
Por lo que sea (que no voy a meterme ahora a hacer psicoanálisis de mí mismo), resulta que Ernst Jünger no me cae bien. Y no es por su pasado nazi, ni porque sus obras me desagraden. No sabría decir la razón exacta. No la encuentro. Me pasa también con Manzanita, con Hemingway, con Roy Orbison y con algunos más. Me caen mal y punto. Sin más explicaciones. Tengo derecho a tener fobias, supongo. Ahora me he leído la última entrega de Jünger, que se titula “Venganza tardía” y que, traducida y anotada escrupulosamente por Enrique Ocaña, publica el sello catalán Tusquets. Me hubiera gustado decir que me ha gustado (yo distingo siempre al autor de sus obras), pero la verdad es que considero que se trata de un volumen prescindible. Mi baremo para estipular si una obra merece tal etiqueta es sencillo. Me pregunto: “¿Esto se lo publicarían a un desconocido?”. Si la respuesta es negativa la obra es prescindible, aunque la firmen Vargas Llosa, García Márquez o Milan Kundera. Y si la respuesta es afirmativa la aplaudo, aunque la firme Pepito López. Supongo que me estoy explicando. ¿Qué interés puede tener, para un lector razonablemente sensato, que Jünger nos cuente lo mal que le iba en el colegio con el profesor Hilpert, o el poco grado de empatía que fue capaz de conseguir con el profesor Corax? Esa charcutería sentimental puede ser útil para un doctorando que trabaje sobre la obra de Jünger, pero poco más. Y en esta obra, desde luego, no hay otras revelaciones. La belleza literaria brilla por su ausencia, la música de las frases es alicorta y el interés “global” de la pieza es harto discutible. Queden salvadas, eso sí, las notas que introduce Enrique Ocaña al final del tomo, que son brillantes, enjundiosas e iluminadoras. Siempre guardaré en la memoria, no obstante, la única anécdota que me ha parecido notable del volumen: un día, la madre de Ernst le reprochó que, tras haber dibujado un paisaje con patos y ovejas, los primeros tuvieran mayor tamaño que las segundas. El niño Jünger alzó la mirada y le dijo: “Los patos son más grandes porque son mis preferidos” (p.19). Jorge Luis Borges tal vez hubiera dicho que esa anécdota salvaba la obra. Yo quizá sería menos generoso que el maestro argentino.
2 comentarios:
Tienes razón. Hay mucho tipo con ombligo que se mira su ombligo. A nadie le interesan esas "revelaciones". Por supuesto, prescindibles. Pero siempre hay cuota de mercado. Y punto.
Hombre, tampoco es mi preferido, pero la música de la palabra cuesta verla en la traducción, y por otra parte, no era un literato sino un psicoanalista. Eso te pasa por meterte con los postfreudianos. Yo voy a hacerte caso y voy a prescindir, pues me parece, como dices, campo para curiosos y estudiosos. Sin embargo,ahora dentro de un rato me voy a ver si Diego tiene lo de Jardiel.
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