viernes, 11 de junio de 2010

Las redes del infierno




Se llama Lorena Moreno Pérez, vive en Molina de Segura y, entre sus 16 y sus 17 años, no tuvo mejor ocurrencia que ponerse a escribir una historia sobre los niños explotados en negocios pesqueros de Indonesia. Luego, el jurado del premio Jordi Sierra i Fabra, de la Fundación SM, decidió que esa obra era la mejor de cuantas se habían presentado al certamen; y como tal la han publicado en la colección Punto y seguido, con una bonita cubierta de Carlos Cubeiro. Y ahora viene la gran pregunta: ¿qué se le puede decir a alguien así; a alguien que en estos momentos está a punto de ser examinada en la prueba de Selectividad; a alguien que, en plena adolescencia, ha conseguido algo que muchos otros escritores no conseguirán nunca, ni en la madurez ni en la senectud (aparecer en las librerías bajo un sello tan potente como SM)? Pues, aparte de darle mi más ferviente enhorabuena (su obra, como luego explicaré, es portentosa), lo único que me gustaría pedirle es que no se deje vencer por la soberbia. Que continúe teniendo los mismos amigos que tenía antes del premio (ahora la rodearán muchos moscones de la crítica o la literatura, con todo tipo de tonterías para descentrarla: pedirle que sea jurado en concursos, solicitar que escriba algo para revistas, etc). Que recuerde siempre la importancia del trabajo, del tesón, de la autoexigencia, del no darse por vencida ante una frase o un párrafo que no acaben de convencerla. Que tenga claro que la oxitocina está bien para acelerar los partos, pero que jamás debe aplicarse en los partos literarios, que han de durar... lo que haga falta. Y todos estos consejos se pueden resumir en uno, central y paradójico: que no acepte consejos de nadie. Sólo ella se llama Lorena Moreno Pérez. Sólo ella ha escrito Las redes del infierno. Sólo ella ha de decidir cuáles serán, y cómo serán, sus siguientes pasos en el mundo de la literatura. Pero, como les decía antes, lo más importante de todo es que su novela no es una buena novela de adolescente, sino una buena novela. Y punto. Un texto que podría haber firmado el propio Jordi Sierra y no habría producido perplejidad en nadie, porque el estilo, el lenguaje, la trama y el desarrollo que se observan aquí son sencillamente formidables. Sin fisuras. Sin tropiezos. Sin altibajos. De tal manera que quien acuda a Las redes del infierno buscando la típica historia de adolescentes que dicen «Acho», salen de marcha los jueves por la noche y viven colgados de sus móviles, que se vaya buscando otro título. En esta novela, la autora ha tenido la increíble y madurísima inteligencia de alejarse de todos los tópicos al uso (autobiografismo, novela urbana, lenguaje moderno, temática vendible), y ha puesto el máximo empeño en construir una historia de gran intensidad, donde los personajes están dibujando con espesor psicológico, donde la documentación sobre el mundo indonesio es muy minuciosa (costumbres, divinidades, bailes, comidas, ropas, etc) y donde se descubre a una escritora de raza. Cuando terminé de leer el libro me quedé asombrado. Esperaba, desde luego, un volumen notable (los jurados de SM están avalados por una trayectoria casi impecable de aciertos); pero lo que me había encontrado superaba cualquier expectativa. Así que, tomando en consideración los 17 años de su autora, pensé en cuántas posibilidades había de que Lorena Moreno se pudiera convertir a medio o largo plazo en un «juguete roto» de la literatura, en una autora-kleenex. Después de reflexionarlo con calma llegué a la conclusión de que, en puridad, no existe ninguna. Y me explico: esta escritora no puede ser un juguete roto por la sencilla razón de que no es un juguete. Sí lo fue Violeta Hernando, una cría de 14 años a la que intentaron lanzar como novelista con una cosa infumable que llevaba por título Muertos o algo mejor. La editorial, a la que Dios confunda, se llama o se llamaba Montesinos. Pero con Lorena Moreno (y les invito a que lo comprueben ustedes mismos) no ocurrirá igual. Es una escritora de una pieza: tiene calidad, tiene densidad y tiene futuro.

5 comentarios:

supersalvajuan dijo...

Una joyita entonces.

Leandro dijo...

Lo que dices son palabras mayores para una persona de esa edad. Eso tiene toda la pinta de haber llegado sin la pertinente ronda de besaculos, sino a base de trabajo y talento. Y yo, como con la edad parece que voy superando poco a poco mis endémicos problemas de envidia (algo bueno tenían que traer los años), pues me alegro mucho por ella. Pero mucho. Que lo disfrute todo lo que pueda. Vaya gustazo

Por cierto, ¿la novela de esa otra niña tiene algo que ver con la canción de esta otra?

Rubén dijo...

Oye, pues la verdad es que no lo sé. Me informaré, que ya sería mucha casualidad. Abrazos vivos (que es siempre lo mejor)

Pilar dijo...

Olé por ella! qué felicidad. Y que luego digan que si los jóvenes...

Lorena dijo...

Muchísimas gracias por tu apoyo, Rubén. Cuando mi madre me lo dijo, estaba estudiando para Selectividad, ¡y me animé un montón! Muy buen verano.