jueves, 24 de noviembre de 2011

Rincón de haikus




Pocos serán quienes ignoren lo que es un haiku, porque desde hace varias décadas se trata de uno de los moldes estróficos más conocidos y luminosos en la tradición europea y americana: un poema de origen japonés que se compone de 17 sílabas, organizadas de un modo estricto (5-7-5), donde se trata de capturar con lenguaje sutil una impresión lírica. El uruguayo Mario Benedetti se unió a la extensa nómina de quienes cultivan el género con 224 textos donde, lejos de ajustarse al molde nipón, intenta ofrecer sus divergencias subjetivas ("Apenas he tenido la osadía de introducirme en esta pauta lírica, pero no apelando a tópicos japoneses sino a mis propios vaivenes, inquietudes, paisajes y sentimientos, que después de todo no difieren demasiado de mis restantes obras de poesía", p.11). O, dicho de otro modo, que Benedetti se aproxima al haiku para dar otra versión de sí mismo, para ver qué luz brota con la incidencia de ese nuevo rayo.
En ese sentido hay que leer la obra Rincón de haikus, aparecida en la editorial Visor, donde el famoso poeta uruguayo ensaya algunas meditaciones de orden sociológico ("Lo peor del eco / es que dice las mismas / barbaridades"); donde desliza algunas deliciosas perlas amorosas ("No sé tu nombre / sólo sé la mirada / con que lo dices"); donde construye parábolas de extensión mínima, pero de hondo calado filosófico y hasta político ("Parece cuento / al barco lo defienden / los tiburones"); donde se permite el guiño grafómano de postular un epitafio anticipado ("Cuando me entierren / por favor no se olviden / de mi bolígrafo"); donde retorna a sus célebres, inimitables juegos de palabras ("Canción protesta / después de los sesenta / canción de próstata"); o donde llueve la languidez de algunas reflexiones sobre el paso del tiempo ("Hace unos años /me asustaba el otoño / ya soy invierno").
Mario Benedetti siempre fue un poeta fénix, un poeta que estaba continuamente inventándose a sí mismo, renaciendo de sus cenizas. Cada libro suyo, cada tentativa, cada exploración verbal o temática, era siempre más un paso más, pero nunca un paso menos. No había agotamiento en su lírica. No había caminos que obturasen su creatividad o la detuvieran. Era un malabarista que vivía en una eterna senectud adolescente, y que disfrutaba con sonrisa de niño cada vez que se enfrentaba con las palabras. Los adjetivos, las paronomasias, el humor, la ironía, los choques semánticos, la mezcla de luces y colores eran, para él, piezas de un puzle infinito, con las que no se fatigaba de jugar. Y nosotros, sus lectores, fuimos siempre los grandes beneficiarios de aquella explosión de belleza.

1 comentario:

supersalvajuan dijo...

A este tipo nunca lo creí.