domingo, 14 de noviembre de 2010

Memoria histórica




En un libro de Derecho Romano que comencé a leer hace más de dos décadas (como se puede observar, mis aficiones son harto variopintas) me encontré con esta maravillosa definición de Justicia, que procede de Ulpiano: «Constans et perpetua voluntas ius suum cuique tribuendi». La voluntad constante y perpetua de dar a cada uno su derecho. Se me quedó grabada por su perfección y, en especial, por la nitidez de ese sintagma último: su derecho. ¿Se podrá nombrar una evidencia más cristalina con palabras menos rimbombantes? Ahora, al coger para su análisis este volumen de estudios que han configurado los profesores Juan Sisinio Pérez y Eduardo Manzano y que edita el sello Los Libros de la Catarata, he vuelto a traer a la memoria aquella frase de mármol y de oro, porque me da la impresión de que en su sencillez pudiera alojarse una dosis no pequeña de cordura, tal y como últimamente andan de convulsos los tiempos.
Cada vez que en España se pronuncia o se escribe el rótulo «Memoria histórica» se produce un silencio incómodo, o un retumbar de voces airadas, o todo a la vez: unos, porque entienden que se está tratando de resucitar la vorágine homicida de 1936 con afán revanchista; otros, porque juzgan abominable que los descendientes de los masacrados tengan que esgrimir suplicatorios a la hora de pedir justicia. Hay quien recuerda que el bando vencedor sí que localizó las fosas de sus particulares caídos, y los honró con atributos de mártires, y los enterró con dignidad y pompa. Hay quien recupera el nombre de Federico García Lorca. Hay quien trae a colación el nombre de Paracuellos. Hay quien pide amnesia. Hay quien exige memoria. Y, en medio de este caos doloroso y legítimo, donde todos tienen su propia experiencia y sus propias razones para vindicar esta o aquella postura, he aquí que Los Libros de la Catarata pone en nuestras manos un volumen sereno, serio, profundo, racional, científico, donde profesionales del mundo de la Historia se reúnen para exponer sus posturas y tratar de depositar luz sobre algunos ángulos oscuros del problema. Juan Sisinio Pérez admite la imposible objetividad absoluta de los historiadores («Quien niegue que está realizando una valoración de un determinado aspecto del pasado es que se niega a sí mismo como persona, pues al estudiar la conducta humana, sea cuando Nabucodonosor en Babilonia o cuando la guerra civil española del siglo XX, siempre emergen criterios éticos», p.28); Eduardo Manzano explica a su vez que entre el olvido y la memoria siempre se establece un equilibrio complejo, y que la tarea del historiador no es sólo enumerar los hechos, sino limpiarlos de impurezas e interpretarlos, para que las acciones del ser humano cobren sentido. Él lo cifra en una fórmula de espíritu paradójico, pero que luego explica: «La historia es todo aquel pasado que no tiene actualidad» (p.92).
Como es lógico en un tema tan actual y tan polémico (recuerden que, en griego, polémica significa guerra) también aparece aquí una visión periodística del asunto: la aportada por Natalia Junquera, que lleva años trabajando cerca de las excavaciones, junto a los familiares de los desaparecidos, y que recoge palabras tan emocionantes como las que pronunció junto a ella Filiberto Gómez, el hijo de un fusilado cuyos restos estaban pendientes de desenterrar: «Es mi sangre y me duele que esté tirado en cualquier parte. Quiero enterrarle en el pueblo, con mi madre. ¿Quién no entiende eso?»
Manifiesta Rafael Rodrigo, presidente del CSIC, que obras como la que hoy presento tienen como objetivo primordial el de «contribuir a que el ciudadano se forme una opinión más documentada y más racional sobre temas que preocupan a la sociedad» (p.8). Y los dos adjetivos que maneja están bien seleccionados: este tomo se sustenta en datos objetivos, racionales, equilibrados y cautos, pero que se presentan de forma amena para un público no especializado.Si pertenece usted a ese grupo de personas que mantiene una postura radical e intransigente sobre el tema de la memoria histórica (a favor o en contra, me da lo mismo), le aconsejo que no pierda el tiempo sumergiéndose en los argumentos de este libro: le parecerán insatisfactorios. La Historia no es igual que las historias.

5 comentarios:

supersalvajuan dijo...

Valorar el pasado en España te puede meter en líos.

Clares dijo...

Amigo, quedan muchas Antígonas en este país, y es necesario, por el bien de todos, que se cumplan los rituales sagrados, que lo son porque sin ellos no hay humanidad posible, sin que por ello Antígona tenga que perecer en una caverna. Yo me pongo en el lugar de esas personas y sin duda querría enterrar dignamente a mis muertos. Parece que este libro que propones va en esa línea ética.

Leandro dijo...

Yo pertenezco al grupo de personas que mantiene una postura radical e intransigente frente a quienes esgrimen la memoria histórica y/o la amnesia histórica como una maza con la que romperme la cabeza o como una piedra con la que hacer añicos los cristales de mi casa. No sé si estoy en disposición de sumergirme en los argumentos de este libro, usted dirá

Rubén dijo...

Yo lo he visto un trabajo ecuánime y bien pautado. Probablemente no convencerá a ninguno de los radicales.

Leandro dijo...

Buena señal