miércoles, 23 de diciembre de 2009

Doctores del Infierno




Si la pregunta que se me formulara es por qué estoy leyendo, en los días previos a la Navidad, un libro sobre las atrocidades de los médicos nazis en los campos de exterminio respondería que por la misma razón que me llevó a leer sólo obras escritas por mujeres mientras cumplía el servicio militar: para equilibrar la balanza. En un ambiente dominado por la testosterona hay que leer a Mercedes Salisachs, a Marta Portal o, como mucho, a Kavafis. Y en un ambiente donde prima la mentirosa creencia en la bondad del ser humano, lo que se impone es recordar lo indigno, salvaje, cruel y malévolo que puede ser el bípedo implume. Vivien Spitz, que fue la taquígrafa más joven durante los juicios de Nuremberg, nos explica aquí, con rigurosa exactitud, lo que ante ella explicaron con perfecta naturalidad aquellos médicos, aquellos anestesistas, aquellas enfermeras. Cómo amputaron piernas para observar la velocidad a la que podían cicatrizarse heridas; cómo obligaron a docenas de personas a mantenerse a base de agua salada, para luego diseccionarlos y observar el comportamiento de sus órganos internos; como inocularon la malaria a centenares de personas, para ejecutar con ellas una serie de tratamientos delirantes; cómo produjeron heridas con gas mostaza para medir la profundidad de las quemaduras; cómo probaron mil y un métodos de esterilización (por rayos X, por métodos químicos) de cara a la aceleración de la Solución Final; cómo disparaban balas conteniendo veneno en brazos y muslos de los prisioneros, para medir el tiempo de su muerte; cómo ejecutaron a 112 judíos para descarnar sus esqueletos y componer un siniestro museo anatómico destinado a la universidad de Estrasburgo (sí, Estrasburgo, donde ahora trabaja el Defensor del Pueblo del continente europeo)... Atrocidades sin límite ejecutadas por médicos que habían suscrito sin que les temblara la voz el Juramento de Hipócrates y que, durante los juicios de Nuremberg, seguían defendiendo su inocencia con el quebradizo argumento de que luchaban por el avance de la medicina. La editorial Tempus, gracias a la traducción de Victoria Horrillo, pone en nuestras manos el acta de aquel horror. Y la autora, en la página 329 de este espeluznante trabajo, nos resume la esencia del problema: “En los genocidios hay cuatro categorías de seres humanos: el perpetrador, la víctima, el espectador callado y el salvador”. ¿En cuál de esas cuatro categorías nos tocará inscribirnos a nosotros, la próxima vez?

5 comentarios:

supersalvajuan dijo...

Y lo peor es que, de la Solución Final, se pasó a la Resolución Final.
http://www.youtube.com/watch?v=0LZ9Nn1Bt1g
Somos unos cafres que no aprendemos. Y todo lo demás.

Clares dijo...

Este tipo de libros sólo los leo de uvas a peras, porque me ponen una uva de las peores. Este verano leí las Benévolas, la novela de Littel, y pasé un mes de julio asqueroso. No podía leerlo por la tarde o noche porque luego no podía dormir. Para que veas. Nunca he entendido ni nunca podré entender que los seres humanos llegaran a semejantes pozos infernales, es que no me cabe en la cabeza. Yo creo que todas las miserias posteriores vienen de ahí, de esa bajeza insondable. La perplejidad y el horror nos acompañarán para siempre. Rubén, a pesar de todo, puedes compensar esa lectura con la del Quijote o escuchando a Mozart, o leyendo una biografía de Ghandi, es lo que nos puede consolar, darnos algún sentido para no hacernos unos nihilistas.
Un abrazo, amigo, y, a pesar de todo, disfruta de estas vacaciones y de estas fiestas con toda la gente que quieres.

Gonzalo dijo...

Ya he leído tu entrevista en Vega Media Press, Rubén. Muy inteligente y lúcida, como no podía ser menos. La he disfrutado un montón.
Un abrazo,
Gonzalo

Leandro dijo...

El ser humano es ambivalente, o dicho con cierta genialidad, ambibalante. Tan mentirosa es la creencia en su bondad, como en su intrínseca maldad. La inteligencia, esa misma inteligencia que distingue al ser humano de otros animales, nos juega a veces muy malas pasadas; esas que citas son una buena muestra. Hay muchas clases de seres humanos, y yo me atrevería a decir que en cada ser humano conviven muchas de esas clases. En fin, sin ánimo de alimentar esa mentirosa creencia a la que te refieres, Rubén, te deseo que pases una feliz Navidad, sobre todo ahora que pareces haber terminado con la lectura de esa cámara de los horrores. El año... confío en que nos lo podremos ir felicitando poco a poco

Rubén dijo...

Sí, probablemente tienes razón, Leandro. Y espero que este año nos veamos para tomar café en Murcia, un día. Que se apunte quien quiera.