martes, 28 de diciembre de 2010

Kafka & Borges




Si nos paramos a analizarlo con una cierta calma descubriremos que una buena cantidad de los escritores a los que consideramos clásicos del siglo XX han sido, aparte de unos estilistas de primera magnitud, grandes constructores de laberintos. Unos estaban camuflados en la ciudad donde los escritores habitaban; otros, en el lato y minucioso territorio de su memoria; otros, en la poliédrica estructura de sus almas. Pero todos, indefectiblemente, nos mostraron que nuestro entorno o nuestro interior pueden ser diamantes de complejísimo brillo: James Joyce, Marcel Proust, Julio Cortázar, Fernando Pessoa... Parece como si nuestra época necesitase de ese tipo de artistas que dan forma y nombre a las angustias metafísicas, a los horrores llenos de niebla que acechan, cercan y sepultan al hombre moderno.
El checo Franz Kafka y el argentino Jorge Luis Borges son, por derecho propio, Grandes Maestres de esa logia exquisita; y la editorial Nórdica ha tenido la feliz idea de reunir en un solo tomo, de asombrosa factura, tres textos del argentino (La casa de Asterión, Un sueño y El laberinto) junto a la monumental pieza La metamorfosis, del checo. Y todas las páginas del volumen están inteligentemente ilustradas por Verónica Moretta, que las enriquece gracias a su sensibilidad, aportándoles un aroma nuevo.
El conjunto, que hará las delicias de los auténticos enamorados de los libros, se muestra en las librerías en una cuidada edición de 999 ejemplares que harán bien de ojear los buenos lectores, porque resulta de lo más seductora: rotulaciones que quiebran el ritmo visual (pero que respetan el ritmo narrativo), páginas con perforaciones casi mondrianescas, juegos donde la geometría se pone al servicio del relato... Todo un despliegue técnico, de gran fuerza expresiva, que respalda las propuestas de esos dos genios de la literatura universal.
Jorge Luis Borges nos habla en estas páginas de un singular personaje llamado Asterión que, consciente de su monstruosidad, se aísla voluntariamente de sus contemporáneos en un reducto casi inexpugnable, donde trata de acorazarse del odio; pero, a la vez, nos deja bien claro que le urge relacionarse con los demás, mezclarse con ellos, sentirse unido a la calidez de su estirpe humana. En otro de los relatos (Un sueño), Borges nos hablará de un rey que, humillado por su vecino, termina acometiendo una venganza tan eficaz e implacable como incruenta, con un aroma inequívoco de apólogo oriental.
Franz Kafka, como bien sabemos, nos comunica en La metamorfosis (uno de los seis textos privilegiados que, según le dijo a Max Brod en sus instrucciones testamentarias, debía salvarse de la destrucción de sus escritos) la desazón de un pobre oficinista que despierta una mañana con el horror pintado en el rostro al descubrir que se ha transformado en un monstruoso insecto, y que ha de afrontar la repugnancia de su familia ante esta desagradable mutación: perderá su trabajo, su hermana se convertirá en la limpiadora oficial de su habitación, su madre se alejará de su presencia, su trabajo corroborará el desdén que siente por su hijo, que siempre lo ha decepcionado desde que nació...Mi amigo Pascual García me dijo una vez que, a su juicio, los textos y autores clásicos son aquellos a los que uno puede acudir varias veces a lo largo de la vida y siempre les descubre detalles que le pasaron inadvertidos en la primera lectura, sorpresas de nuevo colorido y gozos sin explorar. Yo estoy de acuerdo con ese dictamen. Por eso no he abandonado nunca la relectura de Kafka o de Borges, desde que agoté sus obras hace años. Escribió Friedrich Nietzsche que quien vuelve a los orígenes siempre encuentra nuevos principios. Ahora podríamos completar esa afirmación con este libro en la mano: quien deja que una editorial con sensibilidad (Nórdica), una artista con talento (Verónica Moretta) y una traductora con sólidas virtudes (Ángeles Camargo) rotulen ante sus ojos un sendero diferente, aprenderá sin duda que las obras inmortales de la literatura no son algo muerto, embalsamado y colocado en el interior de una vitrina, sino cofres que aún cobijan sorpresas, diamantes con facetas inexploradas. Esta edición es la prueba manifiesta. Yo me siento muy feliz de tenerla en mis manos.

lunes, 20 de diciembre de 2010

La memoria de Lucifer




Cuenta una leyenda medieval castellana que don Julián, importante conde de Ceuta, envió a su hermosa hija Florinda a la corte toledana para que recibiese allí una buena y esmerada educación. Es probable que entre sus intenciones hallase también un hueco la de lograr que algún noble se enamorara de ella y la tomara por esposa. Pero he aquí que entró en acción el rey visigodo don Rodrigo (al que otras fuentes llaman Roderico) quien, deslumbrado por la belleza de la muchacha, no se detuvo ante las barreras de su virginidad y la violó. Enterado el padre de la chica, y preso de la cólera, pactó con las tropas árabes del norte de África para abrirles el camino de la invasión de España. Ésa fue la represalia que tomó contra el infame y lúbrico monarca.
Pero como una de las atribuciones de los novelistas es dejar que el vuelo de la imaginación se extienda sobre las historias y juegue con ellas para arrancarles nuevos brillos, he aquí que el escritor Patrick Ericson examina los pormenores de esa fábula ancestral y decide que no; que don Rodrigo no provocó la ruina de nuestro país por la comisión de esa atrocidad de corte erótico, sino por una causa bien distinta: porque profanó un recinto situado en el cerro de Bu, en Toledo, donde se supone que había enterrado un antiquísimo tesoro, oculto por el legendario rey Salomón y protegido por un sortilegio mágico de incalculable trascendencia. Una vez establecida esa sugerente hipótesis novelesca, la acción se sitúa en la actualidad, justo en el instante en que dos periodistas de la publicación esotérica Mundos paralelos viajan hasta la patria chica de Garcilaso para investigar un suceso altamente siniestro: la tortura, asesinato y posterior cremación de un teólogo jesuita llamado Robert O’Brian en la céntrica plaza Zocodover. Los signos de la atrocidad apuntan claramente a una secta de tipo satánico, pero lo que nadie entiende muy bien es la truculencia de la acción. ¿Por qué se han ensañado de esa manera con el religioso? La situación que los periodistas encuentran en la capital del Tajo no puede ser más inquietante: una ciudad dominada por fuerzas oscuras (vientos satánicos que están representados por las altas jerarquías del ayuntamiento, el obispado e incluso la guardia civil), una agrupación de hebreos que custodian un secreto milenario, un historiador llamado Enric Cortázar que estaba desarrollando algún tipo de trabajo en colaboración con el padre O’Brian y que guarda el diario de éste... El fotógrafo de Mundos paralelos (Noyle) y la experta en fenómenos de tipo paranormal que lo acompaña (Cecilia) irán adentrándose sin darse cuenta en una trama de gelatinosas implicaciones oscuras, que los atrapará de forma inquietante.
Pero lo que diferencia esta novela de otras del mismo corte es la agudeza que Patrick Ericson utiliza para darle un giro a la narración, enriqueciéndola con matices teológicos (donde Pedro Calderón de la Barca comparte protagonismo con la película Matrix), con algunas audacias de tipo argumental (por ejemplo, cuando en la página 190 explica a los lectores la razón oculta de que la jerarquía nazi se mostrara tan interesada en aniquilar a todos los judíos de Europa, o cuando en la página 261 nos explica el vínculo entre Lucifer y Jesús de Nazaret), con poderosas páginas descriptivas (sólo hay que irse al capítulo 9 para comprobarlo: la manera en que es torturado Enric Cortázar produce un auténtico vuelco en el estómago de los lectores, que asisten a las atrocidades que un demonio le perpetra con la ayuda de instrumentos cortantes y con la colaboración de una rata hambrienta), etc.

¿Es posible (llegan a preguntarse los protagonistas de esta novela) que nos encontremos viviendo dentro de un mundo virtual, provocado por la mente de Lucifer? ¿Acaso nos movemos dentro de un escenario de pesadillas en las que nada es real (ese perturbador Nothing is real que cantaban los Beatles) y donde somos simples muñecos de humo? Por debajo de esta novela hay un plano de significación más profundo, que permitirá a unos pocos lectores deslizarse, si lo desean, por una cinta de Moebius de singular complejidad y de tenebroso espíritu: aquella que permite cuestionarse el universo en el que vivimos.

domingo, 12 de diciembre de 2010

Horas venecianas




Venecia es desde hace siglos (¿quién podría dudarlo?) una de las ciudades más emblemáticas del mundo. Ha servido de inspiración a cantantes (desde el gran Charles Aznavour hasta los pequeños Hombres G), poetas (Pound, Gimferrer), novelistas (Thomas Mann, Juan Manuel de Prada) o cineastas (Visconti). Y ha sido objeto de contemplación para numerosos intelectuales que se han acercado hasta ella y luego nos han contado sus experiencias y opiniones acerca de la ciudad de los canales. Uno de los más reputados ha sido el neoyorkino Henry James, que firmó varios textos sobre la urbe que vio nacer a Casanova. La editorial Abada, con buen criterio y una excelente edición de Miguel Ángel Martínez-Cabeza, ha puesto en las librerías un tomo de hermoso formato, con ilustraciones de Joseph Pennell, donde se alinean cinco trabajos de James, a cuál más intenso y encantador.
Comienza Henry James explicándonos que visitar la ciudad de Venecia, paladear sus colores y sentir su belleza estática y eterna es, a su entender, «la máxima felicidad que se puede alcanzar conservando la razón» (p.31). Y dentro de esa órbita de deslumbramiento, el novelista emite algunos juicios de gran interés sobre los artistas plásticos de la localidad, que podrían parecer incluso paradójicos, por su refinada formulación, y que obligan a reflexiones por parte de quien lee («Tiziano fue sin duda un gran poeta, pero Tintoretto fue casi un profeta», p.39). De ahí que su paseo por los lienzos, esculturas, canales y arcos de la ciudad llegue a momentos de intensa emoción. Porque James no sólo nos habla de San Marcos o el puente de Rialto, sino también del Palazzo Montecuculi o el Loredan, la Riva degli Schiavoni o los mil y un rincones asombrosos que atesora aquel rincón del mundo. El apasionado Henry James, consciente del fulgor inmarcesible de Venecia, llegará a decir en uno de los trabajos que contiene este volumen que «hacen falta muchas cosas para producir un norteamericano satisfecho, pero hacer a un veneciano feliz sólo requiere un puñado de sensibilidad despierta», p.55). No obstante, en medio de ese continuo éxtasis visual, James no desdeña tampoco la reflexión sobre algunas consideraciones prácticas, que traslada a sus lectores de un modo directo: «¿Cuál es la fuente de financiación de toda esta magnificencia cívica (mostrada de cien otras formas) y cómo se las arreglan las ciudades italianas para realizar gastos que resultarían formidables para comunidades más ricas y sin duda menos artísticas? ¿Quién paga las facturas sólo de las costosas estatuas?» (p.141).
De todas formas, y por debajo de estas consideraciones, hay a juicio de Henry James un peligro que amenaza de forma inmediata a esta población de la península italiana: el turismo. James, como otros muchos viajeros del siglo XIX que recorrieron buena parte del mundo empujados por la curiosidad estética o antropológica, cobijaba un desprecio más que notable por aquellos que viajaban de una manera distinta. El turismo de masas (del que apenas llegaron a conocer los albores) imponía una visión mucho más celérica, menos aristocrática; y eso les producía un repelús casi orgánico. Y ni siquiera la mejora del nivel de vida de los lugareños se les antojaba motivo de felicidad; al revés, incluso pareciera que les molestase. Henry James no escapa a esa tendencia y cuando, entre las páginas 98 y 99 del volumen, nos habla de Lido nos explica que el lugar «se ha estropeado» (sic) porque sus calles ahora tienen asfalto, presentan farolas de gas, disponen de tiendas, han ampliado los baños, se ha mejorado su restaurante y se ha construido un teatro. «Mejoras infames» a juicio a de James, que le han cercenado al lugar su carácter «silvestre». Ignoramos lo que pensarían sus sufridos habitantes, que quizá preferían mejorar un poco su nivel de vida antes que agradar a los turistas snobs.
Olvidándonos de esta anécdota, que no es sino un elemento espurio de este libro, qué maravilla volver a leer a Henry James. Toda la elegancia del prosista que construyó Otra vuelta de tuerca, Retrato de una dama o la voluminosa novela Las alas de la paloma está en estas páginas deliciosamente manuales con las que Abada Editores enriquece la bibliografía castellana de uno de los mejores prosistas de su tiempo.

domingo, 5 de diciembre de 2010

Oficios ejemplares




La historia de la literatura está llena de personajes que han desempeñado oficios de lo más diverso: pescadores (El viejo y el mar), capitanes de barco (Moby Dick), jóvenes oficinistas (La metamorfosis), militares retirados (El coronel no tiene quien le escriba), maestros (La lengua de las mariposas), médicos (Fausto), viajantes de comercio (Muerte de un viajante), gastrónomos moribundos (Rapsodia Gourmet), sacerdotes de conciencia turbia (La Regenta), periodistas con escrúpulos (Sostiene Pereira), agrimensores desconcertados (El castillo)... La lista se podría extender a lo largo de muchas páginas; y en ella encontraríamos profesiones de lo más variopinto. Pero he aquí que a la escritora mexicana Paola Tinoco, conocedora de esa larga tradición, se le ha ocurrido hace poco reunir un buen ramillete de estas ocupaciones anómalas en su libro Oficios ejemplares, que le ha publicado la editorial madrileña Páginas de Espuma.
Muchas de esas actividades profesionales ni siquiera están contempladas en los hospitalarios vademécums de los sindicatos (pedigüeño, ladrón de libros): y otras sí que lo están, pero bajo una tipificación menos rocambolesca que la que la ingeniosa Paola Tinoco construye para ellas (niñera, lavacoches). Y es que el gran atractivo de este volumen es observar cómo la autora, partiendo del enunciado de una profesión banal, paradójica o inexistente, edifica su labor de palabras y nos va perfilando unos hechos, unos paisajes y a unos protagonistas tan curiosos que, al fin, se quedan en nuestra memoria de manera indeleble.
Aportemos algunos ejemplos notorios: el de Gabriela, una mujer que es vilipendiada en público por su pareja y que, harta de humillaciones (y picada por la curiosidad), termina aceptando el curioso trabajo que le propone un sesentón con un aspecto inmejorable: acompañarlo a una fiesta y dejarse insultar por él con gesto de mansedumbre y resignación («Ceniciente humillada»); el de un honorable y viejo gurkha —un soldado nepalí— que, tras quedarse sin trabajo, acepta la oferta que le hacen una modelo famosa y su marido millonario para que se convierta en el nuevo protector de los hijos del matrimonio («Niñera sagrada»); el de El Piti, un pequeño proveedor de droga que cuando se dispone a efectuar una entrega para la narradora, Sheila, es abatido a balazos en plena calle por los componentes de una facción rival («Drug Dealer»); el de un actor que, falto de trabajo en su actividad cotidiana, penetra en los hospitales y, tras fingir que uno de sus familiares más queridos está necesitado de una operación muy grave y muy costosa, recauda una buena cantidad de dinero de la conmiseración ajena («Pedigüeño profesional»); o ese disparate, que firmaría y filmaría con gusto Quentin Tarantino, protagonizado por Tito y el narrador de la historia, cuya labor es la de limpiar escrupulosamente la sangre y las vísceras de los vehículos donde los narcotraficantes han ultimado alguno de sus ajustes de cuentas («Lavacoches»).
No obstante, como en el mundo de las predilecciones no hay reglas fijas, yo tengo un relato predilecto entre los catorce que forman este volumen: es el que lleva por título «Soñatriz» y está protagonizado por una mujer que consigue que las demás personas, con el simple procedimiento de acostarse a su lado y acompasar las respiraciones, se relajen y tengan sueños apacibles, que les hagan olvidar todas sus cuitas. Descubrió ese don mientras permanecía recluida en la cárcel; y ahora, tras su salida del recinto penitenciario, lo ha convertido en su actividad laboral. El problema vendrá con su último cliente, un hombre que desea relajarse y que la cita para tal fin en un hotel. (Que nadie se espante: por respeto a la autora y a quienes visiten su relato, me abstendré de desentrañar los detalles de su conclusión, que les anticipo que es maravillosa e inquietante).Con una prosa sobria y de gran limpieza, que Paola Tinoco pone al servicio de catorce argumentos tan sencillos como sorprendentes, Oficios ejemplares logra mantener la atención de los lectores desde la primera página y reclama un lugar en la cuentística más reciente. Sería sumamente injusto, después de ver estos relatos que le publica Páginas de Espuma, no concederle el derecho a ocuparlo. Las catorce historias contenidas en este trabajo demuestran que esta escritora mexicana tiene sin duda cosas que decir.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Unos días en el Brasil




Con una pregunta retórica que camufla tan sólo a medias una convicción meditada, Michel Lafon nos interroga en la página 80 de este libro: “¿Y si Bioy fuera el mayor diarista del continente?”. Amortajado y sin duda preterido por la sombra descomunal de Jorge Luis Borges, el argentino Adolfo Bioy Casares (1914-1999) es uno de los escritores menos justamente valorados de la narrativa hispanoamericana del siglo XX. De poco parece servir, en nuestro mundo de etiquetas y de podios, haber escrito El héroe de las mujeres, Plan de evasión o La invención de Morel: a Bioy siempre se le señalará como el autor que, en el mejor de los casos, va después de Borges y de Julio Cortázar en la literatura argentina. El marchamo es desde luego injusto; y este pequeño cuaderno de notas que coeditan La Compañía (Buenos Aires) y Páginas de Espuma (Madrid) acaso contribuya a fomentar un tratamiento más razonable sobre este autor.
Invitado a un congreso del PEN Club en 1960, al que asiste con una cierta desgana irónica (“Yo no hablo. Soy escritor por escrito”, p.22) y en el que se desenvuelve con una frialdad muy poco corporativa (“Estos escritores, ¿no se preguntan en ningún momento si están jugando a ser diputados? Cómo les gustaría serlo”, p.28), Bioy Casares nos ofrece en estas páginas un mosaico de impresiones tomadas velozmente del natural, con voluntad casi taquigráfica. Contemplamos así un fresco dibujado con teselas multicolores (dulces, amables, agrias, incisivas, tolerantes, coyunturales, cáusticas), en las que opina sobre escritores célebres, como el italiano Alberto Moravia (“Impaciente e influenciable”, p.29); sobre algún otro, de cuyo nombre no nos informa (“Qué sinceramente interesado está en él mismo”, pp.33-34); o acerca de un delegado belga, al que crucifica con una definición tan aplastante como malévola, y cuyo término penúltimo no la exonera de crueldad (“Pesado, corpulento, gotoso, impaciente, malhumorado, hosco, quizá estúpido, a veces gracioso, mal poeta”, p.50)... Con un material que, en otras manos (como las de Andrés Trapiello), hubiera generado un volumen de medio millar de páginas, Bioy nos retrata unos días tediosos, poco enriquecedores para el escritor, de los cuales dejó también algunos documentos gráficos (como esas fotos de una Brasilia en construcción, que se anexan como epílogo del volumen). El dandy inevitable, el caballero casi anacrónico, el gourmet exquisito que fue Adolfo Bioy Casares nos asalta en cada una de estas páginas, con cuya lectura se amplía nuestro conocimiento de la persona y también del personaje. Una buena ocasión para acercarse a uno de los grandes (en la sombra) de la literatura.

domingo, 28 de noviembre de 2010

El procurador de Judea



Por uno de esos misterios que de vez en cuando atraviesan el mundo de la literatura y que lo enrarecen y pueblan de mitos, he aquí que la obra literaria de Anatole France (1844-1924) nunca ha sido especialmente leída en España, donde más de un profesor de literatura tendría problemas para determinar si se trataba de un hombre o de una mujer (vive Dios que he hecho la prueba, con chocantes resultados). Ni siquiera su premio Nobel del año 1921 le deparó una mejora visible en la consideración del público lector de este lado de los Pirineos. Ignoro si sus ideas sociales, avanzadas para la época en que vivió (propugnó la separación de la Iglesia y el Estado, se significó como uno de los valedores más aguerridos del capitán Dreyfus, luchó por los derechos sindicales de los trabajadores, etc), pudieron influir en ese despego, que no ha sufrido alteraciones significativas en los últimos decenios.
Para subsanar esa injusticia, tal vez no sea una mala idea la de acercarse a algunas de sus obras y comprobar por nosotros mismos la originalidad de sus temas y los muchos primores que su narrativa incorporaba. La editorial Contraseña nos ha facilitado recientemente esta aproximación gracias a un libro titulado El procurador de Judea, que ha traducido María Teresa Gallego Urrutia y que ha prologado, tan breve como juiciosamente, el también formidable novelista Ignacio Martínez de Pisón. En esta obra se nos traslada hasta el siglo I y se nos explica cómo Aelio Lamia, retirado en un exilio forzoso que distrae con los deleites del paisaje y con la lectura reposada de los textos de Epicuro, descubre un día aproximándose por un sendero la litera que transporta a Poncio Pilatos, antiguo procurador de Judea al que le unió hace años una cierta amistad. Este último vive actualmente en Sicilia con su hija, y comercia en trigo. El recuerdo que guarda de los judíos no puede ser más agrio: dice que le «colmaron de amargura y asco» (p.24) y que, sin duda, se les puede considerar como los peores «enemigos del género humano» (p.29). La acrimonia que por ellos experimenta no ha decrecido ni un ápice con el paso del tiempo, como bien puede comprobar el sosegado Aelio Lamia mientras lo escucha (y cualquier lector, mientras lo lee). ¿Cómo es posible (se pregunta, perplejo, un bilioso Poncio Pilatos) que se aplicaran con tanto ahínco a obstruir sus razonables órdenes de gobierno y que se negaran a integrarse en la pax romana, que tanta felicidad y tan sosiego podría haberles dado? Más tarde, cenando juntos, Poncio Pilatos manifiesta ante Aelio Lamia que los judíos, con su ceguera mesiánica, no serán nunca un pueblo con el que se pueda convivir: adolecen de una intolerancia religiosa sin fisuras, que los vuelve potencialmente peligrosos siempre.
Pero lo más llamativo de la historia viene cuando, acabándose ya la acción de la misma, Aelio Lamia rememora a una mujer judía de la que estuvo prendado (bailaba voluptuosamente, y él era un hombre ardiente, que la miraba con deseo). Ella, de pronto, dio un giro a su vida y, abandonando la disipación, el erotismo y los placeres mundanos, se sumó a una pequeña insurrección que tuvo lugar en aquel tiempo, protagonizada por un joven taumaturgo «que se hacía llamar Jesús el Nazareo» (p.46). Poncio Pilatos, después de forzar la memoria y sin que en su voz o en su actitud se perciba la más mínima dosis de cinismo, dice no recordar nada de aquel revolucionario que terminó muriendo en la cruz. Los lectores, como es lógico, se llevarán una sorpresa con esta revelación... Pero en el fondo no es tan disparatada. ¿Por qué habría de recordar el procurador de Judea, asaltado durante su gobierno por mil y una rebeliones, incordiado por mil y un falsos profetas, a un galileo insignificante que fue ajusticiado sin más problemas? Anatole France, con una prosa elegantísima y con una capacidad notable para adentrarse en la mentalidad de sus protagonistas, nos brinda en estas páginas un fabuloso retrato de época, que merece sin duda nuestra atención. Y la editorial Contraseña, por la misma razón, nuestro agradecimiento. Recuperar a los grandes de la literatura siempre es una excelente idea.

lunes, 22 de noviembre de 2010

El tercer secreto




Es una queja muy extendida entre los críticos literarios y entre personas vinculadas al mundo de la religión: la iglesia católica se ha convertido de unos años a esta parte en elemento central (casi diríamos que obsesivo) de muchas obras, que parecen haber encontrado en ella el filón necesario para alimentar el ansia de misterios, enigmas, complots y oscuridades que ciertos lectores demandan de las novelas más trepidantes. Autores como Dan Brown, Umberto Eco, Matilde Asensi, Jerónimo Tristante, Philipp Vandenberg y tantos otros (la lista es realmente kilométrica) han escarbado en los entresijos de la historia del cristianismo en busca de materiales que luego servir en forma novelesca, con más o menos manipulaciones, con más o menos elegancia, con más o menos escrúpulos: los templarios, el arca de la Alianza, las catacumbas, los evangelios perdidos, los cuadros misteriosos de Leonardo Da Vinci, las catedrales, el santo Grial, el Camino de Santiago, los viejos manuscritos medievales, María Magdalena...
Seix Barral nos ofrece ahora, en la traducción de Diego Friera y María José Díez, la novela El tercer secreto, del norteamericano Steve Berry, que gira alrededor de uno de los episodios más conocidos del catolicismo del siglo XX: las apariciones de Fátima. Como quizá recuerden los lectores de esta reseña, tres pastorcillos llamados Lucía, Jacinta y Francisco, con graves problemas familiares y adornados por un delicioso analfabetismo (es lástima que la Divinidad nunca se aparezca a catedráticos universitarios), aseguraron haber visto a la Virgen en el verano de 1917. Desde ese instante, la localidad portuguesa se convirtió en uno de los centros más importantes de peregrinación y culto de la cristiandad. Tres fueron los secretos que la Virgen les reveló, según afirmaron, en aquellos parajes: los dos primeros (que se relacionaban con la guerra mundial y con la conversión futura de Rusia) nunca comportaron enigma alguno... pero sí lo incorporaba el tercero, que quedó empañado por un tenebroso oscurantismo. ¿Qué había dicho la Virgen en ese tercer secreto, anunciado a la niña Lucía (posteriormente sor Lucía)? ¿Por qué la Iglesia se obstinó en recluirla en un lugar donde nadie pudiese hablar con ella y preguntarle por aquellas palabras misteriosas? Cuando el papa Juan Pablo II hizo que el contenido del tercer secreto fuera divulgado en el año 2000, el asunto pareció quedar por fin zanjado.
Pero Steve Berry, amparado en su condición de novelista, acude entonces a su imaginación y concibe una historia trepidante, ingeniosa y montada con gran habilidad, donde nos ofrece otra interpretación: el tercer secreto de Fátima no fue revelado entero por el Sumo Pontífice. Algo quedó sin difundir entre la opinión pública. Algo sumamente importante. Tan importante que puede socavar de forma gravísima los cimientos de la Iglesia Católica y hacer que se desmoronen sus más sólidas estructuras. Y como ya preveo las sonrisas de los lectores más serios, me adelantaré a las objeciones y a las ironías: ¿que la base novelesca es previsible? Obviamente. No osaría negarlo. Ni siquiera Steve Berry se atrevería a hacerlo. Pero es que resulta que no está ahí la importancia de esta novela, sino en su solidez de orden literario. El escritor de Atlanta se sirve de esos elementos para ofrecernos una historia donde son muchos otros los atractivos: la crónica de las intrigas diplomáticas que se producen en el Vaticano, la secreta guerra fría subterránea que se establece entre dos candidatos firmes para hacerse con el papado, las escuchas telefónicas que se urden, los chantajes más viles, los crímenes de sangre, los turbios resortes del poder que se esconden en la sombra, el suicidio de dos sumos pontífices consecutivos...Steve Berry no esconde sus cartas, pero sí que las utiliza con una pasmosa (¿podríamos decir endiablada?) eficacia. Amparándose en las célebres predicciones papales de san Malaquías, que auguraba el sangriento final de la Iglesia Católica cuando subiese al poder un papa que se llamase Pedro el Romano (es decir, Pedro II), nos entrega un artefacto de explosiva contundencia literaria. A mí, que no suelen gustarme las historias en las que se juega con este tipo de tejemanejes donde religión y oscurantismo se dan la mano, la obra de Steve Berry me parece más que solvente. No me arrepiento de haberla leído.

domingo, 14 de noviembre de 2010

Memoria histórica




En un libro de Derecho Romano que comencé a leer hace más de dos décadas (como se puede observar, mis aficiones son harto variopintas) me encontré con esta maravillosa definición de Justicia, que procede de Ulpiano: «Constans et perpetua voluntas ius suum cuique tribuendi». La voluntad constante y perpetua de dar a cada uno su derecho. Se me quedó grabada por su perfección y, en especial, por la nitidez de ese sintagma último: su derecho. ¿Se podrá nombrar una evidencia más cristalina con palabras menos rimbombantes? Ahora, al coger para su análisis este volumen de estudios que han configurado los profesores Juan Sisinio Pérez y Eduardo Manzano y que edita el sello Los Libros de la Catarata, he vuelto a traer a la memoria aquella frase de mármol y de oro, porque me da la impresión de que en su sencillez pudiera alojarse una dosis no pequeña de cordura, tal y como últimamente andan de convulsos los tiempos.
Cada vez que en España se pronuncia o se escribe el rótulo «Memoria histórica» se produce un silencio incómodo, o un retumbar de voces airadas, o todo a la vez: unos, porque entienden que se está tratando de resucitar la vorágine homicida de 1936 con afán revanchista; otros, porque juzgan abominable que los descendientes de los masacrados tengan que esgrimir suplicatorios a la hora de pedir justicia. Hay quien recuerda que el bando vencedor sí que localizó las fosas de sus particulares caídos, y los honró con atributos de mártires, y los enterró con dignidad y pompa. Hay quien recupera el nombre de Federico García Lorca. Hay quien trae a colación el nombre de Paracuellos. Hay quien pide amnesia. Hay quien exige memoria. Y, en medio de este caos doloroso y legítimo, donde todos tienen su propia experiencia y sus propias razones para vindicar esta o aquella postura, he aquí que Los Libros de la Catarata pone en nuestras manos un volumen sereno, serio, profundo, racional, científico, donde profesionales del mundo de la Historia se reúnen para exponer sus posturas y tratar de depositar luz sobre algunos ángulos oscuros del problema. Juan Sisinio Pérez admite la imposible objetividad absoluta de los historiadores («Quien niegue que está realizando una valoración de un determinado aspecto del pasado es que se niega a sí mismo como persona, pues al estudiar la conducta humana, sea cuando Nabucodonosor en Babilonia o cuando la guerra civil española del siglo XX, siempre emergen criterios éticos», p.28); Eduardo Manzano explica a su vez que entre el olvido y la memoria siempre se establece un equilibrio complejo, y que la tarea del historiador no es sólo enumerar los hechos, sino limpiarlos de impurezas e interpretarlos, para que las acciones del ser humano cobren sentido. Él lo cifra en una fórmula de espíritu paradójico, pero que luego explica: «La historia es todo aquel pasado que no tiene actualidad» (p.92).
Como es lógico en un tema tan actual y tan polémico (recuerden que, en griego, polémica significa guerra) también aparece aquí una visión periodística del asunto: la aportada por Natalia Junquera, que lleva años trabajando cerca de las excavaciones, junto a los familiares de los desaparecidos, y que recoge palabras tan emocionantes como las que pronunció junto a ella Filiberto Gómez, el hijo de un fusilado cuyos restos estaban pendientes de desenterrar: «Es mi sangre y me duele que esté tirado en cualquier parte. Quiero enterrarle en el pueblo, con mi madre. ¿Quién no entiende eso?»
Manifiesta Rafael Rodrigo, presidente del CSIC, que obras como la que hoy presento tienen como objetivo primordial el de «contribuir a que el ciudadano se forme una opinión más documentada y más racional sobre temas que preocupan a la sociedad» (p.8). Y los dos adjetivos que maneja están bien seleccionados: este tomo se sustenta en datos objetivos, racionales, equilibrados y cautos, pero que se presentan de forma amena para un público no especializado.Si pertenece usted a ese grupo de personas que mantiene una postura radical e intransigente sobre el tema de la memoria histórica (a favor o en contra, me da lo mismo), le aconsejo que no pierda el tiempo sumergiéndose en los argumentos de este libro: le parecerán insatisfactorios. La Historia no es igual que las historias.

domingo, 7 de noviembre de 2010

También los novelistas saben matemáticas




Si cualquiera de los lectores de esta reseña tiene la curiosidad de acudir a Facebook se encontrará con la sorpresa (quizá no tanta sorpresa, después de todo) de que existe una página llamada Yo también odio las matemáticas, que gozaba de 3345 simpatizantes en el momento de mi consulta. Y es que pocas asignaturas de nuestros currículos académicos han merecido tantos denuestos, tantas lágrimas y tanta visceralidad negativa como ésta de la que hoy hablamos. Las matemáticas. Las odiosas matemáticas. La áspera retahíla de números y fórmulas a la que los estudiantes rara vez le han encontrado belleza. Ni siquiera poniéndole música imaginaria a las tablas de multiplicar se ha logrado que los escolares las perciban como una materia agradable y hermosa.
José del Río Sánchez, que es catedrático de esta disciplina en Salamanca, nos acaba de ofrecer a los lectores un libro sumamente interesante donde analiza el papel que las matemáticas han jugado en la obra novelesca de un buen ramillete de creadores. Lo ha publicado la editorial Akrón y es, se lo aseguro, una auténtica maravilla. Primero, porque el abanico de novelistas que resultan analizados es tan variado como sugerente (Julio Cortázar, José Saramago, Almudena Grandes, Milan Kundera, Miguel Delibes, Luis Landero, etc); segundo, porque el profesor Del Río elige para nosotros una cuidada selección de fragmentos donde las matemáticas cumplen un papel importante en esos libros (se nota que la documentación ha sido tan exhaustiva como juiciosa); y tercero, porque la forma en que redacta la explicación de los conceptos más difíciles los vuelve cristalinos para el lector medio. Todos los interesados en el mundo de la novela podrán aventurar en las páginas de este volumen, sin que su eventual desconocimiento de las matemáticas sea un auténtico problema para la intelección.
Así, descubriremos o recordaremos en estas páginas que el poeta chileno Pablo Neruda odiaba profundamente esta disciplina, porque se la explicaron tan mal en el liceo que nunca la consiguió entender; o que Gabriel García Márquez, pese a sus esfuerzos, tampoco consiguió nunca amar esa ciencia; o que el famoso Dan Brown, al introducir en su novela El código Da Vinci una serie de menciones sobre los números de Fibonacci, cometió algunos errores y extrajo conclusiones precipitadas de ellos. Al mismo tiempo, el profesor Del Río nos sumerge en las aplicaciones que otros novelistas han hecho de la ciencia matemática, aplicada a campos tan diversos como la arquitectura (Ken Follet, en Los pilares de la tierra), el ajedrez (Arturo Pérez-Reverte, en La tabla de Flandes), la resolución de un complicado enigma (Matilde Asensi, en El último Catón)... e incluso el asesinato (como ocurre en algunos cuentos de Jorge Luis Borges o la novela Los crímenes de Oxford, de Guillermo Martínez). De todas formas, las dos aplicaciones que más me han llamado la atención (y que de paso me han hecho sonreír) han sido la que puso en práctica Enrique Jardiel Poncela para determinar la posición geográfica de la isla en que han naufragado los protagonistas de Amor se escribe sin hache (figura en las páginas 56 y 57 de esta obra); y la mezcla de humorismo y sexualidad que se aprecia en el cálculo efectuado por un matemático celoso en la novela Anacaona, de Vicente Muñoz Puelles. Este personaje, devastado por la rabia, le espeta a una mujer: «Si conociera el número de tus amantes, la frecuencia con que encajabais vuestras piezas y la duración media de cada acto, podría calcular cuántas horas de tu vida dedicaste al trance. Y si, además, supiera la longitud media de aquellas vergas afortunadas y hasta dónde te las introducían, y aceptara que sesenta empujes por minuto es lo razonable (¿o te parecen demasiados?), estaría en condiciones de averiguar cuántos kilómetros de pene tragó tu vulva» (p.40).Como se puede ver, el rigor matemático no tiene por qué estar reñido con la amenidad, e incluso con las sonrisas o las carcajadas. Y el profesor José del Río lo demuestra sobradamente en esta monografía, tan inteligente y bien escrita como distraída y enriquecedora. Decía don Antonio Machado que el español desprecia siempre cuanto ignora. A lo mejor por eso se desdeña con tanta frecuencia la belleza de las matemáticas.

martes, 2 de noviembre de 2010

La pluma de Monteverdi




Dejando a un lado la espinosa cuestión de si existe realmente un tipo de novelas al que podamos llamar «históricas» (polémica más bien larga y estéril, que nos llevaría muy lejos y que en realidad no nos iba a aportar gran cosa desde el punto de vista literario), podemos decir que existen dos maneras fundamentales de concebir ese tipo de obras: la primera consiste en amontonar fechas, documentos que se pueden cotejar, datos indumentarios o gastronómicos, personajes conocidos de la época y, para perplejidad de los lectores, una bibliografía abrumadora citada al final con todo lujo de detalles, como si en lugar de una novela redactada para nuestro solaz y distracción leyéramos el último trabajo ensayístico del profesor Geoffrey Parker; la otra consiste en que la persona que escribe el libro «conozca» todo eso, pero tenga la galana cortesía de no abrumar a quienes visiten su libro con pormenores tan odiosos como pedantes, que más que demostrar su sabiduría nos dan la impresión de que ha intentado vestirla con un traje de pavo real. Los datos pueden estar ahí, pero servidos por la vía novelesca, con habilidad, discreción, tino y buen criterio.
Esta última forma de trabajar es la que ha elegido la abogada Irene Mora (Madrid, 1972) para urdir La pluma de Monteverdi, que le ha publicado La Esfera de los Libros. En sus páginas nos cuenta cómo Helena, una traductora bien situada que ha decidido tomarse el día libre, recibe en su casa un paquete postal de lo más curioso: una caja antigua que le remite desde Londres un bufete de abogados, como última voluntad de su tía Delia. En su interior encuentra un diario manuscrito de gran antigüedad y una pluma de escribanía no menos añosa. Desconcertada, pero a la vez curiosa, Helena comienza a leer con gran dificultad las líneas del diario, que le deparan una historia fascinante... Y ahí es donde comienza la auténtica novela. Se nos refiere cómo Ariadna, una joven sirvienta que estuvo a las órdenes de un pobre recaudador de impuestos llamado don Miguel de Cervantes, decide marchar hacia Italia porque tiene un sueño premonitorio que así se lo aconseja. Es heredera de una tradición secular que no puede interrumpirse: ha de hacer llegar la pluma que tiene en sus manos a una persona de extraordinario talento (a quien debe descubrir de un modo intuitivo) para que con ella componga obras inmortales. La pluma, que se va transmitiendo de madres a hijas por línea de sangre, ha pasado por las manos de grandes colosos de la Antigüedad, como Averroes, y ahora busca a su nuevo usuario: el prometedor músico Claudio Monteverdi. Sin duda, con ella le resultará más fácil llevar a término las innovaciones técnicas que alborotan en el interior de su cabeza, y que cristalizarán en el género luego llamado ópera. Pero sin duda no será una tarea fácil: de un lado está la incredulidad de Monteverdi, que no está muy convencido de que los poderes mágicos de esa pluma sean reales (creerse algo así no es sencillo, sobre todo cuando se tiene una familia a la que alimentar); de otro lado, hay unos poderes oscuros en el seno de la iglesia, que están deseosos de hacerse con el control de tan sugestivo artefacto.
Irene Mora, que podría haber optado (como muchos autores han hecho últimamente) por escribir una novela escorada hacia el oscurantismo ramplón, ha sabido mantenerse alejada de esas tentaciones espurias y ha logrado un texto de gran equilibrio, redactado con sobriedad. Es elegante en sus tiempos lentos y febril en las secuencias rápidas, lo cual dice mucho de sus méritos como narradora. Pero lo más sorprendente de todo es que consiga mantener en pie la trama mitológica de la que parte para su fabulación, sin que se resienta la credibilidad de la historia. No es pequeño logro. Y una pregunta que dejo en el aire: ¿nos habrá dejado la autora en la página 219 una pista sobre el argumento de su próxima novela? No sería tan disparatado que así fuese. En todo caso, lo más importante es que La pluma de Monteverdi es una novela llena de interés, donde tenemos acceso a una nueva voz en la narrativa española.

domingo, 31 de octubre de 2010

Mi amor desgraciado




Hay historias que nos esperan, con sus tinieblas o su luz, con su esplendor o su mezquindad, en los lugares más insospechados. Imaginemos, por ejemplo, a una mujer española, madura pero atractiva. Su piel roza apenas los cincuenta años. Estudió durante su juventud Historia del Arte, pero el matrimonio la redujo muy pronto a las dimensiones tristes del hogar, que no le depararon más satisfacciones que una cómoda posición mediana en la sociedad y una hija llamada Lucrecia. Ahora que su hija cumple 19 años, que la relación con sus mejores amigas (Queta y Marta) comienza a verse salpicada por el tedio y que su marido ya no representa mucho más que una figura erosionada por la rutina, la mujer reflexiona y decide dar un vuelco a su vivir. Necesita respirar, ensancharse, encontrarse. No le basta con ese ejercicio de simple supervivencia al que llamamos “día a día”. El oxígeno de su hogar se le ha hecho pobre. La luz de su barrio se ha llenado poco a poco de ceniza. Y elige un destino en el que considera que podrá reinventarse con unas ciertas garantías de éxito: París. Quiere irse sola, desnuda, nueva. Quiere fabricarse un destino partiendo de cero y encontrar senderos por los que avanzar sin la ayuda de nadie. Su esposo acepta esa decisión y le facilita el camino; pero Lucrecia, atenazada por un egoísmo bastante comprensible aunque algo cicatero, se niega a admitir el derecho de su madre a tener su propia vida, al margen de su prole y sus ataduras convencionales. Una vez instalada en la ciudad donde nacieron Voltaire, Zola, Gauguin y el amor (según Mervyn LeRoy), la mujer comienza a asistir a clases de francés, conoce a gentes interesantes y va adaptándose con lentitud y delicia a los colores, aromas y paisajes de su nuevo mundo.
Actuemos ahora como Azorín y limpiemos la lente de nuestro catalejo, para observar mejor. ¿Qué podemos ver? La mujer que se ve tras la ventana es otra. Se llama Hélène Darriescu (el apellido no es suyo, sino de su esposo). Tiene dos hijos pequeños llamados Michel y Nathael, que en teoría tendrían que representar lo más hermoso de su vida. Pero hay un grave problema que la tiene perturbada: su marido viaja constantemente y, desde que los niños han aparecido en sus vidas, su relación erótica ha cambiado. Ella percibe que ya no es deseada de la misma forma: ya no hay juegos sexuales, ya no hay pasión, ya no hay aventura. Todo se ha solidificado en un hielo tristísimo. E inicia una andadura que la llevará por lugares donde los demás advertirán su deriva: tragos de alcohol en lugares públicos; gestos desdeñosos hacia sus hijos; sensación de estar muriéndose gota a gota; etc. La novelista Lola López Mondéjar nos coloca frente a estas dos realidades femeninas y, con un manejo muy habilidoso de los recursos novelísticos, hace que ambas confluyan y se relacionen de un modo angustioso, desasosegante. El resultado es un intenso relato donde nos paseamos por dos almas torturadas y advertimos sus mil pliegues, sus mil pozos negros, sus mil lágrimas. No es extraño que esta novela de gran belleza estilística y de gran poderío psicológico rozara en noviembre de 2009 el premio Torrente Ballester; y no es extraño tampoco que un sello de la calidad e inteligencia de Siruela apueste por darla a conocer. Es una obra que, sin duda, maravillará a cuantos la frecuenten.

martes, 26 de octubre de 2010

Elogio del desierto




Es muy fácil cantarle a los vergeles, a los jardines, a los bosques y a las selvas. Lo han hecho los renacentistas, los barrocos, los románticos, los simbolistas y muchas otras subespecies líricas. Toda la escala cromática está contenida en sus flores, en la contundencia o la gracilidad de sus árboles, en la voluptuosidad de sus brisas o en la placidez del sol que los baña. Pero cantarle al páramo, descubrir en él la explosión de la belleza, es privilegio de ojos especiales. Como los que demuestran tener el madrileño Julio Martínez Mesanza (poeta de la palabra) y el santanderino José del Río Mons (poeta de la imagen), que elaboran en este Elogio del desierto un espectacular experimento donde los versos y las fotografías se aúnan para llevar nuestras pupilas y nuestras pieles hasta el centro mismo de la arena, bajo un sol que se derrama torrencial sobre nosotros. La música recta de los endecasílabos (de factura inmejorable) está complementada con las curvas que nos aportan las fotos, tan simples como eficaces. El conjunto, que está prologado por Santiago Miralles, lo publica hermosamente el sello Siltolá.

domingo, 24 de octubre de 2010

Amor y dinamita




Los escritores, por regla general, son unos insufribles ególatras, que viven en el absurdo convencimiento de que el mundo tendría que girar a su alrededor; y que todas las alabanzas que reciban por sus obras siempre serán, aparte de justas, escasas. Les puedo asegurar que casi siempre es así. Los conozco de sobra. Los he tratado durante más de veinte años y sé bien lo que me digo. Por eso, cuando tienes la suerte de toparte con uno que, aparte de escribir bien, se mueve con naturalidad en el terreno de lo humilde, la alegría que experimentas es doble.
Me ocurrió hace un tiempo con Eduardo Carrasco (Puerto Lumbreras, 1955). Lo conocí en un taller de escritura que se celebraba en Murcia y me llamó la atención la forma en que habitaba el silencio, su gran capacidad de observación, de análisis y de aprendizaje. Todo lo captaba, todo lo meditaba y de todo parecía sacar provecho literario. Un día me envió unos cuentos por correo electrónico, para que le diese mi opinión sobre ellos; y le comenté, con absoluta sinceridad, que se me antojaban perfectamente hermosos y publicables. Algo después (y sólo de rebote: no pertenece a la estirpe de los publicistas de sí mismos) me enteré de que había sido director de la Editora Regional de Murcia, y que ya tenía un libro publicado (Vuelo de cometas, de 2007). Ahora, aquellos cuentos que tuvo la amabilidad de enviarme, unidos a otros hasta formar un bloque de veintidós historias, han salido a la luz en Tres Fronteras Ediciones con el título más que sugerente de Amor y dinamita. Y les aseguro que es una obra con la que he disfrutado mucho. Allí se puede encontrar a un fabulador que se atreve con casi todos los palos: las historias intimistas, de personajes que han fracasado durante la existencia pero que no se resignan a rendirse («Tiovivo»); las narraciones que se articulan desde varios enfoques narrativos («Objetos perdidos»); los cuentos donde el humor se convierte en el gran protagonista, hasta desembocar en un final sorprendente y que ocasiona carcajadas («Noches en Bagdad»); los textos alegóricos, donde asistimos a unos crímenes que no son perpetrados por el pobre protagonista, humillado por unos matones a sueldo, sino por un ejecutor mucho más sorprendente («El hombre que amaba las plantas»); las leyendas urbanas, que le facilitan el material para una narración tan inquietante como eficaz («La chica de la curva»); etc.
¿Y qué es lo mejor de toda esta diversidad? Pues el hecho de que cada uno de los lectores de la obra podrá quedarse con tres o cuatro relatos predilectos, en función de sus preferencias temáticas, su extensión (hay cuentos muy cortos y uno que desborda los cauces habituales) o el tono que Eduardo Carrasco adopta en él: humor, ternura, ironía, sátira, etc. Si tuviera que ser yo quien eligiese esos tres o cuatro relatos, creo que me decantaría por «Nómada» (ese viejo apedreado por la rutina, que termina recalando en una playa donde tendrá una visión de lo más peculiar), «El barco encantado» (que no sólo revela el amor que el autor siente por el mundo del mar, sino su capacidad para trasladarnos historias donde el realismo queda empapado por otras dimensiones enriquecedoras), «El cuello de Clara» (me resulta fascinante la manera en que el escritor de Puerto Lumbreras nos dibuja los cauces de un enamoramiento: el que experimenta un profesor de universidad por su joven discípula, a la que no se verá con fuerzas para renunciar, por mucho que su estabilidad matrimonial amenace con tambalearse) y, finalmente, «Amor y dinamita» (porque imaginar en La Manga del Mar Menor la existencia de un grupo terrorista llamado ampulosamente Frente Nacional de Jubilados por una Pensión Justa (FNJPJ) ya supone un punto de partida tan simpático como interesante, que luego el escritor resuelve con tino).A los autores que comienzan en el mundo de la publicación se les suele dedicar en sus primeras reseñas un cierto número de ditirambos, tributarios de la fe, de la bondad, de la compasión o de la hipocresía del crítico de turno. Les aseguro que Eduardo Carrasco sí que se merece todos los elogios de esta página. Por pura justicia.

domingo, 17 de octubre de 2010

Sólo guerras perdidas




Quizá todas las culpas sean complejas y nuestras almas no sean sino desvanes donde se amontonan el escombro de los remordimientos y el estiércol de la infamia, pero en el caso de Aníbal Salinas la situación es mucho más complicada. A pesar de las ideas republicanas que su familia siempre tuvo, él se alistó de forma voluntaria en el bando rebelde durante la guerra civil de 1936 y, en las postrimerías de ese combate, aceptó una misión gobernada por la vileza: volver a su tierra natal (Los Olmos) y procurar la aniquilación de los infelices que, montaraces y desahuciados, se resistían a aceptar la derrota. Ése sería —si tuviéramos que ceñirnos a la crudeza del telegrama— el asunto de Sólo guerras perdidas, la última novela que Pascual García ha dado a la imprenta. Pero conviene recordar aquella frase lúcida de Héctor Bianciotti, en la que aseguraba que todo mal libro queda siempre reducido a su argumento.
En el caso de Pascual García (Moratalla, 1962) esto ni es ni puede ser así: la meticulosidad con la que nos describe los paisajes de la obra (los barrancos, las trochas, los páramos, la nieve), el detallismo arquitectónico de su estructura (donde cada pieza, por insignificante que se pueda antojar, cumple una función milimétrica y necesaria) y, por encima de todo, el buceo espiritual que lleva a cabo en sus personajes, colocan en nuestras manos una auténtica máquina del tiempo: el lector siente que está en los días agónicos de la guerra civil, respirando el aire gélido de Puerto Errado o Bajil y pateando las veredas agraces de Las Tablas o de Benámor. La magia del autor (lo descubrirá desde las primeras páginas el lector que se sumerja en esta novela) consigue el difícil logro de que olvidemos dónde estamos y en qué tiempo nos movemos, y nos transporta a los años dolorosos de la guerra civil, donde las traiciones, las venganzas, las mezquindades o el oprobio conformaron el escenario más conocido por los españoles.
Pero quizás la aportación más trascendente de este libro sea el dibujo que Pascual García nos da de su protagonista principal, Aníbal Salinas, al que ya conocíamos por su anterior novela, Nunca olvidaré tu nombre (Los Libros de la Frontera, 2002). Con su escritura filatélica, el novelista de Moratalla se adentra en el corazón, en el cerebro y en el alma de este militar abrupto, reacio a toda forma de remordimiento («Soy un soldado con unas órdenes que cumplir», p.145), que se sabe abocado a la villanía de localizar y reunir a los miembros del maquis para que sus superiores procedan a su exterminio. En esta operación no se dejará inquietar por el hecho de que muchos pertenezcan a familias que lo conocen o lo trataron bien durante su juventud; ni tampoco por la extrema juventud de algunos de ellos. La guerra es la guerra, y la orfandad de prejuicios debe ser la luz que guíe al buen soldado, cumplidor de su misión por encima de otras consideraciones. Lo que sucede es que Pascual García, narrador de gran inteligencia, no se desliza hasta el lado de la caricatura, sino que nos ofrece una cuádruple aproximación al personaje: la mostración de sus actos, la reproducción de sus palabras externas, la forma en que los demás lo observan y lo juzgan... y, sobre todo, el manejo de líneas en cursiva, donde asistimos a las palabras internas de Aníbal Salinas. Esa riqueza de enfoques y matices nos lo presenta como un ser desnudo y oscurísimo (valga la paradoja); alguien escindido, de psicología complicada, de móviles inextricables y que ha quedado manchado de forma indeleble por la guerra. Mientras él viaja por el paisaje de su infancia, nosotros viajamos por su paisaje interior; y descubrimos así un espíritu torturado, para el que los acontecimientos (la muerte, la mentira, la abyección) adquieren una dimensión simbólica de gran pujanza. Ninguno de nosotros sabemos, honestamente, cómo nos comportaríamos en una situación como la que el protagonista tiene que arrostrar. ¿Elegiríamos la nobleza o el fango? ¿El idealismo o la supervivencia? Aníbal Salinas, personaje poliédrico, lleno de matices, luces y sombras, es uno de los logros novelísticos más notables de la literatura murciana de los últimos tiempos.

domingo, 10 de octubre de 2010

El menor espectáculo del mundo



Fue el pensador Julián Marías, insigne por tantos motivos y olvidado en la actualidad por una gazmoñería cruel, quien acuñó hace años la fórmula «calidad de página». Con ella pretendía llamar la atención sobre esas contadas piezas literarias que, por debajo de su excelencia global, son también excelentes si se las considera fragmento a fragmento. Es decir, que la novela Don Quijote (por acercarnos a un ejemplo paradigmático) es un monumento de nuestro idioma tanto si se lo juzga en su conjunto como si se extrae una cualquiera de sus hojas y se la evalúa como material independiente. La idea, si lo pensamos de un modo reposado, es maravillosa, porque nos permite dibujar en el mundo de la literatura una frontera entre las obras buenas y las obras geniales. Serán buenas las que nos embriaguen y nos deleiten globalmente con los primores de su composición; y serán geniales las que, sajadas con el bisturí más exigente o examinadas con una lupa, continúen pareciéndonos irreprochables en la página 11 o en la 94.
Félix J. Palma es, a mi juicio, uno de los pocos creadores de nuestro país que exhiben esa calidad, en un grado quizá insuperable. Y acaba de corroborarlo en la obra El menor espectáculo del mundo, que le publica Páginas de Espuma. Allí, nos encontramos con nueve historias donde el lenguaje está cuidado con un mimo estilístico que anonada y seduce. Para decir que un hombre mira indolentemente a una mujer nos explica que la observa «con un distanciamiento frío e impune, como si se tratase de una esclava o una nevera»; para designar la gran estatura insulsa de una chica nos susurra que «poseía el depurado atractivo de las coníferas»; para definirnos los bufidos exhaustos de unos corredores, más voluntariosos que bien pertrechados para las actividades deportivas, nos hablará de «sus respiraciones ferroviarias»; en lugar de explicarnos que una mujer aparta las revistas del sofá nos dice que lo «desbroza» de ellas; para llevar a nuestra mente la imagen de una casa antigua, donde todo es añoso y desvencijado, llama nuestra atención sobre «los trapitos de encaje que cubrían cada mueble como los espumarajos de un epiléptico»; para definir la labor de un anestesista nos dirá que actúa sobre el enfermo «acunándolo dulcemente en una nana de éter»; o cuando quiere definirnos una imagen de otoño nos explica que «el viento barría las hojas secas, arrojándolas contra los paseantes como estrellas ninja». Estos pocos ejemplos (que no agotan los que pueden encontrarse en el libro) seguramente servirán como indicio del cuidado que Félix J. Palma dedica a la composición de cada página, de cada párrafo, de cada frase.
Pero que nadie se distraiga de la otra gran cualidad de estos cuentos, que los adentra en el territorio de la excelencia: son magistrales también en su estructura, en la caracterización de los personajes y en la solidez del argumento. El gaditano ha logrado un complejo equilibrio entre la forma y el contenido, entre la miniatura y la arquitectura; y eso lo coloca en un lugar de auténtico privilegio dentro de la cuentística española actual. Pero, ojo, se trata de un privilegio ganado a pulso y con méritos exclusivamente literarios. Nadie le ha regalado nada a este autor. Cada premio que ha conseguido (y son legión), cada obra que ha logrado publicar, cada traducción que se estipula para sus obras, es un acto de justicia que se circunscribe al mundo de sus renglones. La inquietud que se adueña de los lectores cuando acaban «Maullidos», la ternura que nos gana en «Un ascenso a los infiernos», la originalidad que se desprende de «Margabarismos» o el prodigioso despliegue técnico sobre el que se construye «Las siete vidas (o así) de Sebastián Mingorance» son demostraciones suficientes de que Félix J. Palma es uno de los más grandes de la literatura española actual. Pero (y quiero insistir en este punto) no porque lo diga una solapa oportunista, o porque determinado crítico se obstine en auparlo con esa etiqueta roñosa, o porque sus editores quieran grabarnos en la cabeza ese axioma, sino porque cuando usted que lee esta reseña se acerque hasta el libro estará de acuerdo con mi afirmación. Tenga la curiosidad de comprobarlo.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Amor envenenado




En España, desde hace años, vivimos un auge muy notable alrededor de la novela negra, que quizá se inició con las aventuras del Carvalho montalbaniano y que, actualmente, genera una avalancha de publicaciones, traducciones y público lector de muy notables dimensiones. Joaquín Lloréns (Bilbao, 1962) aporta a este ciclo la figura literaria de Beatriz, una investigadora de singular trayectoria y de hábitos sexuales más bien llamativos: lo mismo guarda un consolador en la caja fuerte del hotel (p.117) que procede a masturbarse ante la webcam (p.52); lo mismo adquiere un atrevido corpiño en una tienda especializada de Amsterdam (p.192) que practica el sexo con dos hombres, para grabar la escena en vídeo y luego mandársela a su padre adoptivo (p.282). Esa libido fervorosa empapa buena parte de los capítulos de la novela, deparándonos algunas descripciones de altísimo voltaje, que Joaquín Lloréns mima en todos sus detalles.
Pero no se agotan ahí los atractivos de esta narración (sería muy burdo que así fuera). El autor documenta con exhaustividad los pormenores económicos de la trama, los aspectos policiales del relato (se nota que conoce a la perfección los métodos de trabajo de los agentes del orden en España) y hasta el vagabundeo de su protagonista por diferentes ciudades de más de un país. Nada se escapa a su vigilancia novelesca. Ni siquiera (y esto es muy llamativo) los aspectos indumentarios de los personajes. Son legión las blusas, perfumes, faldas, maquillajes o zapatillas que son mencionados por sus marcas en la obra, tanto en hombres como en mujeres, lo que supone una aportación bastante innovadora en el género. Pero lo que quizá más llama la atención de esta novela es la utilización de varios narradores que, enfocando segmentos de la historia desde perspectivas diferentes, van ensamblándose como teselas de un mosaico para, al final, construir la visión absoluta que recibirá el lector. Esta obra, que constituye la segunda entrega de la colección «Beatriz, investigadora licenciosa» (el primer tomo se titulaba Citas criminales y también lo publicó Baile del Sol), es una fantástica oportunidad para que los admiradores del género negro se acerquen a una manera distinta de contar historias policiales, donde el glamour, el sexo y la inteligencia unen sus armas para seducir al lector.

domingo, 3 de octubre de 2010

Las manzanas de Erasmo




La editorial Algaida ha publicado hace poco Las manzanas de Erasmo, la obra novelística con la que José Antonio Ramírez Lozano obtuvo el XXVIII premio Felipe Trigo, convocado por el ayuntamiento de Villanueva de la Serena. Y las ocho líneas que pueden leerse en su contraportada no pueden ser desde luego más impactantes: «Valerio de Sandoval, discípulo de fray Luis de León, amante de la botánica y prefecto de liturgia de la catedral de Sevilla, compra un relicario de plata con un poso oscuro que podría ser la sangre de un mártir. Pero al llegar a su casa observa que en realidad se trata de una semilla y que en el pie del relicario aparecen las palabras Semen mali, es decir, La semilla del mal». Son sin duda unas frases que provocarán la gula literaria de más de uno, pero (y la advertencia me parece tan justa como urgente) hay que prevenir a los lectores para que este breve resumen efectista que de la novela no les lleve a confusiones sobre el contenido y el tono de la pieza. Esta obra de José Antonio Ramírez Lozano no es en modo alguno una producción oportunista o encaminada hacia la polémica, sino un ramillete de páginas que leerán con gusto los frecuentadores de san Juan de la Cruz, fray Luis de León o incluso Fernando de Herrera; un texto lírico y también filosófico, donde se afrontan verdades profundas del ser humano y donde se buscan respuestas a interrogantes de gran calado y antigüedad.
Su protagonista es un hombre torturado, cuya mente se reparte entre mil curiosidades, siendo la botánica la principal de ellas. Su propio jardín y la enorme admiración que tributa al doctor Monardes dan prueba fehaciente de esa afición intelectual. Su mejor amigo es el impresor Pedro de Mesa. Y su amor secreto, el que siente por su prima Evelina, que profesa como monja en el cercano convento de san Leandro. En el alma de Valerio de Sandoval alienta una gran fe en Dios, pero también una profunda desconfianza hacia lo que la iglesia católica ha hecho de esa fe en los últimos siglos, convirtiéndola en un muladar de hipocresías y en un vademécum de rituales vacíos. Él sueña con una visión divina mucho más abierta, mucho más amable y amplia. De ahí que cuando llega a la conclusión de que la semilla que contiene el relicario procede de un manzano, su imaginación se dispara: ¿no será una semilla del milagroso manzano del Edén? Y, si así resultara, ¿qué ocurriría en caso de que la plantara en un rincón de su jardín?
Evidentemente (es un hombre de fe, pero también un hombre de ciencia), lleva a cabo el experimento. Y la mayor de las sorpresas le estalla ante los ojos: la singular semilla se transforma en un manzano que crece hasta su condición adulta en apenas una noche, colmándose de manzanas oscuras y de manzanas claras. Y es entonces cuando comienzan a asaltarle las grandes preguntas: ¿debería comer una de esas manzanas? ¿Cuál de ellas? ¿Y qué ocurrirá si lo hace? ¿Merecerá la eterna expulsión del Paraíso de Dios... o accederá a algún tipo especial de conocimiento? Su amigo Pedro de Mesa, tan impresionado como él por el asombroso crecimiento de la semilla, se alía con él en el proyecto. No obstante, el nuevo inquisidor de la zona, Diego de Moraga, mucho más arrogante y estricto que sus predecesores, no se detendrá hasta dar con el responsable de esta aparente herejía, que socava los cimientos de la iglesia tradicional.
Esta novela, de lectura alegórica y espíritu barroco (la música de sus frases es tan espléndida como rica es la diversidad de su léxico), sorprenderá a muchos de los lectores que la abran creyendo que se enfrentan a un texto liviano y de consumo masivo. Pero no sorprenderá a quienes ya conozcan alguna de las producciones anteriores del prolífico José Antonio Ramírez Lozano, novelista, cuentista y poeta de amplia y premiadísima trayectoria. Es un auténtico lujo para la literatura española que estilistas de la talla de este sevillano (que hay pocos, para nuestra desgracia) se dediquen a escribir y refrescar el ambiente literario con cada obra que entregan a la imprenta.

jueves, 30 de septiembre de 2010

Historias de guardapelo




A veces, a los escritores más singulares no hay que buscarlos en las páginas de los suplementos, sino en reductos más aislados, menos glamourosos. Es el caso del murciano Juan Tudela Gómez, que lleva un lustro publicando sus obras en el silencio de la provincia, decantando sus páginas con la lentitud de quien sabe que lo importante no es editar en este o aquel sello, sino escribir lo que uno desea, ajeno a prisas y etiquetas, e irlo entregando a los lectores para que evalúen por sí mismos lo que de hermoso, trascendente o aprovechable hay en su trabajo. De ahí que este escritor lírico y reconcentrado se dedique a mirar en dos direcciones principales para nutrir sus escritos: el ayer y su entorno. El ayer, porque sabe que hay millones de historias que quedarán erosionadas por la crueldad de la amnesia, si nadie las rescata y plasma en los folios para darles una pequeña inmortalidad de tinta. Su entorno, porque es consciente, cervantinamente consciente, de que si cuentas lo que pasa a tu alrededor estás realizando una labor impagable para entender el mundo (y para hacer que otros lo entiendan). Con estas direcciones gobernando su mente, la prosa de Juan Tudela avanza suave como un río, con sus metáforas, su colorido y su majestad de orfebre, que se advierte en textos como “Empezar de nuevo” (donde nos entrega en dieciséis líneas una historia bien singular, en la que humor y tristeza se dan la mano: una mujer que ha decidido acudir a la boda de su mejor amiga y de su antiguo novio con la intención de quedarse desnuda en la iglesia, lanzando su vestido contra el altar, a la vez que los barniza de insultos) o como “Muchas noches te sueño” (donde nos habla en trece líneas del desgarro de un hombre que, tras el accidente que ha segado la vida de su esposa, se queda con el hijo común en los brazos, aferrándose a él para sobrevivir al dolor). Pero podríamos aducir también como escenas imborrables de este libro la voluntad de estampa que persigue en algunas de ellas (“Página de aquella tarde en el río”), los homenajes que tributa a Bioy Casares y Valle-Inclán (“En otra isla” y “El lunático”, respectivamente) o el excelente humor costumbrista que despliega en textos como “Los zagales y las mandarinas”.
Un libro, en suma, para leer con el respeto que siempre deberíamos tributar a las obras decantadas, destiladas, breves e inteligentes. Unas ilustraciones magníficas del pintor Juan José Ayllón y un prólogo muy atinado de Andrés Boluda completan la oferta de este volumen.

domingo, 19 de septiembre de 2010

Contra el viento del norte



Dice Alejandro Sanz en una de sus canciones: «Cuando nadie me ve no me limita la piel; cuando nadie me ve puedo ser o no ser». Y esta afirmación, que podrían suscribir millones de personas en el mundo, esconde una verdad muy característica del ser humano: el hecho de que nos sentimos más cómodos y más sueltos cuando no tenemos delante la cara de la persona con quien estamos hablando. Quizá por eso los sacerdotes han procurado durante tanto tiempo que los fieles se sitúen al otro lado de una reja mientras confiesan sus pecados; y los psicoanalistas han colocado su asiento en un lugar escorado donde sus pacientes no los podían observar mientras hablaban. Actualmente, la técnica se ha refinado con la llegada de Internet y de los chats. En ese territorio, protegidos por el teclado y por la frialdad aséptica de la pantalla, podemos abrirle nuestro corazón o manifestarle nuestros deseos a la otra persona sin que el pudor nos atenace, la vergüenza nos cohíba o la prudencia nos atempere.
Daniel Glattauer ha explorado literariamente algunas de las posibilidades de este fenómeno en su novela Contra el viento del norte, que le ha publicado la editorial Alfaguara en la traducción de Macarena González, y que está suponiendo uno de los mayores éxitos de ventas de la temporada. Lo que en sus páginas se nos cuenta es la relación que establecen Leo Leike y Emmi Rothner a través del correo electrónico, desde el momento en que tienen contacto el uno con la otra por pura casualidad (un equívoco en las direcciones provoca el inicio de la relación). Él es un investigador universitario de 36 años, soltero, que está especializado en el lenguaje de los correos electrónicos (de hecho, está trabajando en ese asunto con vistas a una futura publicación); ella es la esposa de Bernhard, su antiguo profesor de piano (viudo y con dos hijos). Contra lo que pudieran pensar los malévolos de turno, el núcleo de sus conversaciones no tiene nada que ver con el sexo, sino con sentimientos más abstractos: ambos se exploran para conocerse mejor, se trasladan detalles de sus emociones, deslizan pinceladas de sus vidas privadas, se intercambian consejos... Pero poco a poco surgirá entre ellos algo más particular. Emmi, preocupada por el hecho de que Leo manifieste su voluntad de seguir alejado de las mujeres, insiste en que conozca a una amiga suya, con la que presume que podrá llegar a algún tipo de relación. Pero cuando él le confiese que, en verdad, han terminado acostándose, Emmi sentirá esa frase como una especie de traición. ¿Qué está ocurriendo entre Leo y Emmi? ¿Hacia dónde conducen todas las charlas que están manteniendo en el ciberespacio? ¿De qué modo pueden llegar a conjugarse las existencias de un soltero atractivo y de una mujer casada con su antiguo profesor?
Si esta página la estuviera escribiendo un crítico con ínfulas académicas (no es el caso: nadie debe alarmarse), éste sería el momento de analizar con detalle lo mucho que Contra el viento del norte tiene de novela psicológica; o de novela epistolar (además, con una jugosa variante: la forma de las cartas se encuentra renovada a la altura de los tiempos); o incluso de teatro (porque solamente escuchamos la «voz» de los personajes, pero no la del narrador de la historia). Pero me parece más enriquecedor subrayar la forma en que Glattauer resuelve la arquitectura de la obra, de gran solidez, o los diálogos de los protagonistas, que en ningún momento caen en charlas forzadas ni se deslizan hacia el escabroso y resbaladizo terreno de los clichés. Leo y Emmi no son prototipos, sino auténticas personas. Incorporan todas las contradicciones esperables en los seres humanos de carne y hueso. Y esto sin duda constituye uno de los éxitos mayores del narrador austríaco.Así que los lectores de la novela ya pueden ir preparados para encontrarse con una obra de formato ágil, fluidez sostenida, deliciosos momentos de humor y una conclusión que Alfaguara nos promete ampliar: ya hablan de una segunda parte de la obra, que saldrá a la luz con el título de Cada siete olas. Frente a tanto timo, ésta es una novedad literaria que merece ser leída.

jueves, 16 de septiembre de 2010

Temblor




Por costumbre, por integridad y por sentido común, odio tener prejuicios. Tanto en mi vida como en mis lecturas. En ocasiones, resulta inevitable dejarse arrastrar o zarandear por alguna de estas pulsiones irracionales y generalmente mezquinas; pero trato de reducir el número de sus influencias sobre mí en la medida de lo posible. Entre otras cosas porque considero que lo más hermoso de la inteligencia es su diario combate contra la estupidez. Y como además juzgo que tienen razón quienes afirman que la literatura está en el cómo, procuro que las etiquetas que se adhieren a los libros tampoco me afecten demasiado. Trato de ser yo (el consejo de Montaigne es brillante) quien construya su propio juicio sobre las obras.
Sirva esta introducción para explicar que cuando llega a mis manos una novela como Temblor, de Maggie Stiefvater (que ha sido traducida por Alexandre Casal Vázquez y Xohana Bastida para la editorial SM), pongo entre paréntesis todas las advertencias que llegan a mis oídos y abro sus páginas con voluntad edénica. ¿Que la historia es de adolescentes y licántropos? Bien; resulta absurdo negarlo. ¿Que utiliza abundantes mecanismos folletinescos para atrapar con más eficacia a sus jóvenes lectores? Muchos otros lo hacen, con menos pericia y peores resultados... El argumento que aquí se nos pone ante los ojos es bien sencillo: una chica (Grace) fue atacada durante su niñez por un grupo de lobos, que no llegaron a matarla gracias a la intervención de un ejemplar de ojos amarillos, que pareció protegerla de sus compañeros. Sólo años después descubrirá que ese lobo es un muchacho (Sam) que, mordido por un viejo lobo en su infancia, se transformó en licántropo. La fascinación que Grace siente por estos animales (y en especial por el singular Sam) se va convirtiendo en amor cuando el chico irrumpe en su vida y da muestras de su ternura, su delicadeza y su deseo de volver a la condición humana. El problema es que la mutación que sufrió en la niñez no parece ser reversible. De hecho, todo indica que este invierno se transformará en lobo y no volverá jamás a su condición bípeda. Grace, pese a las dificultades, sigue dándole vueltas al asunto, por si encontrara alguna solución. Añadamos a esta trama a sus dos mejores amigas (Olivia y Rachel); un compañero de instituto que es también mordido y se incorpora a la nómina de los licántropos (Jack Culpeper); la hermana de este último, Isabel, que comienza a atar cabos entre los lobos y Grace y que empieza a moverse para ayudar a su hermano; las rivalidades y celos que surgen entre los componentes de la manada; y, atravesando toda la pieza, las emociones, las ideas y los diálogos esperables en un grupo de jóvenes, magistralmente reproducidos por Maggie Stiefvater.
Cuando se termina la obra (el crescendo de las últimas treinta páginas es particularmente memorable), no queda más remedio que reconocer el mérito de esta obra. Si Crepúsculo (S. Meyer) era una obra que daba gusto leerla, no menor placer depara Temblor. Mi hija María, que me aconsejó ambas, tiene un olfato literario estupendo, que puede servir como termómetro para su generación. Si tienen que regalar una obra a una persona lectora de 12 a 16 años no lo duden: ésta es una opción espléndida.


domingo, 12 de septiembre de 2010

Liber Hespericus




Estamos en noviembre del año 1970 y una ceremonia tan extraña como inquietante está a punto de tener lugar ante nuestros ojos. Un grupo de hombres que se hacen llamar a sí mismos Los Doce se han reunido en forma de círculo alrededor de un altar, sobre el cual reposa una especie de sepulcro fabricado con piedra. Todos los asistentes a la reunión llevan capuchas negras. Unas túnicas cubren sus cuerpos, mientras las antorchas brillan en las paredes, arrancando sombras fúnebres de sus rostros. El objetivo de la reunión es asistir a la quema de un niño, que ejecutan con asombrosa frialdad. Por fin, cuando la ira de las llamas se apaga, el bebé emerge indemne de la hoguera. Todos abren los ojos, ebrios de dicha con el resultado. Nostradamus tenía razón. Ha nacido por fin el Gran Monarca de la profecía.
A partir de ese instante podría venir (y de hecho viene) una novela en la que se pulsan y ponen en acción todos los mecanismos de un libro de género, que busca la etiqueta de best-seller (misterios ancestrales que hay que resolver; unos protagonistas que deben luchar contra una adversidad demoníaca; un libro maldito que todos quieren lograr, porque camufla entre sus líneas un poder cuya sola mención produce espeluzno; unos anómalos oponentes que se camuflan en las sombras; muertes atroces, que salpican el texto en zonas climáticas estratégicas; lugares ocultos, que llevan siglos protegidos por trampas diabólicas; un librero que es asesinado de forma brutal; amor y deseo entre dos de los personajes centrales; etc). Pero hay que añadir de inmediato que Covadonga Mendoza no sólo administra con inteligencia, buen sentido y mesura sus artefactos y trucos narrativos, sino que los atempera con sanas dosis de humor. Los lectores, llevados de la mano por la autora de la trama, en ningún momento sentimos que se nos quiera engatusar con burdas dosis de esoterismo o con pirotecnias baratas que provoquen nuestro asombro de una manera infantiloide, porque nos damos cuenta de que Covadonga juega con la ironía, se distancia y hasta parece sonreír cuando construye para nosotros ciertos pasajes. Nos propone, sí, un juego ocultista, porque eso forma parte de la médula de Liber Hespericus; pero, a la vez, nos susurra indicaciones para que advirtamos su condición paródica. De hecho, una de las protagonistas de la pieza es la escritora Elizabeth McPherson, doctora honoris causa por la universidad de Aberdeen y muy aplaudida por sus libros líricos e intelectuales, quien acepta el reto que le lanza su antigua amiga Sigrid Halvorsen (autora de best-sellers) para que amolde su estilo a la composición de una pieza de consumo popular. Las reflexiones metaliterarias que aparecen en Liber Hespericus sobre la tarea del escritor, sobre la forma en que ha de afrontar su trabajo y sobre el modo de construir su estilo, pueden servir a más de uno para meditar sobre la condición irónica de este libro.
Pero olvidándonos de esta reserva inteligente conviene añadir que la obra es sin duda seductora. La escritora sabe cómo ir graduando su presentación de los personajes y cómo ir pintándoles capas de espesor psicológico; conoce también la manera más adecuada de organizar sus imanes argumentales, para que quien abra el volumen quede paulatinamente atrapado entre sus hilos; y maneja con suma elegancia los resortes del folletín, del clímax y del anticlímax, imprescindibles para que un texto de estas características no se desmorone en una pirotecnia tontucia, que explote sin ton ni son y dilapide sus atractivos. La editorial Ipunto publica esta obra en la colección Arcano, de la que nos dice que contiene «novelas que se permiten unir licencias literarias, base histórica y hechos reales, con el único objetivo de atrapar al lector desde la primera página». A fe que con este Liber Hespericus lo han logrado sobradamente, y que la línea de la colección resulta muy prometedora si continúan por ese camino. La asturiana Covadonga Mendoza (Avilés, 1970), con tan sólo tres años de presencia en el circuito literario y tres novelas publicadas (La hermandad de los elegidos, Liber Hespericus y Otoño sangriento), ya es un nombre al que conviene prestar una atención respetuosa. Sabe lo que se hace, y lo hace bien.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Montaigne




Decía Francisco Umbral que uno no puede combatir contra su propio ser; y es una gran verdad. De la lucha contra sí mismo surgen las dietas, las vocaciones frustradas y otras inmundicias en las que conviene no escarbar demasiado. Yo creo que tampoco se puede luchar (ni se debe) contra tu propio ser como lector. De ahí que, pese a la buena voluntad que siempre le he puesto por conocer de primera mano la obra de tantos autores del mes de la FNAC, de tantos genios indiscutibles de su barrio y de tantos poetas laureadísimos por sus amigos del certamen, al final siempre termino volviendo a Michel de Montaigne. O a gentes de la cuerda de Michel de Montaigne: lúcidos, solitarios, descreídos, bahístas (por usar la palabra maravillosa que se inventó Pepe Perona: los que dicen “Bah” ante las novedades). Releo a Montaigne, releo a Pessoa, releo a Cioran, releo a Kavafis.
O a gentes que han pensado sobre ellos, como hizo Stefan Zweig en este breve librito sin duda hermoso, cuya lectura recomiendo para quitarse de encima las tontunas de la modernidad.

domingo, 5 de septiembre de 2010

El siglo de los genocidios




Dámaso Alonso, con la inconsciencia juguetona de los poetas, escribió una vez que el siglo XX era un «siglo de siglas», pero sin duda es mucho más exacto definirlo con otras fórmulas. Una de ellas, particularmente triste, es la que esmalta Bernard Bruneteau en su trabajo El siglo de los genocidios, que con la traducción de Florencia Peyrou y Hugo García, ha publicado el sello Alianza Editorial. Se nos explica en estas páginas que el término fue creado en 1944 por Raphael Lemkin, un profesor de Derecho Internacional que trataba de acuñar una voz que explicase gráficamente lo que habían hecho los nazis durante su período de horror. Esa palabra, por desgracia, no ha caído en desuso durante las décadas posteriores, porque vivimos «el reino de la violencia exacerbada» (p. 39), en el que ciertas teorías disparatadas o mal entendidas (el evolucionismo selectivo de Darwin, la eugenesia de Galton, la jerarquía racial de Haeckel, la lucha de razas de Gumplowicz, etc) han colaborado para crear una atmósfera de abusos, brutalidad, salvajadas y crímenes, a la que nadie ha conseguido poner freno.
El primer paso de esta escalada suele ser verbal (el adversario se convierte en enemigo; luego en enemigo mortal; posteriormente en bárbaro; más tarde en animal; y por fin en animal dañino. De ahí a la necesidad de exterminarlo hay un paso pequeño, francamente pequeño, que numerosos países, grupos ideológicos o segmentos nacionales han dado). Y luego vienen ya las agresiones, más o menos virulentas, más o menos planificadas, más o menos efectivas. Bernard Brunetau, ajeno a cualquier prejuicio ideológico, va desgranando los matices de los diferentes genocidios que han ensangrentado el difunto siglo XX.
En 1915, Turquía protagonizó el primero, masacrando a los armenios, que constituían un núcleo de población no musulmana. Los afectados apuntan la cifra de millón y medio de asesinatos; las autoridades turcas actuales «sólo» aceptan entre trescientos mil y seiscientos mil. En los años 20 y 30, la URSS completó una truculenta y eficaz campaña contra la burguesía y el campesinado desafecto: provocó hambrunas («Querer comer se convirtió en un crimen contra el Estado», p.156), forzó emigraciones masivas, instauró criminales campos de concentración, etc. En especial se cebaron con Ucrania, pero polacos, estonios o lituanos también sufrieron represiones, cárcel o desplazamientos forzosos en los que morían por el camino.
Durante la Alemania nazi se produjo el proyecto de exterminio total de los judíos, planificado con pausa y que cristalizó en la conferencia de Wansee (20 de enero de 1942). Pero el régimen de Hitler también se aplicó contra otros grupos, como los homosexuales, gitanos, enfermos mentales, etc. El programa Aktion T4 (1940-1941) consiguió matar a más de 70.000 personas con problemas mentales, que se consideraban lacras para la sociedad. El genocidio nazi es quizá el más visible de todos los que salpicaron el siglo XX.
En cambio, los crímenes cometidos en Camboya durante el período entre 1975 y 1979 aún están por documentarse convenientemente. Se trata, en palabras de Bruneteau, de «un crimen que espera su tribunal» (p.247). Sus números fueron en verdad escalofriantes: fueron asesinados 402 de los 450 médicos que existían, y casi 59.000 de los 60.000 monjes budistas. Un exterminio casi absoluto. Igual dureza se aplicó a los ‘sospechosos’, que eran juzgados y condenados a muerte por conocer un idioma extranjero, disponer de un título universitario... o llevar gafas (lo que los volvía intelectuales sospechosos). A la altura de 2010, los centenares de miles de camboyanos asesinados por el régimen de Pol Pot siguen sin tener un tratamiento judicial. Algunos de aquellos genocidas siguen con vida.Posteriormente, Bernard Bruneateau cierra el volumen dando un repaso a la situación de limpieza étnica que puso en marcha el régimen serbio contra los bosnios y a la espantosa explosión de violencia entre hutus (masacradores) y tutsis (masacrados) en Ruanda, en los años noventa. Queda así dibujado un espectáculo de horror que produce aflicción recordar... pero que resulta necesario no dejar caer en el olvido. Dice un áspero refrán español que si los ojos no ven, el corazón no siente. Quizá sea cierto. Pero sin duda desde la sociedad del bienestar conviene que tendamos la vista hacia las periferias. Nos va la dignidad en ello.

domingo, 29 de agosto de 2010

La ciudad perdida de Z




Imaginemos como punto de partida a un importante periodista de la ciudad de Nueva York llamado David Grann, cuya caracterización podemos dejar en sus propios labios: «No soy explorador ni aventurero. No escalo montañas ni salgo de caza. Ni siquiera me gusta ir de camping. No llego al metro setenta y tengo casi cuarenta años, con una cintura que empieza a crecer y una mata de pelo negro que cada vez es más escasa. Sufro una afección degenerativa llamada queratocono que me impide ver bien de noche. Mi sentido de la orientación es pésimo; tiendo a olvidar dónde estoy cuando viajo en metro y me paso mi parada de Brooklyn. Me gustan los periódicos, la comida precocinada, los acontecimientos deportivos (grabados con sistema TiVo) y el aire acondicionado puesto al máximo. Ante la disyuntiva diaria de subir dos tramos de escalera hasta mi apartamento o hacerlo en el ascensor, invariablemente opto por lo segundo» (página 41). Imaginemos ahora que esa persona, con la que muchos podemos sentirnos identificados, leyó una vez una información sobre el coronel Percy Harrison Fawcett y se quedó mudo de asombro. E imaginemos, por fin, que decidió investigar extensamente acerca de su figura y de su destino último. Con esos mimbres ya tenemos la base de La ciudad perdida de Z, que la editorial Plaza & Janés ha lanzado en España, con la traducción de Nuria Salinas.
Lo más probable es que muchos lectores de esta reseña no sepan quién fue este explorador, pero quizá sí les pique el gusanillo si les comento que, aparte de ser uno de los mejores conocedores de las selvas perdidas del Amazonas, estaba obsesionado con la existencia allí, en medio de la espesura, de una antiquísima ciudad a la que llamaba Z, una especie de Eldorado fabricado con mármoles y oro. Lejos de ser un pobre loco o un visionario de pacotilla, Percy Harrison Fawcett fue un hombre respetado, aclamado y premiado por las instituciones científicas más importantes del mundo... Pero cuando se adentró en la selva en 1925, acompañado por su hijo Jack y el mejor amigo de éste, Raleigh, pocos podían imaginarse que no saldría nunca más de ella. El legendario explorador que había sobrevivido al acecho de infinidad de animales desconocidos, que logró esquivar las flechas envenenadas de muchas tribus agresivas, que pudo sobrevivir durante meses comiendo larvas y raíces y que siempre, siempre, salió ileso de sus inauditas exploraciones... de golpe desapareció. Jamás se volvió a tener noticia suya. Ni siquiera se encontraron sus pertenencias o sus huesos.
En ese instante comenzó la leyenda de Percy Harrison Fawcett. Durante el siguiente medio siglo, docenas de aventureros se adentraron en la inhóspita selva amazónica (que tiene una extensión cercana a los seis millones de kilómetros cuadrados, algo así como la mitad del continente europeo) y, atraídos por el afán de encontrar los restos del explorador, hallaron la muerte. David Grann, utilizando las cartas inéditas de Percy y las más modernas técnicas de exploración, decidió en el año 2005 ponerse manos a la obra y tratar de aclarar el enigma. ¿Fue Fawcett un desquiciado que terminó perdiendo el juicio gracias a un mapa absurdo (el célebre manuscrito 512, del que Internet ofrece imágenes y explicaciones en abundancia)? ¿O quizá estaba en lo cierto, y la ciudad perdida de Z existió en realidad? ¿Cómo se explican los restos arqueológicos (vasijas, trazados de carreteras, construcciones de elevada dificultad arquitectónica, etc) que han ido descubriéndose en los últimos años, y que parecen darle la razón al explorador británico? Y si existió realmente la ciudad de Z, ¿qué civilización perdida (o aún existente) la puso en pie?La investigación de David Grann está presentada además de forma muy amena, casi de novela; y se completa con un nutrido grupo de fotografías (entre ellas la del supuesto cráneo de Fawcett, que fue descubierto en 1950), que hacen de este libro una auténtica joya para los enamorados de las aventuras, de las historias trepidantes y de los enigmas. Todo lo que se cuenta en estas páginas es verdad, pero los misterios que quedan flotando en algunas de sus páginas son tan oscuros como inquietantes. Es difícil no sentirse atrapado por esta obra, pueden ustedes creerme.