martes, 24 de marzo de 2009

Un puente hacia Terabithia





Todos necesitamos (no sólo durante la niñez o la adolescencia, sino incluso en la época aparentemente estable de la madurez) un lugar en el que refugiarnos, en el que sentirnos seguros, en el que creernos a salvo de los problemas exteriores. Un reino donde la fantasía anule los relojes y nos convenza de que todo está bien, y que no tenemos por qué llorar o preocuparnos. Jess, un chaval de diez años, cuya máxima ambición es convertirse en el corredor más rápido de su clase (quinto curso), conoce a una chica sorprendente, recién llegada al pueblo: se trata de Leslie Burke, a la que los muchachos miran con malos ojos porque los vence con una facilidad insultante en las pruebas atléticas, y que acabará haciendo buenas migas con el protagonista. Ambos fundan junto al río un territorio especial, único, para ellos solos (“Un país mágico como Narnia”, dice Leslie en la pág. 62), que bautizan como Terabithia, y dentro del cual se rigen por normas diferentes: hablan como si fueran reyes medievales, invocan a los dioses del bosque, e incluso se hacen con un pequeño perrito, al que nombran “Príncipe Terrien”. Para acceder a este reino de ensueño, han de hacerlo mediante una cuerda, que los transporta al otro lado del río. Terabithia se convierte, pues, en su patria, en su zona de aislamiento, donde Jess olvida a sus insoportables hermanas, donde Leslie encuentra al primer amigo auténtico de su niñez y donde ambos, poco a poco, irán consolidando una relación hermosa e imborrable. Pero el Destino es cruel, y no es frecuente que autorice la dicha sin que los implicados paguen un precio. Un precio altísimo. Y ese precio se convierte en una prueba de madurez, casi en un rito iniciático. Katherine Paterson, una de las escritoras de mayor peso en el campo de la literatura juvenil, consiguió con esta novela un éxito internacional, refrendado por traducciones, comentarios elogiosos en innumerables medios de comunicación, y hasta una versión cinematográfica de la obra (de la que este libro incorpora treinta deliciosas imágenes a todo color). Se lee con envolvente rapidez y seducirá a todo tipo de públicos: desde chavales de la misma edad de sus protagonistas (unos diez o doce años) hasta padres o profesores (que encontrarán un nivel de lectura más hondo en sus páginas, cargadas de símbolos).

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