domingo, 31 de octubre de 2010

Mi amor desgraciado




Hay historias que nos esperan, con sus tinieblas o su luz, con su esplendor o su mezquindad, en los lugares más insospechados. Imaginemos, por ejemplo, a una mujer española, madura pero atractiva. Su piel roza apenas los cincuenta años. Estudió durante su juventud Historia del Arte, pero el matrimonio la redujo muy pronto a las dimensiones tristes del hogar, que no le depararon más satisfacciones que una cómoda posición mediana en la sociedad y una hija llamada Lucrecia. Ahora que su hija cumple 19 años, que la relación con sus mejores amigas (Queta y Marta) comienza a verse salpicada por el tedio y que su marido ya no representa mucho más que una figura erosionada por la rutina, la mujer reflexiona y decide dar un vuelco a su vivir. Necesita respirar, ensancharse, encontrarse. No le basta con ese ejercicio de simple supervivencia al que llamamos “día a día”. El oxígeno de su hogar se le ha hecho pobre. La luz de su barrio se ha llenado poco a poco de ceniza. Y elige un destino en el que considera que podrá reinventarse con unas ciertas garantías de éxito: París. Quiere irse sola, desnuda, nueva. Quiere fabricarse un destino partiendo de cero y encontrar senderos por los que avanzar sin la ayuda de nadie. Su esposo acepta esa decisión y le facilita el camino; pero Lucrecia, atenazada por un egoísmo bastante comprensible aunque algo cicatero, se niega a admitir el derecho de su madre a tener su propia vida, al margen de su prole y sus ataduras convencionales. Una vez instalada en la ciudad donde nacieron Voltaire, Zola, Gauguin y el amor (según Mervyn LeRoy), la mujer comienza a asistir a clases de francés, conoce a gentes interesantes y va adaptándose con lentitud y delicia a los colores, aromas y paisajes de su nuevo mundo.
Actuemos ahora como Azorín y limpiemos la lente de nuestro catalejo, para observar mejor. ¿Qué podemos ver? La mujer que se ve tras la ventana es otra. Se llama Hélène Darriescu (el apellido no es suyo, sino de su esposo). Tiene dos hijos pequeños llamados Michel y Nathael, que en teoría tendrían que representar lo más hermoso de su vida. Pero hay un grave problema que la tiene perturbada: su marido viaja constantemente y, desde que los niños han aparecido en sus vidas, su relación erótica ha cambiado. Ella percibe que ya no es deseada de la misma forma: ya no hay juegos sexuales, ya no hay pasión, ya no hay aventura. Todo se ha solidificado en un hielo tristísimo. E inicia una andadura que la llevará por lugares donde los demás advertirán su deriva: tragos de alcohol en lugares públicos; gestos desdeñosos hacia sus hijos; sensación de estar muriéndose gota a gota; etc. La novelista Lola López Mondéjar nos coloca frente a estas dos realidades femeninas y, con un manejo muy habilidoso de los recursos novelísticos, hace que ambas confluyan y se relacionen de un modo angustioso, desasosegante. El resultado es un intenso relato donde nos paseamos por dos almas torturadas y advertimos sus mil pliegues, sus mil pozos negros, sus mil lágrimas. No es extraño que esta novela de gran belleza estilística y de gran poderío psicológico rozara en noviembre de 2009 el premio Torrente Ballester; y no es extraño tampoco que un sello de la calidad e inteligencia de Siruela apueste por darla a conocer. Es una obra que, sin duda, maravillará a cuantos la frecuenten.

martes, 26 de octubre de 2010

Elogio del desierto




Es muy fácil cantarle a los vergeles, a los jardines, a los bosques y a las selvas. Lo han hecho los renacentistas, los barrocos, los románticos, los simbolistas y muchas otras subespecies líricas. Toda la escala cromática está contenida en sus flores, en la contundencia o la gracilidad de sus árboles, en la voluptuosidad de sus brisas o en la placidez del sol que los baña. Pero cantarle al páramo, descubrir en él la explosión de la belleza, es privilegio de ojos especiales. Como los que demuestran tener el madrileño Julio Martínez Mesanza (poeta de la palabra) y el santanderino José del Río Mons (poeta de la imagen), que elaboran en este Elogio del desierto un espectacular experimento donde los versos y las fotografías se aúnan para llevar nuestras pupilas y nuestras pieles hasta el centro mismo de la arena, bajo un sol que se derrama torrencial sobre nosotros. La música recta de los endecasílabos (de factura inmejorable) está complementada con las curvas que nos aportan las fotos, tan simples como eficaces. El conjunto, que está prologado por Santiago Miralles, lo publica hermosamente el sello Siltolá.

domingo, 24 de octubre de 2010

Amor y dinamita




Los escritores, por regla general, son unos insufribles ególatras, que viven en el absurdo convencimiento de que el mundo tendría que girar a su alrededor; y que todas las alabanzas que reciban por sus obras siempre serán, aparte de justas, escasas. Les puedo asegurar que casi siempre es así. Los conozco de sobra. Los he tratado durante más de veinte años y sé bien lo que me digo. Por eso, cuando tienes la suerte de toparte con uno que, aparte de escribir bien, se mueve con naturalidad en el terreno de lo humilde, la alegría que experimentas es doble.
Me ocurrió hace un tiempo con Eduardo Carrasco (Puerto Lumbreras, 1955). Lo conocí en un taller de escritura que se celebraba en Murcia y me llamó la atención la forma en que habitaba el silencio, su gran capacidad de observación, de análisis y de aprendizaje. Todo lo captaba, todo lo meditaba y de todo parecía sacar provecho literario. Un día me envió unos cuentos por correo electrónico, para que le diese mi opinión sobre ellos; y le comenté, con absoluta sinceridad, que se me antojaban perfectamente hermosos y publicables. Algo después (y sólo de rebote: no pertenece a la estirpe de los publicistas de sí mismos) me enteré de que había sido director de la Editora Regional de Murcia, y que ya tenía un libro publicado (Vuelo de cometas, de 2007). Ahora, aquellos cuentos que tuvo la amabilidad de enviarme, unidos a otros hasta formar un bloque de veintidós historias, han salido a la luz en Tres Fronteras Ediciones con el título más que sugerente de Amor y dinamita. Y les aseguro que es una obra con la que he disfrutado mucho. Allí se puede encontrar a un fabulador que se atreve con casi todos los palos: las historias intimistas, de personajes que han fracasado durante la existencia pero que no se resignan a rendirse («Tiovivo»); las narraciones que se articulan desde varios enfoques narrativos («Objetos perdidos»); los cuentos donde el humor se convierte en el gran protagonista, hasta desembocar en un final sorprendente y que ocasiona carcajadas («Noches en Bagdad»); los textos alegóricos, donde asistimos a unos crímenes que no son perpetrados por el pobre protagonista, humillado por unos matones a sueldo, sino por un ejecutor mucho más sorprendente («El hombre que amaba las plantas»); las leyendas urbanas, que le facilitan el material para una narración tan inquietante como eficaz («La chica de la curva»); etc.
¿Y qué es lo mejor de toda esta diversidad? Pues el hecho de que cada uno de los lectores de la obra podrá quedarse con tres o cuatro relatos predilectos, en función de sus preferencias temáticas, su extensión (hay cuentos muy cortos y uno que desborda los cauces habituales) o el tono que Eduardo Carrasco adopta en él: humor, ternura, ironía, sátira, etc. Si tuviera que ser yo quien eligiese esos tres o cuatro relatos, creo que me decantaría por «Nómada» (ese viejo apedreado por la rutina, que termina recalando en una playa donde tendrá una visión de lo más peculiar), «El barco encantado» (que no sólo revela el amor que el autor siente por el mundo del mar, sino su capacidad para trasladarnos historias donde el realismo queda empapado por otras dimensiones enriquecedoras), «El cuello de Clara» (me resulta fascinante la manera en que el escritor de Puerto Lumbreras nos dibuja los cauces de un enamoramiento: el que experimenta un profesor de universidad por su joven discípula, a la que no se verá con fuerzas para renunciar, por mucho que su estabilidad matrimonial amenace con tambalearse) y, finalmente, «Amor y dinamita» (porque imaginar en La Manga del Mar Menor la existencia de un grupo terrorista llamado ampulosamente Frente Nacional de Jubilados por una Pensión Justa (FNJPJ) ya supone un punto de partida tan simpático como interesante, que luego el escritor resuelve con tino).A los autores que comienzan en el mundo de la publicación se les suele dedicar en sus primeras reseñas un cierto número de ditirambos, tributarios de la fe, de la bondad, de la compasión o de la hipocresía del crítico de turno. Les aseguro que Eduardo Carrasco sí que se merece todos los elogios de esta página. Por pura justicia.

domingo, 17 de octubre de 2010

Sólo guerras perdidas




Quizá todas las culpas sean complejas y nuestras almas no sean sino desvanes donde se amontonan el escombro de los remordimientos y el estiércol de la infamia, pero en el caso de Aníbal Salinas la situación es mucho más complicada. A pesar de las ideas republicanas que su familia siempre tuvo, él se alistó de forma voluntaria en el bando rebelde durante la guerra civil de 1936 y, en las postrimerías de ese combate, aceptó una misión gobernada por la vileza: volver a su tierra natal (Los Olmos) y procurar la aniquilación de los infelices que, montaraces y desahuciados, se resistían a aceptar la derrota. Ése sería —si tuviéramos que ceñirnos a la crudeza del telegrama— el asunto de Sólo guerras perdidas, la última novela que Pascual García ha dado a la imprenta. Pero conviene recordar aquella frase lúcida de Héctor Bianciotti, en la que aseguraba que todo mal libro queda siempre reducido a su argumento.
En el caso de Pascual García (Moratalla, 1962) esto ni es ni puede ser así: la meticulosidad con la que nos describe los paisajes de la obra (los barrancos, las trochas, los páramos, la nieve), el detallismo arquitectónico de su estructura (donde cada pieza, por insignificante que se pueda antojar, cumple una función milimétrica y necesaria) y, por encima de todo, el buceo espiritual que lleva a cabo en sus personajes, colocan en nuestras manos una auténtica máquina del tiempo: el lector siente que está en los días agónicos de la guerra civil, respirando el aire gélido de Puerto Errado o Bajil y pateando las veredas agraces de Las Tablas o de Benámor. La magia del autor (lo descubrirá desde las primeras páginas el lector que se sumerja en esta novela) consigue el difícil logro de que olvidemos dónde estamos y en qué tiempo nos movemos, y nos transporta a los años dolorosos de la guerra civil, donde las traiciones, las venganzas, las mezquindades o el oprobio conformaron el escenario más conocido por los españoles.
Pero quizás la aportación más trascendente de este libro sea el dibujo que Pascual García nos da de su protagonista principal, Aníbal Salinas, al que ya conocíamos por su anterior novela, Nunca olvidaré tu nombre (Los Libros de la Frontera, 2002). Con su escritura filatélica, el novelista de Moratalla se adentra en el corazón, en el cerebro y en el alma de este militar abrupto, reacio a toda forma de remordimiento («Soy un soldado con unas órdenes que cumplir», p.145), que se sabe abocado a la villanía de localizar y reunir a los miembros del maquis para que sus superiores procedan a su exterminio. En esta operación no se dejará inquietar por el hecho de que muchos pertenezcan a familias que lo conocen o lo trataron bien durante su juventud; ni tampoco por la extrema juventud de algunos de ellos. La guerra es la guerra, y la orfandad de prejuicios debe ser la luz que guíe al buen soldado, cumplidor de su misión por encima de otras consideraciones. Lo que sucede es que Pascual García, narrador de gran inteligencia, no se desliza hasta el lado de la caricatura, sino que nos ofrece una cuádruple aproximación al personaje: la mostración de sus actos, la reproducción de sus palabras externas, la forma en que los demás lo observan y lo juzgan... y, sobre todo, el manejo de líneas en cursiva, donde asistimos a las palabras internas de Aníbal Salinas. Esa riqueza de enfoques y matices nos lo presenta como un ser desnudo y oscurísimo (valga la paradoja); alguien escindido, de psicología complicada, de móviles inextricables y que ha quedado manchado de forma indeleble por la guerra. Mientras él viaja por el paisaje de su infancia, nosotros viajamos por su paisaje interior; y descubrimos así un espíritu torturado, para el que los acontecimientos (la muerte, la mentira, la abyección) adquieren una dimensión simbólica de gran pujanza. Ninguno de nosotros sabemos, honestamente, cómo nos comportaríamos en una situación como la que el protagonista tiene que arrostrar. ¿Elegiríamos la nobleza o el fango? ¿El idealismo o la supervivencia? Aníbal Salinas, personaje poliédrico, lleno de matices, luces y sombras, es uno de los logros novelísticos más notables de la literatura murciana de los últimos tiempos.

domingo, 10 de octubre de 2010

El menor espectáculo del mundo



Fue el pensador Julián Marías, insigne por tantos motivos y olvidado en la actualidad por una gazmoñería cruel, quien acuñó hace años la fórmula «calidad de página». Con ella pretendía llamar la atención sobre esas contadas piezas literarias que, por debajo de su excelencia global, son también excelentes si se las considera fragmento a fragmento. Es decir, que la novela Don Quijote (por acercarnos a un ejemplo paradigmático) es un monumento de nuestro idioma tanto si se lo juzga en su conjunto como si se extrae una cualquiera de sus hojas y se la evalúa como material independiente. La idea, si lo pensamos de un modo reposado, es maravillosa, porque nos permite dibujar en el mundo de la literatura una frontera entre las obras buenas y las obras geniales. Serán buenas las que nos embriaguen y nos deleiten globalmente con los primores de su composición; y serán geniales las que, sajadas con el bisturí más exigente o examinadas con una lupa, continúen pareciéndonos irreprochables en la página 11 o en la 94.
Félix J. Palma es, a mi juicio, uno de los pocos creadores de nuestro país que exhiben esa calidad, en un grado quizá insuperable. Y acaba de corroborarlo en la obra El menor espectáculo del mundo, que le publica Páginas de Espuma. Allí, nos encontramos con nueve historias donde el lenguaje está cuidado con un mimo estilístico que anonada y seduce. Para decir que un hombre mira indolentemente a una mujer nos explica que la observa «con un distanciamiento frío e impune, como si se tratase de una esclava o una nevera»; para designar la gran estatura insulsa de una chica nos susurra que «poseía el depurado atractivo de las coníferas»; para definirnos los bufidos exhaustos de unos corredores, más voluntariosos que bien pertrechados para las actividades deportivas, nos hablará de «sus respiraciones ferroviarias»; en lugar de explicarnos que una mujer aparta las revistas del sofá nos dice que lo «desbroza» de ellas; para llevar a nuestra mente la imagen de una casa antigua, donde todo es añoso y desvencijado, llama nuestra atención sobre «los trapitos de encaje que cubrían cada mueble como los espumarajos de un epiléptico»; para definir la labor de un anestesista nos dirá que actúa sobre el enfermo «acunándolo dulcemente en una nana de éter»; o cuando quiere definirnos una imagen de otoño nos explica que «el viento barría las hojas secas, arrojándolas contra los paseantes como estrellas ninja». Estos pocos ejemplos (que no agotan los que pueden encontrarse en el libro) seguramente servirán como indicio del cuidado que Félix J. Palma dedica a la composición de cada página, de cada párrafo, de cada frase.
Pero que nadie se distraiga de la otra gran cualidad de estos cuentos, que los adentra en el territorio de la excelencia: son magistrales también en su estructura, en la caracterización de los personajes y en la solidez del argumento. El gaditano ha logrado un complejo equilibrio entre la forma y el contenido, entre la miniatura y la arquitectura; y eso lo coloca en un lugar de auténtico privilegio dentro de la cuentística española actual. Pero, ojo, se trata de un privilegio ganado a pulso y con méritos exclusivamente literarios. Nadie le ha regalado nada a este autor. Cada premio que ha conseguido (y son legión), cada obra que ha logrado publicar, cada traducción que se estipula para sus obras, es un acto de justicia que se circunscribe al mundo de sus renglones. La inquietud que se adueña de los lectores cuando acaban «Maullidos», la ternura que nos gana en «Un ascenso a los infiernos», la originalidad que se desprende de «Margabarismos» o el prodigioso despliegue técnico sobre el que se construye «Las siete vidas (o así) de Sebastián Mingorance» son demostraciones suficientes de que Félix J. Palma es uno de los más grandes de la literatura española actual. Pero (y quiero insistir en este punto) no porque lo diga una solapa oportunista, o porque determinado crítico se obstine en auparlo con esa etiqueta roñosa, o porque sus editores quieran grabarnos en la cabeza ese axioma, sino porque cuando usted que lee esta reseña se acerque hasta el libro estará de acuerdo con mi afirmación. Tenga la curiosidad de comprobarlo.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Amor envenenado




En España, desde hace años, vivimos un auge muy notable alrededor de la novela negra, que quizá se inició con las aventuras del Carvalho montalbaniano y que, actualmente, genera una avalancha de publicaciones, traducciones y público lector de muy notables dimensiones. Joaquín Lloréns (Bilbao, 1962) aporta a este ciclo la figura literaria de Beatriz, una investigadora de singular trayectoria y de hábitos sexuales más bien llamativos: lo mismo guarda un consolador en la caja fuerte del hotel (p.117) que procede a masturbarse ante la webcam (p.52); lo mismo adquiere un atrevido corpiño en una tienda especializada de Amsterdam (p.192) que practica el sexo con dos hombres, para grabar la escena en vídeo y luego mandársela a su padre adoptivo (p.282). Esa libido fervorosa empapa buena parte de los capítulos de la novela, deparándonos algunas descripciones de altísimo voltaje, que Joaquín Lloréns mima en todos sus detalles.
Pero no se agotan ahí los atractivos de esta narración (sería muy burdo que así fuera). El autor documenta con exhaustividad los pormenores económicos de la trama, los aspectos policiales del relato (se nota que conoce a la perfección los métodos de trabajo de los agentes del orden en España) y hasta el vagabundeo de su protagonista por diferentes ciudades de más de un país. Nada se escapa a su vigilancia novelesca. Ni siquiera (y esto es muy llamativo) los aspectos indumentarios de los personajes. Son legión las blusas, perfumes, faldas, maquillajes o zapatillas que son mencionados por sus marcas en la obra, tanto en hombres como en mujeres, lo que supone una aportación bastante innovadora en el género. Pero lo que quizá más llama la atención de esta novela es la utilización de varios narradores que, enfocando segmentos de la historia desde perspectivas diferentes, van ensamblándose como teselas de un mosaico para, al final, construir la visión absoluta que recibirá el lector. Esta obra, que constituye la segunda entrega de la colección «Beatriz, investigadora licenciosa» (el primer tomo se titulaba Citas criminales y también lo publicó Baile del Sol), es una fantástica oportunidad para que los admiradores del género negro se acerquen a una manera distinta de contar historias policiales, donde el glamour, el sexo y la inteligencia unen sus armas para seducir al lector.

domingo, 3 de octubre de 2010

Las manzanas de Erasmo




La editorial Algaida ha publicado hace poco Las manzanas de Erasmo, la obra novelística con la que José Antonio Ramírez Lozano obtuvo el XXVIII premio Felipe Trigo, convocado por el ayuntamiento de Villanueva de la Serena. Y las ocho líneas que pueden leerse en su contraportada no pueden ser desde luego más impactantes: «Valerio de Sandoval, discípulo de fray Luis de León, amante de la botánica y prefecto de liturgia de la catedral de Sevilla, compra un relicario de plata con un poso oscuro que podría ser la sangre de un mártir. Pero al llegar a su casa observa que en realidad se trata de una semilla y que en el pie del relicario aparecen las palabras Semen mali, es decir, La semilla del mal». Son sin duda unas frases que provocarán la gula literaria de más de uno, pero (y la advertencia me parece tan justa como urgente) hay que prevenir a los lectores para que este breve resumen efectista que de la novela no les lleve a confusiones sobre el contenido y el tono de la pieza. Esta obra de José Antonio Ramírez Lozano no es en modo alguno una producción oportunista o encaminada hacia la polémica, sino un ramillete de páginas que leerán con gusto los frecuentadores de san Juan de la Cruz, fray Luis de León o incluso Fernando de Herrera; un texto lírico y también filosófico, donde se afrontan verdades profundas del ser humano y donde se buscan respuestas a interrogantes de gran calado y antigüedad.
Su protagonista es un hombre torturado, cuya mente se reparte entre mil curiosidades, siendo la botánica la principal de ellas. Su propio jardín y la enorme admiración que tributa al doctor Monardes dan prueba fehaciente de esa afición intelectual. Su mejor amigo es el impresor Pedro de Mesa. Y su amor secreto, el que siente por su prima Evelina, que profesa como monja en el cercano convento de san Leandro. En el alma de Valerio de Sandoval alienta una gran fe en Dios, pero también una profunda desconfianza hacia lo que la iglesia católica ha hecho de esa fe en los últimos siglos, convirtiéndola en un muladar de hipocresías y en un vademécum de rituales vacíos. Él sueña con una visión divina mucho más abierta, mucho más amable y amplia. De ahí que cuando llega a la conclusión de que la semilla que contiene el relicario procede de un manzano, su imaginación se dispara: ¿no será una semilla del milagroso manzano del Edén? Y, si así resultara, ¿qué ocurriría en caso de que la plantara en un rincón de su jardín?
Evidentemente (es un hombre de fe, pero también un hombre de ciencia), lleva a cabo el experimento. Y la mayor de las sorpresas le estalla ante los ojos: la singular semilla se transforma en un manzano que crece hasta su condición adulta en apenas una noche, colmándose de manzanas oscuras y de manzanas claras. Y es entonces cuando comienzan a asaltarle las grandes preguntas: ¿debería comer una de esas manzanas? ¿Cuál de ellas? ¿Y qué ocurrirá si lo hace? ¿Merecerá la eterna expulsión del Paraíso de Dios... o accederá a algún tipo especial de conocimiento? Su amigo Pedro de Mesa, tan impresionado como él por el asombroso crecimiento de la semilla, se alía con él en el proyecto. No obstante, el nuevo inquisidor de la zona, Diego de Moraga, mucho más arrogante y estricto que sus predecesores, no se detendrá hasta dar con el responsable de esta aparente herejía, que socava los cimientos de la iglesia tradicional.
Esta novela, de lectura alegórica y espíritu barroco (la música de sus frases es tan espléndida como rica es la diversidad de su léxico), sorprenderá a muchos de los lectores que la abran creyendo que se enfrentan a un texto liviano y de consumo masivo. Pero no sorprenderá a quienes ya conozcan alguna de las producciones anteriores del prolífico José Antonio Ramírez Lozano, novelista, cuentista y poeta de amplia y premiadísima trayectoria. Es un auténtico lujo para la literatura española que estilistas de la talla de este sevillano (que hay pocos, para nuestra desgracia) se dediquen a escribir y refrescar el ambiente literario con cada obra que entregan a la imprenta.