viernes, 4 de junio de 2010

Rapsodia Gourmet



La literatura no ha dispensado, a lo largo de la historia, la misma atención a todos los sentidos físicos, esto es evidente. De la vista (descripción de paisajes), el tacto (relatos de corte sensual o erótico) y el oído (cadencias musicales) sí que se ha ocupado con detenimiento; pero el olfato y el gusto formaban una especie de grupo de segunda categoría, apenas frecuentado por narradores y poetas. Quizá de ahí provenga parte del interés que generaron las aterradoras propuestas olorosas de Patrick Süskind (El perfume) y las voluptuosas descripciones gastronómicas de Laura Esquivel (Como agua para chocolate). Ahora, una joven narradora de Casablanca llamada Muriel Barbery, que alcanzó notoriedad con su volumen La elegancia del erizo, se suma a la corriente que reivindica el placer del gusto, y nos regala Rapsodia Gourmet, que ha traducido Isabel González-Gallarza para el sello Seix Barral. Su tema no es, desde luego, lo más original del tomo: nos habla de una persona que se está muriendo y que trata de recuperar en sus últimas horas un recuerdo de la infancia, por entender que puede ser clave para descubrir si su vida ha merecido la pena o no. Quienes hayan visto la película Ciudadano Kane, de Orson Welles, recordarán perfectamente la importancia que adquiría un trineo infantil para el personaje central.
El protagonista, en el caso de Muriel Barbery, es Pierre Arthens, el mejor y más intransigente crítico gastronómico del mundo, un hombre que nos cuenta con ironía: «Tras decenios de grandes comilonas, de ríos de vino y alcoholes de toda índole, tras una vida entera bañándome en la mantequilla, la crema, la salsa, la fritura y el exceso sin tregua, sabiamente orquestado y minuciosamente mimado, mis lugartenientes más fieles, su excelencia el Hígado y su acólito el Estómago, gozan de excelente salud, pero quien entrega las armas es el corazón. Muero de insuficiencia cardiaca» (p.11). Ese hombre, informado por su médico de la pronta terminación de la cuenta atrás, se obsesiona por recordar un sabor; un sabor nada nítido, que duerme en algún lugar de su memoria y que no sabe con qué asociar. De tal modo que empleará sus horas finales en bucear entre sus recuerdos, para tratar de identificar ese recuerdo. (Para los malévolos me permitiré indicar que cualquier parecido con la película Ratatouille y con ese crítico que perdía su acíbar al recuperar un sabor de la infancia es puramente casual: la novela se publicó siete años antes de que se estrenase la película de Brad Bird).
A la vez, y de forma alterna, van tomando la palabra una serie de personas (e incluso un gato) que forman parte de la vida de Arthens: seres que lo han despreciado por su altanería, seres que lo han soportado en su avilantez, seres que lo han amado... Y, salpicando el texto aquí y allá, algunos exabruptos hirientes cuando habla de sus hijos («No los quiero, no los he querido nunca», p.46); algunas líneas de humor, que nos reconcilian con la sencillez y con la aerofagia («Un hombre que se tira pedos en la cama es un hombre al que le gusta la vida», pp.70-71); y, por encima de todo, una prosa de gran plasticidad, llena de olores, sabores y texturas, de estirpe casi mironiana, donde Athens activa nuestras papilas gustativas hablándonos de las salsas más sofisticadas que ha probado y de los platos más versallescos que han puesto ante él, pero también de las viandas más naturales que ha podido degustar durante su existencia (whisky, pan, carne, pescado).
Ese desfile, en el que acompañamos al narrador a lo largo de toda su vida, comiendo y bebiendo con él, dejándonos embargar por el arco iris de sabores que tiene a bien regalarnos, no es desde luego gratuito. Pronto nos damos cuenta de que Pierre Arthens ha sido una persona que ha perseguido una especie de ideal y que nunca, como es lógico, ha logrado alcanzarlo. Los sabores y los olores que nos va describiendo marcan etapas importantes en su educación gastronómica; es decir, sensual; es decir, vital. Un libro para enamorados de la buena mesa, que se puede servir tanto frío como caliente. Deja un buen sabor de boca.

3 comentarios:

Leandro dijo...

Cuando hablabas de las escasas referencias al olfato, pensé en recordarte El Perfume (y pensaba añadir: lo que tú dices, segunda categoría). Te adelantaste. Y también pensé en lo de Ratatouille, pero te volviste a adelantar. Eres un fenómeno: redactas la entrada y al mismo tiempo nos dejas hechos los comentarios. En fin, sólo puedo añadir que La Elegancia del Erizo me dejó completamente frío. ¿Éste va en la misma línea? Lo digo porque la comida, si se enfría, como que pierde mucho

Rubén dijo...

Es narrativa francesa. No te digo más. Y sí, la línea es la del erizo. Si no te gustó aquella obra, quizá ésta también te deje algo congelado. Pero es interesante desde el punto de vista psicológico. O así me lo ha parecido. En cuanto a los aficionados a la buena mesa, de verdad que pone las papilas gustativas a mil por hora.

Leandro dijo...

Y no me dices menos