jueves, 30 de septiembre de 2010

Historias de guardapelo




A veces, a los escritores más singulares no hay que buscarlos en las páginas de los suplementos, sino en reductos más aislados, menos glamourosos. Es el caso del murciano Juan Tudela Gómez, que lleva un lustro publicando sus obras en el silencio de la provincia, decantando sus páginas con la lentitud de quien sabe que lo importante no es editar en este o aquel sello, sino escribir lo que uno desea, ajeno a prisas y etiquetas, e irlo entregando a los lectores para que evalúen por sí mismos lo que de hermoso, trascendente o aprovechable hay en su trabajo. De ahí que este escritor lírico y reconcentrado se dedique a mirar en dos direcciones principales para nutrir sus escritos: el ayer y su entorno. El ayer, porque sabe que hay millones de historias que quedarán erosionadas por la crueldad de la amnesia, si nadie las rescata y plasma en los folios para darles una pequeña inmortalidad de tinta. Su entorno, porque es consciente, cervantinamente consciente, de que si cuentas lo que pasa a tu alrededor estás realizando una labor impagable para entender el mundo (y para hacer que otros lo entiendan). Con estas direcciones gobernando su mente, la prosa de Juan Tudela avanza suave como un río, con sus metáforas, su colorido y su majestad de orfebre, que se advierte en textos como “Empezar de nuevo” (donde nos entrega en dieciséis líneas una historia bien singular, en la que humor y tristeza se dan la mano: una mujer que ha decidido acudir a la boda de su mejor amiga y de su antiguo novio con la intención de quedarse desnuda en la iglesia, lanzando su vestido contra el altar, a la vez que los barniza de insultos) o como “Muchas noches te sueño” (donde nos habla en trece líneas del desgarro de un hombre que, tras el accidente que ha segado la vida de su esposa, se queda con el hijo común en los brazos, aferrándose a él para sobrevivir al dolor). Pero podríamos aducir también como escenas imborrables de este libro la voluntad de estampa que persigue en algunas de ellas (“Página de aquella tarde en el río”), los homenajes que tributa a Bioy Casares y Valle-Inclán (“En otra isla” y “El lunático”, respectivamente) o el excelente humor costumbrista que despliega en textos como “Los zagales y las mandarinas”.
Un libro, en suma, para leer con el respeto que siempre deberíamos tributar a las obras decantadas, destiladas, breves e inteligentes. Unas ilustraciones magníficas del pintor Juan José Ayllón y un prólogo muy atinado de Andrés Boluda completan la oferta de este volumen.

domingo, 19 de septiembre de 2010

Contra el viento del norte



Dice Alejandro Sanz en una de sus canciones: «Cuando nadie me ve no me limita la piel; cuando nadie me ve puedo ser o no ser». Y esta afirmación, que podrían suscribir millones de personas en el mundo, esconde una verdad muy característica del ser humano: el hecho de que nos sentimos más cómodos y más sueltos cuando no tenemos delante la cara de la persona con quien estamos hablando. Quizá por eso los sacerdotes han procurado durante tanto tiempo que los fieles se sitúen al otro lado de una reja mientras confiesan sus pecados; y los psicoanalistas han colocado su asiento en un lugar escorado donde sus pacientes no los podían observar mientras hablaban. Actualmente, la técnica se ha refinado con la llegada de Internet y de los chats. En ese territorio, protegidos por el teclado y por la frialdad aséptica de la pantalla, podemos abrirle nuestro corazón o manifestarle nuestros deseos a la otra persona sin que el pudor nos atenace, la vergüenza nos cohíba o la prudencia nos atempere.
Daniel Glattauer ha explorado literariamente algunas de las posibilidades de este fenómeno en su novela Contra el viento del norte, que le ha publicado la editorial Alfaguara en la traducción de Macarena González, y que está suponiendo uno de los mayores éxitos de ventas de la temporada. Lo que en sus páginas se nos cuenta es la relación que establecen Leo Leike y Emmi Rothner a través del correo electrónico, desde el momento en que tienen contacto el uno con la otra por pura casualidad (un equívoco en las direcciones provoca el inicio de la relación). Él es un investigador universitario de 36 años, soltero, que está especializado en el lenguaje de los correos electrónicos (de hecho, está trabajando en ese asunto con vistas a una futura publicación); ella es la esposa de Bernhard, su antiguo profesor de piano (viudo y con dos hijos). Contra lo que pudieran pensar los malévolos de turno, el núcleo de sus conversaciones no tiene nada que ver con el sexo, sino con sentimientos más abstractos: ambos se exploran para conocerse mejor, se trasladan detalles de sus emociones, deslizan pinceladas de sus vidas privadas, se intercambian consejos... Pero poco a poco surgirá entre ellos algo más particular. Emmi, preocupada por el hecho de que Leo manifieste su voluntad de seguir alejado de las mujeres, insiste en que conozca a una amiga suya, con la que presume que podrá llegar a algún tipo de relación. Pero cuando él le confiese que, en verdad, han terminado acostándose, Emmi sentirá esa frase como una especie de traición. ¿Qué está ocurriendo entre Leo y Emmi? ¿Hacia dónde conducen todas las charlas que están manteniendo en el ciberespacio? ¿De qué modo pueden llegar a conjugarse las existencias de un soltero atractivo y de una mujer casada con su antiguo profesor?
Si esta página la estuviera escribiendo un crítico con ínfulas académicas (no es el caso: nadie debe alarmarse), éste sería el momento de analizar con detalle lo mucho que Contra el viento del norte tiene de novela psicológica; o de novela epistolar (además, con una jugosa variante: la forma de las cartas se encuentra renovada a la altura de los tiempos); o incluso de teatro (porque solamente escuchamos la «voz» de los personajes, pero no la del narrador de la historia). Pero me parece más enriquecedor subrayar la forma en que Glattauer resuelve la arquitectura de la obra, de gran solidez, o los diálogos de los protagonistas, que en ningún momento caen en charlas forzadas ni se deslizan hacia el escabroso y resbaladizo terreno de los clichés. Leo y Emmi no son prototipos, sino auténticas personas. Incorporan todas las contradicciones esperables en los seres humanos de carne y hueso. Y esto sin duda constituye uno de los éxitos mayores del narrador austríaco.Así que los lectores de la novela ya pueden ir preparados para encontrarse con una obra de formato ágil, fluidez sostenida, deliciosos momentos de humor y una conclusión que Alfaguara nos promete ampliar: ya hablan de una segunda parte de la obra, que saldrá a la luz con el título de Cada siete olas. Frente a tanto timo, ésta es una novedad literaria que merece ser leída.

jueves, 16 de septiembre de 2010

Temblor




Por costumbre, por integridad y por sentido común, odio tener prejuicios. Tanto en mi vida como en mis lecturas. En ocasiones, resulta inevitable dejarse arrastrar o zarandear por alguna de estas pulsiones irracionales y generalmente mezquinas; pero trato de reducir el número de sus influencias sobre mí en la medida de lo posible. Entre otras cosas porque considero que lo más hermoso de la inteligencia es su diario combate contra la estupidez. Y como además juzgo que tienen razón quienes afirman que la literatura está en el cómo, procuro que las etiquetas que se adhieren a los libros tampoco me afecten demasiado. Trato de ser yo (el consejo de Montaigne es brillante) quien construya su propio juicio sobre las obras.
Sirva esta introducción para explicar que cuando llega a mis manos una novela como Temblor, de Maggie Stiefvater (que ha sido traducida por Alexandre Casal Vázquez y Xohana Bastida para la editorial SM), pongo entre paréntesis todas las advertencias que llegan a mis oídos y abro sus páginas con voluntad edénica. ¿Que la historia es de adolescentes y licántropos? Bien; resulta absurdo negarlo. ¿Que utiliza abundantes mecanismos folletinescos para atrapar con más eficacia a sus jóvenes lectores? Muchos otros lo hacen, con menos pericia y peores resultados... El argumento que aquí se nos pone ante los ojos es bien sencillo: una chica (Grace) fue atacada durante su niñez por un grupo de lobos, que no llegaron a matarla gracias a la intervención de un ejemplar de ojos amarillos, que pareció protegerla de sus compañeros. Sólo años después descubrirá que ese lobo es un muchacho (Sam) que, mordido por un viejo lobo en su infancia, se transformó en licántropo. La fascinación que Grace siente por estos animales (y en especial por el singular Sam) se va convirtiendo en amor cuando el chico irrumpe en su vida y da muestras de su ternura, su delicadeza y su deseo de volver a la condición humana. El problema es que la mutación que sufrió en la niñez no parece ser reversible. De hecho, todo indica que este invierno se transformará en lobo y no volverá jamás a su condición bípeda. Grace, pese a las dificultades, sigue dándole vueltas al asunto, por si encontrara alguna solución. Añadamos a esta trama a sus dos mejores amigas (Olivia y Rachel); un compañero de instituto que es también mordido y se incorpora a la nómina de los licántropos (Jack Culpeper); la hermana de este último, Isabel, que comienza a atar cabos entre los lobos y Grace y que empieza a moverse para ayudar a su hermano; las rivalidades y celos que surgen entre los componentes de la manada; y, atravesando toda la pieza, las emociones, las ideas y los diálogos esperables en un grupo de jóvenes, magistralmente reproducidos por Maggie Stiefvater.
Cuando se termina la obra (el crescendo de las últimas treinta páginas es particularmente memorable), no queda más remedio que reconocer el mérito de esta obra. Si Crepúsculo (S. Meyer) era una obra que daba gusto leerla, no menor placer depara Temblor. Mi hija María, que me aconsejó ambas, tiene un olfato literario estupendo, que puede servir como termómetro para su generación. Si tienen que regalar una obra a una persona lectora de 12 a 16 años no lo duden: ésta es una opción espléndida.


domingo, 12 de septiembre de 2010

Liber Hespericus




Estamos en noviembre del año 1970 y una ceremonia tan extraña como inquietante está a punto de tener lugar ante nuestros ojos. Un grupo de hombres que se hacen llamar a sí mismos Los Doce se han reunido en forma de círculo alrededor de un altar, sobre el cual reposa una especie de sepulcro fabricado con piedra. Todos los asistentes a la reunión llevan capuchas negras. Unas túnicas cubren sus cuerpos, mientras las antorchas brillan en las paredes, arrancando sombras fúnebres de sus rostros. El objetivo de la reunión es asistir a la quema de un niño, que ejecutan con asombrosa frialdad. Por fin, cuando la ira de las llamas se apaga, el bebé emerge indemne de la hoguera. Todos abren los ojos, ebrios de dicha con el resultado. Nostradamus tenía razón. Ha nacido por fin el Gran Monarca de la profecía.
A partir de ese instante podría venir (y de hecho viene) una novela en la que se pulsan y ponen en acción todos los mecanismos de un libro de género, que busca la etiqueta de best-seller (misterios ancestrales que hay que resolver; unos protagonistas que deben luchar contra una adversidad demoníaca; un libro maldito que todos quieren lograr, porque camufla entre sus líneas un poder cuya sola mención produce espeluzno; unos anómalos oponentes que se camuflan en las sombras; muertes atroces, que salpican el texto en zonas climáticas estratégicas; lugares ocultos, que llevan siglos protegidos por trampas diabólicas; un librero que es asesinado de forma brutal; amor y deseo entre dos de los personajes centrales; etc). Pero hay que añadir de inmediato que Covadonga Mendoza no sólo administra con inteligencia, buen sentido y mesura sus artefactos y trucos narrativos, sino que los atempera con sanas dosis de humor. Los lectores, llevados de la mano por la autora de la trama, en ningún momento sentimos que se nos quiera engatusar con burdas dosis de esoterismo o con pirotecnias baratas que provoquen nuestro asombro de una manera infantiloide, porque nos damos cuenta de que Covadonga juega con la ironía, se distancia y hasta parece sonreír cuando construye para nosotros ciertos pasajes. Nos propone, sí, un juego ocultista, porque eso forma parte de la médula de Liber Hespericus; pero, a la vez, nos susurra indicaciones para que advirtamos su condición paródica. De hecho, una de las protagonistas de la pieza es la escritora Elizabeth McPherson, doctora honoris causa por la universidad de Aberdeen y muy aplaudida por sus libros líricos e intelectuales, quien acepta el reto que le lanza su antigua amiga Sigrid Halvorsen (autora de best-sellers) para que amolde su estilo a la composición de una pieza de consumo popular. Las reflexiones metaliterarias que aparecen en Liber Hespericus sobre la tarea del escritor, sobre la forma en que ha de afrontar su trabajo y sobre el modo de construir su estilo, pueden servir a más de uno para meditar sobre la condición irónica de este libro.
Pero olvidándonos de esta reserva inteligente conviene añadir que la obra es sin duda seductora. La escritora sabe cómo ir graduando su presentación de los personajes y cómo ir pintándoles capas de espesor psicológico; conoce también la manera más adecuada de organizar sus imanes argumentales, para que quien abra el volumen quede paulatinamente atrapado entre sus hilos; y maneja con suma elegancia los resortes del folletín, del clímax y del anticlímax, imprescindibles para que un texto de estas características no se desmorone en una pirotecnia tontucia, que explote sin ton ni son y dilapide sus atractivos. La editorial Ipunto publica esta obra en la colección Arcano, de la que nos dice que contiene «novelas que se permiten unir licencias literarias, base histórica y hechos reales, con el único objetivo de atrapar al lector desde la primera página». A fe que con este Liber Hespericus lo han logrado sobradamente, y que la línea de la colección resulta muy prometedora si continúan por ese camino. La asturiana Covadonga Mendoza (Avilés, 1970), con tan sólo tres años de presencia en el circuito literario y tres novelas publicadas (La hermandad de los elegidos, Liber Hespericus y Otoño sangriento), ya es un nombre al que conviene prestar una atención respetuosa. Sabe lo que se hace, y lo hace bien.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Montaigne




Decía Francisco Umbral que uno no puede combatir contra su propio ser; y es una gran verdad. De la lucha contra sí mismo surgen las dietas, las vocaciones frustradas y otras inmundicias en las que conviene no escarbar demasiado. Yo creo que tampoco se puede luchar (ni se debe) contra tu propio ser como lector. De ahí que, pese a la buena voluntad que siempre le he puesto por conocer de primera mano la obra de tantos autores del mes de la FNAC, de tantos genios indiscutibles de su barrio y de tantos poetas laureadísimos por sus amigos del certamen, al final siempre termino volviendo a Michel de Montaigne. O a gentes de la cuerda de Michel de Montaigne: lúcidos, solitarios, descreídos, bahístas (por usar la palabra maravillosa que se inventó Pepe Perona: los que dicen “Bah” ante las novedades). Releo a Montaigne, releo a Pessoa, releo a Cioran, releo a Kavafis.
O a gentes que han pensado sobre ellos, como hizo Stefan Zweig en este breve librito sin duda hermoso, cuya lectura recomiendo para quitarse de encima las tontunas de la modernidad.

domingo, 5 de septiembre de 2010

El siglo de los genocidios




Dámaso Alonso, con la inconsciencia juguetona de los poetas, escribió una vez que el siglo XX era un «siglo de siglas», pero sin duda es mucho más exacto definirlo con otras fórmulas. Una de ellas, particularmente triste, es la que esmalta Bernard Bruneteau en su trabajo El siglo de los genocidios, que con la traducción de Florencia Peyrou y Hugo García, ha publicado el sello Alianza Editorial. Se nos explica en estas páginas que el término fue creado en 1944 por Raphael Lemkin, un profesor de Derecho Internacional que trataba de acuñar una voz que explicase gráficamente lo que habían hecho los nazis durante su período de horror. Esa palabra, por desgracia, no ha caído en desuso durante las décadas posteriores, porque vivimos «el reino de la violencia exacerbada» (p. 39), en el que ciertas teorías disparatadas o mal entendidas (el evolucionismo selectivo de Darwin, la eugenesia de Galton, la jerarquía racial de Haeckel, la lucha de razas de Gumplowicz, etc) han colaborado para crear una atmósfera de abusos, brutalidad, salvajadas y crímenes, a la que nadie ha conseguido poner freno.
El primer paso de esta escalada suele ser verbal (el adversario se convierte en enemigo; luego en enemigo mortal; posteriormente en bárbaro; más tarde en animal; y por fin en animal dañino. De ahí a la necesidad de exterminarlo hay un paso pequeño, francamente pequeño, que numerosos países, grupos ideológicos o segmentos nacionales han dado). Y luego vienen ya las agresiones, más o menos virulentas, más o menos planificadas, más o menos efectivas. Bernard Brunetau, ajeno a cualquier prejuicio ideológico, va desgranando los matices de los diferentes genocidios que han ensangrentado el difunto siglo XX.
En 1915, Turquía protagonizó el primero, masacrando a los armenios, que constituían un núcleo de población no musulmana. Los afectados apuntan la cifra de millón y medio de asesinatos; las autoridades turcas actuales «sólo» aceptan entre trescientos mil y seiscientos mil. En los años 20 y 30, la URSS completó una truculenta y eficaz campaña contra la burguesía y el campesinado desafecto: provocó hambrunas («Querer comer se convirtió en un crimen contra el Estado», p.156), forzó emigraciones masivas, instauró criminales campos de concentración, etc. En especial se cebaron con Ucrania, pero polacos, estonios o lituanos también sufrieron represiones, cárcel o desplazamientos forzosos en los que morían por el camino.
Durante la Alemania nazi se produjo el proyecto de exterminio total de los judíos, planificado con pausa y que cristalizó en la conferencia de Wansee (20 de enero de 1942). Pero el régimen de Hitler también se aplicó contra otros grupos, como los homosexuales, gitanos, enfermos mentales, etc. El programa Aktion T4 (1940-1941) consiguió matar a más de 70.000 personas con problemas mentales, que se consideraban lacras para la sociedad. El genocidio nazi es quizá el más visible de todos los que salpicaron el siglo XX.
En cambio, los crímenes cometidos en Camboya durante el período entre 1975 y 1979 aún están por documentarse convenientemente. Se trata, en palabras de Bruneteau, de «un crimen que espera su tribunal» (p.247). Sus números fueron en verdad escalofriantes: fueron asesinados 402 de los 450 médicos que existían, y casi 59.000 de los 60.000 monjes budistas. Un exterminio casi absoluto. Igual dureza se aplicó a los ‘sospechosos’, que eran juzgados y condenados a muerte por conocer un idioma extranjero, disponer de un título universitario... o llevar gafas (lo que los volvía intelectuales sospechosos). A la altura de 2010, los centenares de miles de camboyanos asesinados por el régimen de Pol Pot siguen sin tener un tratamiento judicial. Algunos de aquellos genocidas siguen con vida.Posteriormente, Bernard Bruneateau cierra el volumen dando un repaso a la situación de limpieza étnica que puso en marcha el régimen serbio contra los bosnios y a la espantosa explosión de violencia entre hutus (masacradores) y tutsis (masacrados) en Ruanda, en los años noventa. Queda así dibujado un espectáculo de horror que produce aflicción recordar... pero que resulta necesario no dejar caer en el olvido. Dice un áspero refrán español que si los ojos no ven, el corazón no siente. Quizá sea cierto. Pero sin duda desde la sociedad del bienestar conviene que tendamos la vista hacia las periferias. Nos va la dignidad en ello.