domingo, 24 de abril de 2011

Cantar al vino




A la inmensa mayoría de los lectores de esta reseña no les sonará, como es lógico, el nombre de Abu Nuwás, poeta iraní del siglo VIII. Pero el esfuerzo de los traductores Jaume Ferrer Carmona y Anna Gil Bardají, impulsados por la editorial Cátedra, ha colocado en la mesa de novedades de las librerías un volumen del que ya no podremos olvidarnos con tanta facilidad. Se trata de Cantar al vino, donde un centenar de poemas desenfadados, risueños y vitalistas dan la medida perfecta del talento lírico de este vate.
Plegado desde la juventud a un ideario muy nítido, donde los placeres de la carne, los licores y la música estuvieron por encima de cualquier otra posible consideración («Son cuatro las cosas que hacen revivir corazón, alma y cuerpo: el agua, los jardines, el vino y un rostro bello», poema IV), Abu Nuwás convirtió las declaraciones hedonistas en el núcleo de su lírica. Durante centenares de versos (se dice que escribió más de trece mil) nos comunica su alegría por acercar la copa a los labios, por gozar de la contemplación de cuerpos hermosos, por sentir el dulce esplendor de la vida recorriendo su cuerpo. De ahí que llegue incluso a decirnos que, cuando le sobrevenga la muerte, desea ser enterrado cerca de una almazara, para sentir el aroma del vino y el ruido de los pies que lo fabrican. Este invencible afecto que siente por el licor de Baco lo lleva incluso a humanizarlo, como ocurre en los dos versos finales del poema XVII: «Siempre hablo a la copa antes de beber: a ella, confidente, cuento mis secretos». Para algunos bienpensantes, esta actitud del poeta podría ser catalogada como una defensa lamentable de la dipsomanía, pero la realidad es otra: Abu Nuwás reivindica así el placer de la existencia, que es a la postre lo único seguro que tenemos, el bien más tangible («Acepta la vida con alegría y regocijo y no sigas los pasos de los que se reprimen», poema XX).
Por tanto, frente a la austeridad reseca de los musulmanes ortodoxos, él pregona la complacencia en las libaciones alcohólicas, que dan color a nuestros días y los hacen más amenos («No aprenderás de los árabes ningún modo de solaz, porque su vida no es vida, su vida es un erial. Déjales que ordeñen y beban cuanta leche quieran, puesto que son ajenos al exquisito y buen vivir» (poema XXXVI). En ese sentido, no es raro que los versos de Abu Nuwás hayan sido protagonistas de más de una quema, incluso en época reciente, por parte de elementos radicales del Islam. Pero sin duda al poeta no le habría importado esa vocación pirómana que siempre tienen los intransigentes. Él, que murió de forma oscura («en la cárcel, en una taberna o en manos de algún enemigo», nos indican los editores en la página 19), nos legó en sus composiciones un universo de luz que lo mantuvo anclado a la alegría, sin prisa alguna por conocer las mieles del Más Allá («No nos urge habitar el paraíso, pues, en esta tierra, nuestra vida eterna la encontramos al beber su néctar», poema LXXV), más interesado en las delicias sexuales que en las guerras de religión («El vientre de la doncella y el trasero del mancebo atraviesa con tu lanza. Ésta es la guerra santa, el verdadero yihad», poema XCI) y francamente reacio a toda prohibición de comida y bebida («Te hemos aborrecido, miserable Ramadán, sin dudarlo te mataría si pudiera matar a un mes», poema XCIII).Leer de corrido todos los versos de Abu Nuwás puede resultar levemente tedioso, no lo discutiremos, porque gira siempre alrededor de los mismos núcleos temáticos, pero también fatiga una pinacoteca (incluso la mejor que pueda existir en el mundo) cuando la recorremos durante horas. En cambio, los placeres que nos depara el espíritu de este libertino encantador son duraderos, fértiles y hermosos: nos enseña que frente a los dictámenes rancios de las religiones, la vida tiene la obligación de erguirse con toda su luz. Un personaje de Hermann Hesse dijo que sólo escuchaba la enseñanza que su sangre murmuraba dentro de él. Quizá no sea un mal resumen de la filosofía vital de este poeta.



2 comentarios:

supersalvajuan dijo...

Es que a los días hay que darle color, verde, negro, rojo...el que sea.

José Cantabella dijo...

Estimado Rubén:
No se os ocurra darle leche materna al peque, mejor que tome vino.
Un saludo y más enhorabuenas para ti y Marta.
Un saludo
J. Cantabella