sábado, 27 de febrero de 2010

Bäsle, mi sangre, mi alma




De todas las aventuras amorosas que se le conocen o intuyen a Wolfgang Amadeus Mozart ninguna más idealizada ni más secreta que la mantenida con una prima suya, Maria Thekla. La mayor parte de los biógrafos del genio, reacios a la admisión de estos devaneos adolescentes, optan por preterir el nombre de Maria y disfrazarlo de anécdota en la biografía emocional del creador de La flauta mágica. Pero Miguel Ángel de Rus, que es novelista de sagaz mirada, elige otra postura para aproximarse a estos enigmáticos sucesos. ¿Y si la relación entre los dos jóvenes (se pregunta) llegó finalmente a consumarse y, fruto de la misma, nació una criatura? Se habría perpetuado de esa manera una línea de sucesión mozartiana de la que no se tiene noticia... Nace así Bäsle, mi sangre, mi alma, una curiosa novela escrita en primera persona por el tataranieto de ese hijo clandestino, que tiene bien claro que “recordar es nuestro compromiso con quienes nos dieron la vida; otra forma de hacerles vivir” (p.26). Y que su primera obligación consiste en rastrear los detalles de aquel amor vivido entre Mozart y Maria, ensombrecido por las asechanzas de un mundo que se obstinaba en impedirles la felicidad y por los manejos inmundos de ciertas personas (cuyos nombres quedan consignados en la narración) que alzaron su barrera de aislamiento entre los adolescentes.
Meticuloso como un relojero, reflexivo como un tasador de almas y perspicaz como un detective cinematográfico, el narrador disecciona las cartas que se conservan de Mozart (públicas y privadas) para darnos un retrato fiel de su vida emocional. Y el amor que despliega en esa tarea lo lleva a indignarse contra todos aquellos que han envilecido de estridencias y payasismo la imagen del músico en los últimos años: “Que crucifiquen como mal ladrón al delincuente y sus secuaces que perpetraron una estupidísima película contra el genio, que me sea permitido empuñar la lanza que se clave en el costado de las bestias anglosajonas y cerriles, que se desate una tormenta de rayos, truenos y antorchas homicidas, que quien ose ensuciar el nombre del padre de mi tatarabuelo conozca el infierno de Dante y sufra en él por la eternidad” (p.42). Una lectura fresca, sorprendente y distinta.

domingo, 21 de febrero de 2010

La ley del más débil




Desde hace un tiempo vivimos atosigados por la corrección política, ese tenaz gorgojo que se empeña en convencernos de que todo lo que digamos, todo lo que hagamos, e incluso todo lo que pensemos, tiene que estar mediatizado por un aluvión de cortapisas castradoras cuyo principal objetivo es lograr una especie de pensamiento único al estilo del burro Platero, aquel simpático animal que parecía (recuerden a Juan Ramón Jiménez) que no llevaba huesos.
André Lapied, profesor universitario en Marsella, se propuso hace años diseccionar los vectores principales de ese pensamiento políticamente correcto, al figurársele que no podía corresponder sino a un esquema general, más que a un grupo de sandeces aisladas. Y el resultado es La ley del más débil, un tomo que le acaba de publicar la editorial Tres Fronteras, con traducción de Manuel Ballester. Este interesante volumen aborda un análisis exhaustivo de la tontería políticamente correcta, bajo la que subyacen modos de control mental y social más bien evidentes, que a ninguna persona inteligente se le escapan y que el autor del ensayo escruta ayudándose de la terminología nietzscheana. Así, se aproxima a los mundos del deporte, de la sexualidad, de la economía, del arte, de la música, de la ética, de la religión, del periodismo o de la comida, y de todos extrae aspectos en los que habitualmente no nos detenemos a reflexionar. Y concluye sin vacilaciones que «lo políticamente correcto no pretende convencer por una argumentación lógica, quiere obtener la adhesión a los juicios y hacer aplicar los comportamientos con la ayuda de analogías simplistas y de razonamientos mutilados» (p.38). Nos dice también el profesor Lapied que las minorías, cuanto más vocingleras sean y más reclamen sus derechos de forma ostensible, más obtendrán; y que el acobardamiento social ante los que aúllan, patalean y montan escándalo, casi siempre interesadamente y con un trasfondo chantajista, provoca que se impongan incluso ante el sentido común.
En esa órbita de pensamiento, todo lo que huela a reflexión es tachado de reaccionario, porque estorba a los intereses de los intimidadores. Así que vivimos en una sociedad matonil, en una especie de «dictadura del aullador» (la fórmula es mía, pero seguramente la suscribiría el profesor Lapied) en la que quienes deseen acogerse a la moderación reflexiva, al dedo alzado para preguntar y a la duda como mecanismo intelectual están condenados al señalamiento, como si se tratara de facciosos irredentos, de negadores de la tolerancia o de monstruos nauseabundos a los que conviene arrinconar. Para ello, se utilizan palabras-fetiche que tratan de hundir al discrepante (fascista, insolidario, machista, retrógrado), sin que medie el más mínimo argumento, o sin que los políticamente correctos estén dispuestos a aceptar la más insignificante de las enmiendas acerca de sus ideas perfectísimas. Así, André Lapied constata que «la Iglesia ha usado la excomunión, la inquisición y la hoguera. El comunismo ha fusilado, construido gulags y hospitales psiquiátricos para disidentes. Lo políticamente correcto, menos extremista, se contenta con los anatemas y linchamientos mediáticos» (pp.122-123).
La conclusión es aterradora, por parte de Lapied: una vez analizadas todas las aberraciones del nuevo modelo de pensamiento, que se extiende como una mancha de aceite en el mar, auspiciado por la conveniencia de unos y la debilidad de otros, resulta que el corolario pone los pelos de punta. Al estar en manos de los mediocres, que dictaminan lo que por pura lógica tendrían que sentenciar los más preparados, inteligentes o reflexivos, resulta que el guión que nos gobierna es tan absurdo como inamovible: «Todas las culturas y todas las opiniones valen. Las peores estupideces y los lugares comunes más machacados merecen, por tanto, ser oídos. Hay que dar la palabra a los idiotas» (p.101).
Citas como ésta que acabo de anotar, y otras de parecida contundencia, se detectan en este volumen casi en todas las páginas. Pero que ningún lector se llame a engaño: Lapied no es ningún provocador gratuito, ni un crítico descerebrado que se ensañe a la hora de descubrir lacras e inmundicias: es un inteligente cirujano que ha decidido sajar el tumor de la tontería actual y exponerlo a la luz pública sobre el quirófano de su libro, para que todos nos demos cuenta de lo que está pasando.

jueves, 18 de febrero de 2010

Libélula




Me habían hablado con admiración de los libros de Enric Balasch, pero aún no había tenido oportunidad de leer ninguno. Así que cuando salió Libélula no quise perder la ocasión de sumergirme en sus páginas. Y la experiencia, conviene declararlo ya, me ha satisfecho. Tanto que, con carácter retroactivo, buscaré las demás producciones del autor para incorporarlas a mi catálogo de lecturas. Libélula es una obra fluida, inteligente y clásica, en el mejor de los sentidos: nos presenta a unos personajes bien hechos, dentro de una trama bien organizada, con un lenguaje bien escogido y con un final bien calculado. O sea, la difícil fórmula de las buenas novelas. En esta ocasión, Balasch nos pone ante los ojos una partida implacable de ajedrez, donde cada movimiento de las piezas obedece a un estricto protocolo enigmático: Joaquín Ayuso es un antiguo legionario de Guijo de Gredos que, tras haber perdido a la mujer de su vida mientras permanecía en el Tercio, se ha instalado de nuevo en el pueblo para dedicarse a la ganadería. Durante muchos años, su situación se ha mantenido estable, hasta que un robo sacrílego (alguien ha sustraído la original reliquia que engalanaba la iglesia del pueblo) moviliza a las fuerzas vivas de la localidad, que lo requieren para que la recupere en donde se supone que ahora está: en Madrid. Con este detonante, y con la golosina de saber que en la capital se encuentra también Ángela, la mujer que lo abandonó y a la que quiere recuperar a toda costa, el empresario se desplaza hacia la ciudad que actúa como rompeolas de todas las Españas, según dijo el poeta. A partir de ese momento es cuando Enric Balasch pone en acción todos los recursos de una excelente novela policial, con pistas que se van encadenando, personas que le suministran ciertas informaciones que Joaquín procesará e irá uniendo entre sí, deducciones lógicas que en ningún caso son forzadas más allá de lo verosímil, e incluso un misterioso antagonista que, armado con una CZ-100 con punto de mira láser, se dedica a ir tras el antiguo legionario y mata a quienes le estorban en su trayecto (el dueño de una librería, un proxeneta centroeuropeo, un antiguo policía que ahora trabaja ocasionalmente como detective). Sobre el final, por elegancia torera y por decencia crítica, no les comento nada, salvo que les resultará tan sorprendente como bien hilvanado: inquietud, tensión, pragmatismo y humor son algunos de los elementos que Balasch introduce en las últimas páginas, para deleite de sus lectores. ¿Rasgos negativos? Pues no demasiados, francamente, salvo la conversación que el capitán Soriano y Joaquín Ayuso mantienen con el psiquiatra Bartolomé Laguna en el capítulo 11 (que adolece de una excesiva cantidad de informaciones, introducidas con calzador en el cuerpo de la novela) y una cierta ñoñería en las imágenes que se eligen para definir, por ejemplo, cosas tan naturales como el orgasmo (“derramar su elixir”, “vaciar su almíbar”). Por lo demás, un libro muy digno de elogios.

martes, 16 de febrero de 2010

Anécdotas de profesores




Los libros donde se recogen anécdotas profesionales tienen, aparte de sus virtudes propiamente literarias o de su utilidad como elemento de distracción o de sonrisa, el valor añadido de servir como apoyos para la reflexión. Unas veces, nos sentiremos respaldados con lo que en ellos se diga («Esto mismo me ha pasado a mí», pensaremos); otras, nos sorprenderá descubrir que alguien ha sufrido una experiencia que supera en monstruosidad a la protagonizada por nosotros; y en otras, en fin, tendremos acceso a porciones de la verdad que permanecían ocultas a nuestros ojos hasta ese instante. Carlos G. Costoya, abogado y periodista coruñés, ha tenido la curiosidad de recopilar anécdotas, entrevistas, declaraciones y hasta procesos judiciales donde miembros de la profesión docente han contado los casos en los que se han visto envueltos. Y, tras ceder la palabra a esos profesores, ha reunido los asuntos por temas, para otorgarle al conjunto una ordenación eficaz e ilustrativa. Así, nos encontramos con maestros que nos cuentan cómo llegaron al mundo de la enseñanza impulsados por una irrefrenable vocación; reflexiones de alto nivel sobre el valor del esfuerzo en el mundo de los estudios; preguntas muy interesantes sobre quién debe ejercer realmente la autoridad sobre los adolescentes (familia o profesores); crónicas de agresiones, tan intolerables como frecuentes; asombrosas historias de mobbing en la escuela; análisis escrupulosos sobre las bondades o maldades de un exceso de permisividad en el mundo de la enseñanza; el complejo mundo de la inmigración, que está haciendo que el paisaje escolar cambie aceleradamente; métodos curiosos que utilizan los alumnos para copiar en los exámenes, amparándose en las nuevas tecnologías; y, como colofón, una nueva antología del disparate, que deja en mantillas a las que nos mostró inauguralmente el pionero Luis Díez Jiménez. Esa parte final del trabajo es la que aporta lo que podríamos llamar «las sonrisas del postre», pero no deben distraernos del mensaje terrible y lúcido de este libro: que el panorama de la enseñanza española se halla en un proceso de cambio irreversible, y que conviene que todos reflexionemos sobre los cauces por donde circula, para aportar nuestra experiencia, nuestro saber y la mayor dosis posible de buena fe inteligente. Pero como a nadie le amargan los postres, añadiré como cierre algunas de esas perlas: unas se ciñen a disparates de orden literario, tal vez producidas por intoxicación etílica del alumno que contesta («Las Glosas de Emiliano las escribió San Millán en el monasterio de la Cogorza»); otras obedecen a disparates donde geometría y religión se unen («Fernando de Rojas era miembro de una familia de judíos convexos»); otras nos ofrecen una disparatada mezcla de historia y matemáticas, hermanadas de forma abrupta («La Edad Media es la edad de una persona desde que nace hasta que se muere, dividida por los años que está viva»); en otras se descubre a futuros brockers de la Bolsa, ya latentes desde las aulas («La moneda se desarrolló a su manera y para que no fuese por su cuenta salieron los banqueros») o bien a filólogos en ciernes, más creativos que escrupulosos («En Rusia había dos ejércitos, uno rojo y otro blanco. Cuando se unieron se formó la Revolución Bolchevique (bolche-rojo y vique-rojo, en ruso)»). Pero la parte más chocante corresponde a la guerra civil española de 1936 («No me he estudiado esa guerra porque a mí las guerras me producen gómitos»), la segunda guerra mundial («En 1940 Franco invadió Francia y se la cedió a Hitler por el pacto de La Haya»), la actual monarquía («Juan Carlos I tiene un árbol ginecológico que va desde sus antepasados hasta él») o la victoria electoral de José Luis Rodríguez Zapatero («Con la mayoría del PSOE desde entonces España se volvió socialista porque ya lo decía la Constitución de 1978»). Un libro para sonreír y para preocuparse, pero sobre todo para pensar y para actuar.

domingo, 14 de febrero de 2010

Epistolario




Eusebio Jerónimo de Estridón (san Jerónimo, para los cristianos) fue un personaje ciertamente peculiar. Su fecha de nacimiento no es segura (entre 340 y 345) y tampoco lo es la de su muerte (419 ó 420), pero de lo que ocurrió en medio sí que tenemos numerosas informaciones. Sobre todo porque Jerónimo dejó una abundante correspondencia, de la que ahora ofrece un extracto la editorial Cátedra en su colección Clásicos Linceo, con traducción y notas de María Teresa Muñoz García de Iturrospe. Buen conocedor del latín, el griego y el hebreo, Jerónimo fue el autor de la Vulgata, Biblia oficial de la iglesia católica durante quince siglos y primer libro que salió de la imprenta de Gutenberg. Y, en todo momento, fue un autor soberbio y consciente de su valor intelectual, que adornaba sus escritos con citas de todo tipo de autores, que se preocupaba por el vuelo musical de la frase, que cuidaba la escansión de sus períodos y que respetaba la más pura ortodoxia en sus páginas.
En ocasiones, el tono de sus misivas es puramente seductor. Así tenemos, por ejemplo, la epístola 53, dirigida a Paulino, rico heredero de Burdeos casado con Teresa. Las palabras que Jerónimo le envía no tienen más objeto que el de convencerlo para que abandone todas sus riquezas, abrace el camino del ascetismo y se una a él en su lectura y comentario constantes de las Sagradas Escrituras. Y no cabe duda de que el mensaje caló hondo en su alma, porque terminó entregando su fortuna a los más necesitados, viviendo con su mujer sin ningún tipo de contacto sexual (en calidad de hermanos) y siendo nombrado obispo de Nola. En otras ocasiones, el núcleo central de la carta tiene otra misión, como ocurre en la epístola 70, que supone una argumentación, minuciosa y extensa, en la cual Jerónimo explica a todo el que quiera escucharlo que usa citas culturales paganas (Sócrates, Cicerón, Aristóteles, Quintiliano o Flavio Josefo) porque le sirven para su defensa de las auténticas verdades de la fe cristiana. Pero que las despoja antes de todo adorno ajeno a la ortodoxia de su fe.
Pero quizá la carta más interesante de cuantas aparecen en este tomo, de bello formato y útil manejo, es la 107. Esta epístola se abre con una excelente imagen del curso de los tiempos, y de la justicia que se va haciendo en ellos («El dorado Capitolio se cubre de hiedra, todos los templos de Roma están cubiertos de polvo y de telas de araña, la Ciudad se conmueve en sus cimientos y el pueblo, que pasa el aluvión delante de los ídolos semideshechos, corre a donde los sepulcros de los mártires», pp.123-125). Y luego comienza a hablar sobre cómo debe ser la educación de las niñas consagradas al amor de Cristo. Dice Jerónimo que su firme y esmerada instrucción ha de ser iniciada casi desde la cuna. Así, decreta que no deben jugar bajo ningún concepto a cosas pueriles, ni deben distraer sus horas en charlas banales, ni es admisible que lleven las orejas perforadas, ni que escuchen música, ni que tomen alimentos fuera de los básicos, ni que salgan sin compañía a la calle. Además, estipula que deben bañarse con la menor frecuencia posible... y que su ritmo ideal de vida ha de ser «que a la oración le siga la lectura, a la lectura la oración» (pp.151-153). De ahí que lo más prudente sea enviarlas a lugares en los que puedan ser tuteladas por personas expertas, sin que sus madres y padres estén de continuo sopesando los peligros que les acechan.
Un volumen, como bien puede observarse, donde el mensaje doctrinal que se intenta introducir en el ánimo de los lectores es seco como el esparto y áspero como un mazapán de gravilla, pero que queda aliviado por la airosa soltura de la prosa jeronimiana, que no es ni mucho menos desdeñable. Si los visitantes de este libro son capaces de soslayar la anacrónica carga ideológica que en las páginas de este volumen sigue latiendo, y centrarse en sus aspectos más puramente literarios, sin duda disfrutarán de un estilo que recibió los elogios del mismísimo Erasmo de Rotterdam, que no es poco.

miércoles, 10 de febrero de 2010

La mansión de los abismos




Intentar explicar, a la altura de 2010, quién es Joan Manuel Gisbert o cuál es el valor de su obra literaria se me antoja una impertinencia. Nadie que frecuente la literatura juvenil española, o que simplemente se interese por ella, puede ignorar la importancia suprema de sus libros. Alguien que ha ganado premios como el Gran Angular, el Barco de Vapor, el Edebé, el Lazarillo, el CCEI o el Nacional de Literatura Infantil y Juvenil; o que ha publicado obras como El último enigma o El misterio de la isla de Tökland, no necesita presentación. Ahora, la editorial Espasa Calpe, con ilustraciones de Juan Ramón Alonso, nos ofrece su novela La mansión de los abismos, un thriller galvánico en el que nos veremos envueltos casi desde las primeras páginas... Gundula Erfurt es una alemana que, de pronto, se ve cortejada por un enigmático personaje al que todos conocen como Clément de Brienne. Éste, después de darle muchas vueltas y de cortejarla con sutileza de mil modos distintos, termina proponiéndole que se una a él en matrimonio. Y cuando la mujer, embriagada por sus homenajes, acepta la oferta, ambos se suben a un tren que los llevará hasta la aristocrática mansión de Clément. Pero justo ahí dan comienzo los problemas. Gundula descubre que el auténtico nombre de quien la acompaña no es ése, sino el de Théodore Bertrand. Y que manifiesta algunas ideas y comportamientos que resultan, cuando menos, inquietantes: dice atesorar varias identidades falsas por precaución; tiene a su servicio a Geneviève, una sordomuda extrañísima, que le guarda fidelidad perruna; mantiene amistad con un misterioso personaje que dice ser sacerdote y llamarse Jacques Garnier... Pero las sorpresas no se extinguen ahí, sino que se ramifican. La gente del pueblo, sabiendo que son muchas las damas que Theodore Bertrand ha llevado a la casa y de las que nunca más se ha sabido, sostienen que se trata de un vulgar y atroz asesino de mujeres; y se confabulan para sitiar la mansión e impedir que el malvado consume un nuevo crimen. Lo que no saben es que la policía (local y nacional) también anda tras los pasos de Bertrand, y ha decidido ponerse manos a la obra para detener al presunto asesino antes de que perpetre un nuevo homicidio. A partir de ese instante, se inicia una carrera contrarreloj en la que intervienen muchos elementos: Gundula (que ha descubierto su condición de posible víctima), Bertrand (que quizá no sea tan culpable como durante las primeras páginas de la novela se nos hizo creer), los policías (que cercan el perímetro de la mansión con la voluntad férrea de impedir el crimen), el cura que parece ser amigo de Bertrand (que pronto descubriremos que no es ni siquiera religioso), un periodista que está obsesionado con descubrir la verdad de todo el enredo... Y la casa. La mansión, en sí misma. Ella es la poseedora del secreto, la que vertebra y protagoniza la acción, la auténtica llave del enigma. Prepárense todos los lectores para recibir sorpresa tras sorpresa; y prepárense para un final donde los misterios se ramifican y se dan la vuelta, hasta llegar a dimensiones sorprendentes, anómalas, espirituales. Joan Manuel Gisbert, mágico y genial como siempre, riza el riza de la maestría y pone en nuestras manos una pieza memorable. Para no perdérsela.

sábado, 6 de febrero de 2010

Persona




Uno de los descubrimientos más inquietantes de la modernidad radica en haber constatado que no nos conocemos a nosotros mismos, que somos cónclaves de interrogaciones, laberintos de nieblas. Y ese desasosiego inesperado (creíamos que los espejos nos decían la verdad, y de repente descubrimos que no es así) nos erosiona y nos derrumba. Porque ser incapaces de explicar el universo o de atinar con un desarrollo matemático y energético que clarifique el mundo del átomo se nos figuran, a la postre, ignorancias asumibles. Pero pensar en uno mismo y no ser capaz de encontrar respuestas nos depara una infinita perplejidad y una infinita angustia. Ya no se trata de que, para decirlo con el título famoso de Juan Bonilla, «nadie conoce a nadie», sino de algo peor: ignoramos nuestro propio interior. De ahí que obras literarias como Rayuela (de Julio Cortázar) o Rinoceronte (de Ionesco), obras pictóricas como las acometidas por Salvador Dalí o Giorgio de Chirico... y películas como «Persona», del realizador sueco Ingmar Bergman, sirvan de excelentes metáforas para ilustrar la zozobra del ser humano actual.
Ahora, la editorial Nórdica nos propone que recordemos esta pieza a través de la versión redactada por el propio Bergman, que traduce Carmen Montes y a la que pone prólogo Jonás Trueba. En su página inicial, el director escandinavo nos explica que no está escribiendo en este volumen el guión de una película, sino algo cuyo ritmo recuerda más bien a una melodía. Y no sólo eso, sino que exhorta al lector que la afronte «para que disponga libremente del material que aquí pongo a su disposición» (p.15). Su argumento, por otro lado, es tan sumamente conocido por los amantes del cine que apenas necesita comentarios: la enfermera Alma (que apenas tiene 25 años) ha sido contratada para cuidar a la señora Elisabet Vogler, una actriz de éxito que, de pronto, ha decidido enmudecer sin que aparentemente medie una causa que lo justifique: ni física ni mental. Alma intenta, sin demasiada fortuna, ir suavizando el comportamiento de la señora Vogler, de quien tiene que interpretar los gestos y a quien, incluso, lee las cartas que le van llegando... Una doctora, amiga de la actriz y encargada de pautar su tratamiento, opina que Elisabet y su enfermera deberían trasladarse a la casa que dicha doctora tiene en la costa: así estarán también aisladas (es la base de la terapia), pero cambiarán de aires. La paciente no mejora del todo, pero atraviesa ciclos de mayor euforia, en los que llega a escribir cartas, pasea o pesca. Alma comienza a tutear a Elisabet. Y le cuenta, entre otras cosas, que le gustaría terminar sus días, dentro de muchos años, en un centro de retiro sólo para enfermeras, que se encuentra en el mismo interior del hospital («Eso es lo que a mí me gusta. Mantenerse fiel a algo de forma inquebrantable, pase lo que pase. Eso es lo que pienso que hay que hacer. Significar algo para otras personas», p.43). Le cuenta también que un día, de forma más bien absurda, se dejó hacer el amor en la playa por un chico al que no conocía (en una escena que recuerda a algunas páginas de El extranjero, de Albert Camus), y se quedó embarazada. Luego se vio en la obligación de abortar. Es entonces cuando Elisabet (justo al final del capítulo 14) le habla por primera vez, diciéndole que se vaya a la cama para que pueda descansar.
Eso no quiere decir que el proceso de recuperación haya entrado en su fase final: al contrario, habrá constantes avances y retrocesos, que nos permitirán descubrir con lentitud calculada, y a veces irritante, los entresijos mentales de la actriz... y de su enfermera. Los lectores, absortos por la densidad psicológica de las dos mujeres, asistirán a este singular diálogo-monólogo con la certidumbre de estar abriendo cajas de Pandora. Quienes pudieron ver en su día la obra cinematográfica de Bergman tienen ahora la oportunidad de completar su recuerdo con un texto en el que el autor sueco (fallecido en 2007) introduce alguna clave más, que enriquece su controvertida película de 1966. Muy adecuada para las personas que estén dispuestas a enfrentarse con los miedos profundos del ser humano.

lunes, 1 de febrero de 2010

El violinista de Mauthausen




Quien explora el territorio del nazismo, como quien indaga en el mundo de cualquier guerra, sabe que su materia prima tiene tantas aristas como posibilidades de abordaje. Y sabe también que su principal misión consiste en entrar en las coordenadas de la culpa, del horror y de la infamia. Tendrá que decir a sus lectores que, durante un período atroz que abarcó más de una década, varios miles de energúmenos capitaneados por un paranoico con déficit de litio en el cerebro tuvieron en jaque al continente europeo e instauraron un dominio de brutalidad, crímenes, racismo, ínfulas visionarias, gritos guturales, campos de concentración y expansionismo alarmante. Ese novelista tendrá que contar (una vez más, porque la dignidad lo exige) que los seres humanos a quienes ese régimen abominable consideraba inferiores fueron inicuamente humillados con marcas que los identificasen, hacinados en trenes, trasladados a lugares donde el hambre, la sed, el trabajo o las vejaciones acababan con ellos, y que, en el colmo de la barbarie, se los gaseaba y se los quemaba en hornos, como si no fueran otra cosa que despojos o animales portadores de alguna infección.
Andrés Pérez Domínguez, que es un novelista valiente, sólido y digno, ha osado volver a ese tema, porque sabe que el dolor, por más que haya sido contado o analizado en documentales y libros, guarda siempre nuevos pliegues donde anidan las lágrimas. Como aquel libro infinito que soñó Borges, en el que cada hoja podía desdoblarse de manera tenaz en dos nuevas hojas, las abominaciones generadas por el nazismo permiten a los creadores ensanchar nuestro conocimiento con sus producciones novelísticas. El violinista de Mauthausen, que fue premiado con el Ateneo de Sevilla del año 2009, nos traslada una historia muy sencilla, narrada con magistral pulso, donde cuatro personajes se convierten en columnas sustentadoras del hecho novelesco: Rubén Castro (un profesor de latín que ha escapado de la España posterior a 1936, y que está a punto de casarse con una chica francesa, justo cuando explota en París la locura de la invasión nazi, y el joven es detenido por la Gestapo), Anna Cavour (prometida de Rubén, que queda destrozada cuando los alemanes se lo llevan a un lugar desconocido y que se mostrará dispuesta a hacer lo que sea para que lo liberen), Robert Bishop (un enigmático agente de Estados Unidos que contacta con Anna para que se aproxime a los enemigos y pueda extraer de ellos alguna información que resulte crucial para los aliados) y Franz Müller (un ingeniero alemán que, sin cobijar ninguna simpatía por la ideología nazi, tendrá que trabajar en los delirantes planes armamentísticos del Führer). Con esos hilos, Andrés Pérez Domínguez urde una historia conmovedora pero no sensiblera, dura pero no efectista. Veremos en algunas de sus páginas cómo los prisioneros que han sido transportados en un tren durante días y días, sin comer ni beber, haciéndose sus necesidades encima, conviviendo con los cadáveres que el frío casi polar iba provocando en el interior de los vagones, bajan al andén y se tiran al suelo para lamer el agua de los charcos, en medio de las risas inmundas de los nazis que los vigilan. Y, durante unos minutos interminables, uno siente vergüenza de pertenecer a la misma especie que aquellos monstruos a los que Europa tuvo que soportar.
No repetiré aquí ese sintagma impreciso de «la memoria histórica». Y no lo haré porque, en puridad, toda memoria es histórica: alude a la cronología de nuestro pasado. Evitaré, pues, esa tautología, en la que tan alegremente caen los políticos y sus alabanciosos (como hubiera dicho el gran Miguel Espinosa). Yo prefiero hablar de «memoria purificadora» o de «memoria de contrición». Es decir, los esfuerzos que hacemos quienes habitamos ahora el mundo para que las truculencias inhumanas del nazismo (o del estalinismo, o del franquismo, o de cualquier otro régimen que haya auspiciado el crimen o la venganza como uno de sus atributos) no merezcan más recuerdo que el salivazo de nuestro desdén. Andrés Pérez Domínguez, con esta novela fascinante y magnética, consigue que lleguemos a un conocimiento mejor de esa época monstruosa. Y yo me quito el sombrero ante alguien que consigue, con su esfuerzo, trasladarme esa enseñanza.