onetti, poco más hay que decir. En este caso, un pequeño pueblo británico, mojado por la lluvia y enmohecido por costumbres tan ancestrales como rancias, que se abaten sobre la viuda Florence Green, quien en el año 1959 lleva a la práctica su idea de abrir una librería en la localidad de Hardborough, tan hermética como fosilizada en el tiempo.
Curiosamente, el proyecto de la señora Green se encuentra desde el primer instante con la paradójica oposición de numerosas personalidades: la señora Gamart, una poderosa influencia local, que hubiera preferido que en ese espacio se crease un Centro para la Música y las Artes, en lugar de “una tienda”, como afirma con desdén en la página 38; el señor Keble, director de la oficina bancaria, muy reticente a la hora de facilitarle un préstamo, y que encuentra un motivo de satisfacción cuando la librería atraviesa por horas bajas, porque esto presupone un retorno al status tradicional («Ahora habrá algo menos de actividad en su negocio, supongo. Quizá sea mejor así. Durante un tiempo dio la impresión de que iba usted a sacarnos de nuestras viejas costumbres de golpe», página 144); el señor Thornton, su abogado, que finalmente se sumará a la invisible presión colectiva, ofreciéndole la posibilidad de adquirir otro emplazamiento para su librería, en lugar de Old House; etc. Frente a eso, Florence Green sólo cuenta en realidad con dos aliados heterogéneos y más bien anecdóticos: la pequeña Christine Gipping, de apenas once años, que la ayuda en el negocio; y el casi invisible señor Brundish, un vecino culto y reservado «cuya forma de rebelarse contra el mundo consistía en impedir que el mundo entrara en sus dominios» (página 130), el cual le aconsejará que ponga a la venta la última obra de Vladimir Nabokov, Lolita, cuyas excelencias y morbo le podrán servir para asegurarse unas buenas ganancias comerciales.
Este juego de apoyos y de obstáculos, de afinidades y de divergencias, se construye con una gran sutileza, de tal forma que jamás asistimos a ninguna explosión de tipo emocional, ni positiva ni negativa. Todos los personajes (permítaseme la broma) parecen tejidos con flema, lluvia y té; y los lectores asistimos a un equilibrio sordo de rencillas, muy británico. La prosa de Penelope Fitzgerald, con su ritmo pausado y ceremonial, contribuye a transmitir esa música lenta que tan maravillosamente se ajusta a su argumento y a sus pretensiones novelísticas. Quizá por eso se trate de una pieza tan llena de embrujo, tan especial, tan distinta.Posiblemente Penelope Fitzgerald no sea una autora demasiado conocida en España, y quizá esta obra no acumule las condiciones magnéticas que se suelen atribuir a los bestsellers (argumento trepidante, sorpresas continuas, capítulos con final de folletín, etc), pero sin duda es un volumen hermoso, que consigue instalarnos con pericia en el alma y en el tesón de una mujer firme, Florence Green, que pelea por su sueño y que, con elegancia enérgica, con dulzura tenaz, lo lleva a la práctica. Ella sabe que «el coraje y la perseverancia son inútiles si no se ponen a prueba» (página 27), así que se aplica al cumplimiento de su destino levantando una empresa que tiene mucho de metáfora y que la enfrenta, sin acrimonia pero sin vacilaciones, a la estolidez megalítica de sus conciudadanos. Ana Bustelo es la encargada de verter a la lengua castellana esta obra, que publica exquisitamente, como es habitual, el sello Impedimenta. Y, por cierto, esta misma editorial lanza ahora otro volumen suyo, El inicio de la primavera, que fue finalista del prestigioso galardón Booker Prize y que se sitúa en la Rusia anterior a la revolución bolchevique de 1917. No parece en modo alguno una mala oportunidad para seguir conociendo a esta fascinante novelista inglesa, que no inició su carrera literaria hasta la tardía edad de 58 años y que falleció en abril de 2000.