lunes, 27 de julio de 2009

Muerte dulce





Pocas veces he esperado la continuación de una novela con más ansia y con más curiosidad. Y pocas veces he quedado tan feliz como ahora, después de leer Muerte dulce, del espléndido Félix G. Modroño. La primera aventura de don Fernando de Zúñiga, contenida en la novela La sangre de los crucificados (que también publicó Algaida), me pareció tan maravillosa, tan bien escrita, tan bien organizada desde el punto de vista narrativo, que la saludé con alborozo, como era mi obligación de lector agradecido y de crítico honesto. Y me alegra enormemente decir que en esta segunda parte de las aventuras del médico salmantino su autor continúa demostrando que es un fabulador brillante y sagaz.
Ahora don Fernando de Zúñiga, el médico-investigador que ostenta el título de vizconde del Castañar, ha de enfrentarse a un caso especialmente triste: la muerte por envenenamiento de quien puede ser catalogado como su mejor amigo, don Pedro de Urtiaga. Un tiempo antes, había sido encontrado muerto otro amigo de este último, Mikel Jauregi. Y aunque las pistas para esclarecer estas dos muertes resultan al principio tan difusas como endebles, una partida de mus parece estar detrás de sus asesinatos. ¿Los sospechosos? Obviamente, los contrincantes que se alojaban al otro lado de la mesa: Legizamon y Uría. Pero después de que un fuego esté a punto de matar a don Fernando y a su ayudante Pelayo, los problemas irán ramificándose: aparece el cuerpo de Legizamon con una espada clavada. Y resulta ser la espada de Zúñiga. El cadáver de Jon Uría será el siguiente, para desconcierto del investigador, que no atina a encontrarle sentido a estos crímenes encadenados.
¿Qué está ocurriendo, en verdad? ¿Quién es el misterioso asesino que va eliminando a todos los integrantes de aquella partida? ¿Y por qué razón lo hace? El método de don Fernando de Zúñiga (“Intuición aderezada de sentido común”) va a ser puesto a prueba una vez más.
Si a este planteamiento seductor e inquietante le unimos el amor delicado que Félix G. Modroño despliega en estas novelas por las descripciones de paisajes, los pormenores históricos (los fueros, los ornamentos, las comidas, los ritos de embalsamiento, el proceso de elaboración de un vino, los venenos de la India) o los mil detalles policiales de la trama (que terminan encajando a la perfección, sin que advirtamos fisuras, como las teselas de los mejores mosaicos), convendremos en que estamos ante una novela de gran calibre, inquietante, milimétrica, seductora, precisa y preciosa. Me quité el sombrero ante La sangre de los crucificados y, con doble felicidad, me lo quito ante Muerte dulce. Félix G. Modroño ya figura en mi prontuario de autores predilectos.

miércoles, 15 de julio de 2009

El centro de la Tierra





Es difícil sustraerse al hechizo que Andrés Pérez Domínguez imprime a su prosa, tanto novelística como cuentística. En esta ocasión, lo que nos ofrece es una magistral recopilación de relatos que, con el título de El centro de la Tierra, le publica el sello sevillano Paréntesis. En este tomo podemos encontrarnos con todo tipo de personajes y de historias: el hombre que, después de ser despedido, decide robar en la oficina donde trabajaba, ataviado de Papá Noel; el portero de fútbol que se dispone a detener un lanzamiento, en las horas últimas de su carrera deportiva; el ex-convicto que consigue que su ex-mujer le deje pasar la tarde con su hija; el joven que, en su despedida de soltero, encuentra en el puticlub a la chica que lo volvía loco en el instituto; el ladrón que tiene la mala suerte de entrar a desvalijar la casa de una ciega; la mujer que intenta escapar, agónicamente, de ese pueblecito de montaña donde comprende que su vida está agostándose; o aquella profesora de instituto que descubre, en el autobús donde viaja, al torturador que la golpeó y violó durante la dictadura militar que aquejó su país... Y, como elemento vertebrador de tan dispares propuestas, la prosa siempre galvánica, siempre pura y equilibrada de Andrés Pérez Domínguez, que tiene el poder seductor de los mejores estilistas. Con la fuerza de sus palabras y de sus frases, el sevillano consigue que el sudor nos empape el cuerpo mientras aguardamos el lanzamiento del penalti (en “El silencio”) o que nos congelemos de frío (mientras avanzamos en el tren que nos traslada desde Buchenwald hasta Mauthausen en “El último viaje”); que sintamos la emoción que se desprende de un pañuelo que fue entregado durante la guerra civil de 1936 (“Viejos”) o que nos irritemos con los maltratos físicos que sufre una mujer (“Sesión matinal”). En suma, Andrés Pérez Domínguez logra hacer que la literatura se transforme en vida, en vida imaginada y bien contada, en vida llena de luces y sombras, palpitante, enérgica, dulce y melancólica. Un maestro.

jueves, 9 de julio de 2009

Los objetos nos llaman





Sería injusto, a estas alturas de su trayectoria, pretender dar un retrato literario de Juan José Millás, así que me ahorraré la pedantería. A la torre Eiffel o a la Estatua de la Libertad no es necesario explicarlas. Pero lo que no omitiré será la anotación de un hecho que juzgo incontestable: Millás cada vez escribe mejor. Y no se trata tan sólo de una cuestión estilística, o temática, o estructural. Es el hecho de haber accedido a un dificilísimo estadio de “naturalidad narrativa”, como la que demostró Miguel de Cervantes en sus páginas mejores: las frases y las imágenes se van encadenando de modo fluido, armónico, necesario. Las historias (disparatadas unas, emocionantes otras, seductoras todas) van desfilando ante nuestros ojos con la elegancia simple que sólo alcanzan a adquirir los mejores narradores del mundo. Y Juan José Millás (lea sus libros quien me juzgue hiperbólico) forma parte de ese selecto grupo. Su última entrega cuentística, publicada por el sello Seix Barral bajo el título de Los objetos nos llaman, es una increíble demostración de cuanto aquí trato de explicar: setenta y cinco cuentos donde el ingenio, el humor, la fantasía y la tierna ironía de Millás se amalgaman para seducir al lector. Esa vieja etiqueta que usan los publicistas de “No podrá dejar el libro una vez empezado” es, en este volumen, rigurosamente exacta. Personas que están muertas sin saberlo; maniquíes que sudan en los escaparates; las mentiras que rodean el mundo de los Reyes Magos; matrimonios mal avenidos, que se articulan sobre las peleas constantes; llamadas que se reciben desde la ultratumba; un padre con poderes negativos, que es capaz de predecir las cosas que no van a suceder; un hombre que se enamora de la chica que le hace encuestas telefónicas; alguien que, a los cincuenta años, consigue que sus padres le confiesen la verdad: que es cojo de nacimiento... La explosión de historias es tan fértil, tan deslumbrante, tan proteica, que sólo alcanzaría a ser totalmente justo si detallara los setenta y cinco argumentos, uno detrás de otro. Y ésa es otra: ¿qué narrador que no sea un prodigio de talento imaginativo se puede permitir el lujo de regalar a sus lectores, en un solo libro, tal cantidad de cuentos, sin caer en la avaricia calculadora de desarrollar quince o veinte, y guardar los restantes para futuras publicaciones? Estamos ante el Millás más generoso, el Millás más brujo, el Millás más genial. La madurez de los grandes es un regalo para la Historia de la Literatura.

jueves, 2 de julio de 2009

Venganza tardía





Por lo que sea (que no voy a meterme ahora a hacer psicoanálisis de mí mismo), resulta que Ernst Jünger no me cae bien. Y no es por su pasado nazi, ni porque sus obras me desagraden. No sabría decir la razón exacta. No la encuentro. Me pasa también con Manzanita, con Hemingway, con Roy Orbison y con algunos más. Me caen mal y punto. Sin más explicaciones. Tengo derecho a tener fobias, supongo. Ahora me he leído la última entrega de Jünger, que se titula Venganza tardía y que, traducida y anotada escrupulosamente por Enrique Ocaña, publica el sello catalán Tusquets. Me hubiera gustado decir que me ha gustado (yo distingo siempre al autor de sus obras), pero la verdad es que considero que se trata de un volumen prescindible. Mi baremo para estipular si una obra merece tal etiqueta es sencillo. Me pregunto: “¿Esto se lo publicarían a un desconocido?”. Si la respuesta es negativa la obra es prescindible, aunque la firmen Vargas Llosa, García Márquez o Milan Kundera. Y si la respuesta es afirmativa la aplaudo, aunque la firme Pepito López. Supongo que me estoy explicando. ¿Qué interés puede tener, para un lector razonablemente sensato, que Jünger nos cuente lo mal que le iba en el colegio con el profesor Hilpert, o el poco grado de empatía que fue capaz de conseguir con el profesor Corax? Esa charcutería sentimental puede ser útil para un doctorando que trabaje sobre la obra de Jünger, pero poco más. Y en esta obra, desde luego, no hay otras revelaciones. La belleza literaria brilla por su ausencia, la música de las frases es alicorta y el interés “global” de la pieza es harto discutible. Queden salvadas, eso sí, las notas que introduce Enrique Ocaña al final del tomo, que son brillantes, enjundiosas e iluminadoras. Siempre guardaré en la memoria, no obstante, la única anécdota que me ha parecido notable del volumen: un día, la madre de Ernst le reprochó que, tras haber dibujado un paisaje con patos y ovejas, los primeros tuvieran mayor tamaño que las segundas. El niño Jünger alzó la mirada y le dijo: “Los patos son más grandes porque son mis preferidos” (p.19). Jorge Luis Borges tal vez hubiera dicho que esa anécdota salvaba la obra. Yo quizá sería menos generoso que el maestro argentino.