lunes, 28 de marzo de 2011

Esto y ESO



Consciente de que solamente los poetas y los niños están facultados para descubrir el alma lírica de las cosas, Raúl Vacas (narrador y poeta criado en Matilla de los Caños del Río y cuyo simpático currículum adorna la solapa del volumen con su mezcla de seriedad y sonrisas) construye en este libro un curioso artefacto orgánico donde, agrupados por materias escolares, los diferentes textos que irán desfilando ante nuestros ojos despliegan su oropel de magias.

Tecnología incluye una quiniela donde el escritor nos plantea un curioso juego, para que decidamos entre parejas de nombres del mundo de la literatura con los conocidos signos futbolísticos 1-X-2. Solamente cuando los lectores nos enfrentamos a esas opciones percibimos que la sonrisa nos desaparece del rostro y se nos transforma en un signo de interrogación. ¿Qué signo marcaríamos en el partido disputado entre Vicente Aleixandre y José Hierro? ¿Y si los contrincantes fueran Pablo Neruda y Antonio Machado? Lengua castellana y literatura nos ofrece aproximaciones distintas a las historias de madame Bovary o don Quijote, amén de una graciosa versión de las coplas manriqueñas que incluye versos como éstos: “Nuestras vidas son los bares / que no venden garrafón, / que es el morir; / allí van los escolares / derechos al botellón / a consumir”. Educación plástica y visual pone en nuestras manos varias filigranas formales de llamativa textura, como un poema donde no existen espacios blancos entre las palabras y otro que ha de ser leído con el auxilio de un espejo. La sección de Idiomas nos desliza tres sonetos de difícil composición (pero que Raúl Vacas resuelve con tanta elegancia como sentido del humor) y un hilarante juego de S+7, al estilo de Raymond Queneau. En el arduo y normalmente aborrecido capítulo de las Matemáticas, el escritor nos explica con una sonrisa poética lo que es un cálculo de riñón o elabora un texto cabalístico donde las palabras claves son sustituidas por números, para sorpresa de los lectores, que descubrirán insospechadas posibilidades en esa conmutación. Durante la parte dedicada a las Ciencias sociales descubrimos con perplejidad que las estaciones de metro pueden reunirse en un soneto juguetón y sonoro; o nos estremecemos con la brevedad brutal de un haiku que podría ser aplicado a las fosas comunes de cualquier guerra (véase al respecto la página 93). En Biología y Geología nos deja, entre otros poemas, un espléndido soneto donde el amor y los huesos forman una amalgama tan divertida como eficaz desde el punto de vista poético... Y así sucesivamente.

¿Experimentos? Sí. ¿Sonrisas? También. ¿Juegos? Indudablemente. Pero, por encima de todo, cubriéndolo con su amplitud de tinta, se detectan en todas las páginas de este libro las excelencias de un poeta que sabe lo que está haciendo y que reúne cualidades sin duda memorables. Algunos de los institutos de la Región de Murcia están poniendo desde hace varios años como lectura a Raúl Vacas y no yerran, por lo que parece. He tenido la oportunidad de cambiar impresiones con docentes que lo han llevado a sus clases y bibliotecas (Aurora Gil Bohórquez, Marta Zafrilla, Cristina Sánchez), y todas coinciden en la misma apreciación: no sólo su poesía es amena y accesible para el público más juvenil, no sólo su dominio escénico lo asemeja a los juglares de antaño, sino que su potencia lírica traspasa esas fronteras, sustentándose en un evidente dominio técnico de la estrofa, el verso y la rima, que Raúl disfraza de sencillez. A sus producciones anteriores (como la titulada Consumir preferentemente, que salió a las librerías en 2006) se une ahora esta propuesta que la editorial Edelvives ofrece con una estupenda cubierta.Si están aburridos de poetas pedantes, de mamarrachos egocéntricos y de letraheridos megalómanos que confunden la escritura de un cuento o la creación de un soneto o de un romance con el descubrimiento de la penicilina, les aconsejo muy vivamente que se den un paseo por las páginas deliciosas de Raúl Vacas. A mí me ha impresionado y me ha ganado como lector. No será nada raro que vuelva a aparecer muy pronto en este mismo recuadrito que ustedes tan amablemente leen: no andamos tan sobrados de buenos escritores como para contentarnos con una única visita.

jueves, 24 de marzo de 2011

100 enigmas del mundo



Dice un principio jurídico medieval que exceptio probat regulam. Y esta sentencia ha sido frecuentemente traducida como “La excepción confirma la regla”, sin que a nadie parezca llamarle la atención el absurdo de la misma. ¿La excepción confirma la regla? ¿Un cerdo volando sirve para probar que los cerdos no vuelan? A mí siempre me ha dado qué pensar este rocambolesco ejercicio de malabarismos verbales. ¿No será más bien (siempre lo he sospechado) que la excepción pone a prueba la regla; que la desafía con su extravagancia, con su rareza, con su retadora anomalía?

De muchas de las excepciones de nuestro mundo sabe bastante Bruno Cardeñosa (Orense, 1972), investigador de fisuras y notario de interrogantes, que nos acaba de ofrecer un espléndido resumen de las más singulares en el volumen que este mes nos ocupa. De algunas tenemos más información, porque por ellas se ha interesado el mundo del cine (como ocurre con las calaveras de cristal de Belice, que aparecen en una de las películas de Indiana Jones) y de otras tenemos noticias esporádicas en los periódicos o la televisión (los presuntos milagros de Lourdes, la Sábana Santa de Turín), pero... ¿acaso no hay más, muchas más? Cardeñosa nos demuestra con sobrada documentación y con amenísimos textos que sí que las hay. Por ejemplo, ¿qué explicación puede ofrecerse al hecho de que en los márgenes de un río de Texas se hayan encontrado huellas de dinosaurios y de humanos impresas a la vez (cuando se supone que ambas especies no han coexistido sobre la faz de la Tierra)? ¿Y cómo justificar que los indígenas de Acámbaro (México) elaborasen estatuillas de dinosaurios hace 4000 años... cuando ni siquiera podían saber de la existencia de esos animales? ¿Y qué asombro no nos asaltará cuando nos enteremos de que en Estados Unidos se encontró, soldado con una roca de hace 140 millones de años, un martillo fósil, con su mango de madera y su cabeza de metal perfectamente tallada? ¿Y cómo encontrar una explicación razonable al enigma de Tunguska (en Siberia), donde en el año 1908 se produjo el avistamiento de una especie de bola de fuego que arrancó de raíz y tumbó en el suelo de forma radial (hay fotografías que lo demuestran) docenas de miles de árboles, sin que se haya podido descubrir meteorito alguno en la zona? Podríamos seguir enumerando estas singularidades, pero será mejor que lo dejemos ahí, invitando a los lectores a que las descubran por sí mismos.

Bruno Cardeñosa, ciñéndose siempre a los datos y no abusando de apelaciones a lo fantástico (eso le honra y amplía la credibilidad de su libro), nos plantea en estas páginas cien enigmas que, en el peor de los casos, nos servirán como distraído entretenimiento. Y que, en el mejor, nos servirán para despertar nuestra curiosidad y nuestra inquietud acerca del mundo en que vivimos y su pasado. Una obra llena de detalles interesantes, que recomiendo sin reservas.

lunes, 21 de marzo de 2011

De la cólera



Volver con periodicidad a los clásicos siempre me ha parecido una medida higiénica, porque permite oxigenar la inteligencia, desembotarla de novedades (no siempre valiosas, antes al contrario) y aportarnos una distancia terapéutica que, en el peor de los casos, siempre nos enseña cosas. Dado el «crecimiento canceroso de la bibliografía mundial» (la frase es de Julián Marías), he optado esta semana por volver los ojos hacia un cordobés universal que no toreaba: Lucio Anneo Séneca. Y he elegido uno de sus libros más emblemáticos: Sobre la cólera. La traducción y las notas corren a cargo de Enrique Otón Sobrino y el soporte material lo suministra la editorial Alianza.
Comienza el filósofo hablándonos de esta pasión, a la que califica de «en absoluto humana» (p.33), y nos pinta uno de los mejores retratos que jamás se han urdido sobre un temperamento colérico: ojos salidos de las órbitas, músculos en tensión, boca fruncida, voz tonante, movimientos agresivos y convulsos... De ahí que dictamine que los seres humanos, abandonada la templanza y entregados a los dictámenes de la furia, «para hacer daño somos poderosos» (p.38). Pero dejar que la cólera nos inunde nunca es una buena idea, porque una vez que estalla ya no hay forma de moderarla ni ponerle freno. Igual que un caballo fuera de control, se lanzará al galope y nos convertirá en bestias iracundas, capaces de cualquier bajeza y con las luces del entendimiento cegadas. La tarea más humana consiste, pues, en plantar un dique espiritual contra la cólera, porque si «la razón quiere fallar lo que es justo; la ira quiere que parezca justo lo que ha fallado» (p.60). Pero este aprendizaje ha de ser iniciado desde la niñez, y no ya en la edad adulta. En efecto, Séneca nos advierte de ciertas verdades que no todos queremos escuchar («Nada convierte más en iracundos que una educación muelle y condescendiente; por esto, cuanto más se consiente a los hijos [...] más degenerado es su espíritu», p.90).
Otra de las reflexiones senequistas que figuran en este tomo alude a la facilidad liviana con la que juzgamos a los demás, sin detenernos a advertir nuestras propias imperfecciones. En efecto, el filósofo cordobés (que no español) es certero y lúcido en este análisis, donde se mezclan la perspicacia, la psicología y la voluntad aforística hasta cuajar en una de sus máximas más repetidas: «Los defectos ajenos ante los ojos los tenemos; a las espaldas quedan los nuestros» (p.98). De esa forma, Séneca llamaba la atención sobre el hecho casi universal de que somos extremadamente críticos con los vicios de los demás, en tanto que por ceguera, comodidad o hipocresía disculpamos con suma tolerancia las lacras que mancillan nuestro comportamiento. Igual inteligencia aplica el pensador al análisis de las acciones humanas, advirtiéndonos de una premisa que se suele pasar por alto y que afecta a la esencia misma de la cólera: jamás debemos emitir un juicio (y mucho menos actuar) en caliente. Soseguemos el espíritu, aunque en ocasiones resulte complicado (nadie ha dicho que fuera fácil ser racional) y dejemos que la disección de los hechos se realice en frío. O para expresarlo con la exacta metáfora del filósofo: «Cualquier cosa que desees saber cómo es, déjasela al tiempo: nada se discierne cabalmente en el oleaje» (p.127).
Como colofón, Lucio Anneo Séneca nos pide que, antes de dejarnos dominar por la furia o de sentirnos tentados por la envidia (forma edulcorada de la cólera), analicemos no tanto lo que nos deja en aparente inferioridad sino lo que nos muta en invisibles triunfadores. Bien meditado, este juicio es uno de los más brillantes que salió jamás de la pluma del filósofo: «A nadie que mire lo ajeno lo suyo le complace: de ahí que también con los dioses nos encolerizamos, porque alguien nos aventaja, olvidando cuántos hombres quedan a la zaga» (p.148).Un consejo final: no dejemos de lado la lectura de los clásicos, porque el tiempo (de nuevo el tiempo, siempre el tiempo) los ha exonerado del olvido por una razón más que evidente: lograron aquilatar una extensa sabiduría y la destilaron para nosotros. Aprendamos, pues, la modernidad de lo viejo. Sólo avanza quien mira hacia atrás.

viernes, 18 de marzo de 2011

El Pentateuco de Isaac



Guionista y realizador cinematográfico, Angel Wagenstein (nacido en la ciudad búlgara de Plovdiv en 1922) ha desarrollado también una interesante labor como novelista que comenzó, sorprendentemente, a la avanzada edad de 70 años. Su primer fruto fue El Pentateuco de Isaac, que en España publica con acierto Libros del Asteroide gracias a la traducción de Liliana Tabákova, y que lleva el largo subtítulo de "Sobre la vida de Isaac Jacob Blumenfeld durante dos guerras, en tres campos de concentración y en cinco patrias".

En esta obra excepcional seguimos el relato en primera persona que nos dirige un pobre infeliz, hijo de un sastre judío, que desde los 18 años ha visto cómo su existencia, por el capricho de los políticos, los militares y los visionarios, ha estado sometida al albur de los combates, los campos de concentración, las persecuciones, los cambios de nacionalidad y la pérdida de sus seres queridos (entre ellos, su esposa e hijos). Eso no le impide contarnos su peripecia con serenidad y con altas dosis de humor (hay bastantes chistes sobre judíos en esta novela). Entre lágrimas, persecuciones, estupor, hambre, azares que le han salvado la vida y un sinfín de pormenores que dejo al libre descubrimiento de quienes lean la obra, la narración de Isaac constituye un fresco inigualable de la Europa del siglo XX. Sabe que le ha sido asignada una vida compleja ("No he sido la piedra del molino, ni el agua que la hace girar: he sido la harina", nos dice en la página 17), y que lo fácil hubiera sido acusar a Dios de sus desventuras ("Si Dios tuviera ventanas, hace tiempo que le habrían roto los cristales", página 62), pero también nos explica que lo importante es contar el dolor y luego seguir caminando, llenos de esperanza ("Hay tiempos para arrojar piedras y tiempos para recogerlas y construir con ellas", página 251).

Sin duda, una de las novelas más lúcidas, estremecedoras y completas que se pueden leer sobre la Segunda Guerra Mundial, desde el punto de vista literario y desde el punto de vista humano.

domingo, 13 de marzo de 2011

Aforismos, dichos y refranes del rock




Una persona inteligente se caracteriza, entre otras cosas, por la amplitud de su curiosidad y por la tendencia a no desdeñar cuanto ignora (lo explicó bien Antonio Machado). De ahí que cuando se le sugiere que en las letras de las canciones de rock and roll pueden habitar la poesía, la filosofía o la belleza, no cabeceará incrédulo, ni sonreirá con suficiencia, ni torcerá el gesto ante la herejía que acaba de escuchar. Alberto Manzano, con el auxilio de la editorial Hiperión, acaba de recopilar en un volumen sorprendente varios centenares de versos, estribillos y sentencias que las grandes figuras de la música moderna han deslizado en sus canciones. La obra se titula Aforismos, dichos y refranes del rock y nos proporciona un nutrido grupo de reflexiones sobre mil y un aspectos de la existencia.
Kurt Cobain mezcla el humor y la suspicacia en la página 14, haciéndonos observar que vivimos en un mundo complejo, en el que no podemos sentirnos seguros casi nunca («Que seas un paranoico no quiere decir que no te persigan»). Tom Waits, el hombre de la voz cavernosa, repite una máxima que esconde bajo sus palabras toda la zozobra del hombre contemporáneo («Nadie nos conoce en la niebla»). Ranaldo-Moore, de Sonic Youth, nos invita a comprobar que los recuerdos siempre deforman la realidad y la edulcoran engañosamente hasta envolvernos en la melancolía («La vida es hermosa en el retrovisor»). Waylonn Jennings nos previene contra la contundencia de las verdades, que pueden ser mucho más tóxicas que el disimulo o el fingimiento, si uno trata de utilizarlas sin precauciones («Si trataras de decir la verdad, morirías atragantada»). John Lennon, quizá influido por la mística oriental que se respiraba a finales de los sesenta y que él tuvo muy cerca gracias a su compañero George Harrison, nos sugiere que meditemos sobre una sentencia paradójica, de respiración budista («Cuanto más hondo vas, más alto vuelas»). Nick Cave trata de convencernos sobre la necesaria inmediatez de los derechos, que si quedan preteridos o situados momentáneamente entre paréntesis corren el peligro de la desaparición («Nunca seré libre si no soy libre ahora»). Paul Westerberg, tomando conciencia de su propia importancia personal y elevándola hasta el rango de gozo, se alinea con las intuiciones más luminosas de Walt Whitman y nos comenta: «Soy lo mejor que me ha pasado nunca». Otros, en cambio, se inculparán de imperfección y pregonarán la dudosa valía de sus méritos (como cuando Roger Waters, de Pink Floyd, reconoce en una de sus letras que «si fuese un tren, llegaría tarde»).
En este vademécum de aciertos líricos, intuiciones, desgarros e introspección descubriremos que la música rock (incluso la música rock) puede convertirse en un mensaje cargado de significados; y que por debajo de su epilepsia atronadora pueden emerger los brotes de la belleza o la reflexión. ¿Acaso ciertas frases de Lewis Furey («El que gana en el amor es el que más ama») no podrían llevar con orgullo la firma de san Agustín o santa Teresa de Jesús? ¿Y ciertas quejas de Jackson Browne («Nos venden la guerra como si fuera ropa o coches») no podrían ser enarboladas por millones de pacifistas de todo el mundo? ¿Y determinadas afirmaciones de Jimi Hendrix («Seré yo quien se muera cuando me llegue la hora, así que déjame vivir como quiera») no suenan a grito hedonista universal, que muchos suscribirían sin vacilación?Habrá lectores que, tras examinar algunas de las sentencias que jalonan este curioso libro, no lleguen a entender con claridad algunos de sus significados, porque incurren en el surrealismo o en el disparate. Pero incluso en esos casos este volumen es valioso, al invitarnos a la interpretación personal (una de las últimas citas del tomo es, en ese sentido, tan útil como irónica. El genial cantautor Bob Dylan nos deja escrito en la página 137 que «da igual lo que digas. Siempre hay alguien que te entiende. Es increíble»). Si pueden, háganse con este libro y léanlo de la forma que les apetezca: de un tirón, a ratos, linealmente, al derecho o al revés. Dará igual. De la suspicacia llegarán al convencimiento. Hay en estas páginas que Alberto Manzano recopila y traduce para nosotros más sabiduría de la esperable.

martes, 8 de marzo de 2011

Homer y Langley



Un hombre llamado Homer Collyer está redactando todos los pormenores de su vida para una lectora llamada Jacqueline Roux, que no aparece con su nombre completo hasta la página 179. Le cuenta en esos folios cómo ha transcurrido su existencia de soltero en su vivienda de la Quinta Avenida, que comparte con su hermano Langley; y trata de hacerle comprender por qué su vida ha circulado del modo en que lo ha hecho. Hasta ahí, el resumen argumental podría antojarse tedioso o falto de magnetismo, pero añadamos algunos condimentos a la salsa para incorporarle matices de sabor. Punto uno: Homer es ciego (fue perdiendo el uso de sus ojos a partir de la adolescencia, lo que le permite recordar formas y colores) y está escribiendo sus particulares memorias con el auxilio de una máquina braille de la marca Smith-Corona (p.118). Punto dos: su relación con las mujeres siempre ha sido complicada (un amor de infancia llamado Eleanor, una joven pianista llamada Mary, etc) y se ha basado por lo general en un casto platonismo. Punto tres: su hermano Langley, después de volver herido de la Primera Guerra Mundial, ya no volvió a ser la misma persona.
Ése precisamente es uno de los puntos de inflexión de su historia: la metralla y el gas mostaza no solo han devastado su cuerpo («Tenía cicatrices. Cuando se quitó el uniforme, noté más cicatrices en la espalda desnuda, y también pequeños cráteres», p.27) sino que parecen haber erosionado su mente. Al principio, las manifestaciones de ese desequilibrio se desenvuelven por unos cauces casi lógicos (Langley, reflexionando, elabora una impecable Teoría de los Reemplazos, donde llega a la conclusión de que cada época produce figuras que ocupan el lugar simbólico que dejan las figuras de la generación: un jugador de béisbol adorado por las masas será sustituido por otro en la mente colectiva, una vez que se haya retirado). Pero luego concibe la idea de elaborar un periódico único y universal, en el que estén representadas estadísticamente todas las noticias del mundo. Para perfilar los descomunales matices de tan vasto proyecto, Langley se afana en leer todos los documentos posibles. Así que muy pronto «los fardos de periódicos y las cajas de recortes llegaban hasta el techo en todas las habitaciones de la casa» (p.52). No obstante, ese diogenismo desmesurado no se detiene ahí, sino que se ampliará hacia los electrodomésticos viejos, las mecedoras desvencijadas, los toneles inservibles, las alfombras mohosas, las bicicletas con óxido y toda suerte de cachivaches anómalos. Langley, además, comienza a dar síntomas de ideas más bien absurdas, hasta el extremo de que «defendía con fervor los regímenes de salud radicales. La intención no era que acabáramos yendo por ahí sin ropa; se trataba de que, por ejemplo, las vitaminas, de la A a la E, en grandes dosis, reforzadas con hierbas medicinales y cierto fruto seco que se cultivaba únicamente en Mongolia, no sólo garantizaban una larga vida, sino que incluso invertían estados patológicos como el cáncer y la ceguera» (p.129). Como colofón, los huraños hermanos dejan de pagar las cuotas de la hipoteca, deciden desvincularse de las empresas del agua, el gas y la luz... y optan por salir cada vez menos a la calle.
Esta novela del prodigioso E.L.Doctorow, que han traducido Isabel Ferrer y Carlos Milla para el sello Miscelánea, está basada en la historia real de los Collyer, que tuvieron un final aciago en su mansión de la Quinta Avenida en 1947 y que aquí, más que retratados, son analizados como símbolos. El propio Doctorow, en una frase que se reproduce en la contraportada, indica que «como mitos que son, los hermanos Collyer requerían no que se investigara sobre ellos sino que se les interpretara». ¿Quiénes fueron estos dos personajes? ¿Dos simples desquiciados que manifestaron su desarreglo mental amontonando basuras en su casa de lujo? ¿Dos excéntricos que se decantaron por la acracia? El escritor neoyorkino, justo candidato al premio Nobel de Literatura en más de una ocasión, coloca en nuestras manos los materiales y los indicios... y deja que lleguemos a nuestras propias conclusiones. ¿La prosa de Doctorow? Inmejorable. ¿El desarrollo novelístico? Sublime. ¿Qué más se le puede demandar a un libro para hacernos con él?

sábado, 5 de marzo de 2011

200 gramos de literatura




Dos jóvenes narradores de Bullas (Murcia) se han unido para sacar adelante un proyecto peculiar: una colección de cuentos titulada 200 gramos de Literatura, en la que ninguno de los relatos se adjudica a este o el otro autor. Sus nombres son Pedro García Martínez y Antonio Pérez Abril, y el reto que lanzan a sus lectores es tan sencillo como ancestral: disfruta de estas historias sin importarte quién las ha escrito. Piensa en ellas solamente como relatos. Y si tu espíritu curioso no soporta la incertidumbre y se siente impelido a poner nombre o rostro al autor de cualquiera de estas composiciones, se te facilita en la página 5 la dirección de una página web en la que quedarán resueltas sin problemas tus dudas.

¿Qué se cobija en este volumen? ¿Qué tipo de cuentos lo integran? Como es natural (y más aún si consideramos que son dos los escritores que edifican la obra), existe un tono heterogéneo, con instantes de mayor brillo y con secuencias donde ciertos débitos literarios demasiado evidentes (Miguel Sánchez Robles, Luis Leante) reducen la originalidad de algunas propuestas. Pero en sus líneas generales creo que estamos ante un volumen de notable brío formal y de prometedora sustancia, que satisfará a los lectores, incluso a los exigentes. Lágrimas de barro nos traslada la historia melancólica de Ginés Chico, un chaval silencioso e introvertido que llega al pueblo y que, tras un curso escolar, se diluye en el olvido; Gris de Payne es el título que elige un pintor para contarnos la desasosegante peripecia de un escritor local que, trastornado por la falsa atención misericordiosa de sus amigos, acaba vendiendo sus obras por la calle, ebrio de desconcierto y condenado a la locura; Make my day es el anonadante monólogo de un singular taxista, cuyas palabras y actitudes harían las delicias de Robert Rodríguez o Quentin Tarantino; El criador de gatos pone ante nuestros ojos la inquietante historia macabra de un guionista solitario que vive rodeado de felinos y que por las noches sale a las calles de la ciudad con intenciones oscuras; Costumbre de vivir es la narración de Antonio, un conserje que en su día se enamoró de Rosario, su profesora de lengua, y que ahora nos habla con melancolía acerca del tiempo y sus desgastes; Necesidad de huir de las vidas gira alrededor del discurso de un adolescente “de los campos” que nos cuenta las vicisitudes y soledades de su vida cotidiana, entre porros, falta absoluta de expectativas, desilusión y apatía de vivir; y El coleccionista de bolígrafos rojos (no incluiré todos los cuentos en el resumen) es una tenebrosa historia ambientada en un instituto anómalo, que le debe no pocos mimbres a la Academia Europa de Luis Leante... Quince propuestas llenas de interés que nos permiten acercarnos a la obra inicial de dos escritores a los que no conviene perder de vista en los próximos años.

jueves, 3 de marzo de 2011

¿Qué estás pensando?




Cuando alguien se conecta a la red social Facebook lo primero que se encuentra en la parte superior de la pantalla es una pregunta de confesonario, diván freudiano o novia inquieta: «¿Qué estás pensando?». Y a continuación se invita a reflejar esos pensamientos en un recuadrito que, mediante la tecla Compartir, los hará universales. Care Santos (Mataró, 1970), la febril, moderna, juguetona, innovadora y curiosa Care Santos, eligió el 8 de abril de 2009 como fecha de inicio de un experimento: puesto que ese día festejaba su trigésimo noveno cumpleaños, ¿qué mejor celebración que inaugurar una secuencia de 365 entradas en Facebook, a ritmo de una por día?
Dicho y hecho, considerando irónicamente que «los 40 años son la edad a la que el escritor debe comenzar a tomarse en serio su carrera» y que, por eso mismo, «dispongo de 364 días que ocupar en idioteces» (página 7), la espléndida escritora catalana inicia una navegación de lo más singular: un diario en marcha internáutico que ahora recoge en formato de libro Ediciones Baladí, con simpática y colorista cubierta. ¿Y cuál es el contenido de la obra? Pues ni más ni menos que el contenido de la vida. Durante el año todos reflexionamos, leemos libros, escuchamos anécdotas, llevamos a los hijos al dentista, dejamos que la televisión nos inyecte películas, viajamos, reencontramos a gente que creíamos perdida, nos entristecemos, brindamos con los amigos, nos conectamos a Internet, frecuentamos periódicos y revistas... Care Santos, con la difícil prosa de la normalidad, nos va trasladando la misma secuencia de actividades, que se empapa así de cercanía. En las páginas amenísimas de este volumen conoceremos a su hija Elia, protagonista de anotaciones tan cortazarianas como la del 26 de abril, que no me resisto a dejar aquí: «Y entonces Elia, con el rostro desencajado por el espanto, salió de su habitación y asomándose a la escalera gritó, aterrada: ¡Se ha bombido la fundilla! Lo cual puede también significar que Laie, con el rostro desespantado por el encajo, habitó de su salión y escalándose a la asomada aterró, gritada: ¡Se ha fundido la bombilla!» (página 14); conoceremos también a su hijo Adrián, inventor de pocodrilos y propietario de una broma de borrar; o a su hijo Álex, fundador de tiempos alternativos («Son las dos menos punto») y aprendiz de Linneo («Mamá, ¿el marciano es un animal?»); sabremos de los amigos admirados de Care, como Montero Glez («Maldito genio», lo llama en la página 53), Óscar Esquivias, Andrés Neuman o Elena Medel; y seremos informados de anécdotas graciosas, chocantes o reveladoras. Entre estas últimas yo destacaría tres: la primera, aquella ocasión en que Care se vio urgida a comprar uno de sus libros y entabló un diálogo exasperante con el librero, tan desidioso como analfabeto; la segunda, el modo rocambolesco en que rescató una moleskine perdida en un avión; la tercera, el gesto fundacional de su madre, que despejó una estantería de su casa y colocó en ella el primer libro (delgadísimo) de su hija, sabiendo que publicaría los suficientes como para repletar la balda.Escrita con agilidad, con humor, con seriedad y con desenfado, esta bitácora nos muestra el vivir cotidiano de una Care Santos que, aparte de documentarse para sus novelas y embarcarse en su escritura, se dedica también a otros menesteres no menos placenteros: cocinar para los suyos, dejarse invadir por programas de televisión, beber vodka con naranja, escuchar a Bach, abrir los paquetes de libros que le llegan a diario o robar tarritos de mermelada en los hoteles («Las escojo de sabores variados, siempre procurando no repetirme mucho. Las de fresa para Deni. Las de melocotón, para los niños. Yo no como mermelada. La detesto», página 71). Si a todo este conjunto de detalles le unimos algunas sentencias que juguetean con lo filosófico y con el juego de palabras («Un segundo antes de mi muerte me moriré de curiosidad», página 56) y otras donde anida una inteligente reflexión emocional («Mi memoria sumada a tu memoria no es igual a nuestro pasado», página 117), obtendremos una obra que se lee con enorme placer y que ustedes harían bien en procurarse para cobijarla en la biblioteca de casa. Care Santos siempre es una garantía.

martes, 1 de marzo de 2011

Rosas blancas para Wolf




El nazismo es, como el Grial, los cátaros, la mafia o el terrorismo, un tema literario peliagudo. Un tema contra el que muchos escritores ambiciosos chocan y que les hace naufragar estrepitosamente. Exceso de fantasía (o de documentación), anacronismos, tendencia a la caricatura, peligrosas aproximaciones a la novela de tesis, esquematismo argumental, son algunas de las lacras frecuentes en estos mamotretos, que en pocas semanas son desplazados de los escaparates y se saldan en las mesas de la Cuesta de Claudio Moyano. Pero Carlos Hugo Asperilla no ha caído en esos defectos. Su novela Rosas blancas para Wolf está ambientada a comienzos de los años cuarenta, en pleno Berlín, y sus protagonistas son seres que giran en la órbita del nazismo (el impulsivo adolescente Wolfgang, que no se detiene ante nadie ni ante nada con tal de impresionar a la jerarquía del partido, a cuyas juventudes pertenece; su hermana Gudrun, que estudia medicina y termina por enrolarse en la resistencia contra Hitler, en oposición ideológica a toda su familia; el padre de ambos, Wenzeslaus, militar de intachable expediente que termina cayendo en desgracia ante el Führer; la fiel criada Gretchen, que sufre con resignación las destemplanzas de Wolfgang; la difunta Euphemia, esposa de Wenzeslaus), pero ante todo nos encontramos con una novela. Una novela con mayúsculas: esto es, una narración seductora, impecablemente organizada, con puntos climáticos y anticlimáticos, con diálogos de vistosa intensidad, con personajes que evolucionan desde el punto de vista psicológico y con un final bien equilibrado.

Obviamente, aparte de ese núcleo protagonista doméstico, también nos encontramos con algunos personajes de mayor espesor histórico, como Rudolf Höss o Adolf Eichmann, a quienes se dibuja con extrema precisión. El primero fue el encargado de poner en pie el campo de exterminio de Auschwitz (tarea que cumplió con fervorosa aplicación y con criminales resultados, de todos conocidos); el segundo fue uno de los organizadores de la Solución Final, el siniestro plan que perseguía el asesinato de todos los judíos de Europa. (Höss fue ahorcado tras los juicios de Nuremberg, pero la justicia no consiguió atrapar a Eichmann hasta muchos años después, cuando los servicios secretos israelíes lo localizaron en Argentina). El diálogo que ambos engendros mantienen entre las páginas 222 y 227 sobre la manera más efectiva de matar semitas es espeluznante.

Carlos Hugo Asperilla ha demostrado, metiéndose en un terreno difícil y saliendo victorioso, que es un narrador con notables aptitudes. Leer Rosas blancas para Wolf supone aprender del pasado y descubrir algunos de sus horrores, de la mano de un inteligente novelista.