domingo, 31 de mayo de 2009

Tres pasos por el misterio





Si algún profesor que imparta clases en secundaria no sabe quién es el escritor Agustín Fernández Paz es porque algo no funciona bien en el sistema. Un novelista que ha obtenido premios como el Lazarillo, el Edebé, el Barco de Vapor o el Nacional de Literatura Infantil y Juvenil ha de ser conocido (profesionalidad y pundonor obligan) por todos aquellos que tienen como misión la de contagiar a los más jóvenes el entusiasmo por la lectura, por los libros, por las historias hermosas y bien contadas. Ahora, la editorial Anaya acaba de enriquecer nuestra colección de obras del autor gallego con Tres pasos por el misterio, un volumen donde se dan cita otras tantas narraciones de misterio, intriga y terror, maravillosamente escritas. En la primera, “Las sombras del faro” nos encontramos con Miguel, un hombre de casi cincuenta años que vuelve, tres décadas después de haberse ido, a la localidad de Pontebranca. Allí conoció a Marta... y allí también se vio envuelto en un misterioso enigma que giraba alrededor de un faro al que los lugareños no osaban acercarse. La solución del tenebroso asunto tendrá más que ver (pronto lo descubrirá) con los horrores de la guerra civil española de 1936 que con el mundo de la ultratumba o de la pura fantasía adolescente. La segunda propuesta, menos extensa pero igualmente prodigiosa, lleva por título “La serpiente de piedra” y nos sumerge en un universo bien distinto: ahora leemos las notas que escribe con cierta prisa un hombre que, aficionado desde joven a la arqueología, se fue especializando en la investigación de los megalitos. Un día, la excavación que está desarrollando en A Roza das Modias le depara el descubrimiento de algo increíble: una serpiente articulada, de piedra, que ningún especialista alcanza a explicar, y que él traslada al museo donde trabaja, para exhibirla y convertirla en objeto de admiración. Y ahí es donde se desata la pesadilla: unos extraños visitantes, que resultan ser adoradores de la Diosa Serpiente, comienzan a frecuentar el museo con sospechosa asiduidad. Y realizan extraños rituales nocturnos, donde sangre, locura y siniestros presagios se unen para aturdir al protagonista. Finalmente, la tercera narración, que lleva por título “Una historia de fantasmas”, nos transporta hasta el Camino de Santiago. Unos peregrinos, que distraen el ocio de las noches recitando poemas y contándose episodios de amor, terminarán descubriendo que un libro de José Ángel Valente puede ser el instrumento que utilice un hombre fallecido en un accidente para comunicarse con su amada. Con una prosa estupenda, unos personajes trazados con gran detalle y un manejo prodigioso de los tiempos narrativos, Agustín Fernández Paz vuelve a demostrarnos que la literatura de calidad carece de toda etiqueta cronológica, y que hay auténticos genios de las letras que, por voluntad propia, eligen entre los más jóvenes a sus lectores naturales. Leerlo y admirarlo son operaciones consecutivas. Para comprobar tal afirmación no hace falta más que abrir este volumen y sumergirse en sus primeras páginas. El hechizo de las buenas letras es inmediato.

sábado, 23 de mayo de 2009

Negro sobre fondo azul





José María Jiménez es una caja de sorpresas. No contento con la noble tarea de curar el cuerpo de la gente (es médico, de la cosecha del 55), se dedica en los últimos años a curarnos también el alma, a base de pequeñas historias llenas de inteligencia, sensibilidad y buen pulso narrativo. La primera demostración salió publicada en la Editora Regional de Murcia con el precioso título de El guardián de las mareas; y ahora, la pujante Tres Fronteras Ediciones se anima a lanzar, en su colección ‘La Biblioteca del Tranvía’, su obra Negro sobre fondo azul, cuatro relatos donde volvemos a constatar la pericia de su autor. En el primero de ellos (“Tauromaquia”) nos perfila, con tres pinceladas, una historia de burla y toreo que sólo al final, borgianamente (cómo no acordarse de aquel prodigioso cuento que se titulaba ‘La casa de Asterión’, del maestro argentino), nos descubrirá su secreto... En el segundo (“La primera muerte”) se nos hace reflexionar sobre el abrupto final de Darius H., un chico que, sin haber cumplido la veintena, encuentra la muerte en un combate bélico. Una bala decidió “alojarse en su cerebro como un huésped ruin” (pág.15) y ahí terminó todo. Las páginas posteriores, magistralmente moduladas, son el conjunto de reflexiones que José María Jiménez articula alrededor de esa muerte: el sinsentido de la guerra, el horror de la caducidad, cierto panteísmo reconfortante... La tercera propuesta es “Bien, Rony, bien”, donde juega con varios planos narrativos para contarnos una historia más compleja que las anteriores, en la que un médico se convierte en eje y protagonista. La serie atroz de sucesos, que parecen encaminarnos hacia la tragedia, se resuelve al final de un modo inesperado. La ingratitud, la brutalidad y el fatum juegan al corro en las páginas de este texto... Y la última historia es la que da título al tomo: la aventura acuática de dos niños que se suben a una barca y que viajan por el río (una atmósfera que recuerda por momentos al libro La isla de las ratas, de Santiago Delgado). Al fin, el lector descubrirá que se trata de un viaje más profundo y más misterioso de lo que pudiera parecer. Segundo libro de cuentos de José María Jiménez, y segundo acierto. No es mal rumbo.

lunes, 18 de mayo de 2009

Los poetas del 27, clásicos y modernos





Enfrentarse a la lectura de un libro del catedrático Francisco Javier Díez de Revenga sobre los poetas del 27 es siempre una tarea que enriquece y que deslumbra. Y lo es por varios motivos. En primer lugar, porque somos conscientes de que estamos leyendo las palabras de quien, según afirmó Santiago Delgado en su libro Apuntes murcianos de literatura, es “el más significado albacea literario de la crítica universitaria acerca de la Generación del 27”; en segundo lugar, porque siempre nos aporta unos enfoques nuevos sobre aquellos escritores, unos detalles en los que no habíamos reparado con anterioridad, un nuevo punto analítico desde el que contemplarlos; y en tercera instancia porque el profesor murciano redacta sus trabajos con sencillez y transparencia (lo cual no es tan frecuente en el mundo farragoso de la exégesis erudita). Ahora, el sello Tres Fronteras Ediciones nos acaba de iluminar con la aparición del tomo Los poetas del 27, clásicos y modernos en su colección de Estudios Críticos. En él, Francisco Javier Díez de Revenga nos regala un paseo impagable por la poesía satírico-moral de Pedro Salinas, por la primera vanguardia de Rafael Alberti, por el creacionismo de Gerardo Diego, por la visión de la ciudad de Nueva York que nos legó Federico García Lorca después de su estancia en tierras norteamericanas, por los poemas paradisíacos de Vicente Aleixandre o por la innovación y la revolución que supusieron los postulados líricos de Dámaso Alonso (amén de aproximaciones a otros poetas menos conocidos por el público general, como Manuel Altolaguirre o Emilio Prados, a los que Díez de Revenga ha dedicado estudios magníficos anteriormente). Pero es que, además de aportarnos un buen número de juicios inteligentes y de reflexiones de hondo calado, el catedrático murciano también desliza algunas anécdotas más “humanas”, como cuando explica en la página 36 que Pedro Salinas detestaba la coca-cola, y “no permitía que fuera bebida en su casa, en Estados Unidos”. Una sonrisa de vez en cuando también contribuye a que obras como ésta recubran de piel a los poetas más célebres de nuestro siglo. Particularmente, me han parecido deliciosos y llenos de apreciaciones de gran valor, el estudio que le dedica a García Lorca y las glosas a los poemas “Los insectos” e “Insomnio”, de Dámaso Alonso. Pero, insisto, todas y cada una de sus páginas encierran sabiduría y la transmiten con elegancia eficaz. Es el mejor elogio que se le puede hacer a un libro de este género. Los profesores de literatura tenemos un nuevo documento crítico al que aproximarnos para aprender o renovar nuestros conocimientos.

domingo, 17 de mayo de 2009

El padre Sergio



Stepán Kasatski no ha sido nunca un hombre feliz. Su padre, coronel de la guardia retirado, murió cuando él contaba apenas doce años, y ese fallecimiento prematuro provocó que el muchacho fuera ingresado en el Cuerpo de Cadetes. Su noble espíritu y su fidelidad inquebrantable al zar Nicolái Pávlovich le hacen ser cada vez más considerado en su entorno, pero un suceso desgraciado tronzará su vida y la llevará por un rumbo inesperado: se enamora de la hermosísima condesa Korotkova. No tardará en descubrir, con un dolor inmenso y con una tremenda convulsión (pág.23), que la joven, antes de ser su novia, fue amante de su adorado zar Nicolái. ¿Cómo exigirle responsabilidades a su propio señor? ¿Y cómo aceptar a una mujer que ha pasado por las manos libidinosas de otro hombre? Devorado por la angustia, Stepán Kasatski se retira a un monasterio, ordenándose con el nombre de Sergio.
Durante años, la vida en el cenobio satisface plenamente sus inquietudes espirituales, y se va purificando en el trabajo, en la renuncia al amor y al sexo, y en la obediencia a sus superiores. Pero al cabo de un tiempo decide acendrar todavía más su sacrificio, y solicita que le permitan retirarse a una solitaria gruta excavada en la montaña, con la intención de convertirse en ermitaño. A ese lugar acudirá la casquivana y sensual Makóvkina, que pretende turbar al padre Sergio y obligarlo a desearla. Pero no cuenta con la férrea tenacidad del eremita, quien se amputa un dedo de un hachazo (pág.60), antes que ceder a la voluptuosa tentación de la dama. Este signo de casta firmeza convence a los lugareños de los alrededores de que el padre Sergio es un hombre santo. Y ahí, curiosamente, es donde comienzan todos sus problemas, como pronto descubrirá el lector.
La prosa elegantísima de Tolstói, traducida por Bela Martinova y editada con la hermosura a la que nos tiene acostumbrados el exquisito sello Rey Lear, no es sino la envoltura deleitosa con la que se nos ofrecen los auténticos mensajes de la novela: ¿quiénes somos realmente? ¿Qué cantidad de libertad nos es dado elegir en la vida? ¿Cómo repercuten nuestras acciones sobre las personas de nuestro alrededor? ¿Qué grado de orgullo, o de necedad, o de empecinamiento, nutre de un modo subterráneo nuestras decisiones más aparentemente limpias?

Stepán Kasatski, que soñó con ser un hombre dedicado al servicio del zar; que soñó con poseer el amor de la condesa Korotkova; que luego se recluyó en un monasterio al servicio de Dios; y que finalmente buscó la soledad del páramo (para decirlo con sintagma gongorino), intentando estar a solas con su Dios... Ese mismo Stepán, se aboca a sus últimos días acariciando la idea del suicidio y murmurando: «¡Sí, hay que acabar, Dios no existe» (pág.88). Descubrir los tortuosos meandros de su desesperación queda, como es lógico, en manos de los lectores.

viernes, 15 de mayo de 2009

Baúl de prodigios





La utilización de la chistera o el baúl como espacios mágicos de los que todo puede brotar es antigua. Y Miguel Ángel Zapata, que lo sabe, retorna al viejo procedimiento para entregarnos en Baúl de prodigios su magnífica pirotecnia de relatos breves, apuntes y sorpresas, donde pone de manifiesto su gran soltura a la hora de escribir. Las diversas secciones que componen este volumen, tituladas con elegancia y con misterio (“Manual de seres impares”, “Dialéctica de lo inerte”, “Frutos celestes”, “Necrología” y “Sueños de un loco dormido dentro de un baúl”), están cargadas de excelentes demostraciones de cómo se pueden conseguir unos resultados francamente meritorios con los escasos mimbres de la microficción. A veces, lo conseguirá con inyecciones de humor negro (“Los servicios de emergencia llegaron finalmente. Pero todo fue en vano. Demasiado tarde: el cadáver presentaba signos de una notable mejoría”, p.69); a veces, con la elaboración de textos que bordean la piel de la greguería (“Al abrir la puta sus piernas, mil orgasmos fingidos escaparon de su vulva”, p.114); y otras, en fin, con la habilidad de quien construye sus relatos gota a gota, pensando en cada sustantivo y en cada adjetivo como diamantes verbales, que ocupan un sitio calculado al milímetro en la topografía del cuento. Otro de los méritos indudables de Miguel Ángel Zapata es la burbujeante fantasía que introduce en sus páginas, y que incluye pingüinos que tocan el piano en la Antártida (“Fracaso de los héroes”); siameses unidos por la nuca, que monologan, se identifican y se quejan delirantemente (“Dos”); criaturas extraterrestres que se ven abocadas a partos nauseabundos, por culpa de la notable liviandad con la que se comportaron en su despedida de soltera (“Romper aguas”); hombres a los que les brotan arañas de las manos (“Intrusión”); confesiones digestivas de un devorador de libros (“Bibliofagia, o breve exaltación de la gula como arte bellísimo y vacuo”); variantes perversas de cuentos clásicos como el de Caperucita (“De la inocencia y otros pecados”); enumeración de las posibilidades amorosamente tétricas de un sueño prolongado (“Morfeo”); o, en fin, el horror amputatorio que se puede derivar de una obsesión erótica (“Mírame”). Ninguno de estos argumentos se sostendría en pie si lo cogiera un escritor mediocre, porque lo malbarataría. Pero no ocurre así con Miguel Ángel Zapata, que es un malabarista y un ingeniero y un mago. Por momentos, recuerda a Julio Cortázar; por momentos, a Quim Monzó; por momentos, a Ángel Olgoso. ¿Hacen falta más explicaciones para decir que este libro de relatos, que pertenece a una colección coordinada por Miguel A. Cáliz, es un auténtico placer para los amantes del género?

martes, 12 de mayo de 2009

El pájaro de fuego





Alexandr Nikolaevich Afanásiev (1826-1871) fue un folclorista ruso que se empeñó durante años en recopilar aquellas narraciones que, contadas de forma oral en su tierra, corrían serio peligro de perderse al cabo de algunas generaciones. Esa labor, cuya importancia los intelectuales de su tiempo se obstinaron en no entender, consumió su salud y su fortuna. Lejos de la popularidad que adquirieron otros que, en países distintos a Rusia, se empleaban en la noble tarea de rescatar sus raíces culturales, Afanásiev murió tuberculoso, en medio del desprecio y de la postergación, tras haber tenido que vender su biblioteca para comer y adquirir medicinas. De aquellos legendarios ocho volúmenes que consiguió completar (un total de casi setecientas historias) acaba de salir ahora una interesante selección de Carlos Vega que, con la traducción de Isabel Vicente, ha publicado el inteligente sello Alianza Editorial.
Allí podemos encontrar todo tipo de temas (humor, crueldad, tiranía, astucia, venganza, aventuras galantes), todo tipo de personajes (pobres campesinos ingenuos, madrastras retorcidas, niños desamparados, muertos que se aficionan a devorar cadáveres, chicas que se divierten encubriendo su identidad sexual, zares rijosos, mujeres testarudas) y todo tipo de ambientaciones (desde las palaciegas hasta las más humildes), en un corpus de deliciosa ingenuidad, donde sobresalen algunas historias por su especial valor simbólico o literario. Así, «Snegúrushka y la zorra» es una magnífica fábula para que comprendamos que no siempre este pobre animal es un representante de la astucia malévola: también puede ser la víctima de la ingratitud de los seres humanos; «Vasilisa la Bella» nos conducirá a un mundo de mágicas muñecas que cumplen los deseos de sus propietarias; «El cacharrero» nos sorprenderá con su divertida demostración humorística de que el dinero es, en verdad, el motor del mundo en que vivimos; y «El serón», con su profunda carga ideológica y su contundente mensaje moral, nos hará entender que lo que hagamos a nuestros padres (atención o desatención, cariño o desdén) nos será hecho por nuestros hijos a nosotros, en justa correspondencia.

Es siempre una gran idea que las editoriales de importancia refresquen el viejo mundo de las narraciones populares, recordándonos las más entrañables o educativas en un formato de fácil manejo. Y si lo hacen como Alianza Editorial, con un precio ciertamente asequible, el resultado es digno de aplauso y de admiración. Los casi cincuenta relatos que se ordenan en este volumen (y que, como digo, deparan a los lectores todo tipo de emociones: sonrisa, pensamiento, enseñanza o lágrimas) pueden conseguirse por ocho euros en cualquier librería. Un argumento más para no perderse esta obra.

lunes, 11 de mayo de 2009

Los fuegos de la memoria





Es improbable que nadie pueda compararse, en España o fuera de España, a Jordi Sierra i Fabra (Barcelona, 1947), uno de los escritores más fecundos de la historia de nuestra literatura. Y es improbable que exista un solo tema, juvenil, infantil o de adultos, que no aparezca tratado en alguna de sus obras: el racismo, la exclusión social, la marginación, la droga, la delincuencia, el sexo, la política, la educación, la música, los problemas escolares, el humor, la amistad, las relaciones norte-sur, los viajes, el misterio... Hoy traemos a esta página de novedades una novela que lleva por título Los fuegos de la memoria y que le publicó la editorial valenciana Algar el año pasado, tras habérsele concedido el premio Bancaixa de Narrativa Juvenil 2007. Su tema, actualísimo y de notable impacto emocional, son los viejos muertos perdidos de la guerra civil de 1936; aquellas personas que, como consecuencia de la barbarie fratricida que sacudió nuestro país hace siete décadas, vieron truncadas sus vidas y fueron sepultadas en fosas anónimas, dispersas por cunetas, campos y montes. Ahora, cuando algunas iniciativas públicas y privadas están comenzando a excavar esas fosas para que sus moradores descansen en un sitio menos infame, Los fuegos de la memoria nos habla de Los Trece de San Agustín, un grupo de hombres leales a la causa republicana que, en julio de 1936, se atrincheraron en el pequeño pueblo de San Agustín del Valle y defendieron con uñas y dientes la legalidad constitucional. Ahora, ya en el siglo XXI, un grupo de la ARMH (Asociación por la Recuperación de la Memoria Histórica) consigue activar todos los permisos necesarios y desentierra los cuerpos de aquellos pueblerinos masacrados. Y entonces estalla la sorpresa: sólo hay doce cadáveres en la fosa. Uno de los Trece de San Agustín, sencillamente, no está. Resulta fácil comprender el impacto que este acontecimiento produce en los familiares, en los aldeanos... y en los medios de comunicación. Un periodista, curioso, comienza a indagar y a tirar de varios hilos. ¿Dónde está el muerto que falta? ¿De quién podría tratarse? ¿Cómo fue posible que sobreviviera? ¿Y hasta cuándo sobrevivió? Las sorpresas, cada vez más espectaculares, se irán sucediendo sin cuartel, hasta las impactantes páginas finales de la novela. Una vez más, con su habitual prosa ágil, sus diálogos de gran fluidez y unos personajes frescos y dinámicos, Jordi Sierra i Fabra consigue una obra donde mezcla los mimbres de otras novelas (como Soldados de Salamina, de Javier Cercas, o La llave de Sarah, de Tatiana de Rosnay) y los pone al servicio de una trama juvenil muy sugerente. Los profesores de literatura (pero también los de historia, y aun los de religión) pueden recomendar estas páginas con absoluta confianza: los lectores que las frecuenten no saldrán en ningún caso defraudados de ellas. Y además aprenderán a respetar y comprender las lágrimas del pasado. Es una lección importantísima que no deberíamos ahorrarles.

jueves, 7 de mayo de 2009

El armario de Abdou



Caigan las bendiciones de Alá sobre la persona que esté encargándose de decidir qué libros entran a formar parte del catálogo de La Biblioteca del Tranvía, de la editorial murciana Tres Fronteras. Y háganlo porque está demostrando una finísima capacidad para elegir textos de gran belleza y que respetan fielmente el espíritu de la colección: poner en las manos de los lectores unos volúmenes de pequeño formato, que oscilen entre las 30 y las 70 páginas, y que resulten amenos, elegantes y representativos de la literatura más ágil de nuestra Región.
Una de las nuevas propuestas que nos lanzan es El armario de Abdou, de Gonzalo Gómez Montoro, siete relatos muy conseguidos con los que el público podrá familiarizarse con el estilo narrativo de un autor premiado y joven, amante de la buena prosa, “los viajes, las bibliotecas públicas, Internet y el café” (según nos dice en la contraportada). Los lectores que se sumerjan en esta laguna de cuentos se encontrarán primero con Abdou, un pobre trabajador inmigrante que encuentra en la basura un maravilloso armario, con el que quiere obsequiar a su hija con motivo de su cumpleaños; luego les será presentada una vieja gloria del fútbol que, retirado y cincuentón, ha malvivido como taxista hasta que le llega una llamada de su antiguo club para tributarle un homenaje; más adelante, un viudo que se ve atosigado por unas sombras que lo acechan por la calle; y un hombre que no atina a encontrar aparcamiento, mientras le explota la vejiga; y el señor que se baja de un tren para encontrarse en el andén con una profesora; y el hijo de un empleado del Instituto Nacional de Previsión, que reniega de su calculado futuro funcionarial y que prefiere convertirse en el chófer de una misteriosa anciana del pueblo... Personajes, situaciones e historias de gran sencillez, donde el humor, la tristeza, la melancolía y también la reflexión son presentadas con una prosa de limpieza poco frecuente.
Hace apenas unos días, el autor comentaba en una página de Internet donde habitualmente escribe (www.aguasdeceniza.blogspot.com) que le habían concedido un accésit en un concurso literario de Albacete. Y cruzaba los dedos para pedir que siguiera la racha. Viendo la enorme calidad de sus cuentos, el lector comprende que no se trata de una simple racha, sino de justicia. Gonzalo Gómez Montoro tiene madera, y El armario de Abdou es su última demostración editorial.

domingo, 3 de mayo de 2009

Carta a un profesor de Lengua y Literatura del siglo XXI



En uno de sus poemas escribió don Antonio Machado: “No es profesor de energía / Francisco de Icaza,/ sino de melancolía”. Y traigo a la memoria y a la pantalla esta sentencia para explicar que con Santiago Delgado ocurre lo contrario: todas las melancolías, añoranzas, frustraciones y desánimos que pudieran haber surgido de su dilatada experiencia en el mundo de las aulas quedan muy pronto atrás, frente al torrente imparable de su vocación de enseñar. Sirva de muestra su último volumen: Carta a un profesor de Lengua y Literatura del siglo XXI, donde realiza la disertación más difícil: explicar a los profesores que su labor no tiene por qué ser desalentadora, ni por qué quedarse estancada. Que el proyecto de un profesor, de un maestro, tiene que estar constantemente vivo, constantemente cambiando, y que cualquier elemento que incorporemos a nuestra labor docente ha de servir para mejorar la práctica educativa: el cine, las mejores novedades de la tecnología (pizarra digital, Internet, el cañón), las lecturas orales en clase, la caligrafía, la insistencia para que nuestros alumnos lleguen a pronunciar bien el español estándar, el uso de canciones que permitan comprender mejor el uso del ritmo, de los tópicos o de la rima, etc. Miles de posibilidades que están ahí, esperando que las usemos y que las vayamos enlazando con lo más profundo de nuestra práctica docente como encargados de enseñar el idioma a los alumnos. Alejados de cualquier utilización espuria de los textos literarios (“La Literatura no fue creada para los profesores”, p.13), debemos ser conscientes de que el principal objetivo es doble: que los alumnos adquieran el manejo oral y escrito del español y que, llegado el caso, puedan acceder a las producciones cada vez más elevadas que con él se han logrado. Pero ningún escalón, nos dice el autor, es desdeñable: ni los periódicos, ni las páginas web, ni los romances populares... Nada. Quedarse estancados en el mundo de “lo literario”, por idílico que esto pueda parecer o por bien que nos lo explicaran a nosotros hace años, es actualmente erróneo (“La endogamia literaria es un vicio intelectual, una erudición obsoleta y un pecado pedagógico”, p.19). De ahí que debamos convencernos de que seguir con la lectura exclusiva de “los clásicos” es una torpeza, porque la finalidad última de las lecturas obligatorias es crear lectores, y difícilmente se convertirán en lectores quienes sean forzados a leer obras que, por su edad, temperamento y preparación intelectual, no están capacitados para entender. Por tanto, resulta preferible que los alumnos sean invitados a leer obras juveniles de calidad firme y contrastada (Santiago indica la necesidad de que los profesores estén al día sobre los premios Gran Angular, Barco de Vapor, Lazarillo, Alfaguara y otros de similar orden). Y lo sintetiza en unas frases tan polémicas como, en mi opinión, acertadas: “Leer o es un placer o es un tormento. La lectura obligada debiera estar proscrita en las aulas. Sobre todo la lectura obligada única”, p.30). El profesor, al hilo de estas reflexiones, debe estar constantemente al día, leyendo de manera tenaz e ilusionada todo lo que va saliendo al mercado. Conociendo lo que leen sus alumnos sabrá cómo guiar su proceso de aprendizaje con más elementos de juicio. Si ellos leen Crepúsculo y nosotros nos obstinamos en meterles en la cabeza que han de leer antes el Lazarillo de Tormes, sólo lograremos su desconfianza. Y quizá su alejamiento definitivo de toda la literatura clásica. En la dicotomía “erudición vs. ludicidad”, Santiago lo tiene clarísimo: “La segunda debe preceder en el tiempo pedagógico a la primera” (p.33)... Podría seguir enumerando las virtudes de este libro, pero prefiero dejarlo aquí, para que los profesores interesados (que debieran ser todos) descubran por sí mismos las inauditas aportaciones que estas páginas suministran. Básteme decir que jamás me había encontrado con una obra de ensayo que me devolviera con tanto vigor las ganas de meterme en el aula y probar cosas nuevas. Le debo a Santiago Delgado una impagable inyección de energía. Y creo que se la deberá todo aquel que lea este hermoso y enriquecedor volumen