lunes, 22 de noviembre de 2010

El tercer secreto




Es una queja muy extendida entre los críticos literarios y entre personas vinculadas al mundo de la religión: la iglesia católica se ha convertido de unos años a esta parte en elemento central (casi diríamos que obsesivo) de muchas obras, que parecen haber encontrado en ella el filón necesario para alimentar el ansia de misterios, enigmas, complots y oscuridades que ciertos lectores demandan de las novelas más trepidantes. Autores como Dan Brown, Umberto Eco, Matilde Asensi, Jerónimo Tristante, Philipp Vandenberg y tantos otros (la lista es realmente kilométrica) han escarbado en los entresijos de la historia del cristianismo en busca de materiales que luego servir en forma novelesca, con más o menos manipulaciones, con más o menos elegancia, con más o menos escrúpulos: los templarios, el arca de la Alianza, las catacumbas, los evangelios perdidos, los cuadros misteriosos de Leonardo Da Vinci, las catedrales, el santo Grial, el Camino de Santiago, los viejos manuscritos medievales, María Magdalena...
Seix Barral nos ofrece ahora, en la traducción de Diego Friera y María José Díez, la novela El tercer secreto, del norteamericano Steve Berry, que gira alrededor de uno de los episodios más conocidos del catolicismo del siglo XX: las apariciones de Fátima. Como quizá recuerden los lectores de esta reseña, tres pastorcillos llamados Lucía, Jacinta y Francisco, con graves problemas familiares y adornados por un delicioso analfabetismo (es lástima que la Divinidad nunca se aparezca a catedráticos universitarios), aseguraron haber visto a la Virgen en el verano de 1917. Desde ese instante, la localidad portuguesa se convirtió en uno de los centros más importantes de peregrinación y culto de la cristiandad. Tres fueron los secretos que la Virgen les reveló, según afirmaron, en aquellos parajes: los dos primeros (que se relacionaban con la guerra mundial y con la conversión futura de Rusia) nunca comportaron enigma alguno... pero sí lo incorporaba el tercero, que quedó empañado por un tenebroso oscurantismo. ¿Qué había dicho la Virgen en ese tercer secreto, anunciado a la niña Lucía (posteriormente sor Lucía)? ¿Por qué la Iglesia se obstinó en recluirla en un lugar donde nadie pudiese hablar con ella y preguntarle por aquellas palabras misteriosas? Cuando el papa Juan Pablo II hizo que el contenido del tercer secreto fuera divulgado en el año 2000, el asunto pareció quedar por fin zanjado.
Pero Steve Berry, amparado en su condición de novelista, acude entonces a su imaginación y concibe una historia trepidante, ingeniosa y montada con gran habilidad, donde nos ofrece otra interpretación: el tercer secreto de Fátima no fue revelado entero por el Sumo Pontífice. Algo quedó sin difundir entre la opinión pública. Algo sumamente importante. Tan importante que puede socavar de forma gravísima los cimientos de la Iglesia Católica y hacer que se desmoronen sus más sólidas estructuras. Y como ya preveo las sonrisas de los lectores más serios, me adelantaré a las objeciones y a las ironías: ¿que la base novelesca es previsible? Obviamente. No osaría negarlo. Ni siquiera Steve Berry se atrevería a hacerlo. Pero es que resulta que no está ahí la importancia de esta novela, sino en su solidez de orden literario. El escritor de Atlanta se sirve de esos elementos para ofrecernos una historia donde son muchos otros los atractivos: la crónica de las intrigas diplomáticas que se producen en el Vaticano, la secreta guerra fría subterránea que se establece entre dos candidatos firmes para hacerse con el papado, las escuchas telefónicas que se urden, los chantajes más viles, los crímenes de sangre, los turbios resortes del poder que se esconden en la sombra, el suicidio de dos sumos pontífices consecutivos...Steve Berry no esconde sus cartas, pero sí que las utiliza con una pasmosa (¿podríamos decir endiablada?) eficacia. Amparándose en las célebres predicciones papales de san Malaquías, que auguraba el sangriento final de la Iglesia Católica cuando subiese al poder un papa que se llamase Pedro el Romano (es decir, Pedro II), nos entrega un artefacto de explosiva contundencia literaria. A mí, que no suelen gustarme las historias en las que se juega con este tipo de tejemanejes donde religión y oscurantismo se dan la mano, la obra de Steve Berry me parece más que solvente. No me arrepiento de haberla leído.

5 comentarios:

Clares dijo...

O sea, la Iglesia como gran dama del misterio. Siempre ha sido una intrigante, así que ahora que no se queje. ¡Qué locura esto de las novelas para alimentar estómagos voraces y paladares poco exigentes! Me produce admiración que te tragues semejantes tochos. Información sobre la novela del siglo XXI no te va a faltar, amigo.

Rubén dijo...

Ten en cuenta, Fuensanta, que la mayor parte de estas reseñas las suelo publicar antes en la prensa escrita o digital. Eso significa que tengo un público de todo tipo: no solamente degustadores selectos. He de comentar libros de toda condición, y la verdad es que es un buen ejercicio intelectual. No me arrepiento de hacerlo. Es una excelente gimnasia contra las torres de marfil, que me resultan más bien ridículas. Pero, ojo, si las novelas me parecen malas... también lo digo, jajaja. Besos

Duenis Pereira dijo...

Muy buena historia, tuve la oportunidad de leerla y de verdad que atinan al exito si a alguien se ocurre filmar una pelicula.

Duenis Pereira dijo...

Muy buena historia, tuve la oportunidad de leerla y de verdad que atinan al exito si a alguien se ocurre filmar una pelicula.

Jimena Ulloa Cruz dijo...

Hola! Discrepo un poco con tu opinión sobre este libro. Yo hice una crítica parecida, a ver si la lees y me dejas tu opinión. Un saludo. Este es el enlace: http://desafio-literario.blogspot.com/2013/03/el-tercer-secreto-libro-1.html