martes, 8 de diciembre de 2009

Poeficcionario




Quizá lo más sorprendente de los genios de la literatura es la capacidad que tienen para seguir provocando, tras su desaparición, un huracán de influencias sobre otros escritores. Algunos, desarrollan ese influjo en vida y generan imitadores de cierto mérito (García Márquez); otros, se extienden en epígonos mentecatos, que no servirían ni para descalzar al maestro (Borges); y otros, en fin, encuentran a sus prolongadores naturales mucho después de su muerte. Es lo que ocurre con Edgar Allan Poe, del que ahora recordamos el segundo centenario de su venida al mundo.
El sello Ediciones Irreverentes lo ha querido celebrar con un volumen de cuentos titulado Poeficcionario, en el que una serie de admiradores del escritor de Boston han querido revisar algunos de sus más célebres relatos, vertiéndolos a un lenguaje y unas situaciones actuales. Las trece propuestas aparecen ilustradas de manera brillante por Aubrey Beardsley y están prologadas por Luis Alberto de Cuenca. Ofrecer un comentario o resumen de todas superaría notablemente los límites de una reseña en esta página, pero sí que se antoja necesario reseñar cuatro o cinco. Así, por ejemplo, José Manuel Fernández Argüelles nos entrega, en «La Montilla» la historia de una prostituta, antigua estudiante de Derecho, que ha decidido vengarse de la persona que la empujó hacia su posición actual: el juez don Ramón Cruceta, al que terminará conduciendo hacia el sótano de un antiguo local de alterne. Para los lectores de «El barril de amontillado» no será preciso añadir nada más. O esa otra versión, firmada por Raúl Hernández Garrido, donde «La caída de la casa Usher» es leída en clave moderna, con edificios vanguardistas, especuladores inmobiliarios y abogados que se ven inmersos en tramas que los superan. O la sugerencia que nos desliza Miguel Ángel de Rus para que leamos «El corazón delator» con parámetros de la más rabiosa actualidad (a la actualidad se la suele adjetivar frecuentemente de rabiosa, como si se hallara aquejada por un rhabdovirus). Su ficción, titulada «El corazón delator, en directo», nos propone una atrevida reflexión sobre los límites del mal, los matices inextricables de la locura... y la influencia omnímoda de la televisión en el presente. O, en fin, esa colección de pequeñas historias traspasadas de humor que Manuel Villa-Mabela recopila en «El entierro prematuro», donde nos cuenta los episodios acaecidos a un marido excesivamente frecuentador de prostitutas («Sufría dependencia vaginal de estraperlo», p. 166) al que su mujer envenena y golpea para enterrarlo antes de hora. O el caso, tan terrible como jocoso, de Pierre Delafrance, un inspector de Hacienda sodomizado tumultuosamente por «una jauría de gays en estado salvaje de celo» (p.167). En suma, un libro donde lo gótico, el humor, lo macabro, los odios y las venganzas se funden en trece narraciones que resultarán interesantes para la inmensa mayoría de los lectores. Ocasión inigualable para reencontrarnos con Poe, y de paso adentrarnos en una serie de narradores actuales que tienen mucho que decir.

4 comentarios:

Leandro dijo...

La verdad, yo no sé si me atrevería a reescribir o revisar un cuento de Edgar Allan Poe; sobre todo, uno de los que me gustan. Pero sí que me pica la curiosidad por saber cómo lo han hecho otros. A tareas pendientes

Anónimo dijo...

Hola, Leandro, encantada saludarte,a tí y al autor de esta página; ya que he estado bastante cerca del fogón donde se cocinaba este libro,creo que los relatos de Poe fueron una gran inspiración para los amantes de la literatura y por otro lado la huida de la realidad, oportunidad de atreverse a una locura literaria, que es bastante saludable. Gracias, Ruben. Espero que de verdad os guste. Gracias. Vera

Clares dijo...

Si tú lo dices, seguro que está bien, pero no soy muy amiga de los pastiches. Me producen como un poco de reparo, como si fueran sucedáneos o algo así. Querido Rubén, no me eches más al capazo, que ya no dan para tanto las vacaciones. Dentro de ná tenemos aquí a Pilar, habrá que celebrarlo. Abrazos.

Rubén dijo...

¡Vaya que si lo vamos a celebrar! Nos vamos a poner ciegos de botellas de Font Vella. Como haber Dios. Avisa con tiempo, que prepare el Almax.