viernes, 30 de abril de 2010

El círculo de Viena




El año pasado, como un maná inesperado y sumamente agradable, llegó a mis manos un breve librito que se titulaba Cuaderno escolar, que devoré con sumo interés. Se me antojó su autor (el extremeño Juan Ramón Santos) una de esas voces que, de vez en cuando, nos reconcilian con la literatura de calidad, con la prosa elegante y cuidada, con los relatos bien organizados. Como su primer cuento apenas tiene trece palabras, no me resisto a la gozosa tentación de copiarlo aquí: “Le mataron la paloma y quedó triste, envejecido, desanimado, apenas uno y bino”. La fulguración de un estilo tan brillante me hizo interesarme por obras anteriores de Juan Ramón Santos, y ésta de hoy es un buen ejemplo: El círculo de Viena, que le editó la asturiana Llibros del Pexe. Ya desde su ilustración de portada nos deja bien claro qué territorio se nos va a ofrecer: es un mapa donde observamos que las ciudades de París o Lisboa no están en su sitio. Quizá esa metáfora visual entregue la esencia más pura del escritor: la de un ilusionista que es capaz de engañarnos, de vendernos territorios fantásticos, de reinventarse la topografía del alma y del mundo. En las siete historias que conforman el volumen nos encontraremos con el melancólico empresario Menaud, que busca por múltiples países e idiomas una palabra especial, que traduzca la esencia de su espíritu; con el asombroso Nuno Guedes, que construye su tarea vital alrededor de Fernando Pessoa; con un pobre hombre que deambula por los actos culturales de su pequeña ciudad formulando preguntas extrañas; con el anciano que, tras quedarse viudo, viaja hacia el sur en busca de su centro emocional; o con el protagonista de la novela corta que cierra el volumen, que se verá envuelto en una disparatada situación donde la música de Mozart, los masones, su desconocimiento del idioma, las miradas inquietantes que le dirigen dos personas a las que bautiza como Hans y Klaus, y el presunto proyecto de matar a un bebé terminarán conformando una historia delirante, que lleva a los lectores de la inquietud a la sonrisa, de los nervios al estupor. Brillante Juan Ramón Santos. Convincente Juan Ramón Santos. Esperanzador Juan Ramón Santos. No se trata de un escritor más. Y si no, al tiempo.

lunes, 26 de abril de 2010

Objetivo: Adolf Hitler




Un buen día, Miguel de Cervantes se despertó con una idea rondándole por la cabeza: ¿qué pasaría si un hombre, a fuerza de leer libros de caballerías, se volviese loco y diese en la insensatez de convertirse en caballero, para arreglar los problemas del mundo? De esa forma nació el germen de la novela Don Quijote de la Mancha. Otro día, Kafka sintió una curiosidad: ¿qué pasaría si un hombre se despertara convertido en un insecto tremebundo, repulsivo? ¿Cómo encajaría la transformación? ¿Cómo mutaría su existencia a partir de ese instante? Ése fue el germen de La metamorfosis. Podríamos multiplicar los ejemplos por miles, e incluso por millones. Y es que no en vano dice el crítico Gianni Rodari que buena parte de la literatura proviene de alguien que se formula esa interrogación (¿Qué pasaría si...?) y comienza a darle vueltas a todas las implicaciones argumentales y psicológicas que se derivan de ahí.
Patrick Ericson, un buen día, comenzó a preguntarse qué habría ocurrido si, en un determinado momento de la Segunda Guerra Mundial, las cosas hubieran adoptado un rumbo diferente al que históricamente tuvieron. Supongamos (se dijo el novelista) que los generales más cualificados de Adolf Hitler consiguen, de un modo u otro, hacerse con el control de la situación durante un tiempo, sin que ello implique la muerte del jerarca nazi, ni su pérdida del poder. Y supongamos también que, gracias a su pericia y su preparación militar y estratégica, alcanzan el objetivo de enderezar el rumbo de la contienda, que la obstinación y la ignorancia de Hitler precipitaron hacia el fracaso. Esos mismos generales, conscientes de la importancia suprema de dedicar la máxima atención al desarrollo armamentístico, seguramente invertirían ingentes cantidades de dinero en la investigación de los nuevos prototipos que necesitaban la Luftwaffe y la Wehrmacht, incluidas las armas atómicas. ¿Qué habría pasado entonces? ¿El ejército nazi habría logrado su sueño de conquistar el mundo? Pero su aguda mirada de novelista inteligente hace que Patrick Ericson vaya más allá e introduzca un elemento de inestabilidad y de intriga en el entorno de Hitler: alguien está poniendo todo su empeño en matar al dictador. Y, por si eso fuera poco, se nos va insinuando durante toda la obra que un importante colaborador del autor de Mein Kampf está conspirando contra él, para hacerse con los resortes del futuro Cuarto Reich.
Algún lector podría pensar, receloso, que la novela Objetivo: Adolf Hitler se construye sobre dos tópicos muy manoseados en la literatura reciente: el mundo del nazismo y el mundo de la historia-ficción. No habría forma de negarlo, desde luego; ni tendría sentido hacerlo. Pero añadiré un detalle más: la obra de la que hoy hablo es una espléndida novela. Una narración en la que se aprende mucho sobre la Segunda Guerra Mundial (sin que el autor cometa jamás el error de darnos lecciones pesadas o extraliterarias); una fantasía galopante en la que nunca cabe el aburrimiento; y, por encima de todo, un despliegue de habilidad argumental fuera de lo común (en ningún instante se llega a descubrir por dónde viene la sorpresa que el autor, habilidoso y maquiavélico, nos reserva para las últimas páginas).
Yo, que no soy lector aficionado a las tontunas facilonas, me he sentido subyugado por la forma de escribir de Patrick Ericson y he notado cómo la historia que me iba contando me llevaba en volandas desde el principio hasta sus líneas últimas, las cuales no desentonan con la intensidad general de la novela. He leído dos piezas suyas que participan de un similar espíritu (Génesis, el ritual rosacruz y la más reciente El ocaso de las siete colinas) y sé que continuaré frecuentando todos los volúmenes que vengan en el futuro de su mano, porque me aportan calidad de fondo y calidad de forma: buenas y documentadas tramas, buen manejo del análisis psicológico de los personajes, buena habilidad literaria para contarlas al público. ¿Se le puede pedir más a un libro de entretenimiento? De tal forma que yo lo tengo clarísimo, después de leer Objetivo: Adolf Hitler (publicado por Styria): Patrick Ericson es el novelista de acción, esoterismo y misterio más prometedor que ha dado Murcia en toda su historia. Dicho queda.

martes, 20 de abril de 2010

A vueltas con el autor del Lazarillo




Tres misterios fundamentales planean sobre la historia de la literatura española: el primero es determinar quién fue el autor del Cantar de Mío Cid; el segundo, esclarecer qué humanista se aprestó a componer las páginas de Lazarillo de Tormes; y el tercero arrojar luz sobre el nombre de quien compuso la biliosa continuación apócrifa de Don Quijote de la Mancha, que tanto hizo sufrir a don Miguel de Cervantes desde el año 1614 hasta su muerte. Sobre el segundo de esos enigmas (la autoría del Lazarillo) acaba de redactar la profesora Mercedes Agulló y Cobo una interesante aportación, que le ha publicado hermosamente la editorial Calambur, en su colección Biblioteca Litterae. A lo largo de los años y aun de los siglos se han ido amontonando las hipótesis más variopintas y distantes acerca del enigmático escritor que dio vida al primero de los pícaros de nuestra literatura: se ha hablado del jerónimo fray Juan de Ortega, de los hermanos Valdés, de Sebastián de Horozco, de Lope de Rueda, de Torres Naharro e incluso del humanista Juan Luis Vives, por no citar sino los más célebres. Pero la hipótesis que comenzó a fraguarse en 1607, donde se indicaba abiertamente la paternidad de Diego Hurtado de Mendoza, parece convertirse en definitiva tras las sólidas páginas de Mercedes Agulló. En un estudio muy técnico (hay que reconocer que no resulta apto para lectores ajenos a la especialización), la doctora madrileña recorre una serie de documentos bastante esclarecedores, como el testamento de don Diego, el inventario de sus bienes y otros papeles igualmente interesantes. En uno de ellos se indica que en un cajón propiedad de Hurtado de Mendoza se guardaba «un legajo de correcciones hechas para la impresión del Lazarillo» (página 44). ¿Qué sentido puede tener que don Diego corrigiese pruebas de imprenta sobre un libro, si éste no era suyo? La respuesta es cristalina: a él hay que atribuirle la escritura de la obra. Aun así, y con una cautela intelectual que la honra, la profesora Agulló se resiste a mostrarse tajante en sus conclusiones, y anota tan sólo que «estas coincidencias y entreveros apuntan a don Diego como padre de Lázaro» (página 46). No obstante, el hilo lógico que va siguiendo la investigadora es tan implacable que poco lugar a dudas puede quedar sobre la solvencia y la solidez de su criterio. Las fotografías de distintos protocolos, que se aportan como prueba visual, contribuyen también a que la hipótesis tenga visos de ser aceptada unánimemente dentro de muy poco tiempo. Es probable que nuestros hijos y nietos ya no estudien en sus clases de literatura que el Lazarillo de Tormes es una obra anónima, sino que se la adjudique a don Diego Hurtado de Mendoza (1504-1575), embajador de España en Venecia y Roma, amigo de santa Teresa de Jesús y celebrado poeta. Habrá quien argumente que la verdad aún no está en nuestras manos, pero nadie podrá negar que la estamos rozando con la punta de los dedos. Y la doctora Mercedes Agulló ha sido la responsable de este progreso.

miércoles, 14 de abril de 2010

Cita al anochecer




Decía Jean-Paul Sartre que, una vez colocados todos los números en forma de columna, no queda sino trazar una raya bajo ellos y sumarlos. Esa voluntad de conclusión que a veces tienen las cosas se aprecia igualmente en la vida: no es raro que en algunas ocasiones se nos obligue a enfrentarnos con el borde del acantilado. Y es entonces cuando decidimos mirar hacia el horizonte para no dirigir nuestros ojos hacia las olas que rugen abajo, estrellándose contra las rocas. Son tardes o noches de reflexión, de silencio, de remembranza. Tardes o noches de recuento y clausura. Tardes o noches de sentir y pensar, como quien anota las cifras negras y rojas de un arqueo trascendente, de un balance en el que la propia vida está en juego. El profesor y escritor Pascual García (Moratalla, 1962) ha convertido en poemas uno de esos cómputos emocionales, y lo ha titulado Cita al anochecer. En sus páginas se nos muestra un catálogo de luces y de sombras donde el dolor, la esperanza, la fe, la lucidez, el desamparo, la enfermedad, la entereza y la muerte caminan dándose la mano bajo la música de los versos, como torrentes subterráneos que sólo alguien muy sensible puede detectar y convertir en palabras. Pascual García consiste acercarse (y acercarnos) hasta las fronteras mismas del vértigo, hasta la esencia misma del ser humano, de la persona que ha sido convocada a un instante terrible, pero que tarde o temprano habrá de alcanzarnos a todos («No he visto la laguna /ni al hombre que conduce cabizbajo, / como un verdugo entre la niebla espesa, / pero de pronto la noto tan próxima»). Enfrentado a la enfermedad y manteniéndose erguido, el poeta realiza el esfuerzo supremo de intentar contarnos a los demás qué se siente en esos instantes especiales, qué trallazos golpean la piel y qué sacudidas eléctricas intentan desbaratar el corazón y el temple del ser humano. Gabriel Celaya nos explicó una vez que cuando se miran «los vertiginosos ojos claros de la muerte» se dicen las auténticas verdades, las verdades más hondas. Pascual García, consciente de que esto es así y consciente también de lo azaroso de la situación que está viviendo sin remedio («Me eligieron para ese último día»), recuerda también instantes en los que vivió otras muertes, como por ejemplo la de su abuelo (uno de los mejores poemas del libro, a mi entender). Y es entonces cuando se aferra a las certidumbres sólidas que lo auxilian, como el amor de su esposa, que le permitió mantenerse a flote y sobrevivir al naufragio. Vivir es también descubrir quiénes están junto a nosotros y saber hasta qué punto podemos contar con ellos. Quien pasea por el filo lo descubre para siempre. Estamos, en fin, ante un libro excelente, de enorme belleza y de enorme dureza, donde el escritor murciano vuelve a demostrar que sigue una trayectoria impecable de perfección lírica. Leerlo es leer a uno de los poetas más brillantes de nuestro tiempo, sin ninguna duda.

viernes, 9 de abril de 2010

El mensajero de la verdad




El genial e inquietante Jorge Luis Borges nos explicó en algunos de sus cuentos que cualquier objeto, por nimio o cotidiano que resulte, puede quedar impregnado de cualidades mágicas: una moneda, un puñal, una fotografía. De esa forma se convierte en algo especial, que rehúye la grisura y abdica de su condición insípida. Pero la pregunta que parece formularse Robert Cornuke en esta narración es mucho más removedora y mucho más novelesca: ¿y qué sucede si el objeto con poderes anómalos es una Biblia, una vieja Biblia rodeada por extraños sucesos y tal vez provocadora de inauditos milagros? Fruto de esa interrogación es El mensajero de la verdad, obra escrita en colaboración con Alton Gansky y publicada por la editorial barcelonesa ViaMagna, con la traducción de Consuelo Gallego.
Todo comienza con Tanya, una niña rusa que cobija en su corazón el poder de la pravda, es decir, la facultad de distinguir cuándo la persona que le está hablando dice la verdad o miente. Una especie de vibración imperceptible para los demás avisa a su oído de que está escuchando un embuste... En apariencia, se trata de un atributo que, recibido por herencia familiar, resulta asombroso pero inocuo. No obstante, alguien parece no estar de acuerdo con esa apreciación, porque varios componentes del KGB han recibido la orden de apresar a la niña a toda costa. Para ello no se detendrán ante ningún obstáculo: asesinarán a quienes la protejan, capturarán a su padre y lo internarán en un campo de prisioneros en Siberia, y hasta moverán hilos internacionales para conseguir que caiga en sus manos. Quizá parte del interés que sienten por Tanya provenga del hecho de que ha contemplado la tumba donde yace desde el siglo XIX el cadáver del monje Feodor Kuzmich y ha recibido un objeto que estaba en su interior. Los lectores curiosos pueden, en ese momento de la novela, acudir a Internet. Allí descubrirán una historia muy curiosa: una vez que el zar Alejandro I murió en 1825 fueron muchas las personas que aseguraron haberlo reconocido bajo la identidad del monje Feodor Kuzmich, de cuyo origen nadie sabía nada. Pero las sospechas aumentaron cuando, abierta la tumba de Alejandro I en San Petersburgo... resultó estar vacía.
A partir de ese momento, la obra nos presenta un abanico de acciones que se van aproximando y completando entre sí, y en las cuales intervienen muchos personajes curiosos: el multimillonario inglés Sir Richard C. Cooper (empeñado en adquirir esa Biblia, a la que se atribuyen milagros, ahora que se encuentra en sus últimos días de vida), el inteligente anticuario Murk (al que le brillan los ojos con la posibilidad de adquirir el mismo objeto, del que espera obtener grandes beneficios económicos), la joven abogada Shannon Reed (parte fundamental de esta historia), el profesor Stock (un especialista en Historia cuyo comportamiento irá variando a lo largo de la narración), Yuri (el padre de Tanya), Victor Ivanovich (que persigue a la chica desde hace siete años, habiéndola convertido en una auténtica obsesión) y algunos más, que transforman estas páginas en un hervidero de emociones y de aventuras.
Destaca en esta novela la excelente ambientación del mundo siberiano y de sus campos de concentración (el temible gulag, del que tuvimos noticia gracias al escritor Alexandr Solzhenitsin), que consigue erizar la piel de los lectores gracias a sus detalladas descripciones sobre el frío y los trabajos forzados de los presos políticos que allí se encuentran. Pero tampoco habría que dejar de lado ciertas páginas más psicológicas, donde nos adentramos en el alma del millonario Cooper (asustado con la inminencia de la muerte y deseoso de aferrarse a cualquier tipo de esperanza para afrontar ese instante) o del profesor Stock (auténtico miserable, al que le aguarda al final de la obra un destino adecuado a su maldad). Los escenarios en los cuales se coloca la acción son variados (Rusia, Estados Unidos, Inglaterra, Cuba) y mantienen al lector en una constante movilidad ambiental, que enriquece la novela con su dinamismo. En suma, una propuesta muy interesante, donde las creencias religiosas, los intereses políticos, las estrategias comerciales y las emociones humanas (positivas y negativas) se combinan para edificar una narración donde los bostezos quedan excluidos.