viernes, 29 de abril de 2011

Hijos de la LOGSE




Cualquiera que haya pasado por el mundo de las aulas sabe que la Logse ha sido uno de los desastres más notorios, flagrantes y duraderos de la historia educativa española, y aun europea. Miles de pedagogos con más cara que espalda, psicólogos de pacotilla y desertores varios del noble arte de la enseñanza (que desean a toda costa seguir viviendo del cuento) nutren la pléyade de quienes, negándose a admitir la evidencia de los números, insisten en que el sistema no es malo. Pero la realidad la tenemos ante nuestras narices: más dinero que nunca invertido en ordenadores, cañones informáticos, PDAs, pizarras digitales, aulas temáticas, profesores con un nivel de especialización asombroso, tablets, terapeutas de todos los colores... y unos resultados que no admiten otro calificativo que el de ridículos, que nos sitúan a la cola de Europa.
Francisco Robles, tan agudo como irónico, tan pertrechado de datos como animado por la vocación de decir la verdad, publica Hijos de la Logse, un libro incendiario, indiscutible y marmóreo, donde quedan desenmascarados miles de trampantojos y falsedades, con capítulos tan demoledores como los titulados "Todos somos iguales e igualas", "Todos pasan y nada queda" o "El mito de la transversalidad". Pura dinamita intelectual, que incluso los defensores a ultranza de la Logse admitirán a regañadientes en el silencio de sus hogares. "Este libro es un grito, una voz de alarma en medio de la indiferencia general que aqueja a la sociedad convenientemente anestesiada en estos tiempos de posmodernidad y buen rollito": con esta frase comienza la obra. Imagínense la continuación. O mejor dicho: no se la imaginen. Léanla. La tienen publicada por la editorial Almuzara y, se lo puedo garantizar, vale la pena. Es un libro que pone el dedo en la aluminosis del sistema educativo español. No debemos esconder la cabeza ante análisis así.



domingo, 24 de abril de 2011

Cantar al vino



A la inmensa mayoría de los lectores de esta reseña no les sonará, como es lógico, el nombre de Abu Nuwás, poeta iraní del siglo VIII. Pero el esfuerzo de los traductores Jaume Ferrer Carmona y Anna Gil Bardají, impulsados por la editorial Cátedra, ha colocado en la mesa de novedades de las librerías un volumen del que ya no podremos olvidarnos con tanta facilidad. Se trata de Cantar al vino, donde un centenar de poemas desenfadados, risueños y vitalistas dan la medida perfecta del talento lírico de este vate.
Plegado desde la juventud a un ideario muy nítido, donde los placeres de la carne, los licores y la música estuvieron por encima de cualquier otra posible consideración («Son cuatro las cosas que hacen revivir corazón, alma y cuerpo: el agua, los jardines, el vino y un rostro bello», poema IV), Abu Nuwás convirtió las declaraciones hedonistas en el núcleo de su lírica. Durante centenares de versos (se dice que escribió más de trece mil) nos comunica su alegría por acercar la copa a los labios, por gozar de la contemplación de cuerpos hermosos, por sentir el dulce esplendor de la vida recorriendo su cuerpo. De ahí que llegue incluso a decirnos que, cuando le sobrevenga la muerte, desea ser enterrado cerca de una almazara, para sentir el aroma del vino y el ruido de los pies que lo fabrican. Este invencible afecto que siente por el licor de Baco lo lleva incluso a humanizarlo, como ocurre en los dos versos finales del poema XVII: «Siempre hablo a la copa antes de beber: a ella, confidente, cuento mis secretos». Para algunos bienpensantes, esta actitud del poeta podría ser catalogada como una defensa lamentable de la dipsomanía, pero la realidad es otra: Abu Nuwás reivindica así el placer de la existencia, que es a la postre lo único seguro que tenemos, el bien más tangible («Acepta la vida con alegría y regocijo y no sigas los pasos de los que se reprimen», poema XX).
Por tanto, frente a la austeridad reseca de los musulmanes ortodoxos, él pregona la complacencia en las libaciones alcohólicas, que dan color a nuestros días y los hacen más amenos («No aprenderás de los árabes ningún modo de solaz, porque su vida no es vida, su vida es un erial. Déjales que ordeñen y beban cuanta leche quieran, puesto que son ajenos al exquisito y buen vivir» (poema XXXVI). En ese sentido, no es raro que los versos de Abu Nuwás hayan sido protagonistas de más de una quema, incluso en época reciente, por parte de elementos radicales del Islam. Pero sin duda al poeta no le habría importado esa vocación pirómana que siempre tienen los intransigentes. Él, que murió de forma oscura («en la cárcel, en una taberna o en manos de algún enemigo», nos indican los editores en la página 19), nos legó en sus composiciones un universo de luz que lo mantuvo anclado a la alegría, sin prisa alguna por conocer las mieles del Más Allá («No nos urge habitar el paraíso, pues, en esta tierra, nuestra vida eterna la encontramos al beber su néctar», poema LXXV), más interesado en las delicias sexuales que en las guerras de religión («El vientre de la doncella y el trasero del mancebo atraviesa con tu lanza. Ésta es la guerra santa, el verdadero yihad», poema XCI) y francamente reacio a toda prohibición de comida y bebida («Te hemos aborrecido, miserable Ramadán, sin dudarlo te mataría si pudiera matar a un mes», poema XCIII).Leer de corrido todos los versos de Abu Nuwás puede resultar levemente tedioso, no lo discutiremos, porque gira siempre alrededor de los mismos núcleos temáticos, pero también fatiga una pinacoteca (incluso la mejor que pueda existir en el mundo) cuando la recorremos durante horas. En cambio, los placeres que nos depara el espíritu de este libertino encantador son duraderos, fértiles y hermosos: nos enseña que frente a los dictámenes rancios de las religiones, la vida tiene la obligación de erguirse con toda su luz. Un personaje de Hermann Hesse dijo que sólo escuchaba la enseñanza que su sangre murmuraba dentro de él. Quizá no sea un mal resumen de la filosofía vital de este poeta.



domingo, 17 de abril de 2011

El sacrilegio de Alan Kent



Olvídese de la lógica y de un posible resumen argumental coherente quien se adentre en esta novela. Fracasará en su empeño. El sacrilegio de Alan Kent es una pieza narrativa tan seductora como enigmática, que hay que aceptar como nos viene: huérfana de taxonomías y desnuda de etiquetas. Se puede recordar, en todo caso, aquella declaración que el gallego Camilo José Cela situó al inicio de su Oficio de tinieblas 5: «Esto no es una novela, sino la purga de mi corazón». Es posible que el norteamericano Erskine Caldwell (1903-1987) pensase en algo parecido cuando hilvanó las palabras de esta historia.
Imaginemos un dormitorio cuyo suelo está formado por delgados tablones de pino. La humedad de la lluvia (está muy avanzado el mes de diciembre) es tan grande que recala en la habitación y provoca el hundimiento de esas tablas. La cama que se encuentra encima se hunde también, y esto acelera el parto de la mujer que reposa entre sus sábanas. De esa forma risible o apocalíptica viene al mundo Alan Kent, de quien se nos van desgranando detalles a lo largo de muchos capítulos, brevísimos todos, de esta obra: aquella vez en que se quemó mientras ayudaba a su madre a poner la mesa para la comida; la costumbre que tenía su padre (de oficio, predicador) de azotarlo con la correa del baúl; la amarga soledad que empañó su infancia («No tenía ningún compañero de juegos», nos confiesa en la página 27); el febril vagabundeo de la familia durante años (que quizá explique la condición de diapositivas de estas hojas, alejadas de la sintaxis proustiana pero igual de reveladoras); aquel pobre perro que murió calcinado en el incendio de una casa y al que Alan Kent escuchó gañir durante días... La memoria, sin duda, elige sus propias confidencias y, como los ordenadores, trabaja con un código binario: recordar y olvidar. De ahí que podamos aventurar la hipótesis de que los elementos recurrentes de este relato (las chicas, el alcohol, el sol ardiente, los negros) constituyen núcleos muy importantes de significado.
Hay en este volumen algunas secuencias terriblemente descarnadas; otras, de un asombroso lirismo; y otras, en fin, donde lo onírico y lo surrealista caminan de la mano («Había un zopilote que llevaba un cencerro de oveja atado al cuello. Cuando el zopilote se acercaba a una casa, la gente que vivía en ella estrangulaba al niño más pequeño y lo enterraba un viernes, para que los otros niños no conspiraran contra sus padres y abuelos y los asesinaran mientras dormían», página 67). En esta pieza se pueden encontrar además las peripecias de muchos personajes cuyas lógicas no alcanzamos a discernir, quizá por la voluntad fragmentaria de Erskine Caldwell, quizá porque lo que pretenda comunicarnos sea, precisamente, eso: los hilos de un tapiz, los hilvanes irregulares de unas existencias anómalas (mujeres que engañan a sus maridos por las noches, fugándose por las ventanas; negros debilitados a quienes se extermina de un disparo y a quienes se entierra sin solemnidad en una montaña de estiércol; prostitutas a quienes se machaca el cráneo con un martillo pilón para arrebatarles impunemente sus ganancias; u hombres que prenden fuego a cestas donde antes han introducido serpientes). Por momentos, se siente uno tentado de ver en El sacrilegio de Alan Kent una especie de negativo fotográfico de las Hojas de hierba de Walt Whitman: en prosa (y no en verso); solazándose en la desesperanza (y no en el gozo de vivir); buscando las porciones de sombra (y no las aristas alegres de la luz)... Si Valle-Inclán nos paseó por el Callejón del Gato para mostrarnos (deformada y, por tanto, mágicamente fidedigna) la realidad española, Caldwell nos propone un paseo parecido por el sur rural de los Estados Unidos, un territorio ambiguo, caótico y desconcertante que consigue dejarnos anonadados.
Gracias a la activa editorial Navona, que ofrece desde hace unas semanas este texto al mercado español (la traducción y el prólogo corresponden a José Luis Piquero), hemos podido reencontrarnos con la prosa sugerente, hipnótica y peculiarísima de Erskine Caldwell, un auténtico escritor superventas en su país (docenas de millones de ejemplares vendidos de El camino del tabaco o La parcela de Dios así lo demuestran).

jueves, 14 de abril de 2011

Un hombre en la oscuridad



Un crítico literario de 72 años, llamado August Brill, que ostuvo el premio Pulitzer en 1984, ha sufrido un terrible accidente y se encuentra, para recuperarse de las heridas, en casa de su hija Miriam y de su nieta Katya. Éste es el punto de arranque sobre el que Paul Auster construye la novela que hoy me ocupa, publicada en España por Anagrama y traducida por Benito Gómez Ibáñez.
La auténtica complejidad novelística, y su razón arquitectónica, comienzan cuando el autor se pone a la tarea de desarrollar las líneas psicológicas básicas de estos seres: August, que ha perdido a su esposa Sonia y que no termina de asimilar su viudedad; Miriam, que afronta un divorcio traumático; Katya, que ha visto por televisión cómo unos terroristas islámicos daban muerte a su novio Titus de una forma especialmente sangrienta. Tres laberintos de soledad y dolor que necesitan ser aliviados de alguna manera... Katya lo hace desconectándose del mundo, y refugiándose en el visionado de películas de vídeo, de las que trata de extraer un orden regulador, un equilibrio, un cosmos; Miriam, redactando una biografía de Rose Hawthorne, una escritora a la que juzga "horrorosa, en realidad" (página 206), pero cuyo análisis la sitúa también en una zona de sosiego y ataraxia; y August, que utiliza como lenitivo un método más creativo: fabular, tumbado en su cama, una historia delirante: la protagonizada por alguien llamado Owen Brick, al que se hace una revelación asombrosa: alguien está soñando que existe una guerra en Estados unidos, y ha provocado ya la muerte de millones de personas. Owen Brick ha sido reclutado para que mate a ese fabulador, cuyos delirios se incorporan a la realidad y la llenan de sangre.
"Esto se está convirtiendo en una broma más bien complicada", piensa el escritor en la página 121. Y no le falta razón. Pero Paul Auster, que es un auténtico maestro de la novelística actual, consigue con esos mimbres tejer un relato muy poderoso, muy sólido y muy fluido, donde las caracterizaciones de los personajes son tan simples como enérgicas, y donde todos los elementos de la obra fabrican al unirse una música sugerente y cálida, que embriaga al lector.
Sabiendo que somos seres condenados a la frustración, al desgarro y al aislamiento; que somos tristes burbujas que intentamos por todos los medios a nuestro alcance que el mundo no nos destruya con demasiada rapidez, Paul Auster nos da en esta obra una lección moral y humana de gran calibre. Leerla supone una ampliación para nuestra inteligencia y un motivo para la reflexión. No deberíamos desaprovecharla.

domingo, 10 de abril de 2011

Baudelaire. Juego sin triunfos




Son dos (sin duda más, pero al menos dos) las aberraciones en que se puede incurrir a la hora de confeccionar una biografía: la primera tiene que ver con la acumulación oceánica de datos (que asfixia al lector y lo distrae del cauce principal de la historia) y la segunda adviene cuando el biógrafo se disfraza con los ropajes del hagiógrafo (eliminando los elementos negativos del protagonista o al menos aplicándoles un maquillaje que los disimule). Exceso de agua y exceso de agua bendita, por comprimirlo en una fórmula simpática.
Pero he aquí que, de vez en cuando, se entrega a los lectores una obra verdaderamente singular y majestuosa. Es el caso de la biografía que Mario Campaña ha elaborado sobre el autor de Las flores del mal y que, con el título de Baudelaire. Juego sin triunfos, podemos leer gracias a la editorial Debate. Y resulta asombroso que esa desconcertante laguna investigadora (no existen en España grandes aproximaciones al poeta francés) haya sido cubierta con tanto acierto y con tanta elegancia formal. Aprovisionado de erudiciones pero sin olvidarse en ninguna página de la amenidad narrativa, Mario Campaña nos ofrece un recorrido impecable, sugerente y sólido por el gran poeta maldito de finales del XIX. Explica que fue un chaval sobre el que no se generaron demasiadas expectativas académicas («A título de niño idiota le fue otorgado el bachillerato», página 19); que desplegó durante su juventud la anomalía excéntrica de su aspecto (se dejó crecer una melena que, en ocasiones, teñía de color verde) y su afición al billar; que vivió sin tapujos una escandalosa relación de amores, pasiones y desafíos públicos con la mulata Jeanne Duval, desde 1842 hasta 1861; que desde los 18 años se embarcó en una carrera agónica de deudas y estrecheces económicas que lo atosigaron hasta el final de sus días; que fumaba hachís y se aficionó al opio... para aliviarse los dolores de estómago que le provocaba el abuso de alcohol; que escribió con angustia y con desgarro una poesía marginal, provocadora e insobornable... pero que al mismo tiempo solicitaba constantes subvenciones del ministerio de Instrucción Pública francés (de ahí que su biógrafo, con afán clarificador, escriba: «Baudelaire fue intransigente con el mercado, que nunca consiguió subordinar su obra. Del Estado, cuando fue necesario, exigió un rol protector», página 257); y que, en los meses últimos de su existencia, durante una noche de confidencias frente a su amigo Catulle Mendès (otro gran poeta, por cierto), elaboró un triste recuento de todo lo que había ganado durante su vida con el ejercicio de la literatura: 15892’62 francos (menos de lo que ganaba cualquier folletinista de éxito con una sola de sus entregas). Una hemiplejia derivada de la sífilis mantuvo a Charles Baudelaire, afásico e inútil, postrado en una cama, durante los diecisiete últimos meses de su estancia en el mundo.
Pero —y aquí viene el contrapeso valioso de esta biografía— Mario Campaña no se olvida de anotar las mezquindades de Baudelaire, ni la ruindad con la que juzgó a los belgas en un opúsculo más bien lamentable, ni el modo desatento que desplegó en su trato con algunos editores, ni el desdén que dedicó a su madre por casarse con el pronapoleónico Aupick tras haber enviudado (una madre que, por cierto, no cesaba de suministrarle fondos, cobijo, coartadas e incluso cuidados médicos en sus semanas finales)... ¿Que la figura de Charles Baudelaire se enturbia con estos datos? No es, desde luego, culpa de Mario Campaña, fiel anotador de realidades y prudente exégeta de las mismas. Ni Baudelaire, ni Verlaine, ni Rimbaud fueron precisamente ángeles de pureza inmarcesible: el alcohol, el sexo, las drogas, la violencia y la rebeldía aletearon en sus estómagos y en sus plumas, de tal modo que sus pormenores biográficos son tan anonadantes como ciertos. Un buen cronista (y Mario Campaña ha demostrado serlo) no sólo ha de recoger la luz de su protagonista, sino también sus pliegues de niebla, los recodos de fango, las esquinas insidiosas. Los seres humanos, a diferencia de las esferas, sí que tenemos vértices; y quien nos retrata ha de dejar constancia fehaciente de esa realidad. Negar la cara oculta de la luna es negar la luna.

martes, 5 de abril de 2011

El gran libro de los insultos



¿Qué haría usted si alguien, de buenas a primeras, le espetara que es un galipurciano, o que tiene aspecto de mollollo, o que sin duda es un tiforte o un verdimoreno? Imagino que lo inmediato sería la perplejidad y, acto continuo, la indignación (los españoles somos propensos a enfadarnos cuando nos dicen algo cuyo significado ignoramos). Pero gracias a la editorial La Esfera de los Libros y a la labor mastodóntica de Pancracio Celdrán Gomariz, que ha dado a la imprenta un "Tesoro crítico, etimológico e histórico de los insultos españoles" (así se indica en la portada), con el atrayente título de El gran libro de los insultos, es probable que logren entender sin problema lo que su desconsiderado interlocutor les ha dicho.

Diccionarios hay, obviamente, muchos. Y algunos de ellos francamente curiosos, como aquel desternillante Diccionario del español eurogilipuertas que se sacó de la manga Luis Díez Jiménez hace años; o como el eruditísimo y tan mal entendido Diccionario secreto de Camilo José Cela. Pero la proeza que acaba de culminar Pancracio Celdrán es doblemente admirable: primero, nos proporciona un arsenal lingüístico de notable amplitud (más de mil páginas a doble columna), con incursiones en todos los ámbitos regionales, sociales y profesionales de nuestro país; y segundo, nos depara innumerables sonrisas, no solamente cuando hallamos palabras tan sonoras como esbatalludo, laborintón o pimpi, sino también cuando descubrimos que aquellos vocablos que oímos alguna vez a nuestros abuelos, hace ya tiempo, están recogidos aquí con puntual exactitud y con certera definición. Y es que este vademécum no es el típico librito elaborado para mofarse de nadie, o para divertir a los desocupados que tengan la buena idea de comprarlo en una feria de ocasión. Es mucho más: es el trabajo ingente y metódico de alguien que ha fatigado una bibliografía exhaustiva (de la cual deja constancia al final del tomo) y que entrega con toda generosidad el fruto de su esfuerzo al común de los hispanohablantes, para que enriquezcan el conocimiento de su propio idioma y de su idiosincrasia.

Aprender, divertirse y sorprenderse pueden ser términos complementarios cuando se abren las páginas de esta gran enciclopedia de la malicia hispana. Para no perdérselo.